"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
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miércoles, 6 de octubre de 2010

Libros y cine, cine y libros (II)

El hombre lobo de París (The Werewolf from Paris, Guy Endore, 1933)
La segunda obra literaria y fílmica que repasaré esta semana fue producto de la pluma del neoyorquino Guy Endore (1900-1970), pseudónimo de Samuel Goldstein y, aunque parece ser que inspiró en mayor o menor medida largometrajes clásicos sobre el tema de la licantropía como El lobo humano (1935), El hombre lobo (1941) y La leyenda del hombre lobo (1975), sólo ha dado pie directamente a una película que la adapta al celuloide: La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf), dirigida por ese maestro del terror que fue Terence Fisher en 1962.

En esta ocasión sí que me ha sido posible encontrar la novela traducida al castellano: la labor la realizó la editorial Jaguar en 2004, y aunque parece ser que la empresa ya lo ha descatalogado, todavía es relativamente fácil dar con él. De nuevo nos encontramos con una novela fácil de leer y amena, pese a estar marcada por la tragedia y el patetismo de su protagonista, el hombre lobo Bertrand. Aunque con alguna reminiscencia lejana a la novela gótica clásica, es bastante más explícita que aquella en algunos pasajes macabros e incluso sexuales, pero sin caer en lo soez y falto de tacto de algunas obras de terror actuales. Bertrand nace fruto de la violación de una joven sirvienta por parte de un clérigo depravado. Viene al mundo el día de Navidad, lo que según nos cuenta Guy Endore, conlleva la maldición licántropa de la que será víctima el niño una vez que, algo más crecido, pruebe fortuitamente la sangre de un animal. A partir de entonces, su tío adoptivo, Aymar Galliez, comenzará a observar síntomas de la extraña naturaleza de su ahijado e intentará someter a la bestia interior por medio de duros castigos y alimentándolo con carne cruda. Bertrand acabará finalmente dando rienda suelta a sus instintos y matando a una persona, lo que le lleva a huir a París, en plena Guerra Franco-Prusiana (1870-71), y a entrar en el ejército. Aymar le seguirá a la capital intentando dar con él a través de las pistas que deja con sus crímenes con la intención de hacerlo prender. Mientras tanto, el licántropo se ha enamorado de una chica de la alta sociedad que le corresponde y que le aparta de su senda asesina sacrificando su propia sangre, de la que Bertrand se vale diariamente para saciar su sed.

 La novela utiliza el típico recurso del manuscrito –obra “de” Aymar Galliez– que el autor encuentra fortuitamente  muchos años después de que ocurran los hechos que narra y decide publicar, sólo que ampliado por datos y detalles que él mismo investiga. Cuenta con una presentación de Antonio Ballesteros y un prólogo de Alfredo Arias excelentes que nos ponen en antecedentes sobre Endore, su novela, la época en la que se publicó originalmente y su influencia en el cine. 
La Hammer Films se hizo con los derechos del libro de Endore en su época de mayor esplendor y este acabó siendo convertido en film, como he adelantado, en 1962. Lo dirigió Terence Fisher y fue protagonizado por Oliver Reed en uno de sus papeles más recordados. La adaptación fue, no obstante, bastante libre, siendo prácticamente la primera mitad de la cinta –hasta que el protagonista se marcha de su hogar– la que guarda más parecido con la fuente literaria original. Hay, sin embargo, una diferencia muy importante entre la ambientación de novela y film: mientras la primera transcurre, como hemos visto, en el siglo XIX, la película lo hace unos ciento cincuenta años antes, y está ambientada en España, y no en Francia. La razón para esto parece ser que fue que la Hammer preparaba un film sobre la Inquisición de nuestro país, y al cancelarse el proyecto decidieron aprovechar los decorados ya construidos para su siguiente producción. Está considerada hoy en día un clásico menor o secundario de la mítica casa británica especializada en cine de terror.

Añadir, por último, que la relación de Guy Endore con el celuloide fantástico no se limita a la película mencionada, puesto que también fue guionista en Hollywood durante buena parte de su vida y escribió o colaboró en los guiones de films como La marca del vampiro (1935), El cuervo (1935), Muñecos infernales (1936), Las manos de Orlac (1935) o Las aventuras de Simbad (1963) entre otros, normalmente con el pseudónimo de Harry Relis.