"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
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domingo, 8 de octubre de 2017

Blade Runner 2049

Cuando una película que es única tiene una secuela deja de ser única. Todo lo que se nos cuente en la continuación que repercuta inversamente en la primera parte, como detalles de los personajes y secretos de la trama, por desgracia, va a influir en los nuevos visionados de ésta, no importa cuánto nos empeñemos en separar ambos films e incluso hasta que reneguemos de la secuela. Por eso ya cuando se anunció Blade Runner 2049, un servidor se llevó las manos a la cabeza, más aún conociendo los continuos desatinos y despropósitos fílmicos con los que Ridley Scott –quien se aferra a sus dos únicos éxitos cinematográficos con una obstinación que da vergüenza ajena– nos ha obsequiado desde hace años (montajes y remontajes de Blade Runner, precuelas de Alien, etc)

Por fin llega la fecha del estreno de la cinta a la que tanto me oponía: 6/10 (no es casualidad el día elegido y hasta tiene cierto sentido en la película) y, por supuesto, pese a mis reticencias, estoy dispuesto y hasta interesado en verla, sobre todo porque la dirige alguien que me está gustando bastante en los últimos años y que me inspira cierta confianza: un artesano tan eficaz como el canadiense Denis Villeneuve. Hay que dar gracias de que no haya sido el inefable Scott el que se haya puesto a los mandos del rodaje y haya dejado los puestos de director y de guionista a personas más competentes que él.

Por todo lo expuesto, asisto al visionado de Blade Runner 2049 con algo de miedo, un poco agarrado a la butaca temiéndome que, de repente, me destruyan una de las películas esenciales en mi vida, pero, al final, tengo que admitir que salgo del cine tras las dos horas y tres cuartos de metraje del estreno bastante convencido, con buen sabor de boca, dándole vueltas a la cabeza y sopesando algunos de los giros de la trama y parte de las escenas, en mi caso señal inequívoca de que un film me ha calado. Al final, y en resumen, pese a que las situaciones y elementos del guion no tienen mucho de novedoso y las hemos visto en docenas de otros films, la película me fascina (de nuevo hay que recordar aquello tan repetido de que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, pues ser original en una historia a estas alturas parece harto complicado). La dirección artística, la fotografía y los efectos especiales son impecables, los decorados en ese futuro tan sucio, oscuro y deprimente (parte de ellos remiten claramente al film original del 82, otros son más abiertos e iluminados) resultan evocadores y atrapan, y la banda sonora de Benjamin Wallfisch y Hans Zimmer ayuda no poco a potenciar la ambientación. El internacional reparto en general es acertado, si bien la presencia de Harrison Ford es más anecdótica que otra cosa y un obvio reclamo para los fans del Blade Runner de Scott, y quizá otro actor más expresivo que Ryan Gosling (“Ni siquiera sonríes”, le observa un personaje en la película) hubiera sido preferible. A destacar la siempre espléndida presencia de Robin Wright, el cautivador elenco femenino en general y la aparición de algunos personajes de la película original (sólo me rechina un poco el que interpreta Jaerd Leto). Hasta, como es habitual en muchas obras del género, es fácil extraer su parte de denuncia social (claramente una crítica a la diferencia de clases, estando la trabajadora y explotada representada por los replicantes), que invariablemente suele pasar inadvertida por el espectador medio

En fin, si antes de ver la cinta reseñada pensaba que Blade Runner no necesitaba secuela porque perdería esa condición de única que comentaba al principio de esta reseña, después de verla sigo reafirmándome en la idea, pero, al menos, ya que no está en manos del espectador normal el decidir si se filman o no estas continuaciones, toca alegrarse de que esta del clásico de ciencia ficción haya sido muy, muy digna, sin duda lo mejor que ha dado el fantástico este año y también una de las mejores películas que he visto en 2017, curiosamente a punto de llegar a la fecha en la que transcurría la película de hace 35 años…

martes, 15 de marzo de 2016

Confirmada la quinta entrega de Indiana Jones

La noticia ha invadido internet hace un rato. Todos sabíamos que una compañía tan ávida de hacer millones como la Disney no había comprado la franquicia de Indiana Jones para tenerla guardada, y que antes o después rescatarían las aventuras del héroe del látigo de alguna forma. Pero lo que también pensábamos los fans es que sería probablemente un nuevo actor el que encarnaría al mítico arqueólogo creado por George Lucas. Sin embargo, la todopoderosa empresa estadounidense ha confirmado hoy que será de nuevo el mismísimo Harrison Ford el que lo interprete por sexta vez (recordemos su cameo en la serie de TV) y que, cómo no, Steven Spielberg volverá a dirigir esta quinta entrega cinematográfica. Ya hay hasta fecha de estreno anunciada: 19 de julio de 2019.

Se abre la veda para la especulación, las apuestas, las burlas y el humor (ya tenemos montones de internautas bromeando sobre el título de la película, invariablemente relacionado con el geriátrico), las ilusiones y las maldiciones. Es innecesario mencionar que Ford es ya muy mayor (cumplirá 74 años en julio, y probablemente ruede la película un año después) y, aunque sitúen la acción en una época en la que su personaje sea algo más joven, y por mucho que se valgan de maquillaje o infografía, va a ser difícil convencernos de que un hombre de esa edad aproximada puede ir dando saltos y puñetazos por medio mundo. ¿Intentarán justificar los artífices de la película estos hándicaps de una forma razonable? Yo de momento aguardo la cinta con interés, pues también era contrario a que se rodara la anterior parte –Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal– y salí enamoradísimo de verla (soy consciente de que no todo el mundo comparte esta visión mía del film). Sólo espero que, siendo los productores quienes son, no vayan a ofrecernos otro calco/remake de En busca del Arca Perdida, como han hecho al rescatar la saga de Star Wars

Artículos sobre Indiana Jones en el blog:
-La saga cinematográfica
-La serie de TV

domingo, 20 de diciembre de 2015

El despertar de la fuerza

Ya en los muy primeros 80 recuerdo haber leído la intención de George Lucas de que su saga galáctica tuviera un total de 9 capítulos, de los cuales, curiosamente, veríamos primero los tres centrales. Pero llegó El retorno del jedi y empezaron a pasar los años y no le siguió ninguna nueva entrega, por lo que los fans comenzamos a desesperar de que nuestra epopeya espacial favorita fuera a tener una continuación. Sin embargo, dieciséis años después, fue su mismo creador el que decidió reanudarla, ofreciéndonos lo que serían sus tres primeros episodios. Esto ocurrió entre 1999 y 2005, y por entonces Lucas parecía haber renunciado a esa triple trilogía original que inicialmente había concebido. A muchos nos costó de creer, pero de nuevo comenzó a pasar el tiempo y no llegaron noticias de que no fuera a ser así.

En cierta manera, George Lucas cumplió esa palabra: no sería él el que continuaría ni dirigiendo ni produciendo nuevas películas de Star Wars. En los últimos tres años, las noticias se precipitaron: él vendía la franquicia, Disney la compraba y comenzaba a gestar la que, teóricamente, debía de ser la trilogía final de la saga, los episodios VII a IX, previstos para 2015, 2017 y 2019 respectivamente.

Por fin esta semana, treinta y dos años después de El retorno del jedi, llegaba la secuela que muchos nos quedamos esperando en los 80. Se ha titulado El despertar de la fuerza, y cronológicamente continúa la saga tanto tiempo después como en la realidad ha pasado de su capítulo inmediatamente precedente: más de tres décadas, con una nueva generación de personajes, pero también con aquellos más queridos y clásicos con los que crecimos los fans originales.

Daisy Ridley, estrella indiscutible del film.
Sobra decir que este episodio VII hubiera sido muy diferente en casi todo de haberse rodado más o menos inmediatamente después de El retorno… Y eso es lo primero que creo que hay que asumir antes de abordarlo. Como ya me propuse con la anterior trilogía, las precuelas, no voy a intentar compararlo ni ponerlo al mismo nivel que la primera trilogía, simplemente porque aquellos episodios IV a VI hechizaron mi infancia y adolescencia, porque en esas edades de la vida, uno es más propenso a dejarse “embaucar” por la fantasía y el ensueño, mucho más impresionable y abierto a emociones que son nuevas para él. Con los años y la madurez, por suerte o por desgracia, uno va perdiendo la capacidad para dejarse llevar, se va desencantando de las cosas e incluso corre el riesgo de convertirse en una persona sin inquietudes ni entusiasmo, algo que me alegra decir que no me ha pasado a mí. Llego a El despertar de la fuerza con ilusión y ganas de verla, pero teniendo claro que va a ser muy difícil que me impresione tanto como las primeras películas de Star Wars. Tampoco se trata de obcecarse en ello.

Tras su visionado –que aún estoy intentando asimilar– se confirma mucho de lo que había previsto sobre el film, sobre todo a raíz de sus tráileres y spots: estamos ante una nueva generación de películas de la saga, con un tono y un resultado forzosamente diferente al que una secuela del retorno hubiese tenido en otro momento siendo dirigida por Lucas o por cualquier otro director de la época. El ritmo, el pulso, la estética de El despertar… no me remiten de una manera clara y directa a los episodios originales, y de lo contrario no hay quien me convenza. La omnipresente infografía –aunque se haya abusado de ella bastante menos que en los episodios I a III– ya de primeras marca una importante diferencia: el modo en que se mueven las naves y las batallas de éstas difícilmente pueden hacer pasar al film por ochentero y, de hecho, es más realista de lo que hubiera sido de rodarse únicamente con maquetas. Los personajes computerizados no pueden disimular que lo son, y por muy perfeccionados que estén, para mí nunca serán lo mismo que otros como el Yoda marioneta de Frank Oz o Jabba el Hutt, por poner un par de ejemplos.

Las referencias al cine de Kurosawa no pueden faltar en Star Wars
Y eso que su director, J.J. Abrams, y su productora Kathleen Kennedy, se han asegurado de que esta nueva entrega de Star Wars tenga más que sobradamente presente muchísimas referencias a la primera trilogía: no sólo a los personajes clásicos que siempre nos entusiasmaron, sino también prácticamente las mismas naves, lugares y situaciones, hasta el punto de que este despertar parece más que otra cosa un remake de La guerra de las galaxias: de nuevo encontramos a una persona joven con poderosos y latentes poderes jedi que espera en un planeta desértico, de nuevo hay un robot con unos planos escondidos, otro planeta (semi-)artificial que extermina mundos y que es destruido por unas pocas naves rebeldes que encuentran su punto débil, un personaje oscuro pseudo-sith y un alto oficial imperial, y una siniestra personalidad que lidera a ambos en las sombras y que yo sospecho que va a acabar resultándonos odiosamente familiar, entre otras muchas coincidencias nada casuales. En esta falta de originalidad, en esta apuesta nada arriesgada de asegurarse a los fans clásicos con todos estos elementos repetidos –ya sólo la presencia de Harrison Ford, Mark Hamill y Carrie Fisher era una baza importantísima– encuentro lo más criticable del nuevo episodio VII; de hecho, creo que lo único criticable. En este sentido, creo que George Lucas –aunque fracasara en el intento– fue más valiente con sus precuelas al presentar personajes y situaciones total o prácticamente nuevos.

Fuera de esto, salgo algo desconcertado de ver la película, con una especie de “resaca” visual, pero contento de haber cumplido un sueño de toda la vida y con ganas de al menos un segundo visionado más calmado para asimilar cosas que no he podido asimilar la primera vez. Me gustan los nuevos personajes que propone esta tercera trilogía y me parece acertada la elección de los que claramente van a ser sus protagonistas: Daisy Ridley como Rey, John Boyega como Finn, Oscar Isaac como Poe Dameron y Adam Driver como Kylo Ren, los dos primeros, actores prácticamente desconocidos que tienen ahora ante sí un futuro profesional tan vertiginoso como prometedor, el último ya con una carrera bastante sólida –a Driver lo considero algo intermedio–. Encuentro un poco más desaprovechados, por lo limitado de su papel en el film, a otros como el General Hux de Domhall Gleeson, la Capitana Phasma de Gwendoline Christie, el grandísimo Max Von Sydow –cuya presencia en el film es básicamente testimonial, y un claro guiño a los papeles que en su día tuvieron Peter Cushing, Alec Guinnes o Christopher Lee–, así como a la mayoría de actores de la trilogía clásica, que con la notable excepción de Harrison Ford tienen también una aparición limitada en la película, y que es obvio que están sobre todo para hacer de trampolín para la nueva hornada de personajes de la saga (¡y como reclamo para los fans más mayores!).

Destaco también la agradable presencia de muchísimos escenarios naturales, algo que, por cierto, en realidad es bastante atípico de la trilogía original –más aún de las precuelas– que principalmente está rodada en estudio y en interiores, lo que también contribuye a esa sensación, a ese tono bastante diferente del que tuvieron los tres primeros capítulos (cronológicamente hablando). La dirección de J.J. Abrams me parece correcta –para mí lo acertado de su elección ya estaba confirmado tras ver sus dos películas de Star Trek– aunque me queda claro que es un director “a sueldo”, al servicio y a las órdenes de sus productores, un buen técnico cuya personalidad artística está supeditada a la de sus mandamases de la Disney. Aun así, consigue conferir a la película un buen ritmo, con los agradecibles momentos más sosegados –solamente la primera media hora de la película parece que se me pasa demasiado rápido– y aquellos más tensos o dramáticos bien resueltos (incluida esa escena que es el gran spoiler del film, algo que me ha entristecido pero que me ha parecido dignamente incluido en la historia, a pesar de todo). Agradecer a Abrams también que se haya comedido con el odioso recurso del comic relief y que no nos ofrezca otra última cruzada que eche por tierra la seriedad, la solemnidad y el dramatismo que yo prefiero en una película como esta –solamente en algún momento, como la aparición de Han Solo, el director está cerca de arruinar momentáneamente la película–.

Concluyo con una valoración general positiva de El despertar de la fuerza, pero para nada acepto ponerla al nivel de la trilogía original como parece que algunos están haciendo, aunque sí estoy de acuerdo en que está mejor dirigida que las precuelas, cosa nada complicada, porque George Lucas demostró con ellas que era un hombre endiosado que parecía haber perdido el contacto con la realidad y que desperdició un reparto mayoritariamente excelente para desbordarnos con CGIs hasta la saciedad.

Ahora toca esperar –eso sí, con tranquilidad– a la siguiente entrega de la saga, que por suerte sólo tardará un año y cinco meses en llegarnos, ya que se estrena en mayo de 2017. Y, antes de eso, tendremos también el primero de los anthology films, Rogue One, el cual espero con gran interés y curiosidad por lo novedoso de su propuesta, pues será el primer largometraje ambientado en el universo Star Wars fuera de la saga oficial o estándar. Veremos…

sábado, 18 de abril de 2015

Chewie... ¡hemos vuelto!

No me da ninguna vergüenza admitir que se me saltaron las lágrimas al ver a Harrison Ford retomando su personaje de Han Solo en el segundo tráiler de la nueva película de la saga de La guerra de las galaxias, El despertar de la fuerza. Fue algo impagable y emocionante, porque, para mí, la continuación de la historia de George Lucas es el sueño de toda una vida. Desde los primeros años 80, siempre había oído decir al director que ésta se compondría de un total de nueve episodios (aunque en algún momento, parece que ha llegado a decir doce). Este sueño no se hará realidad hasta dentro de ocho meses, cuando la película se estrene en nuestro país exactamente el 18 de diciembre. Hasta entonces la espero con ansiedad e ilusión; sé que no me va a decepcionar, aunque algunas cosas de ella puedan no gustarme o haberlas preferido de otra forma (sigo sin aceptar el forzado e improvisado parentesco entre Luke y Leia, que ahora tendremos que tragarnos por narices, y hubiese preferido un nuevo enemigo en lugar de un Imperio remozado). Creo que J.J. Abrams es un director competente que llevará a buen puerto el nuevo capítulo de la epopeya estelar, como ya ha hecho con Star Trek. Cuenta, además, con dos importantes bazas: el haber recuperado al reparto original –el siempre carismático Harrison, y los semiolvidados Mark Hamill y Carrie Fisher, que salen así del ostracismo artístico en el que han permanecido prácticamente desde que acabaron El retorno del jedi–, y, quizás, las bajas expectativas que puedan tener algunos fans después de las tres precuelas. Pienso yo que esto hará que de primeras sean menos exigentes con las nuevas secuelas, y seguramente que queden más sorprendidos por su predecible calidad.

No conozco mucho al que parece que será el nuevo trío protagonista. Sólo a Oscar Isaac le he visto en algunas películas y me ha parecido un buen actor. Daisy Riley y John Boyega son aún muy jóvenes y tienen una corta filmografía, pero confío en el criterio de selección de J.J. Abrams y en su habilidad parar la dirección. Entre los secundarios, reconozco algunos nombres de intérpretes a los que sí que he visto ya actuar como Domhall Gleason, Gwendoline Christie, Andy Serkis, Lupita Nyong´o y, por supuesto, clásicos de la saga como Peter Mayhew, Anthony Daniels, Kenny Baker o Warwick Davis. Y estoy encantado de ver al gran Max von Sydow ocupando sin duda el lugar que en su momento ocuparon Alec Guinness, Peter Cushing o Christopher Lee en otros episodios de la franquicia.

Tan sólo desearía que la nueva gerencia de Lucasfilm –o sea, la Disney– hubiese mantenido la tradición de estrenar las películas de la productora sobre el 25 de mayo, fecha en la que llegó a los cines la primera entrega de Star Wars.


viernes, 6 de marzo de 2015

Único testigo

En 1985 Harrison Ford recibe su –hasta el momento– única nominación a los Oscars por su papel de John Book en Único testigo (Witness), que dirige el australiano Peter Weir. Book es un policía de Filadelfia que se hace cargo del caso del asesinato de un compañero y debe proteger a ese “único testigo” que ha presenciado el hecho, un niño (Lukas Haas) que pertenece a la hermética secta de los amish. Cuando Book descubre que su propio jefe está implicado en el crimen, su vida correrá grave peligro y deberá esconderse en la colonia amish, lo que le servirá para conocer mejor a sus integrantes y, cómo no, enamorarse de la joven y viuda madre del muchacho (Kelly McGillis).

Hacía muchísimo tiempo que no volvía a ver esta película de la que tenía muy buenos recuerdos ya que, en la época en que se estrenó, yo era un incondicional de su actor principal. Todavía sigo sintiendo un gran cariño por Harrison Ford a pesar de que su carrera en estas tres décadas transcurridas desde el estreno del film reseñado no ha pasado de mediocre. Es imposible no admirar a este hombre siendo un fan de  Star Wars, Indiana Jones y Blade Runner, como es mi caso. Había muchas cosas que había olvidado de Único testigo, como la presencia de Danny Glover, que era un actor al que por entonces no conocía. Menos conocido aún era el mismísimo Viggo Mortensen, quien debutó en este film y cuya aparición me llamó la atención en el último visionado de la cinta al ser en la actualidad un intérprete muy popular.

La música principalmente a base de sonidos sintetizados del –por otro lado– gran Maurice Jarré ha sido una de las pocas notas negativas que le he encontrado al largometraje, ya que no soy precisamente partidario de la electrónica en las bandas sonoras. Por otro lado, decir que Único testigo me descubrió también en su momento a uno de mis cantantes favoritos, Sam Cooke, cuyo Wonderful World suena en una escena de la cinta, aunque interpretado por otro artista.

Se ha comparado la secuencia climática de Único testigo –y el argumento en general– con Solo ante el peligro, pero lo que sí que es cierto es que hay un guiño innegable al Vampyr de Dreyer en la última parte del film.

La parte que más me gusta de la película la que transcurre en la comunidad amish, en la que el personaje de Ford debe integrarse en ella y asimilar sus curiosas costumbres. Tanto él como Kelly McGillis (que está magnífica en esta cinta) tienen algunas escenas espléndidas. Con sus miradas transmiten sus sentimientos y viven su complicada relación sentimental sin la necesidad de un contacto físico que sin duda habría estropeado la bonita historia de amor de la cinta. Es una pena que se haya sabido tan poco de la actriz durante lo que va prácticamente de siglo.

Por cierto, para finalizar, decir que Único testigo sólo recibió 2 de los 10 Oscars a los que estaba nominada (guión y montaje). William Hurt le “quitó” la estatuilla a Harrison Ford y a mí –que era un crío entonces– me dio mucha rabia. Hoy día tengo que admitir que el primero es probablemente mucho mejor actor que el segundo, lo que no quiere decir que a mí me guste más.

viernes, 13 de julio de 2012

Tío Harry...

No puedo dejar de felicitar su 70 cumpleaños a un actor que ha sido esencial en mi vida y que ha protagonizado ocho de las películas que más me gustan: las tres de la trilogía original de La guerra de las galaxias, las cuatro de Indiana Jones y Blade Runner. Harrison Ford nacía tal día como hoy de 1942 en Chicago, Illinois, EE.UU. Las puertas del cine tardaron en abrírsele ampliamente y, tras varios años interpretando pequeños papeles y compatibilizando la actuación con su oficio de carpintero, su relación con George Lucas y Steven Spielberg acabó finalmente dando su fruto y consagrándolo como uno de los actores más populares del cine moderno (yo diría que de toda la Historia del Cine). En 1985 fue incluso nominado al Óscar por su personaje de Único testigo. Ha tenido épocas oscuras interpretando filmes verdaderamente mediocres, pero para mí, Harrison está manteniendo el tipo en los últimos años en la pantalla y... ¡está hecho un chaval! ¡Felicidades, tío Harry!

jueves, 15 de marzo de 2012

Tres décadas, tres películas (1): 1982

El año pasado redacté la serie de artículos “3 del 2001”, en la que recordaba y homenajeaba un trío de largometrajes de aquel período que me gustó mucho. En el presente 2012 me propongo un ejercicio parecido, pero esta vez revisaré tres películas de las que nos separan tres, dos y una décadas, respectivamente. Comenzaré por la más antigua de ellas, todo un hito del cine de ciencia ficción como es Blade Runner de Ridley Scott, que llegaba a las pantallas un ya lejano 25 de junio de 1982…

Vuelta a los 80
Como ya he contado en alguna ocasión, la de los 80 fue una década en la que estaba enamorándome irremisiblemente del 7º Arte y cuyos primeros años consolidaron mi pasión por él. Acudía al menos una vez por semana a las viejas salas de mi pueblo y me embelesaba hasta de la película más nimia, tan ansiosa estaba mi joven imaginación por viajar a los mundos que me ofrecían aquellas inmensas pantallas y por conocer las historias que me brindaban tantísimos directores. Sobra decir que en aquellos tiempos hubieron no pocos títulos que me marcaron de por vida, y uno de ellos fue el de la cinta que me propongo repasar.

Es muy posible que no viera Blade Runner exactamente el mismo año de su estreno, porque los cines de mi pueblo eran de reestreno y la mayoría de títulos de moda de por entonces tardaban cuanto menos unos meses en llegar. Así pues, calculo que asistí a la proyección del clásico de Scott entre finales del 82 y principios del 83, cuando todavía cursaba EGB (el local fue, una vez más, mi añoradísimo Oma). Sí que recuerdo que la semana anterior o la posterior a esta cinta vi también El acorralado de Ted Kotcheff, que también disfruté bastante por la época (a pesar de mi posterior aversión por Sylvester Stallone) y que una de las dos películas fue precedida en el habitual programa doble de aquellos cines por Duelo en las profundidades de Charlton Heston. Por lo demás, recuerdo poco sobre el estreno de Blade Runner: algún anuncio televisivo y, por supuesto, el protagonismo de Harrison Ford, actor que ya me había fascinado en las dos primeras entregas de La guerra de las galaxias, la primera de Indiana Jones y algún que otro film como El rabino y el pistolero. Sobra decir que Ford fue mi actor preferido en los años 80 y que sigo sintiendo por él un gran cariño y nunca he dejado de ver ninguno de sus posteriores trabajos.

Un futurista Los Ángeles totalmente frío, oscuro y superpoblado
El día que fui a ver Blade Runner (creo que un sábado por la tarde, quizá domingo) acudí solo. Mis amigos no estaban interesados en verla, y uno de ellos (JJAL, por si me lees) se echó atrás a última hora porque su hermano mayor le había dicho que “era muy rara”. Es bien cierto que quizá era una película demasiado adulta para chavales de doce o trece años, y posiblemente no entendiera muchas de las implicaciones y lecturas que podía tener el film. Por ejemplo, los malos me parecían malos sin más –cuando quizá una de las claves de la película es entender la tragedia que viven los replicantes, al fin y al cabo, tan humanos como nosotros– y hasta me escandalizó alguna escena de desnudo parcial como cuando la actriz Joanna Cassidy (Zhora) aparece en topless en su camerino (téngase en cuenta la época todavía retrógrada en la que había transcurrido mi infancia). Aún con todo, la película me gustó mucho. Me fascinaba esa ambientación en un futuro sombrío y desasosegante, en una ciudad superpoblada, contaminada y sin sol que combinaba vehículos voladores con viejos edificios y un cierto aire a  cine negro de los años 40. Especialmente impactante, sobrecogedora y hasta terrorífica me pareció la parte final, cuando el protagonista Rick Deckard se enfrenta a Pris (Daryl Hannah) y Batty (Rutger Hauer) en la húmeda y siniestra finca medio abandonada. Uno casi puede sentir el miedo del policía al enfrentarse a los Nexus-6, criaturas temibles y formidables que superan al humano normal en fuerza y agilidad. También me impresionaron mucho los demás crímenes que comete Batty al eliminar a toda esa serie de personajes que intervienen en la fabricación de los replicantes.

Revisitaciones y merchandise
Supongo que con el tiempo y nuevos visionados, y naturalmente con una mayor madurez, fui cerciorándome de otros aspectos de la película. Conseguí volverla a ver en cine (también en el Oma) una segunda vez cuando iba al instituto, y después ya llegaron nuevos encuentros en televisión (fue proyectada por primera vez a finales de lo 80 en TVE) y vídeo. También leí la novela original en que se basó el film, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, escrita por el norteamericano Philip K. Dick en 1968, aunque la verdad es que su lectura me desorientó bastante por sus notables diferencias con el film. Hace más de veinte años de esto, pero recuerdo cosas como la “caja de empatía” y la obsesión del protagonista por tener una oveja eléctrica (los animales reales están casi extinguidos en la historia del libro). Nunca he leído nada más de Dick porque no soy demasiado aficionado a la ciencia ficción literaria, pero sí que he visto muchos filmes basados en sus cuentos y películas y en general me gusta esa idea constante en su obra sobre la incertidumbre de la realidad que viven sus protagonistas (y que los hermanos Wachowski  recuperaron para su saga de The Matrix). Fue una pena que el escritor falleciera sin poder ver la adaptación de su novela terminada.

Momentos de miedo en las secuencias finales...
Otros de los productos relacionados con el film que recuerdo de los 80 fueron la banda sonora, el póster y el oportuno juego para Spectrum. El último me lo grabé algunos años después de ver la película, y el póster estuvo colgado en mi habitación mucho tiempo. En cuanto a la cassette, he de contar que en aquella época no tenía una especial afición por la música ni una clara predilección por ningún estilo, y solía comprar las cintas de BSOs de películas que me gustaban. Aunque Vangelis y sus composiciones no son hoy en día especialmente de mi interés, volver a escuchar su score para Blade Runner me trae buenos recuerdos y me remite a aquellos lejanos 80. Muy bonitas, emotivas y evocadoras Memories of Green, Love Theme, Main Title y esa canción con obvias reminiscencias a las big bands de los años 30 titulada One More Kiss, Dear. Algo más cargante el End Title, duplicado en la cinta, y que durante mucho tiempo fue la sintonía del programa televisivo nacional En portada. Demasiada electrónica para mí.

Por cierto que, muchos años más tarde, me enteré de que la banda sonora original de Blade Runner no salió a la venta hasta 1994, y que la que tenía yo (que después compré también en vinilo) había sido grabada por The New American Orchestra.

Estreno y nuevas versiones
Tras un complicadísimo rodaje lleno de incidencias (problemas entre el director y el resto del equipo, incluyendo al propio Harrison Ford, retraso en las fechas, etc), Blade Runner se estrenó para resultar un fracaso de taquilla. ¿Adelantada a su época? Quizá. Fueron los años y las reediciones en VHS las que pusieron el film en su lugar, como el clásico del cine de ciencia ficción que es hoy en día. En 1992, a raíz de su décimo aniversario, Ridley Scott estrenó un nuevo montaje en las salas de proyección eliminando las partes que para él sobraban en el film y que le habían sido impuestas por los productores: la voz en off del protagonista, Rick Deckard, y el “final feliz” de éste y la replicante Rachel conduciendo por una carretera junto a una frondosa arboleda y bajo un precioso sol (escenas rescatadas de metraje sobrante de El resplandor) que contrastaban enormemente con el tono del resto del film, oscuro y deprimente. Así mismo, incluyó una escena (también recuperada de su propio film Legend) en la que vemos un blanco unicornio recorrer un bosque, y que se supone que tiene relación con la figurita de papel de este mítico equino que posteriormente deja el detective Gaff. Precisamente una de las grandes controversias entre los fans y estudiosos del film es si el propio Rick Deckard es un replicante, y este nuevo montaje parece apostar por ello.

¿Verdugo o víctima?: la angustia vital de los Nexus-6
No puede ver en su momento la edición del décimo aniversario, y he decidido no verla posteriormente porque con Ridley Scott me ocurre algo parecido a lo que me pasa con George Lucas: me cansa su desvergüenza comercial a la hora de editar, reeditar y recomponer sus películas. Así, en 2007, aprovechando el 25 aniversario de Blade Runner, Scott lanza directamente en DVD una nueva versión del film con efectos remozados y otras florituras a todas luces innecesarias. Aunque tengo todas estas variantes porque conseguí la caja de 5 discos por un precio irrisorio, creo que no tengo interés en ver las nuevas fechorías del director, y me quedo con la versión original, que es de la que me enamoré hace tantísimos años.

Ya en pleno siglo XXI, a tan sólo siete años de que alcancemos ese 2019 en el que transcurre el film, parece que la Humanidad no va a lograr en modo alguno ese tremendo avance tecnológico que Blade Runner nos adelantaba tres décadas atrás. En parte, también me alegro de que no lleguemos ese futuro tan triste y desolador del film… Aunque, vaya, creo que no me importaría que inventaran esos “modelos básicos de placer” como el que interpretaba Daryl Hannah en la película…

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais… Atacar naves en llamas más allá de Orión… He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser … Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia…”

sábado, 12 de marzo de 2011

30 años de “En busca del Arca Perdida”

Este año 2011 se cumplen nada menos que tres décadas del nacimiento de uno de los grandes mitos cinematográficos de mi vida: exactamente el 12 de junio de 1981 se estrenaba en EE.UU. Raiders of the Lost Ark que, aunque literalmente se traduciría algo así como  “Los saqueadores del Arca Perdida”, en nuestro país pasaría a la historia como En busca del Arca Perdida, largometraje con el que conoceríamos el mito del Indiana Jones, aventurero, arqueólogo y playboy cuyo origen podemos rastrear en los viejos seriales cinematográficos de los años 30 y 40, pero también en la saga de de James Bond y en títulos clásicos como El secreto de los incas, El tigre de Esnapur, La tumba india, El tesoro de Sierra Madre y tantos otros filmes legendarios de aventuras.

La película, dirigida por Steven Spielberg, un joven cineasta que ya había llamado bastante la atención con algunos de sus trabajos anteriores como Tiburón o Encuentros en la tercera Fase sobre una idea de su amigo George Lucas, el gurú de la saga de La guerra de las galaxias, se estrenó en nuestro país un poquito más tarde: los enamorados que estuviesen celebrando el 14 de febrero de 1982 tenían la opción de hacerlo aquí asistiendo a la premiere del film. En mi caso concreto, todavía tendría que esperar algún tiempo antes de poder disfrutar de las hazañas del héroe del látigo….

La primera vez que oí hablar de En busca del Arca Perdida fue a través de un compañero de clase, que me informó de su existencia y del tremendo éxito que estaba teniendo en los Estados Unidos. Una vez llegó a España, sabía que tendría que esperar varios meses antes de que el film cubriera la pequeña distancia de 25 kms que había entre mi pueblo y la capital de mi provincia, Valencia… En aquellos tiempos, los estrenos no eran simultáneos en todo el territorio nacional, como ahora, y en los cines de pueblos y ciudades pequeñas, las películas de actualidad podían tardar meses e incluso más de un año en llegar. (Y, por otro lado, yo era demasiado joven para pensar en trasladarme para verla).

Mientras tanto, iba siguiendo la trayectoria del film en periódicos provinciales como la desaparecida Hoja del lunes, que anunciaba semana tras semana la triunfante proyección de este. En la capital del Turia, el largometraje aguantó más de un año, un record por desgracia impensable hoy en día en una sala cinematográfica. (Se exhibió, entre otros, y si no me falla la memoria, en el Cine Serrano.)

En busca del Arca Perdida trajo para mí una dificultad extra: la esperada llegada a mi localidad se produjo en verano. Aquellas fechas yo siempre las pasaba en un pueblecito de Castellón, y lo que más me molestaba de dicha estancia estival era precisamente que se estrenaran en mi ciudad películas en las que estaba interesado y el hecho me pasara desapercibido. Sobra decir que esto es lo que ocurrió con la primera entrega de Indiana Jones, que se proyectó en mi pueblo en el desaparecido Parque Victoria, creo que incluso durante más días de lo que solía ser normal. Me tocó esperar varios meses a que el film volviera a visitar mi localidad, y esta vez fue ya en el también añorado Cine Avenida donde, hacia finales del 82 o quizá principios del 83, pude por fin ver la película de Steven Spielberg.

Basta con cerrar los ojos o ser estadounidense
para que la Ira de Dios no te afecte...
Sería la única vez en mi vida que la disfrutaría en pantalla grande, pero como ya he adelantado, pronto se convirtió en uno de mis filmes fetiches. De niño, mi sueño era ser arqueólogo o paleontólogo. Siempre me encantaron las ruinas, los castillos y los edificios antiguos, así que era difícil que no acabara fascinado por los decorados, los efectos, los personajes y la trepidante acción de la película... Resulta curioso que no sienta especial simpatía ni por George Lucas ni por Steven Spielberg a pesar de que otro de mis grandes mitos fílmicos sea precisamente la saga de La guerra de las galaxias. Otro cantar es Harrison Ford, actor que, después de estos tres títulos, y los posteriores El retorno del Jedi y Blade Runner se convirtió en uno de mis predilectos de por vida y por el que siento un gran cariño desde entonces a pesar de su irregular filmografía (Véase mi homenaje).

En busca del Arca Perdida (Steven Spielberg, 1981)
Me parece destacable: Todo. Como ya he dicho, esta es una de mis grandes películas favoritas. Me resulta difícil encontrarle defectos importantes.
Me sobra: Nada. ¿He dicho ya que es una película que me encanta?
Un plano: Indiana Jones y sus compañeros abriendo el acceso al Pozo de las Ánimas con sus siluetas destacadas contra el cielo nocturno, plagado de relámpagos, y con la sugerente música de John Williams sonando.
Una secuencia: La persecución del camión que lleva el Arca, con todos sus guiños a tantos clásicos del western…

No guardo demasiados recuerdos de aquel primer visionado de En busca del Arca Perdida, pero sí los tengo bastante más concretos de los de sus respectivas continuaciones. Cuando llegó por fin la secuela/precuela, Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom) yo ya estaba un poco más crecidito, y aunque todavía me resultaba difícil trasladarme a la capital para asistir a estrenos cinematográficos, sí que acudí a la primerísima sesión local del film: aquel viernes por la tarde me “pelé” las clases del instituto para poder llegar puntual nada más abriera el cine, en este caso mi queridísimo Oma, que por entonces empezaba a proyectar sobre las 17:30 horas más o menos. Tuve que estar deambulando por el pueblo varias horas hasta que llegó el momento, puesto que tenía que mantener la farsa de que estaba en clase. La película que precedía a la nueva entrega del arqueólogo hacía honor a los muchas veces inverosímiles programas dobles que las salas de aquel entonces ofrecían: se trataba de Héctor, el estigma del miedo (Carlos Pérez Ferré, 1982) una cinta que en su momento me aburrió y hasta desagradó, pero que me interesó mucho más cuando la volví a ver años después en televisión (curiosamente, me viene a la memoria el insólito detalle de que se estrenó en valenciano en los cines).

Mola Ram mola
Del famoso templo maldito recuerdo que quizá me resultara algo rara. La atmósfera del film era angustiosa y siniestra, adentrándose claramente en el terreno del cine de terror constantemente. El tono contrastaba bastante con la más soleada y abierta En busca del Arca Perdida. Me chocaron, por el contrario, los continuos gags cómicos que parecían querer compensar la tensión de la cinta y que, para mí, no hacían más que estropearla. Aún así, la disfruté lo suficiente como para volverla a ver con mis amigos dos días después, teniendo que “tragarme” otra vez a Ovidi Monitor y a su Héctor. Con el tiempo he ido apreciando más esta película, y su ambientación en la exótica, fascinante y legendaria India me remite a algunos de mis filmes de aventuras favoritos como la ya citada doble película de Fritz Lang El tigre de Esnapur / La tumba india.

Indiana Jones y el Templo Maldito (Steven Spielberg, 1984)
Me parece destacable: Mola Ram, uno de los más carismáticos villanos de la saga. Una de las bandas sonoras más inspiradas del otras veces repetitivo John Williams.
Me sobra: La mayoría de gags cómicos. Rompen el tono más serio y dramático que yo espero del film, basándose en su antecesor.
Un plano: Indiana Jones y Tapón, de noche, en la aldea hindú, cuando le está contando todo aquello de “fortuna y gloria” y vemos pasar un cometa.
Una secuencia: La del puente al final de la película, aunque también me gusta mucho la de la primera vez que vemos el ritual thuggee.

Había dicho George Lucas, tras el estreno de la primera parte de la saga, que las posteriores películas de Indiana Jones serían aventuras independientes sin ninguna referencia a las demás. (De hecho, la segunda entrega incluso sucedía un año antes en el tiempo que la primera, y no tenía más guiño explícito a su antecesora que cuando Indiana se enfrenta a dos espadachines y se dispone a sacar su revolver… para descubrir que lo ha perdido.) Pero la atmósfera decididamente macabra de Indiana Jones y el Templo Maldito había levantado protestas en algunos países conservadores como Inglaterra, donde el film no había sido tolerado a todos los públicos. Seguramente este chasco hizo replantearse a Lucas y a Spielberg la idea original sobre la saga y así, para su tercera parte, decidieron muy al contrario ofrecernos numerosos referencias y revisitaciones a la primera parte: los malos volvían a ser los nazis, aparecía una referencia al Arca Perdida, y hasta se recuperaban dos personajes de la película original: Marcus Brody y Sallah. Si uno se pone muy quisquilloso, puede en parte considerar Indiana Jones y la última cruzada  hasta una especie de remake o pseudo-calco de aquella.

El gran acierto de esta tercera parte fue sin duda la incorporación del entonces exitoso y muy comercial Sean Connery como progenitor del aventurero: las peripecias de la pareja a lo largo del film y la “química” entre los dos actores parecen ser el punto fuerte que los fans citan para destacar esta película. Personalmente, y supongo que para decepción de muchos, me parece la más flojita de la saga –dentro de que me encantan todas– y la razón principal es el exceso de gags cómicos, que para mí saturan y desvirtúan el largometraje reiteradamente y que en ocasiones llegan a sobrepasar el ridículo. El esperado clímax final, con las risibles pruebas de Dios y la excusa del limitado uso del Grial, la siempre simplista e ingenua moralidad de Spielberg al hacer desaparecer a la protagonista femenina por su ética dudosa (haría lo mismo con el amigo de Indy en la cuarta parte), así como la aparición de popularísimos monumentos como la mismísima Petra haciendo las veces de un desconocido e ignoto templo, tampoco me parecen decisiones acertadas. Para colmo, los personajes antes citados, Sallah y Marcus, que en En busca del Arca Perdida mantienen un tono serio y dramático, hacen aquí las veces de comparsa cómica, aportando un humor algo hastiante para mi gusto.

Por cierto: esta vez por fin vi la película el día del estreno nacional, en su primera sesión, un 1 de septiembre de 1989 en el también desaparecido Cine Gran Vía de Valencia y, si la anterior la había devorado dos veces en una misma semana, con esta nos quedamos a ¡dos sesiones seguidas! (por el precio de una, claro)…

Elsa Schneider: la mala más buena
Indiana Jones y el la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)
Me parece destacable: Es la película de la saga que menos me gusta, como ya he dejado claro. Por destacar algo, mi “chica Jones” favorita: Elsa Schneider, la perfecta comparsa femenina para nuestro aventurero. Valiente, decidida, manipuladora, ambiciosa y a la altura de nuestro hombre. Lástima que la carrera de la bella irlandesa Alison Doody no consiguiera despegar.
Me sobran: Demasiados, demasiados, demasiados gags cómicos. Para mi gusto destrozan la película. La escena del Messerschmitt sigue traumatizándome después de tantos años. Las lamentables “pruebas de Dios” del final, con el héroe jugando al chambori. Que Spielberg no se currara un Templo del Grial y nos intentara vender como tal un conocidísimo monumento histórico. El estúpido moralismo del director, que hace que en todas las películas de Indiana Jones hayan de sucumbir todos aquellos que no son íntegros héroes estadounidenses (con la excepción de Tapón).
Un plano: La elipsis entre la escena en que el tipo que le regala el sombrero al joven Indy se lo pone, y aquella en la que aparece Harrison Ford.
Una secuencia: supongo que la persecución del tanque, aunque sea por su similitud con la del camión de En busca del Arca Perdida y, sí, a pesar de los pesados gags humorísticos.

Llegamos ahora a un punto polémico… la cuarta película de Indiana Jones. Durante muchos años, todos aguardamos cada vez con menos esperanza que nuestro aventurero favorito protagonizara un nuevo episodio. Llegado un momento, incluso yo mismo acabé siendo partidario de que no se hiciera, pues consideraba que Harrison Ford estaba ya demasiado mayor para encarnar al héroe. Pero, finalmente, Lucas y Spielberg acabaron presentándonos la esperada tercera secuela: el 22 de mayo de 2008 se estrenaba Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, una cinta que daría mucho que hablar y que, al parecer, ha dividido las opiniones tanto de viejos como de nuevos fans. Ahí va la mía, puesto que al fin y al cabo este es mi blog y nadie me cohíbe o condiciona para expresarla: salí del cine enamoradísimo de la película. Tanto que acabé viéndola tres veces en la pantalla grande durante el primer mes de su estreno (esta vez en las salas Alucine, en mi localidad). Cuando era más joven, en los 80, quedaba a menudo hechizado por muchas películas que veía. Esa fascinación, por desgracia, se fue perdiendo con el tiempo, con la edad, con el bagaje cultural y con la madurez de criterio, hasta el punto de que sólo puedo citar dos películas de los 90 que me dejaran verdaderamente encantado y que se convirtieran en clásicos de oro de mi filmoteca. Con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal me ocurrió precisamente eso: disfruté como un crío con sus dos horas de película; me fue imposible apartar la vista de ninguno de sus planos; algo que no me ocurría desde hacía muchos años. En resumidas cuentas: encontré la nueva entrega de la saga tan fascinante como había encontrado sus predecesoras, volví a ser joven, regresé 20 años atrás en el tiempo. El film confirmó mi amor por la serie y recuperó mi cariño y respeto por un Harrison Ford al que encontré muy digno, y cuya trayectoria reciente me estaba pareciendo hasta entonces poco destacable.

Harrison Ford, tan Indiana como siempre
Dicho pues esto, me resulta claramente chocante las opiniones que he oído a algunas personas expresar sobre un film que yo considero tan meritorio como cualquier otro de la franquicia y a la altura de estos –si no más: incluso lo prefiero sobre la tercera entrega–. Es obvio que es difícil juzgar y ver con los mismos ojos algo cuando eres adolescente que cuando te acercas a la cuarentena (aunque yo lo conseguí), que la nostalgia y el sentimentalismo siempre nos van a poner de lado de aquellas anécdotas y vivencias que tuvimos en nuestra juventud, y que es difícil valorar dos obras separadas por diecinueve años con la suficiente equidad y objetividad. Lo curioso, de todas maneras, es que parece ser que ha sido a las generaciones más jóvenes –aquellas que ya repescaron la saga original vía VHS o DVD– a las que más ha decepcionado la última entrega, mientras que, por fortuna, parece que a la mayoría de personas de mi generación –los que tuvimos la suerte de vivir la saga en el cine desde sus comienzos– el cuarto film de Indiana Jones les ha proporcionado, cuanto menos, un par de horas de alegría. La razón aducida por la mayoría de los detractores ha sido la aparición del platillo volante “sustituyendo” al característico episodio religioso de las anteriores partes… En realidad, el platillo es dicho episodio, puesto que la civilización precolombina que vemos en el film venera precisamente a los extraterrestres como sus dioses. No falta pues el final sobrenatural de siempre; simplemente no está hecho desde la perspectiva de la religión cristiana, que parece ser más aceptable y creíble para la mayoría de espectadores, quizá precisamente porque sea aquella que profesan. Por otro lado, la relación entre seres de otro planeta y las pirámides egipcias y mayas existe desde hace muchas décadas, así como la de estos visitantes con los símbolos de Nazca, de manera que yo no encontré ni sorprendente ni fuera de lugar esta referencia alienígena.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal  (Steven Spielberg, 2008)
Me parece destacable: Cómo esta película me devolvió a aquellos tiempos de mi juventud en que se me caía la baba viendo cine y que ya no creía que volvería a vivir.
Me sobran: El hastiante e infantil patriotismo del que Spielberg hace gala desde hace años. Que nos frote constantemente la bandera de su país por la cara. Que quiera convertir a Indiana Jones en el Gran Héroe (Norte)Americano después de decirnos que robaba reliquias para pagarse su vida de playboy. (Lamentable la frase “¡Viva Eisenhower!”). Por lo demás, sólo me sobra la escena de las lianas y los monos, verdaderamente fuera de lugar y de tono.
Un plano: Indiana y sus captores rusos, con el crepúsculo de fondo, y a punto de internarse en el almacén donde está guardada el Arca y muchos otros secretos
Una secuencia: Me encanta toda la secuencia del cementerio al que Indiana y Mutt acuden de noche en busca de la calavera de cristal. Seguramente mi afición al terror gótico tenga mucho que ver en ello…

viernes, 14 de enero de 2011

Harrison y el “cine en casa”

Me ha gustado mucho el comentario de Harrison Ford aparecido en la edición de ayer del periódico impreso y virtual 20 minutos. En la entrevista incluida en dicha publicación, y al ser preguntado sobre su visión del cine actual, el actor responde:

“... para mí es un espectáculo incomparable: ver una buena película en una sala enorme y acompañado por un montón de desconocidos potencia, en mi opinión, nuestra humanidad. La imagen, el sonido... No tiene nada que ver con la forma en la que se ve cine ahora. Ver una película en tu casa es una experiencia entre tú y tu nevera; verla en el cine es una experiencia humana.”

Y es que, aunque yo quizá no lo razonaría exactamente con esas palabras, es cierto que siempre me ha parecido una enorme contradicción el término que tanto se empeñan en vendernos los fabricantes de electrodomésticos y distribuidores de DVDs de “cine en casa”: quienes consideren que es lo mismo ver una película en una sala de cine que en una pantalla de televisión –por grande que sea– no sienten verdadera afición ni amor por el 7º Arte. También se puede escuchar un concierto en CD o vivirlo en directo, ver un partido de fútbol por la caja boba o acudir a él, y hasta lo mismo se podría decir de una misa (no me parece una comparación tan desacertada: al fin y al cabo el cine es casi una liturgia). Para mí siempre es un momento mágico, incluso después de tantísimos años, el estar en una sala de cine, ver las luces apagarse, y que comience la proyección. Aunque luego sea una película mala o mediocre.

Por otro lado, no soy para nada un detractor del formato doméstico. Incluso soy de esos antiguos que todavía visita vídeo-clubes y compra originales. Pero pienso que DVDs, Blu-Rays y demás siempre deben estar supeditados al cine y ser un complemento a este que nos facilite el acceso a las películas que no pueden verse en salas de proyección. Aún con todo, sigo considerando que ciertos títulos pierden todo su sentido en formato televisivo...

domingo, 9 de mayo de 2010

Tres décadas, tres actores

Como ya confesaba en mi homenaje a Eddie Cochran el pasado mes, mi mitomanía se ramifica y extiende para albergar a numerosas personalidades artísticas, casi invariablemente cinematográficas y  musicales. También comentaba que no me interesa generalmente establecer competiciones entre mis ídolos, ni escalafones ni prioridades de ningún tipo: el hecho es que me gusta y puedo disfrutar del trabajo de todos estos artistas, por lo que no necesito realizar ninguna selección entre todos ellos. No obstante, es bien cierto que siempre hay algunos que “te marcan” más, tienen una especial relevancia en tu vida, e inevitablemente tienden a sobresalir de entre los demás aunque sea por un pequeño margen. Este nuevo artículo pretende rendir tributo a los tres actores modernos cuya carrera seguí con mayor interés en cada una de las tres décadas pasadas, más o menos el tiempo que llevo frecuentando cines.

Los 80: Harrison Ford
Habiendo participado en ocho de mis películas favoritas (la trilogía original de La guerra de las galaxias, la saga de Indiana Jones y Blade Runner) era inevitable que este actor ya icónico, nacido en Chicago el 13 de julio de 1942, se convirtiera en mi predilecto durante mis años mozos. Para un pre-adolescente, ¿quién podía haber más chulo y vacilón que Han Solo? A Harrison, ciertamente, lo descubrí con este personaje, cuando con diez años vi el clásico de ciencia ficción que le haría famoso en el mundo entero. Durante los siguientes años seguiría su carrera con interés: El rabino y el pistolero, Apocalypse Now (ambas de 1979) o, por supuesto, El imperio contraataca (1980), son algunas de las primeras películas suyas que vi. Después llegaría otro título imprescindible, En busca del Arca Perdida (1981), y al año siguiente la mítica Blade Runner, seguida otro año después por el final de la trilogía de George Lucas, El retorno del Jedi. Harrison ya se había convertido en mi actor fetiche de aquella época.

Intentando desencasillarse de tanto héroe intrépido, Ford nos ofreció nuevos registros durante el resto de la década de los 80: se pasó al thriller en Único testigo (1985, por la que fue nominado al Oscar) y Frenético (1988), flirteó con la comedia en  Armas de mujer (también 1988) y nos ofreció papeles de gran carga dramática como el que hizo para La costa de los mosquitos (su película favorita, 1986).

De izq. a der.: La calle del adiós, En busca del Arca Perdida, Blade Runner, Único testigo, Morning Glory. Abajo: todavía un galán a sus casi 70 años, y presumiendo de novia guapa

En los 90 perdí bastante interés por la carrera de este actor, aunque nunca dejé de ver sus películas por tradición y encariñamiento. Para entonces, Harrison era claramente una de las estrellas más reputadas y solventes de Hollywood, se conformaba con un solo film al año, y sus papeles se adaptaban más o menos al estereotipo que todo el público nos habíamos hecho de él. En definitiva, se convirtió en un actor poco arriesgado y por tanto artísticamente limitado. Concluyó la trilogía de Jack Ryan (que había empezado Alec Baldwin), realizó algunos remakes (el de la serie El fugitivo, 1993, y la innecesaria Sabrina y sus amores, 1995), y en los siguientes años alternó películas cuanto menos entretenidas como La sombra del diablo (1997), Seis días y siete noches (1998) o Firewall (2006) con otras para mí bastante más olvidables como Air Force One (1997), Lo que la verdad esconde (2000, en la que, por una vez, nos sorprendió haciendo de malo) o Hollywood, Departamento de Homicidios (2003).

La última película suya que he visto hasta el momento fue la cuarta entrega de Indiana Jones en 2008, que no hizo sino recuperarme y confirmarme a uno de los héroes de mi juventud, y de la cual salí absolutamente encandilado y reafirmando mi admiración por Harrison Ford, que en mi opinión recuperó al personaje muy dignamente.

Los 90: Gary Oldman
No me interesé por este actor inglés (nacido en Londres el 21 de marzo de 1958) hasta que supe que iba a ser el nuevo Drácula en la película que estaba preparando Francis Ford Coppola. Antes de verle como el famoso aristócrata vampiro lo hice en El clan de los irlandeses, donde ya nos presentaba al típico personaje desquiciado con el que tanto se prodigaría. Fue la primera de sus películas que disfruté, y me gustó su papel. Después llegaría por fin Drácula, y desde su estreno en 1992 sigo fascinado por esta indiscutible obra maestra de Francis Ford Coppola. Pese a mis reticencias iniciales con respecto a una nueva película del ya manido personaje de Bram Stoker, me quedé enamorado del film y Oldman me sorprendió con sus mil avatares como viejo conde, joven príncipe, lobo, murciélago, etc, etc. A día de hoy, y con el permiso de mi también admirado Christopher Lee, creo que el de Gary es el Drácula más completo y complejo que se ha llevado a la pantalla.

De izq. a der.: como Sid Vicious, Drácula, Beethoven, Zorg y el Comisario Gordon

A partir de ahí fui testigo de la variedad de registros y de la capacidad de transformación de la que era capaz este actor de gestos a veces histriónicos pero siempre sorprendente. Algunos de sus papeles que más me gustan son el del policía con problemas de Doble juego (1993, impagables sus escenas con Lena Olin haciendo de asesina psicópata), el de Beethoven en Amor inmortal (1994) y, por supuesto, el policía drogadicto de El profesional (1994), en la que aterraba a mi adorada Natalie Portman y conseguía salir airoso de un rol que rayaba bastante en el cliché del ya tan manido malo hollywoodiense. Para entonces Gary se había erigido en un nuevo Hombre de las Mil caras ofreciendo a su público una galería de pintorescos personajes que incluían al lamentable Sid Vicious (Sid y Nancy, 1986), al infame Lee Harvey Oswald (JFK, 1991), al pérfido alcaide de una prisión en Homicidio en primer grado (1995) e incluso a un reverendo puritano en La letra escarlata (1995).

Sin embargo, a pesar de su amplitud interpretativa, y quizá por lo problemático de su personalidad, Hollywood se empeñó en negar al actor más papeles protagonistas y en encasillarlo casi invariablemente como villano, y así, a finales de los 90 le pudimos ver repetir prácticamente el mismo rol en El quinto elemento (1997), Air Force One (1997, donde coincidió con Harrison Ford) y el remake de Perdidos en el espacio (1998, para el cual ni se molestó en cambiar de look con respecto a la anterior). Desde entonces lo hemos encontrado en infinidad de producciones, pero casi siempre en roles secundarios, incluidas sus intervenciones en las sagas de Harry Potter o Batman (como el comisario Gordon). En 1997 incluso llegó a dirigir un largometraje: Los golpes de la vida, interesante drama semi-autobiográfico que no tuvo mucha repercusión.

Izq.: tonteando con Natalie Portman en El profesional. Der.: con Winona Ryder en 2008: Drácula y Mina se reencuentran dieciséis años después.

A Gary lo vi recientemente en El libro de Eli, en un personaje no muy diferente a aquel al que nos tiene acostumbrados en la mayoría de sus últimos filmes hollywoodienses. Esperemos que alguien nos lo recupere pronto en uno de esos papeles principales más profundos con los que nos solía encandilar en los primeros 90.

Los 2000: Geoffrey Rush
Rush es la prueba viviente de que fotogenia y belleza física no tienen necesariamente que ir cogidos de la mano: el actor se me antoja un hombre de apariencia vulgar, diríase que hasta feo, sin embargo, en la pantalla se crece de una manera sorprendente e impone su presencia y buen hacer más allá de toda discusión.

Como no ando demasiado interesado en los tejemanejes de Hollywood ni intento estar actualizado respecto a sus novedades y estrenos más que lo justo, no supe del Oscar que a este actor le concedió la Academia por su interpretación en Shine (1996) en su momento. Le descubrí más tarde en su papel del implacable inspector Javert en la adaptación de Los miserables de Victor Hugo que Bille August realizó en 1998 y quedé fascinado por el imponente y magnífico duelo que realizó con otro actor inmenso: Liam Neeson.

De izq. a der.: en Los miserables como el Inspector Javert, en House on Haunted Hill (¿Vincent Price redivivo?), en Quills como el Marqués de Sade

Poco después, recuerdo que una propicia noche en la que había niebla, acudí a ver el remake de House on Haunted Hill (1999), en el que Geoffrey Rush retomaba el papel que mi muy admirado Vincent Price interpretó en la original. La película no hubiera pasado de ser otra vulgar cinta comercial de terror made in USA si no hubiese sido por la formidable recreación de Rush, que clavó de manera tan perfecta los gestos de Price que había momentos en que creía estar viendo a este último redivivo en la pantalla (no en vano, su personaje se llamaba Stephen H. Price). El siguiente film suyo que disfruté fue Quills (2000), y era ya imposible no dejarse cautivar por este monstruo de la actuación después de verlo como el Marqués de Sade…

De izq. a der.: como Peter Sellers, el Capitán Barbossa y Leon Trotsky

Desde entonces he intentado ver todas sus películas, ya sea en cine o en DVD, y Geoffrey nunca me ha decepcionado con su gran capacidad de transformación y adaptación a los personajes más variopintos: ha sido el empresario teatral Philip Henslowe en Shakespeare in love (1998), Sir Francis Walsingham en Elizabeth y su continuación (1998 y 2006), Leon Trotsky en Frida (2002) y un excepcional Peter Sellers en Llámame Peter (2004), entre otros muchos avatares (también le vi por fin como el pianista esquizofrénico David Helffgott en Shine y, sí: es el típico papel de tarado que tanto gusta en Hollywood, pero Geoffrey está genial). Curiosamente, la mayoría del público le reconocerá antes como el Capitán Barbossa de la trilogía de Piratas del Caribe, una saga que quizá no esté a la altura de la calidad interpretativa del actor, pero de la que es para mí lo mejor (no es de extrañar que recuperaran su papel, ampliado, para la tercera entrega).

De Rush hay que lamentar, como en el caso de Gary Oldman, que últimamente no se le concedan más papeles protagonistas y se le relegue a tantos secundarios. Vamos a ver si la cosa cambia y podemos disfrutar de otra gran interpretación de este actor que, no lo he apuntado, pero nació en la ciudad de Toowoomba, Australia, el 6 de julio de 1951, y por cierto, sobrevivió prácticamente como intérprete y director teatral hasta que su suerte empezó a cambiar cuando ya era cuarentón largo…

No quiero acabar este tributo sin mencionar a otros actores más o menos recientes de cuyo trabajo he disfrutado también en las últimas décadas. Algunos de ellos son: Jeff Bridges, Dennis Quaid, el ya adelantado Liam Nelson, Clive Owen, Ed Harris, Ralph Fiennes, Tim Roth, Edward Norton, Kurt Russell, Stellan Skarsgard, Mickey Rourke, Brad Pitt, Gerard Butler, Johnny Depp o Russell Crowe, entre otros. Aunque ahora andan algo perdidos o despistados, o simplemente han dejado de interesarme, en su momento también presté atención las carreras de gente como Matt Dillon, Val Kilmer, Nicolas Cage, Javier Bardem o Tom Berenger y, aunque me pueda avergonzar confesarlo, en tiempos pretéritos llegué a pasármelo bien con algunos títulos de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y hasta del impresentable Mel Gibson.