"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
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miércoles, 10 de enero de 2018

Despedida

Como ya anuncié en la anterior entrada, el próximo día 17 de enero cerraré el blog coincidiendo con su octavo aniversario. Son ya varios años los que lo llevo arrastrando a desgana, desmotivado por escribir en él y aún menos inspirado, y el obligarme a continuarlo como reto sólo ha dado básicamente artículos y reseñas que no me convencen ni encuentro a la altura de muchos de los textos de los primeros tiempos, mucho más cuidados, documentados y concebidos con cariño e interés. Las pocas energías que me quedan las quiero dedicar en el futuro inmediato a proyectos que yo considero más “serios”, como ha sido el caso de la pequeña edición de mi libro Cuentos sombríos, eso si hago el suficiente acopio de ánimo y esfuerzo, algo de lo que carezco últimamente. De momento, eso es todo, amigos, como dijo el cerdito. Muchas gracias a los que os habéis interesado por mis devaneos culturales e inquietudes varias. Durante esta próxima semana podéis despediros de El castillo de Lord Ruthwen revisando algunas de sus viejas entradas. Y no os digo adiós, sino hasta la próxima. ¡Siempre nos quedará París!

domingo, 21 de agosto de 2016

Verano de 2016: Aniversarios

Son varios los aniversarios “redondos”, tanto personales como más generales o universales, que se conmemoran a lo largo de este verano de 2016, y voy a aprovechar una tarde de tedio para recordar algunos brevemente y rellenar un poco las páginas virtuales de este actualmente desnutrido blog, siempre esperando que tal relación pueda ser del interés de alguien, pero sobre todo con la idea de expresarme y entretenerme yo en primer lugar. ¡Vamos allá!...

12 de junio de 1981, hace 35 años: Se estrena en EE.UU. En busca del Arca Perdida y el mundo descubre al arqueólogo y aventurero Indiana Jones, hoy en día indiscutiblemente un icono de la cultura popular. A España llegaba un 5 de octubre y a mí me iba a costar un poco más verla, ya que, cuando llegó a mi pueblo en el verano del 82, yo estaba fuera de vacaciones, y no fue hasta algunos meses después cuando conseguir repescarla en una reposición en el antiguo Cine Avenida. La saga de Spielberg se convertiría en esencial en mi vida cinéfaga y, aunque me gustan todas sus secuelas, creo que ninguna ha conseguido estar a la altura del capítulo original, sobre todo por el progresivo y criticable uso de gags cómicos por parte de los creadores de la serie, que llegó a su paroxismo con la tercera entrega.

12 de junio de 1981, hace 35 años: El mismo día que el héroe de Lucas y Spielberg llega a los cines estadounidenses lo hacía también el que sería el último trabajo de Ray Harryhausen: Furia de titanes. En España se estrena el 2 de julio del mismo año, y un servidor se deleita con ella poco después en su añorado Cine Oma. No fue la primera película de Ray que vi: para entonces ya hacía más de dos años que me había prendado del trabajo de este mago de la animación al ver en televisión El valle de Gwangi. Por la misma época vería también en pantalla grande Simbad y el ojo del tigre y Jasón y los Argonautas, estrenada en nuestro país después de Furia de titanes con casi veinte años de retraso. Harryhausen ya era, y seguirá siendo siempre, otro de mis grandes mitos del Cine.




Junio de 1986, hace 30 años: Aquel verano terminaba el bachiller y realizaba junto a mis compañeros y profesores del instituto, mi primer viaje largo. Fue a Palma de Mallorca, y guardo todavía muchos queridos recuerdos de la estancia en la isla y en el centro educativo. Por cierto que, precisamente durante junio de este año, se celebraban en mi localidad varios actos para conmemorar la creación de este último (aunque el aniversario fue exactamente en 2015). El Instituto Camp de Morvedre se fundó en el año 1965, aunque fue derribado por mal estado a finales de los 90 y en la actualidad ocupa su lugar un nuevo edificio. De estos actos que comento sólo acudí a una sencilla exposición sobre el centro en el que, además de fotografías –casi todas posteriores a mi estancia en él– se exhibía material del local, entre este, un proyector de cine, viejos casetes, discos y diskettes y hasta…. ¡una tablilla de las que usábamos para los exámenes en el salón de actos!


Julio de 1986, hace 30 años: Poco después de mi regreso de Palma de Mallorca llegaba a mi vida algo que la cambiaría para siempre y para bien: sólo era una sencilla cinta magnetofónica, pero en ella descubrí un estilo musical del que me enamoraría y que iniciaría mi trayecto algo tardío como melómano y músico. Aquel casete se llama Rock & Roll: The Early Days, y los sonidos que me ofrecía –ya entonces antiguos– consiguieron fascinarme como no había podido hacer la música de “mis tiempos”. Tras esta cinta llegó toda una vorágine de casetes y LPs, el descubrimiento de artistas que serían esenciales para mí y, en un par de años, la adquisición de mi primera guitarra y el nacimiento de un nuevo músico, humilde y limitado, pero también muy dedicado y apasionado. Tres décadas después, aunque mi discoteca se haya ampliado con otros sonidos –como creo que es natural– aún sigo hechizado por la música de Elvis Presley, Eddie Cochran, Chuck Berry, Carl Perkins y tantos otros de sus colegas contemporáneos…

Marzo de 1991, hace 25 años: Como no podía ser de otra forma, mi afición a la música evoluciona hasta el punto de querer montar mi propio grupo. Ese primer intento se produce entre marzo y mayo de 1991, pero no consigue consolidarse y pronto nos vemos obligados a posponer el proyecto hasta dos años después, fecha desde la que he estado tocando en formaciones musicales de manera intermitente, siempre que la coyuntura lo ha permitido. Precisamente en junio de 1991 adquiero mi primera guitarra eléctrica, una Washburn J-6 de caja que aún sigue conmigo y que me ha acompañado en casi todas mis actuaciones desde entonces.





14 de agosto de 1991, hace 25 años: Preestreno estadounidense de Los Commitments, otra de las películas básicas en mi vida. El estreno mundial comienza en Francia el 28 de ese mismo mes, y a España llega un 13 de septiembre. Me avergüenza confesar que –por circunstancias que no puedo dilucidar– no vi esta película hasta su estreno en TVE 2 a mediados de 1996. Desde entonces la he visto cerca de una quincena de veces y hasta conseguí por fin verla en pantalla grande hace pocos años. Irlanda, la música soul y, por supuesto, mi propia experiencia con grupos amateurs –que guarda curiosas coincidencias con la de los protagonistas de la cinta– son algunas de las razones por las que adoro esta obra de Alan Parker.





13 de septiembre de 1996, hace 20 años: Concluyo esta colección de conmemoraciones con una nota personal y triste, pues en breve se cumplirá el vigésimo aniversario de la muerte del que fuera mi mejor amigo, casi un hermano. No fue en realidad una persona: era un perro pequeño y sin raza llamado Jacky al que yo adoraba y que me acompañó en mis correrías infantiles y juveniles durante casi diecisiete años. Aún hoy, después de tanto tiempo, sigo echándole mucho de menos. Su muerte dejó una herida incurable en mi corazón y con él se fue buena parte de la alegría y de la felicidad que me quedaban…

martes, 26 de enero de 2016

Adiós a Videoclub Casablanca

Un pequeño local que, sin embargo, escondía
 la mayor oferta de películas en vídeo de la ciudad
En estos días toca decir adiós a un local emblemático de Puerto de Sagunto, prácticamente una institución: el Videoclub Casablanca anunció recientemente su cierre definitivo a finales de este mismo mes de enero de 2016. Su propietario, Ximo Ginés, se jubila tras 27 años al frente del negocio. “El Casablanca” era algo más que un simple videoclub; al menos era diferente a todos los demás videoclubes del pueblo, primero porque estaba regentado por una persona a la que le gustaba el cine y que entendía de él. Puede parecer irónico, pero yo mismo comprobé de primera mano y en numerosas ocasiones que muchos propietarios o empleados de videoclubes no sabían absolutamente nada de lo que vendían (o alquilaban). En una ocasión, incluso se me llegó a ofrecer como alternativa a una película que yo buscaba otra cuyo título rimaba con ella….

El panel de novedades siempre era el más visitado
Años 80: llega el vídeo doméstico
En la década de los 80 fue irrumpiendo paulatinamente en los hogares españoles el vídeo doméstico (véase mi entrada recordando aquellos tiempos) y con las cintas magnéticas en los formatos VHS, Beta y 2000 llegó también un nuevo tipo de establecimiento público: el videoclub, un lugar en el que los afortunados propietarios de un moderno magnetoscopio podían ir a comprar y alquilar películas para su flamante aparato. Los primeros de estos comercios coincidieron casi siempre con tiendas de electrodomésticos, la mayoría de las cuales hicieron un hueco en su superficie para ofrecer videocasetes a sus clientes, pero hubo también empresarios que directamente inauguraron sus propios negocios de alquiler de películas domésticas. Este fue el caso de nuestro homenajeado quien, cansado de trabajar por cuenta ajena, decidió emprender la aventura de la autonomía y montar uno de estos establecimientos en el año 1989: su emplazamiento sería una calle clásica de la localidad, la Segorbe, concretamente en su número 54. El local era en realidad una vieja planta baja remodelada pero, cuidado: sus modestas dimensiones podían llevar a engaño, porque acabaría teniendo la oferta más amplia y rica de películas para visionado doméstico de la localidad, como veremos. Ximo lo bautizó con el título de la legendaria película de Michael Curtiz que también dio nombre a muchos cines españoles de otras épocas (sin ir más lejos, el que había en Sagunto hasta los primeros 80).

Las películas "de punto rojo": de regalo con cualquier novedad
Una amplia oferta
El Videoclub Casablanca se concibió como un comercio familiar y amistoso en el que su gerente conocía bien a sus clientes, sabía de sus gustos y siempre estaba dispuesto a recomendar una u otra película en base a ello. Yo personalmente no tuve vídeo hasta el mismo año de su inauguración, y los videoclubes a los que primero acudí fueron aquellos inmediatamente más cercanos a mi casa: Centauro, Omar y el que estaba en la calle Naranjo, cuyo nombre siento haber olvidado. No sé si conocí el Casablanca porque pasé por su ubicación y me fijé en él, o porque alguien me habló del local, pero comencé a ir en los primeros 90 y siguió siendo mi videoclub preferido durante más dos décadas, aunque lo alterné ocasionalmente con otros si no encontraba una película que buscaba o si decidía ver alguna por la noche, horario en el cual sólo algunos de estos comercios abrían en el pueblo. A menudo durante muchos años bajé hasta el Casablanca por el simple placer de dar un paseo hasta allí y charrar un rato con Ximo, al margen de la calidad o el interés que pudiera tener la película que luego me llevara. Además, sus precios nunca tuvieron igual en la localidad –al menos, que yo sepa–: el videoclub te ofrecía dos tipos de película: los estrenos, o las de “punto rojo”, que ya llevaban un tiempo en alquiler. Las primeras valían 200 pesetas, las segundas, 100, pero… esto era lo mejor: con cualquiera de ellas te podías llevar otra película de punto rojo, lo que quiere decir que podías optar a dos títulos por tan sólo veinte de los antiguos duros. Estos precios subieron luego con la llegada de la moneda única a 1 y 2 euros, e igualmente el Casablanca actualizó sus cintas magnéticas a discos DVD y –más recientemente– Blu-Ray. Incluso llegó a tener videojuegos durante algún tiempo.

La pequeña habitación del fondo albergaba las películas clásicas y...
también algunas más picaronas...
Como ya avanzaba antes, las humildes dimensiones del Videoclub Casablanca podían fácilmente llevar a engaño, pues si bien en cantidad el negocio quizá no podía competir con otros locales del mismo ramo mucho más grandes (como las enormes franquicias Weekend que abrieron algunos años después), la oferta y la calidad que el Casablanca proporcionaba no tenía probablemente igual en el pueblo: cualquier persona que buscara un tipo de película algo menos conocida o comercial, o que deseara revisitar algún clásico de antaño, sabía que aquel era prácticamente el único sitio en el que iba a poder alquilarlo en muchos kilómetros a la redonda. Ximo no tenía a lo mejor 8 o 10 copias de las novedades más recientes, pero en diversidad no había quien compitiera con su comercio.

Peces grandes… y pirañas
En lo relativo al cine, las películas y el arte dramático en general, siempre me es inevitable recordar aquella metáfora del pez que es devorado por otro pez más grande: el 7º Arte, en sus primeros momentos de vida, destronó a la milenaria representación teatral como entretenimiento favorito del espectador. Décadas después, la pequeña pantalla hizo peligrar a la grande a medida que se implantaba en más y más hogares. Después llego el vídeo, cuyo auge coincidió de manera nada casual con la muerte de muchos locales de cine veteranos. Y en este nuestro siglo XXI ha llegado algo que difícilmente hubiéramos podido prever hace unas pocas décadas, más que un pez grande, todo un banco de pirañas: internet, una forma de comunicación inmediata, rápida y muy tentadora en la que algo indiscriminada y caóticamente se han mezclado toda una serie de ofertas que ponen al alcance del usuario con pocos prejuicios –y con el discutible pretexto de que “la cultura es gratis”–  un método barato o directamente gratuito de obtener una interminable serie de opciones: películas, música, videojuegos, libros… 

El Casablanca era prácticamente el único videoclub en el que se
podían encontrar películas clásicas y de autor
Ni qué decir tiene que es esta red de redes mundial la que, a su vez, ha imposibilitado prácticamente el alquiler y venta de películas –y de discos, y de libros, y de videojuegos, y de… – y ha dado el estocazo mortal tanto a los videoclubes como a muchos otros tipos de comercio y de formas de vida. Cuando hablas con muchas personas jóvenes al respecto de todas estas cosas, te das cuenta de que ni siquiera conciben pagar por alguno de estos divertimentos, de que en su vida han tenido que poner dinero para ver una película o ni siquiera han ido al cine, algo que a mí personalmente me sume en un tremenda tristeza por tratarse de una filosofía de vida tan diferente a la mía, que he crecido yendo y amando el cine en pantalla grande. Son decididamente malos tiempos para muchas cosas: el cine, los videoclubes, las librerías, y tantas más, y nuestros sucesivos gobiernos no están precisamente ayudando a aliviar todas estas heridas contra la cultura en sus muchas formas.

Ximo Ginés se jubila tras 27 años al frente de su negocio. Por sus manos
han pasado miles y miles de películas
Si he de ser sincero, también tengo que admitir con pesar que en los últimos años yo mismo fui dejando paulatinamente de ir al Casablanca: hacia el 2013-2014 toqué uno de los baches personales más grande de mi vida. Tras varios años desempleado, mi economía llegó a límites tan precarios que hasta los míseros 2 euros que costaba alquilar una película me suponían a menudo un inmenso sacrificio. Y, además, para mí la prioridad siempre ha sido y será el cine, así que, sintiéndolo mucho, tuve que elegir dónde destinar mis escasos ahorros.

¡Feliz jubilación!
Con el inminente cierre del Casablanca, creo que sólo quedarán un par de videoclubes en Puerto de Sagunto (puedo dejarme alguno). Visto y lo visto, y dicho lo dicho, no parece haber un futuro muy esperanzador para este tipo de comercio. Nuestro amigo Ximo Ginés seguirá al frente de su local hasta el 31 de enero, y hasta entonces estará liquidando su amplio stock de películas en DVD y en Blu-Ray, por lo que, si cualquier lector está interesado en esta oferta, puede pasarse por la ya citada calle Segorbe, 54 de Puerto de Sagunto o llamar al teléfono 96 2676145. Ni qué decir tiene que yo ya estuve seleccionando algunas películas que me he llevado como recuerdo del videoclub (¡y a riesgo de saturar mis pobladísimas estanterías!).

El letrero del videoclub pronto se apagará de manera definitiva...
Por mi parte, nada más queda que desearle a Ximo una feliz jubilación con muchísimas más películas de las que disfrutar, agradecerle su gestión y amistad todos estos años y desearle suerte con su proyecto del resucitado Cine Club Nautilus, en donde todos los lunes varios aficionados al cine se reúnen para ver algún clásico y comentarlo (más información en su página en este enlace de su página Facebook).

domingo, 17 de enero de 2016

Y van seis...

Debra Paget, una de las eternas musas del blog,
protagonizó mi primera entrada
Un año más, constatar lo rápido que pasa el tiempo y se van cumpliendo aniversarios, concretamente el sexto desde que inicié este blog tal día como hoy de 2010, también domingo. La ilusión que tenía en un principio por publicar en él se perdió hace ya mucho y hay veces que sigo llenándolo con algún artículo de manera semiforzosa. El interés que alguno de mis escritos pudiera ofrecer a lectores amigos o extraños también parece ya disipado en algún limbo y, gradualmente, he dejado de tener comentarios o nuevos interesados que se “apunten” a la sección de “Miembros” del blog. No culpo a nadie de manera directa ni me quejo más de la cuenta. Como he reiterado más de una vez, este es sobre todo un blog de opiniones personales con las que entiendo que mucha gente pueda no coincidir o que puedan interesar otras personas. También repetiré igualmente que siempre es agradable que alguien se pare a dedicar unos minutos a tu labor o a considerar tus disertaciones, así que concluyo esta breve noticia de aniversario con una inevitable sensación de contradicción y de dejà vu

Supongo que en este 2016 continuaré usando el blog tal y como lo vengo haciendo en los últimos años: escribiré cuando me apetezca, sin obligarme a hacerlo porque sí o para coincidir con alguna fecha señalada. Quiero sobre todo concentrarme en un proyecto personal que requiere buena parte de mis pocas energías literarias, y que es la autopublicación de un libro con los pocos cuentos que he escrito en el último cuarto de siglo (no soy lo que se puede llamar un escritor prolífico). Este era el misterio que anuncié hace un par de meses y que gustosamente voy a anteponer a mis entradas en el blog, así que no os extrañe si pasa mucho tiempo sin que aparezcan nuevos artículos.

sábado, 27 de junio de 2015

Cambiando de rutina

Mi rutina semanal es poco variada. No es enteramente por gusto: la economía de un parado no da para muchos lujos o caprichos, así que mis visitas al cine y algún que otro concierto de rock (casi siempre gratuito), aparte de mis consabidas e imprescindibles partiditas a juegos de mesa, constituyen básicamente mi panorama socio-cultural habitual.

En los últimos meses me he propuesto ampliar un poquito más ese programa de actividades acudiendo a algunos actos y convocatorias más atípicos en mí. Uno de ellas fue la presentación del libro de José Almúdever el pasado abril o la del cómic de Sento en mayo de los que ya he hablado en entradas anteriores. Hace también un par de meses formé parte del grupo que acompañó al historiador local Enrique J. Martínez para conocer in situ y de primera mano las teorías del erudito sobre las antiguas defensas íberas de Sagunto, una propuesta audaz y original que ha expuesto en la publicación Conjeturas sobre las defensas arsetanas (descargable en este enlace). Fue una divertida excursión recorriendo parte de la ciudad valenciana y sobre todo las faldas de su castillo para observar los fundamentos físicos del postulado de Enrique.

Sin dejar Sagunto, ni tampoco la historia –disciplina que me atrae, pero de la que no tengo grandes conocimientos– el pasado 6 de junio participaba en un acto similar, esta vez con la Edad Media como temática: el guía local Ramón Castelló nos condujo, en una interesante visita nocturna, por los principales edificios y construcciones que aún se conserva en la urbe desde el medievo, hablándonos de sus detalles y curiosidades. Lo mejor de todo: té helado y galletas al final del recorrido de más de dos horas. Ramón organiza esta y otras visitas por la ciudad periódicamente, y sobre ellas os podéis informar en su página Facebook y en su blog. Además, si visitáis el castillo de Sagunto podéis también solicitar el acompañamiento de este ilustrado estudioso de la historia.

De momento, mi última “actividad atípica” ha sido acudir al breve concierto del pianista local Omar Vilata dentro de su serie “Piano íntimo”, en el que el músico recrea alguna pieza conocida ante un público limitado (40 personas) y de manera informal (por ejemplo, invitando a niños a acompañarle). La actuación tuvo lugar en el Auditorio Joaquín Rodrigo de Sagunto, en un ambiente amistoso y, como reza el título, íntimo, cálidamente iluminados por un solo foco y todos sobre el escenario del local, sentados rodeando al pianista. Esta fue la sexta y última edición de “Piano íntimo” de la temporada, que también tiene lugar paralelamente en Valencia capital.

miércoles, 4 de febrero de 2015

¡Desayuno con Ray Harryhausen!

Ya hace casi dos años que nuestro queridísimo Ray Harryhausen nos dejó, pero todos sabemos que su legado es imperecedero y nos acompañara siempre. Los homenajes y recuerdos a su obra y a su persona continúan, y uno de los más curiosos y originales es sin duda esta simpática taza que nos ofrece la tienda Black Mammy, escaparate virtual de las creaciones del diseñador almeriense David García. En dicha web podemos encontrar tanto tazas como camisetas que toman como motivos las más variadas fuentes de la cultura popular, pero que se inspiran muy especialmente en el cine fantástico. La taza Harryhausen cuesta 9,95 € más 3,50 de gastos de envío. ¿Qué mejor manera de desayunar recordando al maestro de la animación? ¡Yo ya tengo la mía!

Más información en: http://blackmammyshop.es/


sábado, 17 de enero de 2015

Tal día, un lustro

Constatar lo rápido que se te escapa el tiempo conforme te haces mayor es algo que seguro que no le descubro a nadie que haya alcanzado ya unas pocas décadas de vida. Aun así, muchas veces me sigue sorprendiendo este hecho al cerciorarme de determinados detalles o fechas, como ocurre en el día de hoy, cuando se cumple ya todo un lustro desde que comencé la aventura de dar forma a este blog, un espacio virtual inicialmente centrado en el cine y en la música, pero con cabida para todo tipo de temas de los que me apeteciera hablar. Un blog centrado, pues, en mis gustos, inquietudes y opiniones.

La aventura de El castillo de Lord Ruthwen nació principalmente debido la insistencia de un amigo al que le gustaban mis escritos y las historias y anécdotas que a veces contaba a mis conocidos por medio de mails. Yo no las tenía todas conmigo. No acaba de entender para qué quería publicar cosas personales en internet, ni mucho menos a quién iban a interesar. Pero, como me gusta mucho escribir, y el periodismo es una de mis vocaciones frustradas, al final me planteé el blog como una especie de “revista” internáutica en la que dar cabida a todos esos “artículos” que nadie seguramente me iba a publicar. Y, además, sin censuras ni limitaciones ni ningún tipo de condición ni imposición a la hora de elegir y redactar esos textos.

Con el tiempo, el blog fue desarrollándose y variando, dando cabida a nuevas ideas y secciones, casi cobrando vida propia, como se suele decir. Fui desechando algunas temáticas o relegándolas a un lugar secundario, e incorporando otras, a veces sin que acabaran de convencerme, a modo de prueba. Hubo momentos en que me cansé, en que pensé en abandonar, pero luego me volvía a entrar el gusanillo de escribir; encontraba algún tema que me inspiraba. Sin ir más lejos, en este quinto aniversario me había propuesto poner fin, al menos temporalmente, a la trayectoria del blog. Ya en otoño me había planteado llegar a este 17 de enero para hacer oficial el cierre de El castillo de Lord Ruthwen, y en la práctica había dejado de escribir en él mes y medio entre octubre y noviembre, el plazo más largo en estos cinco años sin incluir ningún nuevo post–, quedándose un montón de entradas en el tintero o acabadas pero sin publicarse. Al final he decidido no ser tan drástico: el blog seguirá abierto, y escribiré cuando me apetezca, sin obligarme a tener que subir nada nuevo cada cierto tiempo porque sí, ya que ello sólo me lleva a incluir artículos cuya intención y redacción a veces ni siquiera me convencen a mí mismo.

Hace ya mucho tiempo, al cumplirse el primer aniversario del blog, sopesaba las razones por las que lo mantenía, que encontraba diversas y variadas: algún tipo de catarsis artística podría ser la más obvia; matar el rato, desarrollar inquietudes, relacionarse de alguna manera con otras personas; a veces incluso me parece un pequeño ejercicio de egoísmo, porque, ¿a quién le importan mis chifladuras y desvaríos o lo que pueda opinar o dejar de opinar de una película, actor o cantante? La respuesta a esto último es que a nadie o a casi nadie, algo que ha probado el tiempo, de lo que se infiere que al final escribo y confecciono el blog principalmente para mi propia satisfacción, para matar el gusanillo de explayarme mediante las palabras, de contar cosas que me apetece contar y no sé a quién porque no conozco a nadie que crea que pueda estar interesado en ellas. Para mí, el blog tiene finalmente dos recompensas principales: la primera es rendir homenaje a personas a las que admiro y que han significado mucho en mi vida, ya se trate de artistas consagrados internacionalmente como de gente de mi familia totalmente anónima. La segunda es coincidir en estas admiraciones y en mis gustos con otros internautas perdidos, porque todo el mundo necesitamos hacernos oír, ser reconocidos de alguna manera, que nos den una palmada en la espalda o un terroncito de azúcar. En ese sentido, si alguno de mis artículos logra entretener a algún lector despistado que lo encuentra por casualidad o, aún más, hacer que se interese por el tema, persona, disco, película o libro de los que hablo, me doy por satisfecho y me considero más que pagado.

Así pues, y en resumen, tras ese lustro fugaz que casi ni he visto ni recuerdo, la odisea desesperada de El castillo de Lord Ruthwen continúa, no sé por cuánto tiempo ni muy bien con qué sentido, pero sigue adelante, sin prisas ni presiones, para contar las andanzas y vidas de todos esos actores, músicos y escritores a los que admiro, para seguir hablando de libros, juegos, videojuegos, historia o lo que se me antoje, al margen de que interese o no al resto del mundo. Las puertas del castillo permanecen abiertas, aunque no es fácil atreverse a traspasarlas debido a lo imponente y amenazador de los muros de la centenaria fortificación, al vetusto portón de madera, a las oxidadas cadenas del puente levadizo, a las pétreas y amenazadoras gárgolas…

Tan sólo espero que el próximo lustro pase un poco más despacio, que de lo contrario no da tiempo a aprovecharlo y a uno ya le pesan los años y prefiere saborearlos pausadamente…

lunes, 8 de septiembre de 2014

Testigos silenciosos (Tras el rastro de la Guerra Civil, I)

Mi fascinación e interés por la Guerra Civil Española comenzó cuando terminaba la EGB y por aquellas lejanas fechas ya visité por primera vez casi todas las antiguas instalaciones defensivas que rodeaban mi ciudad, incluida la famosa batería del Grao Viejo. Treinta años después, la mayoría de estas construcciones han sido derribadas sin consideración, principalmente durante la descerebrada explosión inmobiliaria de los primeros años 90. Aunque a lo largo de esas décadas he realizado algunas fotografías de la mayoría de ellas, siempre quise hacer un reportaje en condiciones y me temo que he demorado demasiado tiempo la tarea, ahora imposible de completar. Este será el primero de una serie de artículos dedicados a recordar todos esos vestigios que para mí tienen un valor histórico incuestionable, además de sentimental. Espero con estos textos ayudar a concienciar, en la medida de mis humildes posibilidades, a posibles lectores sobre la importancia de respetar e intentar conservar estos pequeños monumentos, e incluso a darlos a conocer a otros, pues me consta que hay mucha gente en la ciudad que ni siquiera sabe de su existencia, tan olvidados y denigrados están.

Aprovecho para informar de la reciente creación de un grupo Facebook para recordar lo que fue la Guerra Civil en la comarca del Camp de Morvedre (Valencia), así como para intentar que se conserve el patrimonio local relativo a ésta: https://www.facebook.com/groups/652427084853764/

Dos testigos olvidados
Permanecen desde hace décadas como mudos e inmóviles testigos de una época turbulenta del país, ignorados u olvidados por la mayoría de los habitantes de la localidad. Posiblemente, ni siquiera las muchas personas que pasean o hacen jogging a diario por sus cercanías reparan en ellos: junto al Río Palancia, por el camino que le bordea a su derecha según se baja de Sagunto a Puerto de Sagunto, se pueden encontrar dos curiosas formaciones de hormigón separadas sobre uno o dos kilómetros una de otra. Se trata de dos nidos de ametralladoras que fueron construidos durante la Guerra Civil Española como parte de las defensas de la zona contra posibles incursiones aéreas o terrestres. Como con los demás restos arqueológicos del conflicto en la comarca, las autoridades no han hecho nada por conservarlos, preservarlos o destacarlos de alguna forma, y sólo han llegado hasta nuestros días porque ninguno de los depredadores urbanísticos que han asolado nuestro pueblo ha llegado todavía hasta esas zonas relativamente alejadas de él. De hecho, están sucios y llenos de basura.

El nido junto al hospital de Sagunto, que se puede ver atrás
El Río Palancia a la izq., y Puerto de Sagunto a la derecha




(Pinchar en las fotografías 
para ampliarlas)




Interior del nido junto al hospital
































El nido que está más cercano al mar está exactamente a la altura del Hospital de Sagunto o “Mini Fe”, como se le conoce popularmente, y junto al camino que he mencionado. Debió sobrevivir milagrosamente  las obras del complejo. Su compañero, más hacia el oeste, se encuentra a la altura del centro comercial Carrefour, algo más alejado del camino y más cercano al río, en un pequeño saliente desde el que se dominan perfectamente varios kilómetros. Ambos tienen casi idéntica estructura, con una entrada lateral que luego gira a la izquierda dos veces, dibujando una especie de pasillo en forma de “G” invertida. Su altura desde el interior viene a ser sobre un metro setenta, aunque seguramente el paso de los años haya acumulado sedimentos y tierra dentro de ellos y originalmente fueran más profundos. Tienen dos aberturas en ángulo en las que, presumiblemente, se ubicaban las armas de fuego que dan nombre a estas construcciones.

En años recientes, el Ayuntamiento ha habilitado un paseo junto al río que incluso tiene mesas y asientos de madera dispuestos de manera intermitente para propiciar las excursiones y visitas a la zona. Dicho camino pasa muy cerca –y a veces coincide– del camino viejo, en el que están nuestros dos inertes protagonistas. Ahora que hay mucha más actividad humana junto al Palancia, no estaría de más que el consistorio se propusiera también adecentar un poco esos dos nidos e identificarlos con un par de pequeños carteles, como ha hecho con otros puntos del río. No creo que fuera una labor ni ardua ni económicamente costosa.

El nido que está más al oeste del río. Al fondo a la derecha se
puede ver el hospital, junto al que se encuentra el otro nido.
Vista posterior

Vista desde el camino inferior
Desde el interior del nido se puede ver el río y el nuevo camino

Interior del nido, en lamentable estado
(Fotografías de Luis E. Hernández)













Situación de los nidos con ayuda de Google Maps

viernes, 8 de agosto de 2014

Centenario de mi abuelo

De Utiel al Puerto
¡Pues sí!: hoy quiero recordar a una persona muy querida e importante en mi vida, y no se trata de ningún actor, ni escritor ni músico, sino de alguien que estuvo conmigo desde mucho antes de que pudiera apreciar a cualquiera de estos: tal día como hoy de exactamente hace un siglo nacía mi abuelo materno Emilio en la localidad valenciana de Utiel, aunque siendo bien joven –sobre los trece años– se trasladaría con su familia a Puerto de Sagunto. En alguna parte de este momento, debido a que tenía “estudios” (es decir, sabía leer y escribir y había acabado la educación básica, lo que no tenía todo el mundo en aquella época) ejerce de mozo en una botica. Ya en su nuevo hogar, entra a trabajar en Altos Hornos de Vizcaya –posteriormente del Mediterráneo–, en donde permanecerá hasta su jubilación casi cincuenta años después. Mi madre siempre comentaba con admiración que había entrado como “simple pinche” y había acabado siendo encargado, pero la verdad es que a mí que a una persona que dedique más de media vida a una empresa no le concedan un puesto más alto no me parece una gran oportunidad.

Una anécdota curiosa de mi abuelo es que, como era muy bajito, no lo consideraron apto para el servicio militar. Sin embargo, cuando estalló la Guerra Civil se vio obligado no sólo a hacerlo precipitadamente, sino a participar en la contienda dentro de las filas republicanas. Dada mi pasión por esta época de nuestro país, siempre quise conocer las vivencias de mi abuelo durante aquellos años, y alguna cosa le pregunté en alguna ocasión, pero me sabía mal indagar demasiado por si no le hacía gracia rememorar aquellos años tan penosos. Sé que, al menos durante un tiempo, trabajó con una ambulancia o algo así, y mi tía –su hermana– me contaba que una vez volvió a casa repleto de piojos, pero, por lo que he podido averiguar, creo que nunca llegó a estar directamente en el frente, de lo cual me alegro.

A principios de los años 40 se casó con mi abuela Teresa y se instalaron en la planta baja en la que ambos vivirían el resto de sus años (y en la que yo nací, por cierto). El inmueble lo compró mi bisabuelo por unas 7.000 pesetas, según descubrimos en unos papeles que aparecieron hace tiempo. En 1944 llegó al mundo mi madre, única descendencia de la pareja (el segundo hijo del matrimonio, por desgracia, nacería muerto).

¡En la boda de mi abuelo!
En 1975 mi abuela, enferma del corazón, falleció relativamente joven a los 54. Durante unos años, mi abuelo estuvo viviendo en nuestro piso con nosotros, y tengo muy buenos recuerdos de aquella estancia con nuestra familia: siempre nos traía juguetes y regalos cuando volvía de viaje, y me llevaba en su pequeña Vespa 50 a pueblos de las cercanías e incluso –ya en tren– a conocer lugares de Valencia (¡hasta me llevó a los toros!). En 1978 nos sorprendió a toda la familia al presentarnos a una señora mayor de su mismo pueblo –que visitaba a menudo– con la que nos dijo que pensaba casarse. ¡Creo que soy una de las pocas personas que puede decir que ha estado en la boda de su abuelo!

Tras su jubilación, poco después del enlace, mi abuelo llevó una vida bastante activa: viajó bastante durante los primeros años de su segundo matrimonio, y era un hombre bastante inquieto que sabía reparar casi todo lo que se estropeaba en casa: se manejaba bien con el bricolaje y con la electricidad, y desde joven trabajó en el teatro amateur, principalmente como traspunte. En dos o tres ocasiones fui a ver las obras en las que participaba con otros jubilados, y en 1996, la última vez que intenté abordar un cortometraje (que tampoco llegó a buen puerto) fue él quien me presentó a dos compañeros suyos para que trabajaran como actores.

Hasta sus últimos años, siguió siendo un hombre muy capaz y autosuficiente que iba a comprar y andaba grandes distancias para ello. También era bastante “cabezón” y se empeñaba en hacer prevalecer su criterio por encima del de todos, aunque este era un gesto simpático y entrañable en él, ya que no lo hacía de una manera desagradable (por ejemplo, me daba instrucciones sobre conducción y tráfico cuando le llevaba en coche a pesar de que él nunca había tenido siquiera carnet).

Despedida
En noviembre de año 2006 llevaba algún tiempo quejándose de molestias en el estómago que resultaron ser un cáncer muy desarrollado que no le permitía comer. Fue operado de urgencia y milagrosamente sobrevivió a su avanzada edad –92 años– a una extirpación de parte del estómago. Durante aquellos tiempos volvió a vivir con nosotros casi tres meses –el círculo parecía cerrarse–, mientras su mujer, aquejada de demencia senil, pasaba ese lapso con su familia de Utiel. Ese distanciamiento le dolió mucho a mi abuelo y la llamaba a menudo por teléfono. Tras algún tiempo de convalecencia, pareció recuperarse bien, volvió a comer y a poder hacer vida bastante normal para alguien con sus años. A principios de febrero de 2007 quiso volver a su casa y que trajeran también a su mujer, pero el tener que ocuparse en su estado de un hogar demostró ser demasiado para él, y sus fuerzas fueron mermando poco a poco, a pesar de que una señora se ocupaba de limpiarles y de hacerles la comida todos los días y de que nosotros estábamos constantemente con ellos.

En abril de 2007 esa energía suya que parecía interminable empezó a abandonarle a un ritmo más evidente. Se fue quedando sin fuerzas hasta acabar postrado en la cama a principios del mes siguiente. Su vida se apagó dulcemente un 15 de mayo, muy cerca de alcanzar la longeva edad de 93 años, y su segunda esposa le siguió diecinueve meses después.

Mi madre me contaba que mi abuelo había sido bastante duro con ella y con mi abuela, algo que supongo que sería relativamente normal en aquellos tiempos y en aquella España. Contradictoriamente, el recuerdo que yo tengo de él es el de una persona amable y educada que a mí siempre me trató con mucho cariño (¡Me llegó a regalar su Vespa cuando iba al instituto!). De hecho, creo que sentía preferencia por mí, de entre sus tres nietos, por ser el único varón y además el primogénito (lo que quizás venga a confirmar también precisamente esa mentalidad algo retrógrada o tradicional). Creo que de mi abuelo heredé el carácter inquieto y las ganas de aprender cosas, aunque mis inclinaciones quizá hayan sido más artísticas y las suyas más “prácticas”. Es curioso que nunca me haya dado por el teatro, y que tampoco sea ningún manitas con las reparaciones del hogar, a pesar de que él se empeñó en enseñarme a manejar algunas herramientas. Despertó mi interés por muchas otras cosas, ya que también me regaló mi primera maqueta e incluso me enseñó a revelar fotografías en un pequeño e improvisado estudio en su domicilio. Esa casa es hoy en día mía y de mis hermanas y, aunque no está en condiciones óptimas para que alguien viva en ella, sí que me sirve como “cubil” para organizar mis partidas a juegos de mesa, hacer algún ensayo musical e incluso he montado un improvisado taller para intentar volver a pintar miniaturas, así que el recuerdo de mi abuelo sigue muy vigente al estar tan a menudo en el que fuera su hogar, rodeado de sus muebles y sus cosas.

martes, 1 de julio de 2014

Los juegos de mesa, bien cultural

Todos los que los conocemos sabemos que lo son, pero nuestro amigo Simón Blasco ha creado esta petición para que así sean reconocidos por el Ministerio de Cultura del Gobierno de España. El objetivo de reunir 1000 firmas virtuales casi se ha logrado, pero estoy seguro de que podemos llegar a muchas más. Si queréis aportar la vuestra, podéis hacerlo pinchando en este enlace. Es un trámite rápido y sencillo.


sábado, 28 de junio de 2014

Fin de semana en Dublín

El Hotel St. George, donde me hospedé
Hace exactamente diez años pude concederme uno de los pocos y excepcionales “grandes” caprichos que he tenido en mi vida: una breve estancia en uno de los países del mundo que más me fascinan: Irlanda. Es una de las dos únicas veces que he viajado al extranjero, siendo la anterior a Dinamarca y porque formaba parte de un intercambio estudiantil y me salió gratis.

En aquel ya lejano 2004 llevaba cierto tiempo trabajando y, aunque el viaje me costó el sueldo de todo un mes, pude permitirme el “lujo” de pasar un fin de semana en Dublín. Aunque yo no lo sabía entonces, lo cierto es que me iba a quedar de nuevo si empleo antes de que acabara el verano, pero, vaya, como se suele decir, “que me quiten lo bailao”. Además, como motivación extra modifiqué las fechas para poder acudir a un concierto de una artista que me gustaba bastante en aquella época: Sheryl Crow y así matar dos pájaros de un tiro y cumplir a la vez dos sueños. Los días finalmente elegidos fueron del viernes 25 al lunes 28 de junio; hoy se cumple pues la década de mi regreso de la Isla Verde.

Aquel día 25 me pegué el madrugón (¡4 AM!) para llegar a tiempo al Aeropuerto de Manises. El avión despegó puntual e hizo escala en Madrid y, tras un aburridísimo viaje de 3 horas, pisamos suelo irlandés. En el Aeropuerto de Dublín me recogió una simpática chófer que me acercó a mi alojamiento y me sorprendió poder entenderme bastante bien con ella a pesar de mi pésimo inglés oral. Me iba a instalar en el St. George Hotel, un viejo edificio reformado de estilo –casualmente– georgiano sito en Parnell Square, en pleno centro de Dublín y continuación directa de la famosísima O´Connell Street.

De aquellos cuatro cortos días en la capital de Irlanda –sobre los que no voy a extenderme demasiado para no aburrir a nadie– recuerdo sobre todo muchos y largos paseos por la ciudad. Me hubiese gustado salir a conocer el campo, visitar castillos y cosas similares, pero el presupuesto no me dio entonces para más y albergo el sueño de poder volver a aquel país con más tiempo y dinero. Pero, volviendo a mis recorridos por las calles dublinesas, decir que me gusta ver así los nuevos sitios que visito. Ir a mi aire y conocer la ciudad a pie, tal y como es y no como me quieran enseñar los tours y visitas guiadas que te llevan a los monumentos, museos y lugares más clásicos de cada ciudad.

En el Savoy vi Shrek 2
Aquellas largas caminatas estuvieron parcialmente condicionadas por mi amor a la literatura anglosajona, ya que pude ver (por fuera) las casas en las que vivieron muchos de los escritores que admiro, como es el caso de Sheridan LeFanu o el mismísimo Oscar Wilde. El hogar juvenil de este último puede visitarse, pero yo fui en sábado y estaba cerrado. Visité también la famosa zona de pubs y locales de conciertos de Temple Bar, pero no entré en ninguno debido a que me encontraba demasiado cansado para trasnochar. Dublín es famoso por sus músicos, y lo cierto es que en las calles encontrabas a muchos de ellos en solitario o en pareja acompañándose de algún instrumento o cantando a capella, y en general puedo confirmar que hay gran calidad artística en este sector en la ciudad de Dublín. La única exposición que visité fue Dublinia, sobre la época medieval de la ciudad, e incluyendo maquetas a escala y también escenas a tamaño real con maniquíes, entre otras cosas. También estuve en un complejo de ocio en el que se exponía la Bram Stoker Dracula Experience, una especie de “pasaje del terror” centrado por supuesto en el famoso personaje del conde vampiro. Y visité el edificio de Correos que presenció el famoso alzamiento de 1916 por parte de los independentistas irlandeses.

Para cuando llegó el domingo por la tarde, tenía los pies llenos de bambollas de tanto andar, pero como estaba solo y no me apetecía quedarme en el hotel, seguí con más largos paseos –ahora algo masoquistas– mientras llegaba la hora de acudir al concierto de Sheryl Crow en un gran recinto cerrado cercano al puerto de nombre The Point Depot (parece ser que una antigua estación ferroviaria reformada). Empezaba a las 8 de la tarde, pero llegué allí al menos una hora antes para poder coger sitio. Al final creo que estuve unas 4 horas de pie contando la espera, el artista invitado y la actuación de la cantante estadounidense. Al salir del espectáculo parecía un zombie que apenas podía andar, y sólo con gran fuerza de voluntad conseguí llegar al lejano hotel y acostarme casi sin cenar. Un cercano comercio Spar me proveía de algunos postres y frutas que llevarme al hotel.

Sheryl Crow en The Point (Foto: WENN)
El lunes por la mañana no me quedaba mucho tiempo para despedirme de Dublín y de su oscuro Río Liffey, ya que tenía que ir al aeropuerto después de comer. Creo que compré algunos souvenirs y poco más. Comí en una pizzería que frecuenté durante aquellos días, ya que la comida irlandesa no me resultaba muy de mi agrado y era algo cara. Aparte de aquel local estuve en una hamburguesería, y también en un restaurante chino en el que el menú era bastante diferente a los que vemos por aquí. Además, me fue imposible hacerme entender con el camarero para que me diera un poco de aceite de oliva para el pastoso arroz que me puso. ¡Siempre protagonizo alguna divertida anécdota culinaria en mis viajes!

¿Qué más recuerdo de aquellos cuatro días, aparte de las largas caminatas? Que llovía de vez en cuando a pesar de estar en la mejor época del año en aquellas latitudes, aunque eran precipitaciones cortas y poco molestas, que me metí a un cine llamado Savoy a ver Shrek 2, y que estuve muy tentado de ir a ver una obra de teatro de Stephen Rea, pero se me salía del presupuesto e incluso no recuerdo si estaba dentro de mis días de estancia en Dublín. También que me llevé mi vieja cámara Praktika y que no la saqué de la maleta al final. Tampoco me apetecía mucho hacer fotos y llevar el aparato colgado del cuello todo el tiempo. Además, al volver a casa me di cuenta de que el carrete se había roto y tuve que tirarlo. Creo que no he vuelto a coger esa cámara desde entonces.

Una de las muchas cosas que me atraía de Dublín era el rodaje en sus calles de una de mis películas favoritas, Los Commitments, y tenía bastante ilusión por encontrar algunos de los exteriores del film. Sólo lo conseguí de regreso al aeropuerto, cuando la chófer tuvo la amabilidad de desviarse para que viera aquellas enormes fincas en las que vive el personaje de Bronagh Gallagher y tiene lugar la anécdota del caballo en el ascensor. Mi conductora me dijo que las habían construido para familias pobres y que iban a ser derribadas en breve.

El regreso a casa fue un poco accidentado: el avión llegó con retraso a Madrid y, como consecuencia, perdimos el otro aparato que nos tenía que haber dejado en Valencia a eso de la medianoche. La empresa nos pagaba, no obstante, la noche de hotel, pero yo entraba a trabajar por la mañana y fue un gran fastidio. Además, debido a que tenía que esperar a que me devolvieran las maletas, perdí el bus que nos tenía que acercar al hotel. Me dijeron que pasaba otro, pero después de mucho esperar y pasar calor, decidí coger un taxi que me costó un dineral y que me llevó al hotel, que estaba muy cerca. Cené, me duché, me acosté y me quedé con la sensación de no haber dormido cuando tras tres o cuatro horas sonó el despertador. Aunque llegué a tiempo a casa para entrar a trabajar, decidí pedir la mañana de permiso para poder descansar.

Espero tener ocasión de volver a visitar Irlanda de manera más tranquila y holgada y mejor acompañado. Y, por supuesto, también Escocia, el otro país del que estoy enamorado…

miércoles, 11 de junio de 2014

Adiós, compañero

Algunos de mis amigos han aplaudido mi decisión de dar de baja mi viejo coche. Yo veo esta drástica determinación de otra forma: aunque pueda parecer exagerado, para mí no es sino un paso más hacia la pobreza, el ostracismo y el aislamiento social. Y eso que no soy nada aficionado a los coches ni me entusiasma conducir. No sé si alguna vez pagaría un dineral por un coche nuevo y dudo que fuera capaz de cuidar uno con esmero y dedicación como hace toda esa gente que atesora su vehículo como si fuera lo más preciado que tiene en el mundo. Para mí un coche es un accesorio que te permite acceder a ciertos lugares de manera más rápida y cómoda, jamás un artículo de lujo del que hacer ostentación.



Compré este Citröen ZX Avantage en octubre de 2003 de segunda mano. Me costó unos 2000 euros en aquella época en la que por suerte tenía trabajo seguido y necesitaba un transporte propio. Entonces contaba ya con ocho años largos, y me hizo mucha gracia que precisamente hubiese sido matriculado en el día de mi cumpleaños de 1995. Casi lo interpreté como una señal. Más de década y media después, puedo decir que el coche me salió bastante bueno a un nivel mecánico: sólo he tenido que hacerle una reparación relativamente cara en todo este tiempo. Eso sí: al poco de tenerlo se estropeó la calefacción, y varios años después el aire acondicionado, pero decidí no reparar ninguna de las dos cosas, sobre todo porque la última avería me pilló ya en época de “vacas flacas”. Además de esto, algún pequeño problemilla con la puerta derecha y con la del maletero fácilmente solventable o ignorable.

En otros aspectos, se podría decir que el coche me salió un poco “rana”: a la tercera vez de llevarlo a la ITV el inspector de turno me sorprendió diciéndome que se trataba de un vehículo comercial y que como tal sólo podía llevar los dos asientos de delante y debía pasar la revisión cada semestre. Tras indagar un poco, el mismo técnico me descubrió que el primer problema –los asientos– se había resuelto anteriormente, pero no el segundo. Más recientemente, a finales del pasado año, la DGT me comunicó que el coche tenía un embargo de mucho antes de que fuera de mi propiedad. Se puede decir que me la metieron bien y en este sentido creo que no me volverán a pillar si alguna vez vuelvo a comprar otro coche.



Aparte de estos disgustillos, he de decir que el Citröen me ha servido muy bien durante todos estos años. En mejores épocas, me llevó a todos mis trabajos –normalmente a bastante distancia de mi ciudad– mientras los tuve. En estos largos años desempleo, he de admitir que no le di mucha utilidad, en parte porque como ya he admitido no me gusta mucho conducir más allá de lo imprescindible y porque raramente uso coche para circular dentro de mi ciudad. Me vino bien para ir a cines de otras localidades, para ensayar con grupos cuando lo hacía y para llevarme de compras ocasionalmente, opciones que ahora ya desaparecen (y de ahí mi pesimismo de las primeras líneas).

Por encima de todo esto queda que soy un sentimental sin remedio y que le cojo cariño a las cosas que me acompañan en la vida, así que perder a este veterano amigo de cuatro ruedas me duele más en el corazón y en el orgullo que por cualquier otra cuestión material o monetaria. Es bien cierto que en estos últimos tiempos ya me era imposible mantenerlo al día y pagar sus seguros, impuestos y revisiones con mi inexistente sueldo. Lo movía cada dos o tres semanas para que no estuviera en el mismo sitio, y a veces ni eso, porque en algunos momentos no podía ponerle ni gasolina.

Hoy me despido de mi compañero, para que sea desmenuzado en un desguace. Seguramente aún hubiésemos podido estar juntos muchos años en otras circunstancias. Le echaré mucho de menos…