"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

lunes, 30 de mayo de 2011

Gene Tierney: trágica sublimidad

De Gene Tierney se podría decir aquello tan repetidísimo de que, aparentemente, lo tenía todo en la vida: belleza, talento, dinero, posición, fama… y, sin embargo, cuando uno comienza a indagar un poco en su biografía, sorprendente y rápidamente llega a la conclusión de que la  existencia de una de las actrices más famosas del Hollywood de los 40 no fue precisamente un camino de rosas, o quizás sí, pero se trataba de rosas con muchas espinas…

Gene fue uno de mis grandes flechazos del cine clásico cuando comencé a profundizar más en él a finales de los 80. En realidad, crecí viendo películas “antiguas”, pero a esta actriz estadounidense tardé algo más en descubrirla que a otras de sus colegas y coetáneas. Creo que sería casi seguro afirmar que lo hice con el que es posiblemente su trabajo más famoso, Laura. Con los años, me avergüenza confesar que me “olvidé” un poco de esta mujer de rasgos sublimes y exquisita elegancia, y el otro día, redactando el homenaje a Vincent Price, me cercioré de que llevaba mucho tiempo sin apenas verla en la pantalla. Decidí reparar el error, visionar un mini-ciclo con sus trabajos más esenciales y homenajearla en el blog recordando su biografía, la de una mujer que saboreó las mieles del éxito profesional, pero también las hieles del fracaso personal. El sufrimiento acabó para Gene hace muchos años, cuando falleció un 6 de noviembre de 1991 a punto de cumplir los 71 años. Por suerte, a nosotros, sus admiradores, nos queda la mejor parte de su vida: su carrera, sus películas, todos esos momentos inolvidables que la magia del celuloide conserva para la inmortalidad. Para nuestra fortuna, los dioses y diosas del Cine nunca mueren.

Gene Eliza Tierney nació un 19 de noviembre de 1920 en el neoyorkino barrio de Brooklyn, EE.UU. En los países de habla inglesa, “Gene” es normalmente un nombre de varón, aunque nuestra actriz no ha sido la única mujer bautizada con él. Parece ser que lo recibió en homenaje a un tío suyo. Algunas otras versiones afirman que su padre esperaba que su mujer diera a luz a un chico y que él había decidido ponerle ese nombre, pero la primera opción es la que la actriz cuenta en su propia autobiografía.

De la infancia de Gene, en una familia acomodada, se dice que fue tranquila, que su padre era un hombre severo, pero ella también una hija ejemplar, y que asistió a los mejores colegios para una señorita de su clase, e incluso pasó dos años estudiando en Suiza. Cuando, a los 17 años, Gene visitó los estudios de la Warner Bros y llamó la atención del director Anatole Litvak, fue picada de inmediato por el gusanillo de la interpretación. Siempre le había gustado hacer imitaciones, y era además una chica sensible y sentimental que escribía poesía. Pronto consiguió hacerse un huequecillo en el teatro, y su progenitor –que en un principio se había negado a que ella siguiera la profesión de actriz– no dudó incluso en crear una compañía para promocionar y proteger la carrera y los intereses de su hija. Como veis, nada de unos comienzos difíciles hasta alcanzar la fama.

Igualmente bellísima fuera de los platós
Tras unos pocos papeles secundarios sobre el escenario, la belleza deslumbrante de Gene, su figura alta y esbelta y sus especiales rasgos pronto captaron el interés de varios magnates y productores cinematográficos. Se dice que hasta el mismo Howard Hughes intentó, infructuosamente, cortejarla, pero sería el mítico Daryl F. Zanuck el que lograría contratarla para la 20th Century Fox y así, en 1940, con apenas 19 años, Gene Tierney debutaba en la gran pantalla nada menos que de la mano de Fritz Lang en La venganza de Frank James. La crítica no valoró mucho la interpretación de la muchacha, pero el film fue un gran éxito y tanto el público como Hollywood se habían rendido pronto ante Gene Tierney, a quien casi todos los principales directores de la Meca del Cine se empezaron a rifar: tan sólo en los dos siguientes años, la joven actriz rodaría nada menos que nueve largometrajes más, a las órdenes de titanes como John Ford, Henry Hathaway, Josef Von Stenberg, Rouben Mamoulian o William Wellman, demostrando su amplia versatilidad no sólo para los papeles de joven inocente y virginal (en los que por su aspecto refinado hubiera podido quedar fácilmente encasillada), sino también como forajida, aventurera, femme fatale, pueblerina o nativa polinesia. Su particular hermosura la hacía igualmente apta para interpretar roles exóticos que para hacerse pasar por la típica american girl. Aunque Gene no tenía apenas preparación previa para su profesión, se esforzó muchísimo, estudió infinidad de películas y a su tesón unió su talento natural para imitar. Esta sacrificada labor se aprecia con facilidad a lo largo de sus primeras películas, en las que su calidad interpretativa progresa claramente.

En Laura, su más recordado papel
Casi ninguno de los largometrajes de aquellos primeros años de carrera de Gene tienen desperdicio y son, en mayor o menor medida, ya clásicos del Cine, pero su mejor momento estaba aún por llegar: tras rodar otra joya del celuloide, El diablo dijo no, a las órdenes de Lubitsch, el director Otto Preminger la contrata para el que posiblemente sea el mejor papel de la actriz, cuanto menos el más recordado: el la enigmática Laura Hunt en el film Laura, por supuesto. Resulta curioso el hecho de que Tierney no estuviera inicialmente interesada en participar en esta cinta que había sido en un primer momento concebida para el lucimiento de Jennifer Jones. Al año siguiente borda el rol de la mentalmente perturbada protagonista de Que el Cielo la juzgue, por el que es nominada al Oscar, aunque no lo ganará. Ella misma siempre consideró la de este film su más lograda interpretación. En 1945 es elegida por el debutante Joseph L. Mankiewicz para, en un drástico cambio de registro, ser la sufrida heroína de El castillo de Dragonwyck, cambiando los papeles con Vincent Price, quien era la víctima de Tierney en el anterior film. Le siguen El filo de la navaja y El fantasma y la señora Muir. Éxito tras éxito, clásico tras clásico, la trayectoria de Gene está a estas alturas más que consolidada en el panorama cinematográfico internacional y se encuentran entre las actrices norteamericanas más populares y mejor pagadas.

Atormentada por un intrigante Vincent Price en
El castillo de Dragonwyck
Pero, como ya habíamos adelantado al principio, no es oro todo lo que reluce, y tras esta deslumbrante y meteórica ascensión profesional de la actriz, se esconde una vida personal mucho menos fastuosa y brillante, y que comienza con la primera de muchas decepciones cuando descubre que su padre mantiene un idilio extraconyugal a espaldas de su madre –que llevara al matrimonio al divorcio– y el mundo de la joven se derrumba. Para más inri, el hombre ha dilapidado además la fortuna ganada por su esforzada hija. También en 1941 Gene había contraído matrimonio con el aristócrata y diseñador de moda franco-ruso Oleg Cassini, unión a la que se opusieron tanto el padre de Gene –que consideraba a Cassini “un cazafortunas” –, como la 20th Century Fox y la Paramount, que acaba despidiendo al recién casado al saber de su boda con la actriz. Dos años más tarde, la pareja tiene a su primera hija, Daria, quien nace retrasada mental, sorda y casi ciega, aparentemente debido a que Gene contrajo la rubeola estando encinta al asistir a un acto para ayudar al ejército. Es un durísimo golpe para nuestra artista, que se sume en una terrible crisis sobre todo al cerciorarse de que no hay esperanza de cura alguna para la pequeña, a la que tiene que acabar ingresando en una institución. Cinco años después dará a luz a una hija sana y fuerte, Christina, pero, para entonces, el matrimonio Cassini-Tierney ya ha empezado a tambalearse debido, entre otras cosas, a las infidelidades del marido. De manera intermitente, la pareja se separa y se vuelve a juntar varias veces. Gene comenzará en esa época diversas aventuras amorosas que no fructifican con gente de la talla de John F. Kennedy o el príncipe indo-italiano Aly Khan (como veis, la chica no se conformaba con cualquiera). Empieza también a sufrir una serie de fuertes depresiones y de desequilibrios emocionales que la llevarán a acabar ingresada en la década de los 50 en varias instituciones mentales en donde es sometida a brutales tratamientos de choque que eliminarán parte de su memoria y que ella denunciará repetidamente a lo largo de su vida (incluso llega a escapar, aterrorizada, de una de ellas). A finales de los 50, la desgraciada actriz es encontrada en el alfeizar del exterior de su piso en camisón y con intenciones de suicidarse, pero la policía logra evitarlo y es recluida nuevamente en una clínica.

A pesar de todos esto altibajos, avatares y reveses, su faceta interpretativa aguanta el tipo durante los primeros 50, y aún interviene en películas como Noche en la ciudad, Sinuhé, el egipcio o La mano izquierda de Dios –quizá su último gran film–, aunque en algunos otros casos, es precisamente su inestable estado psicológico el que le obliga a rechazar importantes papeles (como en Mogambo) o incluso a apartarse de ellos una vez comenzada la producción.

En Sinuhé, el egipcio
Tras encontrar una terapia más afortunada para su desequilibrio mental y recuperarse en gran medida, Gene vuelve a la gran pantalla, después de haber pasado por un trabajo a tiempo parcial como vendedora a sugerencia de sus cuidadores. En 1960 contraerá matrimonio con el magnate W. Howard Lee, del que quedará embarazada pero sufrirá un aborto y, a partir de esta segunda boda, sus intervenciones para la pantalla se irán esparciendo: En busca del amor, (1964) supone su ultimo largometraje cinematográfico. El breve resto de su carrera (dos intervenciones en 1969 y una en 1980) transcurre en el ámbito de la televisión. Gene se dedica a llevar una vida normal de ama de casa e incluso se toma tiempo para co-escribir su autobiografía, Gene Tierney – Self Portrait, publicada en 1979. Durante los años 80, aunque aún con algunos períodos de desestabilidad psicológica, se la puede ver como invitada de honor en diversos festivales europeos donde se homenajeaba y premiaba su trayectoria, todavía conservando gran parte de su legendario encanto. Por desgracia, un enfisema pulmonar se la lleva un 6 de noviembre de 1991. Gene había comenzado a fumar cuando debutó en la pantalla como “remedio” para hacer más grave su voz y había acabado convertida en una fumadora compulsiva, especialmente tras enviudar en 1981. Tan terrible hábito, por supuesto, acabó pasándole factura.

De ella dijo su primer marido que fue “la afortunada más desafortunada del mundo”. Gene lo tuvo todo en la vida: lo bueno, y lo malo (algunos sólo tienen lo segundo). Estoy seguro de que a ella le gustaría que la recordáramos por su trabajo, y no por su vida personal e, idealmente, ésta no debería influenciarnos a la hora de juzgar su carrera –es fácil caer en la compasión al saber de ella–. Por suerte, yo conocí primero a la Gene Tierney actriz antes que a la Gene mujer real, y prefiero rememorarla como el mito del Cine que fue y que es. Para acabar, y al igual que he empezado, otro repetidísimo tópico que ya he adelantado, y es que, afortunadamente, todos estos ídolos del Cine nunca nos dejan en realidad: ahí queda todo su legado para que lo visitemos siempre que queramos, y el de Gene Tierney es inmenso. Tan sólo los títulos que rodó en la década de los 40 bastan para proporcionarnos muchas y muchas horas de entretenimiento cinéfilo… Forever Gene

* Enlaces de interés:


Y album fotográfico... ¡es imposible hacer una selección de imágenes de esta mujer!


viernes, 27 de mayo de 2011

Vincent Price: centenario

No mucha gente alcanza el siglo de existencia, pero, si Vincent Leonard Price Jr. –Vincent Price para los cinéfilos– estuviese aún vivo, hubiese celebrado en el día de hoy su centenario: fue precisamente un 27 de mayo de 1911 cuando el actor nació en Saint Louis, Missouri, EE.UU. Price nos dejó hace ya casi dos décadas, un 25 de octubre de 1993, cuando contaba 82 años, pero para recordarle nos legó una longeva carrera, que había comenzado en 1938, compuesta por cerca de dos centenares de intervenciones en largometrajes, telefilmes, series de TV, obras de teatro, programas radiofónicos, grabaciones en audio y hasta varios libros firmados por él (era un auténtico especialista tanto en arte como en cocina).

Caballero encantador de gusto exquisito, porte impecable y modales excelentes, Price ha pasado sin embargo a la Historia del Cine como uno de los más grandes actores del cine de terror, y es cierto que, aunque se prodigó en otros géneros como el melodrama o el cine histórico, es por su galería de personajes torturados, científicos locos y villanos varios por lo que se le recuerda principalmente hoy en día. Ya homenajeé a Vincent Price el año pasado (véase) de manera que, para no repetirme, he querido celebrar este 100º aniversario de su nacimiento con una selección de diez (una por cada década) de sus películas que considero, por una razón u otra, más importantes y destacables de entre las que interpretó en su larga trayectoria, y sobre todo más representativas dentro del amplio espectro de registros y etapas de ésta. Las recomiendo, pues, como base de partida para el profano que desee iniciarse en la filmografía de Price y, a partir de ahí, animo al interesado a que siga viendo muchas más de él: como Peter Cushing, mi otro gran actor favorito del fantástico, creo que Price tenía tan gran presencia en la pantalla que aportaba interés y gracia hasta a la película más desacertada (y tuvo varias de ellas)... El orden de la selección es cronológico…

La torre de Londres (Rowland V. Lee, 1939)
Price era todavía un joven actor principiante cuando intervino como secundario en este film de ambientación histórica pero con aires decididamente macabros ambientado en la convulsa Inglaterra del siglo XV. En este su tercer trabajo para la gran pantalla interpreta brevemente al Duque de Clarence, y lo más destacable de la cinta de Rowland W. Lee es que sus compañeros de reparto fueron nada menos que.... ¡Boris Karloff y Basil Rathbone! La película sin duda estaba anticipando el destino interpretativo de Price al enfrentarle a otros dos de los más célebres actores del género de terror. Casualmente, él mismo retomaría el papel de Rathbone en el remake que de la cinta haría Roger Corman veinticuatro años después.

Laura (Otto Preminger, 1944)
Clásico indispensable del cine negro en el que, curiosamente, nuestro hombre no hace ni de bueno, ni de malo: en su papel también secundario interpreta una especie de vividor pijo y petimetre. En aquellos tempranos años de su carrera, Hollywood aún no había encasillado a Vincent como malvado inevitable y todavía lo consideraba para roles de galán.

El castillo de Dragonwyck (Joseph L. Mankiewicz, 1946)
Cuarta y última película que Price compartió con la bellísima y exquisita Gene Tierney (las otras fueron, además de la ya revisada Laura, El renegado y Que el cielo la juzgue) y primer gran papel protagonista del actor: en el aristócrata intrigante, refinado y tirano que se complace en angustiar a su joven e inocente esposa en esta película de Mankiewicz ya se nos adelanta prácticamente el arquetipo con el que Vincent Price pasará a la Historia del Cine. No es difícil encontrar similitudes entre esta producción y otras grandes thrillers psicológicos similares del período como Luz de gas o Rebeca.

Los crímenes del museo de cera (André De Toth, 1953)
Este remake en 3D del largometraje de Michael Curtiz de 1933 Los crímenes del museo es para mí la película que marca el comienzo de la carrera de Price en el género del cine de terror. Ciertamente, a partir de ella se vería cada vez más y más inmerso en historias tétricas y sobrenaturales, rodeado de siniestros castillos, laboratorios y ruinas varias. Cuentan las crónicas que este gradual paso desde el melodrama, thriller y cine histórico por parte de Price (y con ello su “descenso” de las producciones de gran presupuesto a las de serie B) no fue del todo voluntario por parte del actor y que, debido a su comparecencia en los famosos tribunales del infame senador McCarthy durante su lamentable caza de brujas, la carrera de Vincent se vio seriamente resentida. Aunque se demostró su inocencia, las puertas más grandes de Hollywood ya se le habían cerrado para entonces.

La mosca (Kurt Neumann, 1958)
Clásico entre los clásicos del cine de ciencia ficción de los 50, resulta curioso que a Vincent Price se le recuerde como protagonista de este film de Kurt Neumann: en realidad tenía un papel secundario como hermano del personaje del actor David Hedison. Sin embargo, la presencia y el carisma del artista eran tan grandes que casi todo el mundo ha ignorado u olvidado este hecho. Price intervendría también en la primera de las dos continuaciones del film, El regreso de la mosca, un año después.

La caída de la Casa Usher (Roger Corman, 1960) y el ciclo Poe
En 1960 Vincent Price se asocia con el ávido y espabilado director de serie B y Z Roger Corman para realizar varias adaptaciones muy libres de cuentos de Edgar Allan Poe que claramente se inspiraban en los filmes de terror de la productora inglesa Hammer. Price intervendría en siete títulos dentro de este “ciclo” para la American International –amén de otros fuera de él y no siempre dirigidos por Corman–, que prácticamente no tienen desperdicio alguno, pues son muestra de la versatilidad, no sólo para el drama, sino también para la comedia, del actor al que homenajeamos. Además, durante aquella época (primeros 60), Vincent también rodaría otras cintas de ambientación gótica para diferentes estudios como Trío de terror o Diario de un loco, que adaptaban respectivamente, escritos de Nathaniel Hawthorne y de Guy de Maupassant.

El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest, 1971)
Film estrambótico y disparatado y, sin embargo, convertido en un título de culto esencial en la filmografía de nuestro actor. En los años 70, ésta estaba en realidad en un claro declive, lo que le llevó, al igual que sus colegas Christopher Lee y Peter Cushing, a intervenir en una serie de películas que homenajeaban a la vez que parodiaban (voluntaria o involuntariamente) los papeles y el género en los que la estrella, para bien o para mal, había acabado prácticamente encasillada. Phibes sería uno de los varios personajes dementes que nuestro amigo interpretaría en aquella época relativamente olvidable de su carrera: recordemos también Casa de locos, Matar o no matar, este es el problema y, por supuesto, El retorno del Dr. Phibes, todos con argumentos y protagonistas muy similares.

La casa de las sombras del pasado (Peter Walker, 1983)
Film no muy bien considerado en general, pero que tiene para mí el impagable atractivo de juntar a Vincent Price con otras grandes estrellas del cine de terror: nada menos que Peter Cushing, Christopher Lee y John Carradine. Sólo por eso, la humilde labor del director Peter Walker me merece cierto respeto. El argumento de este film de misterio tampoco me disgusta.

Las ballenas de agosto (Lindsay Anderson, 1987)
Ya en el ocaso de su carrera, Price regresó al melodrama formando equipo con otras dos grandes leyendas del Hollywood dorado: Bette Davis y Lillian Gish, interpretando a un viejo aristócrata ruso en esta cinta impregnada de melancolía y de nostalgia. Fue el último papel protagonista del actor, y uno muy digno, aunque alejado de aquellos con los que más se le recuerda.

Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990)
Sería Tim Burton quien nos ofrecería la oportunidad de ver por última vez a Vincent Price en la pantalla grande en este título ya clásico del director pero, aquí, el malvado científico habitual en otros trabajos del actor era, por el contrario, un entrañable inventor que creaba al estrafalario personaje que da nombre a la película. Por desgracia, la delicada salud de Price obligó a reducir sus escenas en el largometraje, y su intervención es muy breve. Aún participaría en un telefilm y como actor de voz en otros dos trabajos más antes de su muerte.

Y de regalo...
Vincent (Tim Burton, 1982)
¿Qué mejor manera de homenajear a nuestro actor en su centenario que con este cortometraje de animación firmado también por Tim Burton? Con él, uno de los paladines del fantástico moderno homenajeaba a uno de los del clásico, y nos narraba la historia de un niño un tanto tétrico que admiraba a Vincent Price y que sólo quería ser como él. La voz en off que narra la historia la puso… claro, Vincent Price. Aquí lo tenéis:

lunes, 9 de mayo de 2011

AMT 2011

La AMT (Asociación Modelista de Torrente) celebra su Feria-Concurso-Exposición en esta localidad valenciana desde hace diecisiete años y se ha constituido en uno de los más importantes eventos modelísticos nacionales, con participación también de muchos aficionados extranjeros. Hace dos fines de semana (29 de abril a 1 de mayo) asistí a él y me decidí a empuñar de nuevo una cámara y sacar algunas imágenes de las piezas presentadas, stands y ambiente en general. La fotografía es un hobby que por desgracia abandoné hace años, frustrado de no poder dar utilidad a mis estudios de Imagen y Sonido, y no me he sabido adaptar muy bien a las cámaras digitales, así que os ruego seáis benévolos con estas instantáneas que tomé en el evento, y que adjunto aquí como complemento visual al anterior artículo sobre maquetas (véase). Pinchad en las fotos para verlas a mayor tamaño.

Stand de Big Cat


Stand de Transilvania Models
Sección de vehículos militares
Demostración de tanques a radio control

Dos perspectivas de un diorama






Varias imágenes de la sección de aviones


Dos impresionantes bustos a tamaño real



Sección de vehículos de ci-fi
Sección de figuras de fantasía


Un diorama ambientado en el Lejano Oeste
En esta imagen y alrededor, varios dioramas




Vista general de parte de la feria

sábado, 7 de mayo de 2011

Una de maquetas (I)

Mi asistencia el pasado fin de semana al XVII Concurso-Feria de Modelismo de Torrent (Valencia), me da la perfecta excusa para traer a colación otra de los grandes aficiones de mi vida (aunque un tanto abandonada últimamente) y, siempre con vuestra paciencia e interés, de abrir de nuevo el “baúl de los recuerdos” y rememorar cómo me inicié en ella: hablo del modelismo, miniaturismo, maquetismo o como le queráis llamar; ese excéntrico hobby ya casi en desuso que consiste en montar pieza a pieza una réplica a pequeña escala de un vehículo, edificio, personaje, etc, para después pasar a pintarla armados de pincel o aerógrafo y, quizás, finalmente, integrarlo en el súmmum de este esforzado arte: un diorama, la representación en miniatura de una escena de la vida cotidiana, de una película, de una batalla o de cualquier otra cosas que cruce nuestra imaginación.

La Prehistoria
Sobres Montaplex: el origen de una afición
Como cualquier otra afición, el modelismo no llegó a mi vida de la noche a la mañana ni en un día claramente señalado. Sí que tengo, sin embargo, dos recuerdos clave sobre el hobby que contaré enseguida, pero antes, un poco de prehistoria: la de un niño que en los años 70 encontraba en quioscos y jugueterías infinidad de tanquecitos, aviones militares, pequeños soldados en sobres de papel, y figuras articuladas como los añorados Geyperman o Madelman a los que se vestía con uniformes de diferentes ejércitos de la Historia (no olvidemos también los álbumes de cromos Maga, los Tente o los entrañables Kalkitos). En aquella época –hoy en día por lo visto ya no– parecía normal proporcionar a los pequeños muchos ratos de diversión con productos de este tipo, a pesar de su evidente morbo y violencia implícita. Aquel infante, obviamente, era yo y, aunque para decepción de muchos psicólogos, no acabé convertido en una persona agresiva ni en un psycho-killer pese a tales antecedentes (ni siquiera hice la “mili”), sí que crecí fascinado por todo aquel mundillo bélico cuyo verdadero significado y origen mi joven mente difícilmente podía discernir entonces. Aquellos antiguos sobres de papel de la marca Montaplex me familiarizaron muy pronto con los nombres de muchas batallas de la II Guerra Mundial –y de otras épocas– como El Alamein, Sidi-Barrani, Tobruk, Iwo Jima o Stalingrado. En ellos, y sobre todo en los rústicos tanques de plástico que aparecían en su interior, y que se montaban fácilmente encajando las piezas por presión, tenemos sin duda el germen de mi afición al modelismo y a la historia militar reciente. Si seguís leyendo, creo que me daréis la razón. Fin del capítulo sobre Paleontología…

La primera maqueta que tuve, que me regaló y montó mi abuelo
El primer recuerdo clave que tengo sobre el modelismo se lo debo a una persona a la que quise mucho: mi abuelo materno. Durante, un tiempo, debido a la temprana pérdida de mi abuela, estuvo viviendo con nosotros. Una noche, estando en un banquete en un restaurante (una boda o algo así), me dijo: “Te he traído una cosa de Valencia que luego te enseñaré”, o algo similar. Efectivamente: mi abuelo había estado en la capital y me había comprado una maqueta de las de verdad, la primera que tuve en mi vida. La recuerdo perfectamente y, de hecho, todavía la conservo: era el tanque M36 Jackson a escala 1/35 de la marca Tamiya, que además incluía un motorcito en su interior que, una vez encajado, permitía al pequeño vehículo desplazarse sobre sus orugas al igual que sus equivalentes más grandes. Como yo era demasiado pequeño, fue mi abuelo el que montó la maqueta con gran acierto, con la salvedad de que no la pintó (esa tarea la acabaría yo años después). Posteriormente me compró un barco pesquero de madera, de esos con muchas poleas y cuerdas, pero este no llegó a acabarlo. Pasarían algunos años antes de que me decidiera a adquirir una maqueta por iniciativa propia...

Un kit decisivo
Con el Komet de Heller considero que empieza
verdaderamente mi afición al modelismo
El segundo recuerdo clave sucede a finales de 1982: en una librería de mi pueblo han traído varias maquetas de aviones de la marca Heller, y me decido a comprar una de ellas: se trata del Messerschmitt Me 163 Komet a escala 1/72, y es con esta referencia con la que considero que se inicia de una manera más clara y “oficial” mi pasión por el modelismo, aunque antes ya había adquirido algún que otro kit de manera casi casual (una de ellas el Messerschmitt Me 262 a 1/144 de Revell, que compré en una tienda ¡de labores! de Segorbe y que pinté, a falta de mejor material, con óleos que me dejaron mis vecinos). A partir de la compra del Komet, una “vorágine” modelista: empiezo a coleccionar catálogos, cuyas imágenes devoro una y otra vez (me embriagaba visualmente con los dioramas), me familiarizo con marcas como Airfix, Matchbox, Monogram, Esci, Nichimo, Italeri o las ya citadas Tamiya y Revell  y, cuando mi escaso presupuesto me lo permite, voy comprando nuevas maquetas, normalmente vehículos y aviones militares, ya que en aquella época era lo más habitual. En mi pueblo no se podía encontrar una gran oferta de maquetas: algunas jugueterías como la clásica Clavel o la tienda que había al lado (¿cómo se llamaba?) tenían unas pocas, librerías como la antes citada (Géminis, pero también su vecina Ana Garzón) ofrecían alternativas, y hasta lugares tan atípicos como la ya desaparecida Casa Madurga –dedicada a la venta de botones, lanas y similares– almacenaba en sus viejos estantes algunas maquetas sobre las que se acumulaba el polvo.

Recuerdo con diversión mi absoluta virginidad modelística y mi casi total ignorancia sobre cómo debía abordar el montaje y la pintura de los modelos que adquiría. Por entonces no existían apenas publicaciones nacionales sobre el tema ni conocía a otros aficionados más aventajados que me pudieran instruir, aunque muchos otros amigos míos tontearon algún tiempo con el hobby y también se compraron los avioncitos y tanques de rigor. Mis primeras maquetas las cortaba con un burdo cúter estándar, las pegaba nada menos que con pegamento Supergen (que quema el plástico) y las pintaba con témperas La Pajarita, que se pelaban al menor roce… Aún con todo, disfrutaba enormemente la construcción y acabado de todas aquellas piezas –que, naturalmente, concluía con el añadido de las calcomanías de rigor– como posiblemente no lo he hecho en años posteriores con más conocimientos y habilidad para abordar este trabajo. Coleccionaba además sus instrucciones de montaje y las ilustraciones y fotos de sus cajas, que solía recortar para ahorrar espacio.

"Modelismo & Historia": un gran descubrimiento
Paralelamente, crecía en mí un interés por los conflictos bélicos, principalmente por la I y II Guerras Mundiales y por la Guerra Civil Española, y una fascinación por los artilugios (tanques, blindados, aviones, armas de mano… los barcos siempre me llamaron menos) utilizados en estas contiendas y que, vaya, al fin y al cabo, y mirándolo seria y fríamente, no eran más que ingenios para matar… Siempre que podía me compraba algún libro, revista o fascículo sobre esta temática, y uno de mis grandes descubrimientos al respecto se produjo en 1984 cuando, en un viejo quiosco de mi localidad que ya no existe, descubro fascinado ¡una revista española de modelismo! Se trataba nada más y nada menos que del nº15 de la legendaria “Modelismo & Historia”. Aquella publicación abre para mí muchas perspectivas, y recuerdo con que ansiedad e impaciencia aguardé la salida de la siguiente entrega, que pedí que me reservaran en aquel establecimiento. La seguí coleccionando hasta su último número, y posteriormente compraría su publicación heredera (creada por los mismos editores), “Todo Modelismo” (después “Euro Modelismo”) durante bastantes años.

Avanzando
Ya más mayorcito, y al igual que he contado en entradas sobre otras aficiones, empiezo a aventurarme en la capital valenciana, primero ocasionalmente, luego ya con asiduidad, puesto que estudiaba en ella. Todo un montón de nuevas opciones y posibilidades modelísticas se abren entonces ante mí, y frecuento establecimientos como  Maquetas Lara, la cercana Maquetas Altarriba, Maquetas Jiménez, 5ª Avenida y muchos otros comercios del hobby, algunos de ellos por desgracia ya cerrados. Empiezo a conocer los trucos, técnicas y materiales más habituales de esta afición, y ya hace tiempo que he sustituido las témperas por el clásico bote de esmaltes Humbrol y empezado a comprar herramientas y complementos propios del modelismo.

Los vehículos de la marca Matchbox me encantaban
porque llevaban siempre un pequeño diorama
Precisamente sobre mi primera “incursión” a una tienda de maquetas de Valencia tengo un recuerdo muy especial que me gustaría también relataros, ya que he dado rienda suelta a mi vena nostálgica: estando en 8º de EGB, nuestro curso realizó una visita cultural a la capital del Turia. Uno de nuestros profesores, también aficionado al modelismo y a los wargames, nos prometió llevarnos a alguno de estos comercios miniaturistas, y el elegido en primer lugar fue precisamente Maquetas Lara, una entrañable tiendecita fundada en los años 60 que en aquella época hacía esquina entre la calle del Mar y la calle Comedias, en pleno centro de Valencia. Lara era una tienda de reducidas dimensiones pero muy bien surtida, repleta de la más variada oferta modelística que se podía encontrar por entonces. Disponía además de un almacén cercano que complementaba su amplio stock. Pues bien: nuestro profesor nos llevó a ella. Personalmente, yo no cabía en mi gozo rodeado de tantas piececitas de plástico, y me embelesé revisándolas hasta que me decidí por una de las que se ajustaban a mi reducido capital: un Krupp Protz con cañón de 3.7 mm de la marca Matchbox que me dispuse a pagar. Algunos de mis compañeros no fueron tan honestos como yo y, aprovechando el caos y al confusión de toda la chiquillería que se había metido en la tienda, decidieron agenciarse gratuitamente algunos modelos y escabullirse con ellos. Resultó que un conocido de la tienda se percató y se lo hizo notar al dueño, cuyo enfado fue grande y comprensible. Aquel señor era el padre del propietario actual, Antonio Lara, y el suyo sería el comercio de modelismo que más frecuentaría en mi vida. Me alegra decir que sigue en activo después de varias décadas y trasladado a un local cercano mucho más grande en la calle del Mar, nº43. Últimamente no lo visito tanto porque estoy algo apartado del hobby, pero siempre que tengo ocasión paso a saludar a Toño, al que conozco ya muchos, muchos años. Aquí tenéis su web: http://modelismolara.com/ (no cobro comisión).

El Destructor Imperial de MPC, posiblemente mi primer kit fantástico
¿Y la fantasía?
Llegados a este punto, aquellos que me conozcáis un poco quizá os estaréis preguntando si alguien tan aficionado al género fantástico como yo no se había interesado por las maquetas de ciencia ficción y similares. En realidad sí que lo había hecho: ya en mis primeros años, y con un grandísimo esfuerzo económico, conseguí hacerme con el ya clásico Destructor Imperial de MPC, distribuido por estos lares por la inglesa Airfix (tenía también su catálogo y alucinaba con los kits de La guerra de las galaxias). No obstante, a las maquetas de fantasía les costó mucho arrancar en España y ser aceptadas por sectores más tradicionales del hobby. Poco se podía encontrar en los primeros 80 en nuestras tiendas de maquetas aparte de los kits de la saga de George Lucas. En la transición entre aquella década y la siguiente ya fue más habitual ver en los comercios toda una serie de pequeñas figuras de metal inspiradas en los mundos de Tolkien, Lovecraft, Gygax y demás. Imprescindible volver a citar aquí de nuevo la labor de empresas como Joc Internacional o Juegos sin fronteras, ambas pioneras en la distribución de muchos juegos de mesa, rol y miniaturas. Se empezaron a hacer habituales marcas como Ral Partha, Grenadier, Mithril, West End Games o la todavía entonces modesta Games Workshop. Tampoco hay que olvidar la aparición en Valencia capital de la inolvidable tienda de juegos Ludómanos, que exhibía un importante stock de estas figuras. No obstante, yo seguía echando de menos a muchos personajes del cine fantástico que no parecían llegar aquí: monstruos, superhéroes, supervillanos, protagonistas de películas de culto… Los 90 iban a traer tímidamente a la vieja piel de toro un nuevo concepto de producto modelístico… el kit de garaje. Os seguiré contando en la próxima entrega. Por hoy creo que ya os he saturado bastante con “batallitas”…
(2ª parte aquí).

miércoles, 4 de mayo de 2011

Otra vez Audrey (Hepburn)

Pues sí, ¿qué pasa? Ya llevo días sin publicar nada, así que solamente un par de líneas para recordar el que hubiera sido el 82 cumpleaños de mi adorada actriz... Nació precisamente un 4 de mayo de 1929 en Bruselas, Bélgica, como Audrey Kathleen Ruston, aunque, al contrario de lo que indican algunas biografías, no era belga, sino que tenía la nacionalidad inglesa porque era la de su padre (quien, por otro lado, había nacido en Bohemia... que lío). Esta es una de mis fotografías favoritas de ella, evidentemente tomada en su años mozos cuando triunfaba con Sabrina y demás películas en aquellos dorados y lejanos años 50.

lunes, 25 de abril de 2011

Más palos para el Cine

Audrey Tautou va a volver a dar pie a esta nueva entrada, aunque sea de una manera indirecta: ayer me decidí a ir a Valencia a ver su última película, Una dulce mentira. No me aventuro a menudo en la capital para asistir al cine, especialmente si tengo la opción de verlo en mi pueblo, y principalmente por razones económicas (es más caro allí y además hay que añadir el coste extra del viaje), pero también por simple comodidad: ¿para qué desplazarme 30 km si tengo un cine a un paseo de mi casa? Sin embargo, para la última película de la actriz francesa decidí hacerlo, porque me parece un título bastante alejado del circuito comercial que es posible que no llegue a mi pueblo y no quería arriesgarme a quedarme sin verla.

Me lo pasé bien con esta sencilla comedia, pero me volví a casa con un tremendo disgusto: al salir de la proyección, que fue en los UGC Ciné Cité, observé allí un cartel que anunciaba su cierre el próximo viernes 29 de abril. Es otro golpe mortal más al Cine de nuestra provincia, que hace ahora casi un año perdió también a sus emblemáticos Albatros. El complejo multi-salas (16 en concreto) abrió sus puertas en 2004 y pertenecía al grupo UGC –obviamente– que posee más de 500 salas en toda Europa, 6 de ellas en España que pasarán a ser 5 en unos días. Es cierto que todos estos complejos cinematográficos siempre me han parecido un poco monstruosos y deshumanizados, bastante alejados de los cine clásicos y más familiares con los que he crecido, pero su cierre me duele igualmente porque se trata al fin y al cabo de otro cine (o de varios dentro de un mismo edificio) que mueren. No frecuenté muchas veces a los UGC por las razones que he expuesto en el párrafo anterior. Recuerdo haber visto en ellos, en este orden, La novia cadáver, Across the Universe, New, York I Love You y, ayer, Una dulce mentira, que se convertirá en el último largometraje que disfrutaré en ellos. Su programación era interesante porque, además de películas más exitosas, proyectaban también otras más modestas y desconocidas e incluso muchas en V.O. Su ubicación era también muy cómoda para la gente que veníamos de fuera y no deseábamos adentrarnos en la maraña que supone el centro de Valencia ciudad.

Me gustaría acabar esta despedida de otra sala más que cierra con una petición que seguramente va a caer en saco roto: por favor, no os descarguéis de internet estrenos que todavía estén en la pantalla grande. Total, en 3 meses las vais a tener en formato doméstico... Permitidnos a las personas que amamos el Cine disfrutar unos pocos años más de nuestra pasión, porque a este paso, de aquí dos días no tendremos a donde ir a ver películas como es debido. Gracias por vuestra comprensión.

domingo, 24 de abril de 2011

3 del 2001 (2)

El segundo título de esta “trilogía del 2001” que comencé en enero con Enemigo a las puertas (véase), y que recopila una selección de largometrajes con destacable calado en mi historial cinéfilo estrenados ese año, contrasta bastante con su antecesor: de las desoladas ruinas de Stalingrado y de los sacrificados soldados que combatieron en ambos bandos en aquel trágico conflicto, del terrible melodrama de una de las batallas más crueles de la Historia, nos trasladamos al París de los años 90, a un ambiente mucho más cálido y agradable que el de la ciudad rusa durante la II Guerra Mundial, y concretamente a un pequeño café en pleno centro de Montmartre y a un original vecindario, ambos poblados por toda una serie de personajes de lo más variopinto, a cada cual más entrañable y pintoresco. Una de las camareras del primer local es una jovencita de corta melena morena y de cautivadores ojos aún más oscuros que responde al nombre de Amélie Poulain, y que da título a esta segunda película de cuyo estreno se conmemoran en breve los 10 años (a España llegó un 19 de octubre): Amelie. La dirigió, por supuesto, Jean-Pierre Jeunet, y nos legó a los espectadores uno de los mayores regalos del cine francés moderno: la encantadora actriz Audrey Tautou.

Mi primer recuerdo de este film que es ya casi un pequeño clásico es ver el póster en una revista de cine: desde él sonreía discretamente una chica de grandísimos ojos negros la cual, según aquel cartel, iba a cambiar mi vida. Quizá no lo hiciera, pero sí que, al menos, la alegró un poco. La película sigue trayendo una sonrisa a mis labios cada vez que la revisiono, y os aseguro que no es fácil hacerme sonreír.

Como casi todo el mundo por aquel entonces, jamás había oído hablar antes de Audrey Tautou. Si conocía, sin embargo, a Jean-Pierre Jeunet, y había visto todos sus anteriores largometrajes: Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos me habían parecido muy curiosas y originales, y Alien resurrección me había gustado, así que ya podía prácticamente aventurar antes de ver Amelie ni de saber apenas de qué trataba que la película me iba a resultar cuanto menos interesante. Aquella simpática muchachita del cartel también prometía algo especial y fue, desde luego, un innegable reclamo a la hora de acudir al cine a ver el film...

Amelie, cuyo titulo original es Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, nos traslada, como he adelantado, a la capital francesa de finales del siglo pasado, concretamente a 1997, poco tiempo después del triste accidente que acabó con la vida de Lady Di. Tras un divertido prólogo de 15 minutos en el que una voz en off nos resume el nacimiento y los primeros años de vida de la protagonista, llegamos al presente (en el film, claro). Amelie es una joven de 23 años que ha crecido aislada de los otros niños debido a las excentricidades de sus padres, lo que le ha hecho convertirse en una chica solitaria e introvertida. Trabaja como camarera en el Café des Deux Moulins –una localización real que goza de gran éxito desde el estreno del film que la hizo popular–. El argumento de la película es bien sencillo de resumir, pero se dice siempre que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, y en el caso de Amelie, la historia está contada con gran originalidad y simpatía y una cuidadísima estética y personalidad que hacen único el film pese a una historia que podría considerarse “nimia” o repetitiva: Amelie descubre por casualidad una vieja caja de juguetes en su apartamento, y se interesa por devolvérsela al dueño original. A partir de ese momento, decide que su misión en la vida va  a ser ayudar a los demás, e inventa las más disparatas argucias con este fin: sus vecinos y sus compañeras serán el objeto de su recién descubierto altruismo. En su trayecto para conseguir todas estas empresas se topará con un joven llamado Nino (Mathieu Kassovitz), como ella, peculiar y solitario, y del que, naturalmente, Amelie se quedará prendada. Reservada y vergonzosa, la chica no se atreverá a revelar al muchacho su amor de una manera directa, por lo que en buena parte del final de la película la encontraremos ideando peculiares estratagemas para poder conocer a Nino.

El entrañable Dominique Pinon
Vista así, como ya he adelantado, Amelie no parece una película especialmente destacable, pero es todo ese imaginario tan particular del director, los divertidísimos personajes que pueblan el film, su estudiadísima dirección artística, con esa estética un tanto fantástica, casi de cómic, yo diría que de ensueño, dominada en todo momento por un aire retro en el que imperan los colores rojo y verde, los hilarantes gags visuales de estilo cartoon, lo que hacen que esta película sea la joya que ha sido desde el momento de su estreno. Así, nos encontramos con el huraño Dufayel, “el hombre de cristal”, que habita en la misma finca que la protagonista y que no sale de casa porque padece osteogénesis, enfermedad que hace que sus huesos sean tremendamente frágiles, y que pinta año tras año una copia de El almuerzo de los remeros de Renoir (sobre la que él y Amelie establecen una divertida comparación con la realidad y con la chica misma), el molesto tendero Collignon y su despistado ayudante Lucien, la señora Wallace, sufrida portera del edificio o, ya en el Deux Molins, con la hipocondríaca Georgette, compañera de Amelie, el escritor fracasado Hipólito, o el celoso Joseph, entre otros muchos componentes de la exclusivísima fauna que pulula por la cinta.

Mathieu Kassovitz como Nino
Aunque una producción modesta para la que Jeunet se rodeó de buena parte de su equipo artístico y técnico habitual (el guionista y dialoguista Guillaume Laurant, que escribió la película con él, o los actores Rufus, Serge Merlin o el entrañable Dominique Pinon, inevitable en los filmes del director), la película se estrenó con ese deseable y rarísimo éxito conjunto de crítica y público, y recibió numerosas nominaciones y premios a lo largo del mundo: cinco de las primeras en los Oscars hollywoodienses (de los cuales no se llevó finalmente ninguno), otras nueve a los BAFTA británicos (de los que ganó dos) y, cómo no, nada menos que trece a los Cesar franceses, donde triunfó en la edición de 2002 con los galardones a película, director, dirección artística y música. Por cierto, para esta última, Jeunet contó con el personalísimo músico multi-instrumentista Yann Tiersen, quien creó una partitura ideal para un film como Amelie (¿quién puede pensar en París sin el sonido de un acordeón?) a partir tanto de composiciones de sus anteriores álbumes como de temas escritos expresamente para el film.

Vi Amelie dos veces casi seguidas en el cine: acudí primero con un amigo, y algunas semanas después otro amigo me propuso ir a verla sin saber que ya lo había hecho y decidí repetir la gratificante experiencia. Por cierto, una anécdota personal: esa escena del Tour de France en la que un caballo salta una valla y se une al pelotón ciclista que Amelie graba en cinta de vídeo, yo la vi casualmente en directo cuando se estaba emitiendo por TVE. No soy muy aficionado a este deporte, pero en el momento en que ocurrió está curiosa anécdota yo estaba presenciándola por el televisor, por lo que me hizo mucha gracia verla en la película.

Audrey Tautou
¿Encontráis alguna similitud entre esta foto y la del póster?
Jean-Pierre Jeunet había pensado en la intérprete británica Emily Watson para que protagonizará Amelie, pero diversos problemas impidieron que el deseo del director se cumpliera. Se fijó entonces en una jovencita con trenzas que aparecía en el póster de Venus, salón de belleza, y decidió que ella sería la protagonista de su nueva obra. Esta elección lanzaría internacionalmente a Audrey Justine Tautou (9 de agosto de 1976, Beaumont, Puy-de-Dôme, Francia). Prácticamente una desconocida antes de asociarse con Jeunet aunque había trabajado ya en varias películas y telefilmes, Audrey es hoy en día una de las actrices más conocidas del cine de su país, y ha consolidado una inteligente y bien cuidada carrera en la que ha sabido alternar casi todo tipo de papeles: tras interpretar a la dulce Amelie se convirtió en una perturbada en Sólo te tengo a ti (2002), en una inmigrante turca acosada en Negocios ocultos (2002), en prostituta de alto standing en Un engaño de lujo (2006) y hasta se ha atrevido a interpretar a la diseñadora Coco Chanel en Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (2009). Se aventuró en Hollywood con la adaptación al celuloide de El código Da Vinci (2006), pero en general prefiere la tranquilidad del cine europeo e igual que en un blockbuster como el anterior, trabaja en una película tan sencilla como Juntos nada más (2007). Con Jean-Pierre Jeunet volvió a formar equipo en Largo domingo de noviazgo (2004), un claro y caro intento –que no funcionó– de repetir el éxito de Amelie con un personaje y una historia sospechosamente similares.

Personalmente, Audrey es una de las pocas actrices-fetiche que tengo en la actualidad después de Natalie Portman, e intento siempre ver sus trabajos, si bien he de decir que no he disfrutado ninguno tanto como aquel con el que la conocí.

Jamel Debbouze
Jamel Debbouze (der.) junto a Urbain Cancelier (Collignon)
Otro de los descubrimientos más destacables de Amelie, aparte de la propia Audrey, fue el del divertidísimo Jamel Debbouze, un particularísimo cómico francés de corta estatura y fácilmente reconocible que compensa su minusvalía (su brazo derecho quedó lisiado a raíz de un accidente de tren cuando era joven) con grandes dosis de humor y simpatía. En la película interpreta al ya mencionado Lucien. A Debbouze, cuyos monólogos y shows son habituales en su país natal, lo hemos podido ver también en filmes como Asterix y Obélix: Misión Cleopatra, Asterix en los Juegos Olímpicos o en el inconcebible papel de soldado en Días de gloria. Por cierto, que a pesar de sus aparentes impedimentos, Jamel está hecho todo un donjuán y es habitual verlo rodeado de bellísimas mujeres como su propia esposa, la periodista Mélissa Theuriau (vedlo aquí tonteando con la mismísima Laetitia Casta). ¡Impagable su aparición en el making off que contiene el DVD de Amelie!

(Pincha para ver la 3ª parte)