Después de mucho tiempo parado, Antonio
consigue un empleo como pegador de carteles, pero hay un requisito para
ocuparlo: necesita inexcusablemente una bicicleta para desarrollarlo, y la suya
está empeñada, por lo que su mujer decide sacrificar la ropa de cama del
matrimonio para recuperarla. Pero, el primer día de trabajo, un
ladrón le roba el vehículo al desgraciado protagonista. Con la ayuda de su
hijo, el pequeño Bruno, recorrerá toda la ciudad y removerá cielo y tierra para
intentar recuperar el que supone su medio de subsistencia….
Este es el sencillo y conocidísimo argumento
del clásico de Vittorio de Sica de 1948 Ladrón de bicicletas (Ladri di
biciclette), con el que me reencuentro más de veinte años después del
primer visionado del film. Guardaba muy buen recuerdo de él, y creo que casi
todas las sensaciones que me trasmitió aquella primera vez siguen intactas: esa
historia entrañable que sabe equilibrar la sensibilidad y la sensiblería,
ese viaje maravilloso a otra época que no lo era tanto, pero que igualmente
produce un extraño sentimiento de falsa nostalgia, ese retrato de la pobreza en
el que de Sica fue un maestro, y esos personajes que cautivan todavía más si se
sabe que fueron interpretados por actores no profesionales. De hecho, el
pequeño de 8 años que interpreta al encantador Bruno, Enzo
Staiola, había sido sacado de las calles por el director. Impresionante
también el papel de Lamberto Maggiorani como
el padre desesperado al ver como se derrumban todas sus esperanzas por culpa de
un sinvergüenza. No es de extrañar que esta película esté considerada entre las
mejores de la Historia del Cine, porque creo que nunca pierde su vigencia y
validez y su capacidad para cautivar al espectador.
![]() |
| Maravillosos Enzo Staiola y Lamberto Maggiorani |

