Como ya anuncié en la anterior
entrada, el próximo día 17 de enero cerraré
el blog coincidiendo con su octavo aniversario. Son ya varios años los que lo
llevo arrastrando a desgana, desmotivado por escribir en él y aún menos
inspirado, y el obligarme a continuarlo como reto sólo ha dado básicamente
artículos y reseñas que no me convencen ni encuentro a la altura de muchos de
los textos de los primeros tiempos, mucho más cuidados, documentados y concebidos
con cariño e interés. Las pocas energías que me quedan las quiero dedicar en el
futuro inmediato a proyectos que yo considero más “serios”, como ha sido el
caso de la pequeña edición de mi libro Cuentos
sombríos, eso si hago el suficiente acopio de ánimo y esfuerzo, algo de lo
que carezco últimamente. De momento, eso es todo, amigos, como dijo el cerdito.
Muchas gracias a los que os habéis interesado por mis devaneos culturales e
inquietudes varias. Durante esta próxima semana podéis despediros de El castillo de Lord Ruthwen revisando algunas de sus viejas entradas. Y no os digo adiós, sino hasta la próxima. ¡Siempre nos quedará París!
"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
Mostrando entradas con la etiqueta Miscelánea. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 10 de enero de 2018
domingo, 21 de agosto de 2016
Verano de 2016: Aniversarios
Son varios los aniversarios “redondos”, tanto personales
como más generales o universales, que se conmemoran a lo largo de este verano
de 2016, y voy a aprovechar una tarde de tedio para recordar algunos brevemente
y rellenar un poco las páginas virtuales de este actualmente desnutrido blog, siempre
esperando que tal relación pueda ser del interés de alguien, pero sobre todo
con la idea de expresarme y entretenerme yo en primer lugar. ¡Vamos allá!...
12 de junio de
1981, hace 35 años: Se estrena en EE.UU. En busca del Arca Perdida y el
mundo descubre al arqueólogo y aventurero Indiana Jones, hoy
en día indiscutiblemente un icono de la cultura popular. A España llegaba un 5
de octubre y a mí me iba a costar un poco más verla, ya que, cuando llegó a mi
pueblo en el verano del 82, yo estaba fuera de vacaciones, y no fue hasta
algunos meses después cuando conseguir repescarla en una reposición en el
antiguo Cine Avenida. La saga de Spielberg se convertiría en esencial en mi
vida cinéfaga y, aunque me gustan todas sus secuelas, creo que ninguna ha
conseguido estar a la altura del capítulo original, sobre todo por el
progresivo y criticable uso de gags cómicos por parte de los creadores de la
serie, que llegó a su paroxismo con la tercera entrega.
12 de junio de
1981, hace 35 años: El mismo día que el héroe de Lucas y Spielberg
llega a los cines estadounidenses lo hacía también el que sería el último
trabajo de Ray Harryhausen: Furia de titanes. En España se
estrena el 2 de julio del mismo año, y un servidor se deleita con ella poco
después en su añorado Cine Oma. No fue la primera película de Ray que vi: para
entonces ya hacía más de dos años que me había prendado del trabajo de este
mago de la animación al ver en televisión El
valle de Gwangi. Por la misma época vería también en pantalla grande Simbad y el ojo del tigre y Jasón y los Argonautas, estrenada en
nuestro país después de Furia de titanes
con casi veinte años de retraso. Harryhausen ya era, y seguirá siendo siempre,
otro de mis grandes mitos del Cine.
Junio de 1986,
hace 30 años: Aquel verano terminaba el bachiller y realizaba junto
a mis compañeros y profesores del instituto, mi primer viaje largo. Fue a Palma
de Mallorca, y guardo todavía muchos queridos recuerdos de la estancia en la
isla y en el centro educativo. Por cierto que, precisamente durante junio de
este año, se celebraban en mi localidad varios actos para conmemorar la
creación de este último (aunque el aniversario fue exactamente en 2015). El Instituto Camp de
Morvedre se fundó en el año 1965, aunque fue derribado por mal estado a
finales de los 90 y en la actualidad ocupa su lugar un nuevo edificio. De estos
actos que comento sólo acudí a una sencilla exposición sobre el centro en el
que, además de fotografías –casi todas posteriores a mi estancia en él– se
exhibía material del local, entre este, un proyector de cine, viejos casetes,
discos y diskettes y hasta…. ¡una tablilla de las que usábamos para los
exámenes en el salón de actos!
Julio de 1986,
hace 30 años: Poco después de mi regreso de Palma de Mallorca
llegaba a mi vida algo que la cambiaría para siempre y para bien: sólo era una
sencilla cinta magnetofónica, pero en ella descubrí un estilo musical del que
me enamoraría y que iniciaría mi trayecto algo tardío como melómano y músico.
Aquel casete se llama Rock & Roll: The Early Days, y los sonidos que
me ofrecía –ya entonces antiguos– consiguieron fascinarme como no había podido
hacer la música de “mis tiempos”. Tras esta cinta llegó toda una vorágine de casetes
y LPs, el descubrimiento de artistas que serían esenciales para mí y, en un par
de años, la adquisición de mi primera guitarra y el nacimiento de un nuevo
músico, humilde y limitado, pero también muy dedicado y apasionado. Tres
décadas después, aunque mi discoteca se haya ampliado con otros sonidos –como
creo que es natural– aún sigo hechizado por la música de Elvis Presley, Eddie
Cochran, Chuck Berry, Carl Perkins y tantos otros de sus colegas
contemporáneos…
Marzo de 1991,
hace 25 años: Como no podía ser de otra forma, mi afición a la
música evoluciona hasta el punto de querer montar mi propio grupo. Ese
primer intento se produce entre marzo y mayo de 1991, pero no consigue
consolidarse y pronto nos vemos obligados a posponer el proyecto hasta dos años
después, fecha desde la que he estado tocando en formaciones musicales de
manera intermitente, siempre que la coyuntura lo ha permitido. Precisamente en
junio de 1991 adquiero mi primera guitarra eléctrica, una Washburn J-6 de
caja que aún sigue conmigo y que me ha acompañado en casi todas mis actuaciones
desde entonces.
14 de agosto de
1991, hace 25 años: Preestreno estadounidense de Los Commitments,
otra de las películas básicas en mi vida. El estreno mundial comienza en
Francia el 28 de ese mismo mes, y a España llega un 13 de septiembre. Me
avergüenza confesar que –por circunstancias que no puedo dilucidar– no vi esta
película hasta su estreno en TVE 2 a mediados de 1996. Desde entonces la he
visto cerca de una quincena de veces y hasta conseguí por fin verla en pantalla
grande hace pocos años. Irlanda, la música soul y, por supuesto, mi propia experiencia
con grupos amateurs –que guarda curiosas coincidencias con la de los
protagonistas de la cinta– son algunas de las razones por las que adoro esta
obra de Alan Parker.
13 de septiembre
de 1996, hace 20 años: Concluyo esta colección de conmemoraciones
con una nota personal y triste, pues en breve se cumplirá el vigésimo
aniversario de la muerte del que fuera mi mejor amigo, casi un hermano. No
fue en realidad una persona: era un perro pequeño y sin raza llamado Jacky al que
yo adoraba y que me acompañó en mis correrías infantiles y juveniles durante
casi diecisiete años. Aún hoy, después de tanto tiempo, sigo echándole mucho de
menos. Su muerte dejó una herida incurable en mi corazón y con él se fue buena
parte de la alegría y de la felicidad que me quedaban…
martes, 26 de enero de 2016
Adiós a Videoclub Casablanca
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| Un pequeño local que, sin embargo, escondía la mayor oferta de películas en vídeo de la ciudad |
En estos días
toca decir adiós a un local emblemático de Puerto de Sagunto, prácticamente una
institución: el Videoclub Casablanca anunció
recientemente su cierre definitivo a finales de este mismo mes de enero de
2016. Su propietario, Ximo Ginés, se jubila tras 27 años al frente del
negocio. “El Casablanca” era algo más que un simple videoclub; al menos era
diferente a todos los demás videoclubes del pueblo, primero porque estaba
regentado por una persona a la que le gustaba el cine y que entendía de él.
Puede parecer irónico, pero yo mismo comprobé de primera mano y en numerosas
ocasiones que muchos propietarios o empleados de videoclubes no sabían
absolutamente nada de lo que vendían (o alquilaban). En una ocasión, incluso se
me llegó a ofrecer como alternativa a una película que yo buscaba otra cuyo
título rimaba con ella….
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| El panel de novedades siempre era el más visitado |
Años 80: llega
el vídeo doméstico
En la década de los 80 fue irrumpiendo
paulatinamente en los hogares españoles el vídeo doméstico (véase mi entrada
recordando aquellos tiempos) y con las cintas magnéticas en los formatos VHS, Beta y
2000 llegó también un nuevo tipo de establecimiento público: el
videoclub, un lugar en el que los afortunados propietarios de un moderno magnetoscopio
podían ir a comprar y alquilar películas para su flamante aparato. Los primeros
de estos comercios coincidieron casi siempre con tiendas de electrodomésticos,
la mayoría de las cuales hicieron un hueco en su superficie para ofrecer videocasetes
a sus clientes, pero hubo también empresarios que directamente inauguraron sus
propios negocios de alquiler de películas domésticas. Este fue el caso de
nuestro homenajeado quien, cansado de trabajar por cuenta ajena, decidió
emprender la aventura de la autonomía y montar uno de estos establecimientos en
el año 1989: su emplazamiento sería una calle clásica de la localidad, la Segorbe,
concretamente en su número 54. El local era en realidad una vieja planta baja
remodelada pero, cuidado: sus modestas dimensiones podían llevar a engaño,
porque acabaría teniendo la oferta más amplia y rica de películas para
visionado doméstico de la localidad, como veremos. Ximo lo bautizó con el título
de la legendaria película de Michael Curtiz que también dio nombre a muchos
cines españoles de otras épocas (sin ir más lejos, el que había en Sagunto
hasta los primeros 80).
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| Las películas "de punto rojo": de regalo con cualquier novedad |
Una amplia oferta
El Videoclub
Casablanca se concibió como un comercio familiar y amistoso en el que su gerente
conocía bien a sus clientes, sabía de sus gustos y siempre estaba dispuesto a
recomendar una u otra película en base a ello. Yo personalmente no tuve vídeo
hasta el mismo año de su inauguración, y los videoclubes a los que primero
acudí fueron aquellos inmediatamente más cercanos a mi casa: Centauro, Omar y el
que estaba en la calle Naranjo, cuyo nombre siento haber olvidado. No sé si
conocí el Casablanca porque pasé por su ubicación y me fijé en él, o porque
alguien me habló del local, pero comencé a ir en los primeros 90 y siguió
siendo mi videoclub preferido durante más dos décadas, aunque lo alterné
ocasionalmente con otros si no encontraba una película que buscaba o si decidía
ver alguna por la noche, horario en el cual sólo algunos de estos comercios
abrían en el pueblo. A menudo durante muchos años bajé hasta el Casablanca por
el simple placer de dar un paseo hasta allí y charrar un rato con Ximo, al
margen de la calidad o el interés que pudiera tener la película que luego me
llevara. Además, sus precios nunca tuvieron igual en la localidad –al menos,
que yo sepa–: el videoclub te ofrecía dos tipos de película: los estrenos, o
las de “punto rojo”, que ya llevaban un tiempo en alquiler. Las primeras
valían 200 pesetas, las segundas, 100, pero… esto era lo mejor: con cualquiera
de ellas te podías llevar otra película de punto rojo, lo que quiere decir que
podías optar a dos títulos por tan sólo veinte de los antiguos duros. Estos
precios subieron luego con la llegada de la moneda única a 1 y 2 euros, e
igualmente el Casablanca actualizó sus cintas magnéticas a discos DVD y –más
recientemente– Blu-Ray. Incluso llegó a tener videojuegos durante algún tiempo.
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| La pequeña habitación del fondo albergaba las películas clásicas y... también algunas más picaronas... |
Como ya avanzaba antes, las humildes dimensiones
del Videoclub Casablanca podían fácilmente llevar a engaño, pues si bien en
cantidad el negocio quizá no podía competir con otros locales del mismo ramo
mucho más grandes (como las enormes franquicias Weekend que abrieron algunos
años después), la oferta y la calidad que el Casablanca proporcionaba no tenía
probablemente igual en el pueblo: cualquier persona que buscara un tipo
de película algo menos conocida o comercial, o que deseara revisitar algún
clásico de antaño, sabía que aquel era prácticamente el único sitio en el que
iba a poder alquilarlo en muchos kilómetros a la redonda. Ximo no tenía a lo
mejor 8 o 10 copias de las novedades más recientes, pero en diversidad no había
quien compitiera con su comercio.
Peces grandes…
y pirañas
En lo relativo al cine, las películas y el arte
dramático en general, siempre me es inevitable recordar aquella metáfora del pez que es
devorado por otro pez más grande: el 7º Arte, en sus primeros momentos
de vida, destronó a la milenaria representación teatral como entretenimiento
favorito del espectador. Décadas después, la pequeña pantalla hizo peligrar a
la grande a medida que se implantaba en más y más hogares. Después llego el
vídeo, cuyo auge coincidió de manera nada casual con la muerte de muchos
locales de cine veteranos. Y en este nuestro siglo XXI ha llegado algo que
difícilmente hubiéramos podido prever hace unas pocas décadas, más que un pez
grande, todo
un banco de pirañas: internet, una forma de comunicación inmediata,
rápida y muy tentadora en la que algo indiscriminada y caóticamente se han
mezclado toda una serie de ofertas que ponen al alcance del usuario con pocos
prejuicios –y con el discutible pretexto de que “la cultura es gratis”– un método barato o directamente gratuito de
obtener una interminable serie de opciones: películas, música, videojuegos,
libros…
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| El Casablanca era prácticamente el único videoclub en el que se podían encontrar películas clásicas y de autor |
Ni qué decir tiene que es esta red de redes mundial la que, a su vez,
ha imposibilitado prácticamente el alquiler y venta de películas –y de discos,
y de libros, y de videojuegos, y de… – y ha dado el estocazo mortal
tanto a los videoclubes como a muchos otros tipos de comercio y de formas de
vida. Cuando hablas con muchas personas jóvenes al respecto de todas estas
cosas, te das cuenta de que ni siquiera conciben pagar por alguno de estos
divertimentos, de que en su vida han tenido que poner dinero para ver una
película o ni siquiera han ido al cine, algo que a mí personalmente me sume en
un tremenda tristeza por tratarse de una filosofía de vida tan diferente a la
mía, que he crecido yendo y amando el cine en pantalla grande. Son
decididamente malos tiempos para muchas cosas: el cine, los videoclubes, las
librerías, y tantas más, y nuestros sucesivos gobiernos no están precisamente
ayudando a aliviar todas estas heridas contra la cultura en sus muchas formas.
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| Ximo Ginés se jubila tras 27 años al frente de su negocio. Por sus manos han pasado miles y miles de películas |
Si he de ser
sincero, también tengo que admitir con pesar que en los últimos años yo mismo
fui dejando paulatinamente de ir al Casablanca: hacia el 2013-2014 toqué uno de
los baches personales más grande de mi vida. Tras varios años desempleado, mi
economía llegó a límites tan precarios que hasta los míseros 2 euros que costaba
alquilar una película me suponían a menudo un inmenso sacrificio. Y, además,
para mí la prioridad siempre ha sido y será el cine, así que, sintiéndolo
mucho, tuve que elegir dónde destinar mis escasos ahorros.
¡Feliz
jubilación!
Con el inminente cierre del Casablanca, creo que
sólo quedarán un par de videoclubes en Puerto de Sagunto (puedo dejarme
alguno). Visto y lo visto, y dicho lo dicho, no parece haber un futuro muy
esperanzador para este tipo de comercio. Nuestro amigo Ximo Ginés seguirá al
frente de su local hasta el 31 de enero, y hasta entonces estará liquidando su
amplio stock de películas en DVD y en Blu-Ray, por lo que, si cualquier lector
está interesado en esta oferta, puede pasarse por la ya citada calle Segorbe,
54 de Puerto de Sagunto o llamar al teléfono 96 2676145. Ni qué decir
tiene que yo ya estuve seleccionando algunas películas que me he llevado como
recuerdo del videoclub (¡y a riesgo de saturar mis pobladísimas estanterías!).
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| El letrero del videoclub pronto se apagará de manera definitiva... |
Por mi parte,
nada más queda que desearle a Ximo una feliz jubilación con muchísimas
más películas de las que disfrutar, agradecerle su gestión y amistad todos
estos años y desearle suerte con su proyecto del resucitado Cine Club
Nautilus, en donde todos los lunes varios aficionados al cine se reúnen
para ver algún clásico y comentarlo (más información en su página en este enlace de su página Facebook).
domingo, 17 de enero de 2016
Y van seis...
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| Debra Paget, una de las eternas musas del blog, protagonizó mi primera entrada |
Un año más, constatar lo rápido
que pasa el tiempo y se van cumpliendo aniversarios, concretamente el sexto
desde que inicié este blog tal día como hoy de 2010, también domingo. La ilusión que tenía en un
principio por publicar en él se perdió hace ya mucho y hay veces que sigo llenándolo
con algún artículo de manera semiforzosa. El interés que alguno de mis escritos
pudiera ofrecer a lectores amigos o extraños también parece ya disipado en
algún limbo y, gradualmente, he dejado de tener comentarios o nuevos
interesados que se “apunten” a la sección de “Miembros” del blog. No culpo a nadie
de manera directa ni me quejo más de la cuenta. Como he reiterado más de una
vez, este es sobre todo un blog de opiniones personales con las que entiendo
que mucha gente pueda no coincidir o que puedan interesar otras
personas. También repetiré igualmente que siempre es agradable que alguien se
pare a dedicar unos minutos a tu labor o a considerar tus disertaciones, así que
concluyo esta breve noticia de aniversario con una inevitable sensación de contradicción
y de dejà vu.
Supongo que en este 2016 continuaré
usando el blog tal y como lo vengo haciendo en los últimos años: escribiré
cuando me apetezca, sin obligarme a hacerlo porque sí o para coincidir con
alguna fecha señalada. Quiero sobre todo concentrarme en un proyecto personal
que requiere buena parte de mis pocas energías literarias, y que es la
autopublicación de un libro con los pocos cuentos que he escrito en el último
cuarto de siglo (no soy lo que se puede llamar un escritor prolífico). Este era
el misterio que anuncié hace un par de meses y que gustosamente voy a anteponer
a mis entradas en el blog, así que no os extrañe si pasa mucho tiempo sin que
aparezcan nuevos artículos.
sábado, 27 de junio de 2015
Cambiando de rutina
Mi rutina semanal es poco
variada. No es enteramente por gusto: la economía de un parado no da para
muchos lujos o caprichos, así que mis visitas al cine y algún que otro
concierto de rock (casi siempre gratuito), aparte de mis consabidas e
imprescindibles partiditas a juegos de mesa, constituyen básicamente mi
panorama socio-cultural habitual.
En los últimos meses me he
propuesto ampliar un poquito más ese programa de actividades acudiendo a algunos
actos y convocatorias más atípicos en mí. Uno de ellas fue la presentación del libro
de José Almúdever el pasado abril o la del cómic de Sento en mayo de los que ya he hablado en entradas anteriores. Hace también un par de meses formé parte del grupo que acompañó
al historiador local Enrique J. Martínez para conocer in situ y de primera mano
las teorías del erudito sobre las antiguas defensas íberas de Sagunto, una propuesta
audaz y original que ha expuesto en la publicación Conjeturas sobre las defensas arsetanas (descargable en este
enlace). Fue una divertida excursión recorriendo parte de la ciudad valenciana y sobre todo las faldas de su castillo para observar los fundamentos físicos del postulado de Enrique.
Sin dejar Sagunto, ni tampoco la
historia –disciplina que me atrae, pero de la que no tengo grandes
conocimientos– el pasado 6 de junio participaba en un acto similar, esta vez
con la Edad Media como temática: el guía local Ramón Castelló nos
condujo, en una interesante visita nocturna, por los principales edificios y
construcciones que aún se conserva en la urbe desde el medievo, hablándonos de
sus detalles y curiosidades. Lo mejor de todo: té helado y galletas al final
del recorrido de más de dos horas. Ramón organiza esta y otras visitas por la ciudad
periódicamente, y sobre ellas os podéis informar en su página Facebook y
en su blog.
Además, si visitáis el castillo de Sagunto podéis también solicitar el
acompañamiento de este ilustrado estudioso de la historia.
De momento, mi última “actividad atípica”
ha sido acudir al breve concierto del pianista local Omar Vilata dentro
de su serie “Piano íntimo”, en el que el músico recrea alguna pieza conocida ante
un público limitado (40 personas) y de manera informal (por ejemplo, invitando
a niños a acompañarle). La actuación tuvo lugar en el Auditorio Joaquín Rodrigo
de Sagunto, en un ambiente amistoso y, como reza el título, íntimo, cálidamente
iluminados por un solo foco y todos sobre el escenario del local, sentados
rodeando al pianista. Esta fue la sexta y última edición de “Piano íntimo” de
la temporada, que también tiene lugar paralelamente en Valencia capital.
miércoles, 4 de febrero de 2015
¡Desayuno con Ray Harryhausen!
Ya
hace casi dos años que nuestro queridísimo Ray Harryhausen nos dejó,
pero todos sabemos que su legado es imperecedero y nos acompañara siempre. Los
homenajes y recuerdos a su obra y a su persona continúan, y uno de los más
curiosos y originales es sin duda esta simpática taza que nos ofrece la tienda Black Mammy, escaparate
virtual de las creaciones del diseñador almeriense David García. En dicha
web podemos encontrar tanto tazas como camisetas que toman como motivos las más
variadas fuentes de la cultura popular, pero que se inspiran muy especialmente
en el cine fantástico. La taza Harryhausen cuesta 9,95 € más 3,50 de gastos de envío.
¿Qué mejor manera de desayunar recordando al maestro de la animación? ¡Yo ya
tengo la mía!
Más
información en: http://blackmammyshop.es/
sábado, 17 de enero de 2015
Tal día, un lustro
Constatar lo rápido que
se te escapa el tiempo conforme te haces mayor es algo que seguro que no le
descubro a nadie que haya alcanzado ya unas pocas décadas de vida. Aun así, muchas
veces me sigue sorprendiendo este hecho al cerciorarme de determinados detalles
o fechas, como ocurre en el día de hoy, cuando se cumple ya todo un lustro
desde que comencé la aventura de dar forma a este blog, un espacio virtual
inicialmente centrado en el cine y en la música, pero con cabida para todo tipo
de temas de los que me apeteciera hablar. Un blog centrado, pues, en mis gustos,
inquietudes y opiniones.
La aventura de El castillo de Lord Ruthwen nació
principalmente debido la insistencia de un amigo al que le gustaban mis
escritos y las historias y anécdotas que a veces contaba a mis conocidos por
medio de mails. Yo no las tenía todas conmigo. No acaba de entender para qué
quería publicar cosas personales en internet, ni mucho menos a quién iban a
interesar. Pero, como me gusta mucho escribir, y el periodismo es una de mis
vocaciones frustradas, al final me planteé el blog como una especie de
“revista” internáutica en la que dar cabida a todos esos “artículos” que nadie
seguramente me iba a publicar. Y, además, sin censuras ni limitaciones ni
ningún tipo de condición ni imposición a la hora de elegir y redactar esos
textos.
Con el tiempo, el blog
fue desarrollándose y variando, dando cabida a nuevas ideas y secciones, casi
cobrando vida propia, como se suele decir. Fui desechando algunas temáticas o
relegándolas a un lugar secundario, e incorporando otras, a veces sin que
acabaran de convencerme, a modo de prueba. Hubo momentos en que me cansé, en
que pensé en abandonar, pero luego me volvía a entrar el gusanillo de escribir;
encontraba algún tema que me inspiraba. Sin ir más lejos, en este quinto
aniversario me había propuesto poner fin, al menos temporalmente, a la
trayectoria del blog. Ya en otoño me había planteado llegar a este 17
de enero para hacer oficial el cierre de El
castillo de Lord Ruthwen, y en la práctica había dejado de escribir en él –mes y medio entre octubre y noviembre, el plazo
más largo en estos cinco años sin incluir ningún nuevo post–, quedándose un
montón de entradas en el tintero o acabadas pero sin publicarse. Al final he
decidido no ser tan drástico: el blog seguirá abierto, y escribiré cuando me
apetezca, sin obligarme a tener que subir nada nuevo cada cierto tiempo porque
sí, ya que ello sólo me lleva a incluir artículos cuya intención y redacción a
veces ni siquiera me convencen a mí mismo.
Hace ya mucho tiempo, al
cumplirse el primer aniversario del blog, sopesaba las razones por las que lo mantenía, que encontraba diversas y variadas: algún tipo de catarsis
artística podría ser la más obvia; matar el rato, desarrollar inquietudes,
relacionarse de alguna manera con otras personas; a veces incluso me parece un
pequeño ejercicio de egoísmo, porque, ¿a quién le importan mis chifladuras y
desvaríos o lo que pueda opinar o dejar de opinar de una película, actor o
cantante? La respuesta a esto último es que a nadie o a casi nadie, algo que ha probado el tiempo, de lo que
se infiere que al final escribo y confecciono el blog principalmente para mi
propia satisfacción, para matar el gusanillo de explayarme mediante las
palabras, de contar cosas que me apetece contar y no sé a quién porque no
conozco a nadie que crea que pueda estar interesado en ellas. Para mí, el blog
tiene finalmente dos recompensas principales: la primera es rendir homenaje a personas a las que
admiro y que han significado mucho en mi vida, ya se trate de artistas
consagrados internacionalmente como de gente de mi familia totalmente anónima. La segunda es
coincidir en estas admiraciones y en mis gustos con otros internautas perdidos,
porque todo el mundo necesitamos hacernos oír, ser reconocidos de alguna
manera, que nos den una palmada en la espalda o un terroncito de azúcar. En ese
sentido, si alguno de mis artículos logra entretener a algún lector despistado
que lo encuentra por casualidad o, aún más, hacer que se interese por el tema,
persona, disco, película o libro de los que hablo, me doy por satisfecho y me
considero más que pagado.
Así pues, y en resumen,
tras ese lustro fugaz que casi ni he visto ni recuerdo, la odisea desesperada
de El castillo de Lord Ruthwen
continúa, no sé por cuánto tiempo ni muy bien con qué sentido, pero sigue
adelante, sin prisas ni presiones, para contar las andanzas y vidas de todos
esos actores, músicos y escritores a los que admiro, para seguir hablando de
libros, juegos, videojuegos, historia o lo que se me antoje, al margen de que
interese o no al resto del mundo. Las puertas del castillo permanecen abiertas,
aunque no es fácil atreverse a traspasarlas debido a lo imponente y amenazador
de los muros de la centenaria fortificación, al vetusto portón de madera, a las
oxidadas cadenas del puente levadizo, a las pétreas y amenazadoras gárgolas…
Tan sólo espero que el
próximo lustro pase un poco más despacio, que de lo contrario no da tiempo a
aprovecharlo y a uno ya le pesan los años y prefiere saborearlos pausadamente…
lunes, 8 de septiembre de 2014
Testigos silenciosos (Tras el rastro de la Guerra Civil, I)
Mi fascinación e interés por la Guerra Civil Española comenzó cuando terminaba la
EGB y por aquellas lejanas fechas ya visité por primera vez casi todas las antiguas
instalaciones defensivas que rodeaban mi ciudad, incluida la famosa batería del
Grao Viejo. Treinta años después, la mayoría de estas construcciones han sido
derribadas sin consideración, principalmente durante la descerebrada explosión inmobiliaria de los primeros años 90. Aunque a lo largo de esas
décadas he realizado algunas fotografías de la mayoría de ellas, siempre quise
hacer un reportaje en condiciones y me temo que he demorado demasiado tiempo la
tarea, ahora imposible de completar. Este será el primero de una serie de artículos
dedicados a recordar todos esos vestigios que para mí tienen un valor histórico
incuestionable, además de sentimental. Espero con estos textos ayudar a
concienciar, en la medida de mis humildes posibilidades, a posibles lectores sobre
la importancia de respetar e intentar conservar estos pequeños monumentos, e
incluso a darlos a conocer a otros, pues me consta que hay mucha gente en la
ciudad que ni siquiera sabe de su existencia, tan olvidados y denigrados están.
Aprovecho para informar de la
reciente creación de un grupo Facebook para recordar lo que fue la Guerra Civil en la
comarca del Camp de Morvedre (Valencia), así como para intentar que se conserve el
patrimonio local relativo a ésta: https://www.facebook.com/groups/652427084853764/
Dos testigos olvidados
Permanecen desde hace décadas
como mudos e inmóviles testigos de una época turbulenta del país, ignorados u
olvidados por la mayoría de los habitantes de la localidad. Posiblemente, ni
siquiera las muchas personas que pasean o hacen jogging a diario por sus
cercanías reparan en ellos: junto al Río Palancia,
por el camino que le bordea a su derecha según se baja de
Sagunto a Puerto de Sagunto, se pueden encontrar dos curiosas
formaciones de hormigón separadas sobre uno o dos kilómetros una de otra. Se
trata de dos nidos de ametralladoras que
fueron construidos durante la Guerra Civil Española
como parte de las defensas de la zona contra posibles incursiones aéreas o
terrestres. Como con los demás restos arqueológicos del conflicto en la
comarca, las autoridades no han hecho nada por conservarlos, preservarlos o
destacarlos de alguna forma, y sólo han llegado hasta nuestros días porque
ninguno de los depredadores urbanísticos que han asolado nuestro pueblo ha
llegado todavía hasta esas zonas relativamente alejadas de él. De hecho, están
sucios y llenos de basura.
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| El nido junto al hospital de Sagunto, que se puede ver atrás |
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| El Río Palancia a la izq., y Puerto de Sagunto a la derecha |
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| Interior del nido junto al hospital |
El nido que está más cercano al mar está exactamente a la altura del Hospital de Sagunto o “Mini Fe”, como se le conoce popularmente, y junto al camino que he mencionado. Debió sobrevivir milagrosamente las obras del complejo. Su compañero, más hacia el oeste, se encuentra a la altura del centro comercial Carrefour, algo más alejado del camino y más cercano al río, en un pequeño saliente desde el que se dominan perfectamente varios kilómetros. Ambos tienen casi idéntica estructura, con una entrada lateral que luego gira a la izquierda dos veces, dibujando una especie de pasillo en forma de “G” invertida. Su altura desde el interior viene a ser sobre un metro setenta, aunque seguramente el paso de los años haya acumulado sedimentos y tierra dentro de ellos y originalmente fueran más profundos. Tienen dos aberturas en ángulo en las que, presumiblemente, se ubicaban las armas de fuego que dan nombre a estas construcciones.
En años recientes, el
Ayuntamiento ha habilitado un paseo junto al río que incluso tiene mesas y
asientos de madera dispuestos de manera intermitente para propiciar las
excursiones y visitas a la zona. Dicho camino pasa muy cerca –y a veces
coincide– del camino viejo, en el que están nuestros dos inertes protagonistas.
Ahora que hay mucha más actividad humana junto al Palancia, no estaría de más
que el consistorio se propusiera también adecentar un poco esos dos nidos e
identificarlos con un par de pequeños carteles, como ha hecho con otros puntos
del río. No creo que fuera una labor ni ardua ni económicamente costosa.
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| El nido que está más al oeste del río. Al fondo a la derecha se puede ver el hospital, junto al que se encuentra el otro nido. |
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| Vista posterior |
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| Vista desde el camino inferior |
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| Desde el interior del nido se puede ver el río y el nuevo camino |
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| Interior del nido, en lamentable estado |
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viernes, 8 de agosto de 2014
Centenario de mi abuelo
De Utiel al Puerto
¡Pues sí!: hoy quiero recordar a
una persona muy querida e importante en mi vida, y no se trata de ningún actor,
ni escritor ni músico, sino de alguien que estuvo conmigo desde mucho antes de
que pudiera apreciar a cualquiera de estos: tal día como hoy de exactamente
hace un siglo nacía mi abuelo materno Emilio
en la localidad valenciana de Utiel, aunque siendo bien joven –sobre los trece
años– se trasladaría con su familia a Puerto de Sagunto. En alguna parte de
este momento, debido a que tenía “estudios” (es decir, sabía leer y escribir y
había acabado la educación básica, lo que no tenía todo el mundo en aquella
época) ejerce de mozo en una botica. Ya en su nuevo hogar, entra a trabajar en
Altos Hornos de Vizcaya –posteriormente del Mediterráneo–, en donde permanecerá
hasta su jubilación casi cincuenta años después. Mi madre siempre comentaba con
admiración que había entrado como “simple pinche” y había acabado siendo
encargado, pero la verdad es que a mí que a una persona que dedique más de
media vida a una empresa no le concedan un puesto más alto no me parece una
gran oportunidad.
Una anécdota curiosa de mi abuelo
es que, como era muy bajito, no lo consideraron apto para el servicio militar.
Sin embargo, cuando estalló la Guerra Civil se vio obligado no sólo a hacerlo precipitadamente,
sino a participar en la contienda dentro de las filas republicanas. Dada mi
pasión por esta época de nuestro país, siempre quise conocer las vivencias de
mi abuelo durante aquellos años, y alguna cosa le pregunté en alguna ocasión,
pero me sabía mal indagar demasiado por si no le hacía gracia rememorar
aquellos años tan penosos. Sé que, al menos durante un tiempo, trabajó con una
ambulancia o algo así, y mi tía –su hermana– me contaba que una vez volvió a
casa repleto de piojos, pero, por lo que he podido averiguar, creo que nunca
llegó a estar directamente en el frente, de lo cual me alegro.
A principios de los años 40 se
casó con mi abuela Teresa y se instalaron en la planta baja en la que ambos
vivirían el resto de sus años (y en la que yo nací, por cierto). El inmueble lo
compró mi bisabuelo por unas 7.000 pesetas, según descubrimos en unos papeles
que aparecieron hace tiempo. En 1944 llegó al mundo mi madre, única
descendencia de la pareja (el segundo hijo del matrimonio, por desgracia,
nacería muerto).
¡En la boda de mi abuelo!
Tras su jubilación, poco después
del enlace, mi abuelo llevó una vida bastante activa: viajó bastante durante
los primeros años de su segundo matrimonio, y era un hombre bastante inquieto
que sabía reparar casi todo lo que se estropeaba en casa: se manejaba bien con
el bricolaje y con la electricidad, y desde joven trabajó en el teatro
amateur, principalmente como traspunte. En dos o tres ocasiones fui a ver las
obras en las que participaba con otros jubilados, y en 1996, la última vez que
intenté abordar un cortometraje (que tampoco llegó a buen puerto) fue él quien
me presentó a dos compañeros suyos para que trabajaran como actores.
Hasta sus últimos años, siguió
siendo un hombre muy capaz y autosuficiente que iba a comprar y andaba grandes
distancias para ello. También era bastante “cabezón” y se empeñaba en hacer
prevalecer su criterio por encima del de todos, aunque este era un gesto
simpático y entrañable en él, ya que no lo hacía de una manera desagradable
(por ejemplo, me daba instrucciones sobre conducción y tráfico cuando le
llevaba en coche a pesar de que él nunca había tenido siquiera carnet).
Despedida
En noviembre de año 2006 llevaba
algún tiempo quejándose de molestias en el estómago que resultaron ser un
cáncer muy desarrollado que no le permitía comer. Fue operado de urgencia y
milagrosamente sobrevivió a su avanzada edad –92 años– a una extirpación de
parte del estómago. Durante aquellos tiempos volvió a vivir con nosotros casi
tres meses –el círculo parecía cerrarse–, mientras su mujer, aquejada de
demencia senil, pasaba ese lapso con su familia de Utiel. Ese distanciamiento
le dolió mucho a mi abuelo y la llamaba a menudo por teléfono. Tras algún
tiempo de convalecencia, pareció recuperarse bien, volvió a comer y a poder
hacer vida bastante normal para alguien con sus años. A principios de febrero de
2007 quiso volver a su casa y que trajeran también a su mujer, pero el tener
que ocuparse en su estado de un hogar demostró ser demasiado para él, y sus
fuerzas fueron mermando poco a poco, a pesar de que una señora se ocupaba de
limpiarles y de hacerles la comida todos los días y de que nosotros
estábamos constantemente con ellos.
En abril de 2007 esa energía suya
que parecía interminable empezó a abandonarle a un ritmo más evidente. Se fue
quedando sin fuerzas hasta acabar postrado en la cama a principios del mes
siguiente. Su vida se apagó dulcemente un 15 de mayo, muy cerca de alcanzar la
longeva edad de 93 años, y su segunda esposa le siguió diecinueve meses
después.
Mi madre me contaba que mi abuelo
había sido bastante duro con ella y con mi abuela, algo que supongo que sería
relativamente normal en aquellos tiempos y en aquella España.
Contradictoriamente, el recuerdo que yo tengo de él es el de una persona amable
y educada que a mí siempre me trató con mucho cariño (¡Me llegó a regalar su
Vespa cuando iba al instituto!). De hecho, creo que sentía preferencia por mí,
de entre sus tres nietos, por ser el único varón y además el primogénito (lo
que quizás venga a confirmar también precisamente esa mentalidad algo retrógrada o tradicional). Creo que de mi abuelo heredé el carácter inquieto y las ganas
de aprender cosas, aunque mis inclinaciones quizá hayan sido más artísticas y
las suyas más “prácticas”. Es curioso que nunca me haya dado por el teatro, y
que tampoco sea ningún manitas con las reparaciones del hogar, a pesar de que
él se empeñó en enseñarme a manejar algunas herramientas. Despertó mi interés
por muchas otras cosas, ya que también me regaló mi primera maqueta e incluso
me enseñó a revelar fotografías en un pequeño e improvisado estudio en su
domicilio. Esa casa es hoy en día mía y de mis hermanas y, aunque no está en
condiciones óptimas para que alguien viva en ella, sí que me sirve como “cubil”
para organizar mis partidas a juegos de mesa, hacer algún ensayo musical e incluso he montado un
improvisado taller para intentar volver a pintar miniaturas, así que el
recuerdo de mi abuelo sigue muy vigente al estar tan a menudo en el que fuera
su hogar, rodeado de sus muebles y sus cosas.
martes, 1 de julio de 2014
Los juegos de mesa, bien cultural
Todos los que los conocemos
sabemos que lo son, pero nuestro amigo Simón Blasco ha creado esta petición
para que así sean reconocidos por el Ministerio de Cultura del Gobierno de
España. El objetivo de reunir 1000 firmas virtuales casi se ha logrado, pero
estoy seguro de que podemos llegar a muchas más. Si queréis aportar la vuestra,
podéis hacerlo pinchando en este
enlace. Es un trámite rápido y sencillo.
sábado, 28 de junio de 2014
Fin de semana en Dublín
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| El Hotel St. George, donde me hospedé |
Hace exactamente diez años pude
concederme uno de los pocos y excepcionales “grandes” caprichos que he tenido
en mi vida: una breve estancia en uno de los países del mundo que más me
fascinan: Irlanda. Es una de las dos únicas
veces que he viajado al extranjero, siendo la anterior a Dinamarca y porque
formaba parte de un intercambio estudiantil y me salió gratis.
En aquel ya lejano 2004 llevaba
cierto tiempo trabajando y, aunque el viaje me costó el sueldo de todo un mes,
pude permitirme el “lujo” de pasar un fin de semana en Dublín.
Aunque yo no lo sabía entonces, lo cierto es que me iba a quedar de nuevo si
empleo antes de que acabara el verano, pero, vaya, como se suele decir, “que me
quiten lo bailao”. Además, como motivación extra modifiqué las fechas para
poder acudir a un concierto de una artista que me gustaba bastante en aquella
época: Sheryl Crow y así matar dos pájaros
de un tiro y cumplir a la vez dos sueños. Los días finalmente elegidos fueron
del viernes 25 al lunes 28 de junio; hoy se
cumple pues la década de mi regreso de la Isla Verde.
Aquel día 25 me pegué el madrugón
(¡4 AM!) para llegar a tiempo al Aeropuerto de Manises. El avión despegó
puntual e hizo escala en Madrid y, tras un aburridísimo viaje de 3 horas,
pisamos suelo irlandés. En el Aeropuerto de Dublín me recogió una simpática
chófer que me acercó a mi alojamiento y me sorprendió poder entenderme bastante
bien con ella a pesar de mi pésimo inglés oral. Me iba a instalar en el St. George Hotel, un viejo edificio reformado de
estilo –casualmente– georgiano sito en Parnell
Square, en pleno centro de Dublín y continuación directa de la
famosísima O´Connell Street.
De aquellos cuatro cortos días en
la capital de Irlanda –sobre los que no voy a extenderme demasiado para no
aburrir a nadie– recuerdo sobre todo muchos y largos paseos por la ciudad. Me
hubiese gustado salir a conocer el campo, visitar castillos y cosas similares,
pero el presupuesto no me dio entonces para más y albergo el sueño de poder
volver a aquel país con más tiempo y dinero. Pero, volviendo a mis recorridos
por las calles dublinesas, decir que me gusta ver así los nuevos sitios que
visito. Ir a mi aire y conocer la ciudad a pie, tal y como es y no como me
quieran enseñar los tours y visitas guiadas que te llevan a los monumentos,
museos y lugares más clásicos de cada ciudad.
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| En el Savoy vi Shrek 2 |
Aquellas largas caminatas
estuvieron parcialmente condicionadas por mi amor a la literatura anglosajona,
ya que pude ver (por fuera) las casas en las que vivieron muchos de los
escritores que admiro, como es el caso de Sheridan
LeFanu o el mismísimo Oscar Wilde. El
hogar juvenil de este último puede visitarse, pero yo fui en sábado y estaba
cerrado. Visité también la famosa zona de pubs y locales de conciertos de Temple Bar, pero no entré en ninguno debido a que
me encontraba demasiado cansado para trasnochar. Dublín es famoso por sus
músicos, y lo cierto es que en las calles encontrabas a muchos de ellos en
solitario o en pareja acompañándose de algún instrumento o cantando a capella, y en general puedo confirmar
que hay gran calidad artística en este sector en la ciudad de Dublín. La única
exposición que visité fue Dublinia, sobre la
época medieval de la ciudad, e incluyendo maquetas a escala y también escenas a
tamaño real con maniquíes, entre otras cosas. También estuve en un complejo de
ocio en el que se exponía la Bram Stoker Dracula
Experience, una especie de “pasaje del terror” centrado por supuesto en
el famoso personaje del conde vampiro. Y visité el edificio
de Correos que presenció el famoso alzamiento de 1916 por parte de los
independentistas irlandeses.
Para cuando llegó el domingo por
la tarde, tenía los pies llenos de bambollas de tanto andar, pero como estaba
solo y no me apetecía quedarme en el hotel, seguí con más largos paseos –ahora algo
masoquistas– mientras llegaba la hora de acudir al concierto de Sheryl Crow en
un gran recinto cerrado cercano al puerto de nombre The
Point Depot (parece ser que una antigua estación ferroviaria reformada).
Empezaba a las 8 de la tarde, pero llegué allí al menos una hora antes para
poder coger sitio. Al final creo que estuve unas 4 horas de pie contando la
espera, el artista invitado y la actuación de la cantante estadounidense. Al
salir del espectáculo parecía un zombie que apenas podía andar, y sólo con gran
fuerza de voluntad conseguí llegar al lejano hotel y acostarme casi sin cenar. Un
cercano comercio Spar me proveía de algunos postres y frutas que llevarme al
hotel.
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| Sheryl Crow en The Point (Foto: WENN) |
El lunes por la mañana no me
quedaba mucho tiempo para despedirme de Dublín y de su oscuro Río Liffey, ya que tenía que ir al aeropuerto
después de comer. Creo que compré algunos souvenirs y poco más. Comí en una
pizzería que frecuenté durante aquellos días, ya que la comida irlandesa no me
resultaba muy de mi agrado y era algo cara. Aparte de aquel local estuve en una
hamburguesería, y también en un restaurante chino en el que el menú era
bastante diferente a los que vemos por aquí. Además, me fue imposible hacerme
entender con el camarero para que me diera un poco de aceite de oliva para el
pastoso arroz que me puso. ¡Siempre protagonizo alguna divertida anécdota
culinaria en mis viajes!
¿Qué más recuerdo de aquellos
cuatro días, aparte de las largas caminatas? Que llovía de vez en cuando a
pesar de estar en la mejor época del año en aquellas latitudes, aunque eran
precipitaciones cortas y poco molestas, que me metí a un cine llamado Savoy a ver Shrek 2, y que estuve muy tentado de ir a ver
una obra de teatro de Stephen Rea, pero se me salía del presupuesto e incluso
no recuerdo si estaba dentro de mis días de estancia en Dublín. También que me
llevé mi vieja cámara Praktika y que no la saqué de la maleta al final. Tampoco
me apetecía mucho hacer fotos y llevar el aparato colgado del cuello todo el
tiempo. Además, al volver a casa me di cuenta de que el carrete se había roto y
tuve que tirarlo. Creo que no he vuelto a coger esa cámara desde entonces.
Una de las muchas cosas que me
atraía de Dublín era el rodaje en sus calles de una de mis películas favoritas,
Los
Commitments, y tenía bastante ilusión por encontrar algunos de los
exteriores del film. Sólo lo conseguí de regreso al aeropuerto, cuando la
chófer tuvo la amabilidad de desviarse para que viera aquellas enormes fincas
en las que vive el personaje de Bronagh Gallagher y tiene lugar la anécdota del
caballo en el ascensor. Mi conductora me dijo que las habían construido para
familias pobres y que iban a ser derribadas en breve.
El regreso a casa fue un poco
accidentado: el avión llegó con retraso a Madrid y, como consecuencia, perdimos
el otro aparato que nos tenía que haber dejado en Valencia a eso de la
medianoche. La empresa nos pagaba, no obstante, la noche de hotel, pero yo
entraba a trabajar por la mañana y fue un gran fastidio. Además, debido a que
tenía que esperar a que me devolvieran las maletas, perdí el bus que nos tenía
que acercar al hotel. Me dijeron que pasaba otro, pero después de mucho esperar
y pasar calor, decidí coger un taxi que me costó un dineral y que me llevó al
hotel, que estaba muy cerca. Cené, me duché, me acosté y me quedé con la
sensación de no haber dormido cuando tras tres o cuatro horas sonó el
despertador. Aunque llegué a tiempo a casa para entrar a trabajar, decidí pedir
la mañana de permiso para poder descansar.
Espero tener ocasión de volver a
visitar Irlanda de manera más tranquila y holgada y mejor acompañado. Y, por
supuesto, también Escocia, el otro país del que estoy enamorado…
miércoles, 11 de junio de 2014
Adiós, compañero
Algunos de mis amigos han
aplaudido mi decisión de dar de baja mi viejo coche. Yo veo esta drástica determinación
de otra forma: aunque pueda parecer exagerado, para mí no es sino un paso más
hacia la pobreza, el ostracismo y el aislamiento social. Y eso que no soy nada
aficionado a los coches ni me entusiasma conducir. No sé si alguna vez pagaría
un dineral por un coche nuevo y dudo que fuera capaz de cuidar uno con esmero y
dedicación como hace toda esa gente que atesora su vehículo como si fuera lo
más preciado que tiene en el mundo. Para mí un coche es un accesorio que te
permite acceder a ciertos lugares de manera más rápida y cómoda, jamás un
artículo de lujo del que hacer ostentación.
Compré este Citröen ZX Avantage en octubre de
2003 de segunda mano. Me costó unos 2000 euros en aquella época en la que por
suerte tenía trabajo seguido y necesitaba un transporte propio. Entonces
contaba ya con ocho años largos, y me hizo mucha gracia que precisamente
hubiese sido matriculado en el día de mi cumpleaños de 1995. Casi lo interpreté
como una señal. Más de década y media después, puedo decir que el coche me
salió bastante bueno a un nivel mecánico: sólo he tenido que hacerle una
reparación relativamente cara en todo este tiempo. Eso sí: al poco de tenerlo
se estropeó la calefacción, y varios años después el aire acondicionado, pero
decidí no reparar ninguna de las dos cosas, sobre todo porque la última avería
me pilló ya en época de “vacas flacas”. Además de esto, algún pequeño problemilla con la puerta derecha y con la del maletero fácilmente solventable o ignorable.
En otros aspectos, se podría
decir que el coche me salió un poco “rana”: a la tercera vez de llevarlo a la
ITV el inspector de turno me sorprendió diciéndome que se trataba de un
vehículo comercial y que como tal sólo podía llevar los dos asientos de delante
y debía pasar la revisión cada semestre. Tras indagar un poco, el mismo técnico
me descubrió que el primer problema –los asientos– se había resuelto
anteriormente, pero no el segundo. Más recientemente, a finales del pasado año,
la DGT me comunicó que el coche tenía un embargo de mucho antes de que fuera de
mi propiedad. Se puede decir que me la metieron bien y en este sentido creo que no me
volverán a pillar si alguna vez vuelvo a comprar otro coche.
Aparte de estos disgustillos, he
de decir que el Citröen me ha servido muy bien durante todos estos años. En mejores épocas, me
llevó a todos mis trabajos –normalmente a bastante distancia de mi ciudad–
mientras los tuve. En estos largos años desempleo, he de admitir que no le di
mucha utilidad, en parte porque como ya he admitido no me gusta mucho conducir
más allá de lo imprescindible y porque raramente uso coche para circular dentro
de mi ciudad. Me vino bien para ir a cines de otras localidades, para ensayar
con grupos cuando lo hacía y para llevarme de compras ocasionalmente, opciones
que ahora ya desaparecen (y de ahí mi pesimismo de las primeras líneas).
Por encima de todo esto queda que
soy un sentimental sin remedio y que le cojo cariño a las cosas que me
acompañan en la vida, así que perder a este veterano amigo de cuatro ruedas me
duele más en el corazón y en el orgullo que por cualquier otra cuestión
material o monetaria. Es bien cierto que en estos últimos tiempos ya me era
imposible mantenerlo al día y pagar sus seguros, impuestos y revisiones con mi
inexistente sueldo. Lo movía cada dos o tres semanas para que no estuviera en
el mismo sitio, y a veces ni eso, porque en algunos momentos no podía ponerle
ni gasolina.
Hoy me despido de mi compañero,
para que sea desmenuzado en un desguace. Seguramente aún hubiésemos podido
estar juntos muchos años en otras circunstancias. Le echaré mucho de menos…
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