"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Elvis Calling

Lo que da de sí una idea sencilla: la portada del primer LP de Elvis Presley, aparecido en marzo de 1956 y titulado simplemente con el nombre del cantante, fue compuesta con una fotografía en B/N –algo atípico incluso en aquella época para un álbum de una compañía importante como era RCA– sacada de un concierto en directo del artista. Nada de poses ni montajes: el 31 de julio de 1955, el chico de Tupelo actuaba con sus inseparables Scotty Moore y Bill Black en Fort Homer W. Hesterly –un edificio de Tampa, Florida, que hacía las veces de arsenal y cuartel militar y de centro social de la ciudad para conciertos, mítines, etc–, cuando su mánager, el Coronel Parker, contrató al fotógrafo local William V. Robertson para que realizara varias fotografías del evento, y una de ellas –conocida popularmente como la “fotografía de la amigdala”­– fue utilizada para el larga duración de Elvis unos meses más tarde, previamente recortada.

Conocida la tiranía de Parker, no es de extrañar que el autor de la famosa instantánea se mantuviera en el olvido durante décadas: seguramente le pagaría cuatro duros por el trabajo y, por supuesto, no le debió ceder los derechos de las imágenes. Mucha más suerte tuvo su colega William “Popsie” Randolph, autor de las cuatro fotografías de la contraportada del disco que muestran a Elvis grabando en el estudio, que sí llegó a ver su nombre en la funda del LP, honor que ni los propios músicos de Elvis recibían. Esto dio lugar a la confusión de que él era también el que captó la imagen de la portada, error que no se corrigió hasta hace pocos años.

La fotografía de Robertson, pues, en la que podemos atisbar al contrabajista Bill Black apenas distinguible, se completó con una maquetación casi minimalista: la palabra “ELVIS” en rosa cruza verticalmente el margen izquierdo de la cubierta del LP; el apellido “PRESLEY”, en verde, aparece en horizontal en la parte inferior. Arriba a la derecha encontramos el logotipo y nombre de la compañía –utilizando también los colores del título del disco–, la referencia de este, LPM-1254, y la característica frase “A "New Ortophonic" High Fidelity Recording”. En posteriores ediciones el logotipo aparecería de forma más discreta, con las letras simplemente en blanco sobre el fondo negro, e incluso en otras versiones ni siquiera lo encontramos.

En 1979 los miembros del grupo punk The Clash decidieron rescatar el diseño del viejo LP para su tercer disco, el popular London Calling, sólo que ahora con el bajista Paul Simonon aprestándose a golpear su bajo contra el suelo. Las dos palabras del título del disco se dispusieron y colorearon de idéntica manera al de Presley aparecido veintitrés años antes. Fue el primero de los muchos guiños que se hicieron al álbum debut de Elvis, aunque quizá hay que reconocer que en algunos sectores es incluso más conocida la portada del trabajo de The Clash que la original (la hilarante cubierta del “single del gaitero” de Siniestro Total es una de las muchas que remiten claramente a ella). La razón es fácil aducirla a la obvia mayor difusión de la música rock a nivel mundial en el año 79 que cuando apareció el vinilo de Elvis a mediados de los 50. Recordemos que en países como el nuestro ni siquiera se editó en su momento. Desde entonces, decenas de artistas musicales, e incluso diseñadores de otros campos, no han podido resistirse a imitar la idea que el anónimo maquetador de la RCA tuviera hace ya cincuenta y cuatro años. 

* Más información (en inglés):

jueves, 9 de septiembre de 2010

Alien contra Depredador: sobre políticos, crisis y "democracia"

Voluntariamente tiendo a evitar el politiqueo directo en este blog, pero no siempre puedo callarme las muchas cosas que me indignan día tras día, y nadie, ni siquiera los que dicen ser “apolíticos”, puede tener una postura absolutamente pasiva y una actitud imperturbable ante la sociedad y la vida, porque eso sería ser una especie de vegetal sin conciencia ni sentimientos, y tener una opinión política es simplemente eso: que las cosas que acaecen a tu alrededor te parezcan bien, mal o regular. Otra cuestión ya diferente es mantenerse a distancia de lo que comúnmente conocemos como “la política”, ese juego que tienen tan bien montado cuatro listillos tan engreídos y egocéntricos que se creen dignos, adecuados y preparados para dirigir una ciudad, una provincia o incluso un país y para tomar decisiones por todos sus habitantes; individuos que normalmente se agrupan en organizaciones que se suelen conocer por dos, tres, cuatro o más siglas, una de las cuales es con frecuencia una “P”.

Últimamente oigo a menudo un comentario que se repite mucho en las conversaciones, y la verdad es que me asombra la simpleza de alguna gente, o quizás se deba a lo engañados que nos tienen: se trata de esa asociación que hacen muchos ciudadanos entre malos momentos de una nación, problemas, sucesos socialmente nefastos, etc y el gobierno que rige el país cuando ocurren, o incluso su cabeza visible y principal representante, la persona que ostenta el presuntuoso cargo de presidente de la nación. Por ejemplo, a pocos días de las penúltimas elecciones en 2004 sucedió la tragedia del 11-M, y la mayoría de españoles decidió entonces no votar al partido al que se auguraba como claro vencedor en las urnas para otorgar su confianza a otro. Ahora mismo sufrimos una crisis económica –que, en realidad, se originó muchos años atrás– y todo el mundo la achaca a la desacertada labor de los dirigentes actuales.

A este respecto no puedo evitar recurrir a mi gran afición al 7º Arte para valerme del eslogan y el póster de una película reciente –aunque no muy buena– que me parecen irónica y tristemente perfectos para esquematizar y resumir mi opinión y postura ante estas circunstancias y ante estos “nuestros” dirigentes: se trata de Alien vs. Predator, y dicho lema era tan sencillo y complejo como este: “Gane quien gane, nosotros perdemos”. Para más inri, ver a dos criaturas alienígenas despiadadas, sangrientas y terroríficas en la imagen incrementa más para mí la similitud que me he empeñado en encontrar entre el pasquín de esta película de Paul W. S. Anderson y el concepto que tengo de los políticos que llevan gobernando la España de las últimas décadas. Atención a esta última palabra, “décadas”, pues creo que problemas y traumas de la sociedad española como la actual “crisis económica” no se generan de la noche a la mañana por una mala gestión de pocos años. Para mí este desastre laboral y económico que vivimos tiene su germen en los últimos 80, y va creciendo y ganando tamaño, como el alien introducido en el pecho de los colonos, durante los últimos veinte años, cuando cada vez más descaradamente se va permitiendo a todo tipo de especuladores (empresariales, políticos y comerciales) que campen a sus anchas por nuestro país, que hagan de España el “coto de caza” para estos “predators”.

Otra cosa que también me hace cierta “gracia” es la arbitrariedad con que se tratan y entienden esos conceptos tan fantasmales que son “el gobierno” y “el pueblo”. Los ciudadanos de a pie utilizamos el primero para tener un culpable claro de todas nuestras desgracias y avatares, no siendo conscientes de que, a menudos, somos nosotros los causantes de estos, primero por haber elegido a ese “gobierno” claramente incompetente, y segundo por haberle seguido el juego y por haber contribuido a muchos desastres como la propia crisis económica al fomentar y reforzar la ideología y la dirección que nos han llevado a desembocar en ella. El concepto “pueblo”, por otro lado, parece que lo utiliza el “gobierno” para querer convencernos de nuestro valor e importancia, para hacernos pensar que realmente manejamos el país al decidir en elecciones quiénes nos van a gobernar, concepto totalmente hipócrita que nos quieren vender como “democracia”, cuando no es más que una farsa bien montada por los políticos para poder seguir viviendo de su cuento y de sus mentiras. Corregidme si me equivoco: no estoy muy ducho en griego ni en filosofía, pero creo que este término se traduce literalmente por “gobierno del pueblo” y, hasta el momento, no conozco ningún pueblo que se autogestione, todo lo más nos dejan elegir a los aprovechados que nos van a dirigir. La democracia no es sino otra utopía más tan deseable y tan inalcanzable por el momento como el anarquismo, el comunismo o el socialismo, doctrinas que abogan por la igualdad de clases y por un gobierno verdaderamente popular que nunca se han podido llevar verdaderamente a la práctica. A falta de un término concreto para el gobierno de los listos y de los aprovechados, yo me permito sugerir el concepto de “oligarquía” como posible opción para catalogar el orden con que se nos rige en la actualidad.

Y, ya que he dado rienda suelta a mi indignación, voy a llevar mi osadía un paso más allá valiéndome de nuevo del cine y trayendo a colación el eslogan del cartel de otro largometraje para proponer una última reflexión. Se trata del de V, de vendetta, una película que me gusta bastante más que la otra visitada, dirigida en 2006 por James McTeigue y en cuyo cartel podemos leer: “El pueblo no debería temer a sus gobiernos. Los gobiernos deberían temer a su pueblo”. ¿Por qué, entonces, nos dejamos manipular como lo hacemos? ¿Por qué permitimos que se aprovechen de nosotros como lo hacen? El film protagonizado por Hugo Weaving y Natalie Portman tiene un final utópico y precioso: alentados por el revolucionario enmascarado conocido como “V”, los ciudadanos de Londres se lanzan a las calles y plantan cara de manera pacífica al mismísimo ejército, que se rinde ante el gentío sin disparar una sola bala. Por desgracia, es sólo cine, fantasía: cosas parecidas no pasarán en la realidad aunque nos ahoguen con impuestos, nos dejen sin trabajo y nos hagan la vida imposible. La gente no se dignará ni a ir a una manifestación, pudiendo quedarse en casa viendo el fútbol o la crónica rosa… Los gobiernos de los últimos años han conseguido domarnos, y además lo han hecho comprándonos con electrodomésticos y otras comodidades, erradicando la conciencia de clase y vendiéndonos el estúpido bulo de que todos somos de “clase media”. Por favor… Seguiremos tragando todo lo que ellos quieran, pagando sus errores y compensando sus desatinos con nuestro sufrimiento.

Amigos: creo que me he explayado a gusto. Era algo que tenía que soltar porque cada día oigo más y más tonterías sobre la crisis y este y el otro gobierno. Si en las próximas semanas veis que no subo nuevas entradas, quizá tengáis que acercaros al gulag más próximo y preguntar por mí…

domingo, 5 de septiembre de 2010

El último hombre

Inicialmente tenía pensado esperarme al próximo 9 de diciembre, fecha de su 94º cumpleaños, para rendir un pequeño tributo a Kirk Douglas, pero después me dije: “¿Es necesaria una excusa para homenajear a alguien como él?”. Porque lo cierto es que, para mí, Douglas es el más grande actor clásico vivo. Y, si tenemos en cuenta el estatus y la talla que dan la veteranía y la perspectiva, si convenimos que, simplemente, los artistas actuales, por muy avezados que estén, no pueden medirse con los clásicos precisamente por eso, porque son clásicos y los avala toda una leyenda consolidada a través de muchos años, creo que voy a afirmar sin dudar que Kirk es, simplemente, el actor más grande vivo. No quiero sonar purista ni retrógrado, pero pienso que ningún otro intérprete que siga con nosotros hoy en día tiene su estatura, filmografía y mito.

En su autobiografía “El hijo del trapero”, publicada en 1988, contaba sin vergüenza Issur Danielovitch Demsky –así se llama la estrella en realidad– sus orígenes humildes: sus padres fueron judíos rusos pobres y analfabetos que huyeron de su país original, y el futuro actor nacería en Amsterdam, Nueva York, un 9 de diciembre de 1916. “Cualquier americano es una mezcla de razas y culturas…”, reconocía a propósito de su libro con bastante más perspicacia que muchos de sus racistas y nacionalistas compatriotas, “…y ser hijo de judíos me llena de orgullo.” No fue siempre así, pues en la época del maccartismo, probablemente para salvaguardar su carrera, renegó de sus ascendencia judía y se posicionó contra el comunismo. De este hecho se arrepintió profundamente años más tarde.

Buen estudiante y mejor atleta, su inicial carrera teatral se vio interrumpida por la II Guerra Mundial y no sería hasta 1946 que debutaría en la pantalla en El extraño amor de Martha Ivers, de Lewis Milestone. Resulta curioso que su papel secundario en el film sea el de un tipo cobarde y pusilánime, rol totalmente contrario al de “duro del cine” con el que se haría famoso y pasaría a la historia. A partir de ahí, una de las trayectorias más impresionantes e inconmesurables del 7º Arte, casi cien intervenciones en la pantalla grande y pequeña, y más de sesenta años de carrera. Ya sólo en su primera década como actor trabajaría con algunos de los más grandes directores de Hollywood en clásicos como Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947), Camino de la horca (Raoul Walsh, 1951), El gran carnaval (Billy Wilder, 1951), Cautivos del mal (Vincente Minnelli, 1952), la mítica Duelo de titanes (John Sturges, 1957) o Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957, una de sus y de mis favoritas de él). Además, también sería Ulises (Ulises, 1954), Vincent Van Gogh (El loco del pelo rojo, 1957), el vikingo barbilampiño Einar (Los vikingos, 1958), el arponero Ned Land (20.000 leguas de viaje submarino, 1954) y, por supuesto, Espartaco (Espartaco, 1960, proyecto que produjo y para el que contrató a Stanley Kubrick). Casi imposible decidirse por unas sola de ellas…

El resto de su carrera no está exento de más grandes obras, es simplemente que quizá en esos primeros tres lustros como actor profesional se concentran la gran mayoría de ellas pero, desde 1960 hasta 2004, cuando Kirk decide retirarse finalmente del cine, podríamos estar seleccionando clásicos hasta cansarnos; y es que Douglas no le hizo asco a ningún género, e igual supo destacar en la comedia que en el melodrama, en películas bélicas que en westerns, y hasta ocasionalmente en el cine de terror y de ciencia ficción, como prueba La furia (1977), Holocausto 2000 (1978), Saturno 3 o El final de la cuenta atrás, ambas de 1980.

Imposible no citar su amistad con otras leyendas como Anthony Quinn (indispensable para los amantes del western El último tren a Gun Hill, de 1959) o Burt Lancaster, con quien compartió cartel en siete ocasiones (la última fue la entrañable Otra ciudad, otra ley, de 1986).

Sobrevivió a un catastrófico accidente de helicóptero en 1991 que le obligó a recurrir a la cirugía estética y, tres años más tarde, una trombosis le hizo tener que volver a aprender a hablar. Siendo el tipo duro que todos esperábamos de él, regresó a las pantallas durante muchos más años, hasta jubilarse finalmente con casi ochenta y ocho años con la película Illusion Aún así, aún volvió a participar en 2008 en el telefilm semi-documental Meurtres à l'Empire State Building junto a otros veteranos como Ben Gazzara, Mickey Rooney o Cyd Charisse. También se puso tras las cámaras en dos ocasiones: Pata de palo (1973) y Los justicieros del Oeste (1975). Siempre se lamentó de que no le concedieran ningún Óscar, a pesar de haber sido nominado en tres ocasiones, pero, ¿eso nos importa?

Para finalizar, así como en mi artículo sobre Maureen O´Hara di cuenta de otras leyendas femeninas del Cine que sobreviven hasta nuestros días, voy a aprovechar este homenaje a Kirk Douglas para recordar también a otros grandes veteranos de su “quinta” que todavía siguen con nosotros: Tony Curtis (85), Ernerst Borgnine (93) –los dos intervinieron con Douglas en Los vikingos–, Jerry Lewis (84), el incombustible Eli Wallach (95 en diciembre), Kevin McCarthy (96), Alan Young (91 en noviembre), Louis Jourdan (89), Jackie Cooper (88), Mickey Rooney (90 el próximo día 23), y los británicos Christopher Lee (88), su compañero de la Hammer Michael Gough (93 en noviembre) y Douglas Wilmer (90). Aunque como curiosidad anotaré que el actor más viejo que sigue vivo y trabajando es el holandés Johannes Heesters, quizá no muy conocido fuera de su país, que tiene 104 años y comenzó en el cine nada menos que en 1924.

“No me creo un gran hombre, aunque he hecho un tremendo esfuerzo. Es lo único que se puede pedir a una persona”. (Kirk Douglas)

sábado, 4 de septiembre de 2010

Canciones "de miedo"

Ya confesé en un escrito anterior (The Midnight Special, de vuelta a los orígenes del blues) mi fascinación por toda esa imaginería que impregna gran parte de las letras de la música blues –y, por extensión, del rock– que tiene su lejano origen en la misteriosa África y que cobra forma en un buen montón de canciones que hacen referencia al hoodoo –variante mestiza americana de la ancestral magia del continente negro–, y a toda una serie de rituales y elementos que la acompañan, empezando por los omnipresentes mojo, amuletos típicos de esta práctica. Sortilegios, supersticiones y lo sobrenatural y lo esotérico reinciden en todas estas composiciones que ya empiezan a hacer su aparición en grabaciones tan antiguas como Louisiana Hoodoo Blues que la pionera del género Ma Rainey registra nada menos que en 1925.

Paralelamente a la evolución del blues y a la de sus grabaciones van surgiendo músicos que alimentan esta impresión mágica, ultraterrena y hasta a veces demoníaca que acompaña a algunas canciones del estilo: ya entre los primeros bluesmen encontramos leyendas como la de Robert Johnson, de quien se decía que había vendido su alma al diablo en un cruce de caminos para ser un guitarrista excepcional, y en los 50, cuando la cultura blues está más que implantada en la sociedad afroamericana, aparecen personajes de la talla (nunca mejor dicho: medía casi dos metros y pesaba 140 kilos) de Howlin´ Wolf, artista carismático y fascinante de impresionante aspecto y de voz áspera, cruda y hasta primigenia. De él se popularizó la historia de que un cadáver resucitado le había enseñado a tocar la guitarra (o afinado, según otras versiones), y le había puesto su sugestivo nombre artístico. Mano a mano con el letrista y contrabajista Willie Dixon, el Lobo Aullador nos dejaría un sinfín de trabajos  esenciales que han sido versionados una y otra vez, aunque en general no tocó demasiado el tópico de la magia y la superstición si exceptuamos cosas como I Ain´t Superstitious. Por su parte, su principal antagonista de sello (Chess Records), Muddy Waters, hacía suya por la misma época la canción de Ann Cole Got My Mojo Working, que sí incidía más claramente en la temática que nos ocupa, mientras que Johnny Otis, leyenda del r´n´b a pesar de ser blanco, grabó en aquella década la también muy revisitada Castin´ My Spell, y pioneros del rock como Chuck Berry o Bo Diddley también mencionaban el hoodoo en algunas de sus composiciones.

No menos llamativo fue en la época Screamin´ Jay Hawkins, estrambótico cantante de blues y rhythm & blues que aparecía en el escenario con toda una serie de parafernalia canibal y saliendo de un ataúd, y cuya canción más famosa, I Put a Spell on You, recalcaba el carácter sobrenatural del a veces hilarante personaje que se había creado para sus actuaciones (no olvidemos tampoco la menos conocida e igualmente fantasmagórica I Hear Voices).

En realidad me estoy valiendo de todos estos originales músicos para dar entrada a uno de los grupos blancos de rock de finales de los 60 que más bebieron de toda esta mitología del blues negro y se empaparon de toda esta tradición: maldiciones, gafes, accidentes, pantanos del profundo sur de los EE.UU. y hasta el mismísimo demonio están presentes en buena parte de las canciones de una de mis formaciones favoritas, Creedence Clearwater Revival, entre ellas, algunos de sus mayores éxitos.

Ya en su primer LP de 1967 –titulado simplemente con el nombre del grupo– los hermanos John y Tom Fogerty, junto con el bajista Stu Cook y el batería Doug Clifford incluyeron precisamente una versión de I Put a Spell on You que sería uno de los primeros éxitos de la banda californiana, pero la primera canción “sobrenatural” que encontramos escrita por ellos mismos, también dentro de este disco, es Walk on Water, rescatada de los tiempos en que todavía se llamaban The Golliwogs. En ella se le aparece al protagonista un hombre que camina sobre el agua y que le insta a que le siga, a pesar de que el primero no quiere. ¿Es una referencia al mismísimo Jesús, o podemos interpretarlo como alguno de los diabólicos personajes que poblaran las posteriores creacioes del grupo?

En cualquier caso, el siguiente trabajo de la banda, Bayou Country (1969) –para un servidor, el primer LP auténticamente “Creedence”–, nos presenta por fin un par de temas que remiten sin equívoco a los artistas de color con que presentábamos el artículo, y en especial, a Howlin´ Wolf, del que el estilo vocal del cantante John Fogerty es clarísimo heredero: The Graveyard Train es el tema de los Creedence que más claramente recuerda a las grabaciones del gigantesco bluesman.

Se trata, sin embargo, de uno de los temas menos conocidos del grupo; una curiosa semi-improvisación relativamente monótona que no cambia de tono en sus más de ocho minutos, pero al que la voz, la armónica y la guitarra de John confieren su interés. La composición, por derecho la primera canción “de miedo” del grupo, nos habla de un macabro tren que carga los cuerpos de tres decenas de cadáveres y al que espera el protagonista, quien, a la manera de todas esas historias de terror de la literatura romántica, descubre que es el próximo pasajero.

Mucho más interesante y popular es la canción que abre el LP, la mítica Born on the Bayou, que si bien se mantiene más en la línea “bucólica” también característica del repertorio de los CCR (Green River, Proud Mary…) deja entrever algo del elemento sobrenatural y siniestro que analizamos en ese misterioso pantano en el que el protagonista recuerda a “su viejo perro de caza persiguiendo una aparición”. No es extraño que el director Jim Wynorski decidiera utilizarla para su adaptación al cine del comic La cosa del pantano.

Green River, tercer LP de nuestros muchachos y segundo de los tres que sacarían en 1969 es el que contiene más canciones “de miedo”; de nuevo un trío: Tombstone Shadow, Bad Moon Rising y Sinister Purpose. La primera es una de mis favoritas de la banda, aunque quizá no consta tampoco entre las más recordadas: un sencillo blues-rock de estructura tradicional y en Sol en el que el protagonista se ve constantemente perseguido por esa “sombra de una lápida” que titula la canción; no importa los amuletos que compre, los consejos de un gitano, ni todas las precauciones que tome…

Parecida temática trata uno de los grandes hitos del grupo, la ya adelantada Bad Moon Rising, que se embebe del rockabilly cincuentero para advertirnos que está surgiendo una luna siniestra que no presagia nada bueno: terremotos, rayos, huracanes, ríos desbordados… mejor que no salgas esta noche, o estás destinado a perder la vida... (Y, si Born on the Bayou servía como banda sonora a la Cosa del Pantano, no es nada sorprendente que Bad Moon Rising sea una habitual en películas de hombres lobo y de terror en general…)

Sinister Purpose, por último, ya lo dice todo con su título: su funesto protagonista te ofrece libertad, riqueza, sabiduría e inmortalidad si le sigues y le miras a los ojos… La interpretación exacta de la canción habría que preguntársela a su compositor, el genial John Fogerty, pero apostar porque es el Diablo sería ir bastante sobre seguro…

El último larga duración del grupo para el 69, Willie & the Poor Boys, no contenía ninguna canción que podamos enclavar en la línea que estamos revisando, aunque sí podemos citar de pasada It Came Out of the Sky, donde un simple labriego ve caer un platillo volante, experiencia que tampoco debe ser precisamente divertida. Como veis, el tío John también le daba a la ciencia ficción en sus canciones.

Cosmo´s Factory, publicado en 1970 y para mí el final de la “etapa de oro” de los Creedence junto a los tres álbumes del año anterior, sólo nos lega un tema “terrorífico”, aunque quizá uno de los mejores del grupo (era el favorito de Tom): se trata de Run Through the Jungle, otra composición elegantemente estructurada en torno a un único acorde, Re, en la que “el diablo anda suelto” y Satán ordena disparar a doscientos millones de cañones. No nos llevemos a equívoco: aunque la podemos oír en muchas películas sobre Vietnam, el mismo John explicó que es un alegato contra la gratuidad con la que se conceden armas en su país y la enorme cantidad de estas que abunda entre los civiles. Si Charlton Heston le hubiera oído…

Pendulum (1970), penúltimo LP de Creedence y ya una clara variación de su estilo más sencillo y básico al incluir saxos y órganos en la mayoría de sus canciones, no añadiría ninguna canción más a nuestro estudio de temas siniestros, y en Mardi Gras, de 1972, lo más terrorífico sería que John dejara cantar a los rebelados Stu y Doug. No es de extrañar que el grupo se disolviera tras ello.

En su carrera en solitario, John no olvidaría su fascinación por lo sobrenatural y macabro: su tercer LP sin los demás Creedence se titularía precisamente Hoodoo, y contenía canciones con títulos tan sugerentes como You Got The Magic, Hoodoo Man o Evil Thing. Por suerte o por desgracia, este álbum de 1976 nunca llegó a ver la luz por decisión del mismo Fogerty y su discográfica de entonces, Asylum, y sólo se puede encontrar en formato bootleg. En otros discos posteriores del artista podemos encontrar canciones como The Old Man Down the Road (Centerfield, 1985), Eye of the Zombie (en el LP de idéntico nombre, 1986), Premonition (directo homónimo de 1998), Wicked Old Witch (Deja Vu (All Over Again), 2004), Long Dark Night (Revival, 2007) y hasta Haunted House (The Blue Ridge Rangers Rides Again, 2009, su último trabajo hasta la fecha).

* Selección musical:
-Spoonful (Howlin´ Wolf): el hechizo del Lobo
-I Put a Spell on You: el show de Screamin´ Jay Hawkins en todo su delirio.
-The Graveyard Train (CCR): John Fogerty meets Howlin´ Wolf

jueves, 2 de septiembre de 2010

Duelo de belleza

Amigos: hoy tengo pocas ganas de escribir y os ahorraré otra de mis largas peroratas. Por el contrario, os invito simplemente a deleitaros con dos imágenes para mí impagables, dos instantes mágicos que han quedado inmortalizados para siempre y que tienen el tremendo mérito de no haber sido preparados de antemano: el fotógrafo de la revista Life Allan Grant fue el autor de estas dos tomas realizadas entre bastidores en el RKO Pantages Theatre durante la 28ª entrega de los premios Oscar el 21 de marzo de 1956. En ellas capturó a las que son indiscutiblemente dos de las actrices más bellas, encantadoras y elegantes del Hollywood clásico y probablemente de toda la Historia del 7º Arte: Audrey Hepburn y Grace Kelly, la Princesa del Cine y la Princesa de Mónaco. Ambas divas estaban allí aquella noche en calidad de presentadoras de sendos premios y habían recibido el Oscar a la Mejor Actriz los dos años anteriores, la morena por Vacaciones en Roma (1953) y la rubia por La angustia de vivir (1954). Que suerte haber podido estar a tan sólo unos metros de ellas...


domingo, 29 de agosto de 2010

Ingrid Bergman, 29-8-1915 / 29-8-1982

Todavía no he tenido ocasión de hablar en este blog de una de mis grandísimas actrices favoritas, la única para mí casi a la misma altura, en mi panteón particular, de mi adorada Audrey Hepburn. Y, puesto que a menudo utilizo fechas de aniversarios de nacimientos o fallecimientos como pretexto para recordar a algunos actores, la de hoy, 29 de agosto, me viene más que perfecta para traer a colación a la mítica sueca: y es que Ingrid nació y murió el mismo día, aunque con sesenta y siete años de diferencia.

Nacida en Estocolmo en 1915, y huérfana desde joven, se inició en el teatro y en el cine siendo adolescente. Su primer papel fue en la película de 1932 Landskamp, aunque su gran momento llegó con Intermezzo de Gustaf Molander cuatro años más tarde. Su trabajo en ella llamó la atención de los cazatalentos de Hollywood hasta el punto de que decidieron “importarla” para hacer el oportuno remake en 1939, y a raíz de ello, Ingrid se instaló en los Estados Unidos y comenzó una fulgurante carrera que la llevó a convertirse en una de las actrices más admiradas del país y de medio mundo.

Si bien su vida profesional estuvo plagada de éxitos y alegrías durante esa época (últimos treinta y toda la década de los cuarenta), la personal y sentimental fue algo más azarosa y agridulce: casada desde bien joven con un médico sueco y madre de una niña, descuidó bastante a su familia en favor de su carrera artística, y en 1949 escandalizó a la mojigata sociedad estadounidense de la época –que, seguramente, había caído en el error de confundir a la actriz con sus impecables personajes– al iniciar una relación con el director italiano Roberto Rossellini estando todavía casada con su primer marido. A raíz de esto, Ingrid se instaló en el país del realizador, con quien tendría un niño y dos niñas gemelas y rodaría cinco largometrajes muy bien considerados entre la cinefilia más “selectiva”, aunque no están personalmente entre mis favoritos. Las infidelidades de Rossellini pusieron pronto fin al matrimonio e Ingrid volvería a su primer país adoptivo, Estados Unidos, por la puerta grande, transcurriendo entre éste y Europa el resto de su carrera.

Enferma de cáncer desde los años 70 (le habían sido extirpados ambos pechos), y con un brazo medio inútil, su último gran papel fue el de la primera ministra israelita Golda Meir para el telefilm británico de 1982 Una mujer llamada Golda, por el que recibió un Emmy a título póstumo, ya que moriría ese mismo año en Inglaterra. Cuatro años antes había trabajado para el cine en su postrera película,  Sonata de otoño, con su paisano Ingmar Bergman. Suerte que nos dejó a su hija Isabella quien, aunque no ha tenido una carrera tan exitosa, ha heredado gran parte de la belleza y del encanto de su madre.

Por cierto, me he dejado conscientemente mi selección filmográfica de Ingrid para el final porque me gustan muchísimas películas suyas y me resulta difícil priorizar alguna, pero empezaremos, por supuesto, por la legendaria Casablanca (1942) seguida de Luz que agoniza (1944), El extraño caso del doctor Jekyll (1941), ¿Por quién doblan las campanas? (1943), sus tres trabajos con mi director preferido, Alfred Hitchcock: Recuerda (1945), Encadenados (1946) y Atormentada (1949) o Anastasia (1956). Claro que también me gustan Arco de triunfo (1948), Indiscreta (1958), El albergue de la sexta felicidad (1958) Asesinato en el Orient Express (1974)… por favor, ¡no me hagáis elegir! (A los fans de Rossellini: os prometo que volveré a dar una oportunidad a los trabajos de Ingrid con él; quizá cuando los vi era demasiado joven para valorarlos debidamente).

Un par de curiosidades para acabar: es una de las actrices con más Oscars (tres), y el cantante y guitarrista Chuck Berry le puso su nombre a una de sus hijas en homenaje a la intérprete sueca. Aprovecho también para recomendaros el excelente libro de Donal Spotto Notorius. La vida de Ingrid Bergman, publicado por T&B Editores.

miércoles, 25 de agosto de 2010

80 añazos de Sean Connery

Aunque con su nombre actualmente enturbiado por su supuesta implicación en el “Caso Malaya”, no vamos a dejar de felicitar su octogésimo cumpleaños a todo un icono del cine como es Sean Connery, el mítico agente James Bond 007, y de tomar este aniversario como excusa para un breve repaso a su biografía y su filmografía.

Nacido como Thomas Sean Connery en Edimburgo, Escocia, en el seno de una familia humilde, pasó por los más diversos empleos y ocupaciones antes de decidirse por la actuación a los veintitrés años. Con sus antecedentes como futbolista y culturista, su porte fornido y su metro ochenta y nueve de altura, parece que no tardaron en llegarle las oportunidades, y ya a partir de 1954 y durante toda esa década participaría en pequeños papeles, principalmente en la televisión, medio al que renunciaría muchos años después.

No es, sin embargo, hasta 1962 cuando Sean alcanza renombre internacional con el personaje por el que pasará a la historia del cine: el del mítico agente del MI6 James Bond, con licencia 00 para matar. En realidad, el espía de Ian Fleming ya había sido encarnado con anterioridad por el actor norteamericano Barry Nelson, el verdadero primer James Bond, en una adaptación televisiva de la novela Casino Royale para la serie Climax! en 1954, pero la primera película del personaje para la gran pantalla, Agente 007 contra el Doctor No, descubre al público no lector tanto a la creación de Fleming como al actor que lo encarna, y al que hoy homenajeamos.

Hay un par de datos curiosos sobre las primeras películas de James Bond dignos de mencionar: uno es que Connery no lo interpreta en la secuencia inicial, cuando le vemos disparar a través del cañón de un arma, al menos hasta Operación Trueno; la segunda es la divertida anécdota de que Sean ya había empezado a perder el cabello desde joven y hubo de emplear peluquín en todas sus apariciones como el agente secreto.

El éxito de Doctor No inicia una productiva franquicia comercial que, como todo el mundo sabe, se extiende hasta la actualidad, con veintidós filmes oficiales del personaje rodados y un total de ocho actores habiéndole dado vida. Sean protagonizaría siete de ellos: el ya mencionado Dr. No, Desde Rusia con amor (1963), Goldfinger (1964) –sin lugar a dudas un hito dentro de la saga–, el también adelantado Operación Trueno (1965), Sólo se vive dos veces (1967) y, tras un pequeño paréntesis en el que fue sustituido por George Lazenby en Al servicio secreto de su majestad (1969), volvió a retomar al personaje para Diamantes para la eternidad (1971). A partir de ahí, le cedería la licencia para matar a su colega Roger Moore, pero aún se permitiría volver una última vez en 1983 en Nunca digas nunca jamás.

Por supuesto, la carrera interpretativa de Connery no se limitaría a James Bond: Hollywood pronto le incluye en su plantilla de actores importados, y ya en los 60 lo encontramos en producciones como El día más largo (1962), Marnie, la ladrona (1964), a las órdenes del genial Hitchcock, o incluso en el western Shalako (1968), enfrentándose a mi admirado Stephen Boyd (actor que, según la leyenda, fue un firme candidato al papel de James Bond).

Los 70 son para mí la época de mayor esplendor artístico de nuestro hombre, destacando sobre todo en dramas históricos como El viento y el león (1975), donde da vida al líder berebere Mulai Ahmed el Raisuni, la clásica El hombre que pudo reinar (1975) o una de mis favoritas de entre su repertorio: Robin y Marian (1976), en la que encarna a un crepuscular Robin Hood en la que considero es una de las mejores películas del personaje, con nada menos que mi adorada Audrey Hepburn como pareja. También lo encontramos en otros géneros como el bélico (la pseudo-documental Un puente lejano, 1977), el detectivesco (formando parte de un destacable elenco en Asesinato en el Orient Express, 1974) y hasta en el fantástico (la peculiar Zardoz, 1974), género en el que reincide posteriormente con Los héroes del tiempo (1981) y Atmósfera cero (1981), versión futurista de Solo ante el peligro.

Tras hacer de monje detective en la adaptación de la novela El nombre de la rosa (1986) y de espadachín milenario en Los inmortales (1986), interviene como el veterano policía Malone en Los intocables de Eliot Ness en 1987, lo que le supone un Oscar de la Academia hollywoodiense y, en poco tiempo, un claro encasillamiento definitivo en filmes comerciales norteamericanos.

En 1989 participa en uno de los papeles más recordados de su madurez, dando vida al padre del mismísimo Indiana Jones en Indiana Jones y la última cruzada, un simpático guiño al actor y a su personaje más famoso, ya que el arqueólogo del látigo está parcialmente inspirado en James Bond. Connery aportó sin duda caché a la que para mí es la película más endeble de la saga de aventuras de Lucas y Spielberg.

Como ya he adelantado, los últimos años de carrera de Sean –quien se retiró en 2003–, han sido sobre todo en producciones muy comerciales que personalmente encuentro de discutible interés, mayoritariamente de acción y con frecuencia en papeles un tanto inadecuados para un hombre de su edad. En esta lista de películas yo incluiría: Los inmortales II y Robin Hood, príncipe de los ladrones (ambas de 1991), Sol naciente (1993), El primer caballero (1995), La roca (1996), Los vengadores (1998, él mismo reniega de la ella) o La trampa (1999); aunque también en ese período nos ha ofrecido cosas más interesantes como La casa Rusia, La caza del Octubre Rojo (ambas de 1990), Dragonheart (1996, poniendo voz al dragón Draco), Jugando con el corazón (1998) o Educando a Forrester (2000)

Su última aparición en la gran pantalla no fue muy destacable, y de nuevo encarnó a un veterano pero totalmente en forma Allan Quatermain en la pésima adaptación del cómic de Alan Moore y Kevin O´Neill La liga de los caballeros extraordinarios, que para más inri se tituló en España La liga de los hombres extraordinarios, no respetando la concordancia con el tebeo previamente traducido. Desde entonces, Sean vive felizmente retirado con su esposa en Las Bahamas, habiendo interrumpido su descanso solamente para poner voz a dos películas de animación y un vídeo-juego y para presentar su autobiografía que, siendo el empedernido patriota que es, tituló Being a Scot (Ser un escocés).

Ni siquiera los hermanos Wachowski (para su saga Matrix) ni George Lucas y Steven Spielberg (para Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal) han conseguido convencerle para que vuelva a actuar aunque, ahora que se baraja la posibilidad de una quinta aventura del arqueólogo del sombrero stetson, parece que el mencionado tándem de productor y director están sopesando de nuevo la idea de rescatar a Sean para la franquicia. Tendremos que esperar para que este rumor se confirme o se descarte...