"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

domingo, 20 de marzo de 2011

And I say... it´s all right!

Ha sido un largo y frío invierno. Parece que hace años que estuvo aquí, pero aquí llega el sol, aquí llega el sol, y yo digo... ¡está bien!

Así como en octubre recibía con desánimo la proximidad del invierno y el cambio de hora (véase entrada), ahora me complace dar la bienvenida a la llegada oficial de la primavera y del horario estival. Comienza para mí la etapa del año durante la que al menos soy medio persona (porque en invierno no soy ni eso). Ratifico y mantengo mi convencimiento de que los seres humanos hemos nacido para la luz y el sol, por mucho que me gusten las películas y cuentos de terror. El frío, la lluvia, la nieve y el invierno me parecen bien para las focas, los pingüinos y los osos polares, pero creo que nuestra especie no está hecha para ellos.

Aquí viene el sol, y para celebrarlo, esta clásica canción de los Beatles -una de las más bonitas que escribió George Harrison-, aunque en versión de mi en otros tiempos admirada Sheryl Crow, para no repetir tanto la original...

jueves, 17 de marzo de 2011

Michael Gough

Los obituarios lo despedían hoy como “el mayordomo de Batman”, ya fuera por que ignoraban su extensa carrera, o para que los lectores profanos lo localizaran o recordaran con más facilidad, pero lo cierto es que el británico Michael Gough (Kuala Lumpur, Malasia, 23-11-1917) había intervenido en casi doscientas películas y telefilmes desde que iniciara su carrera allá por 1946. En los 50  y los 60 fue un habitual del cine inglés, y estuvo presente en algunos de los títulos más clásicos de productoras legendarias como la Ealing (El hombre del traje blanco) o la Hammer (Drácula, entre otras, codo a codo con Peter Cushing y Christopher Lee). Su carrera durante los 70 y los 80 fue eminentemente televisiva, aunque sería su papel como Alfred en las cuatro películas de Batman rodadas por Tim Burton y Joel Schumaker el que hizo su rostro conocido para una nueva generación. Durante los últimos doce años fue un habitual de los filmes del primer director: Sleepy Hollow, La novia cadáver o Alicia en el País de las Maravillas, en los dos últimos sólo poniendo su voz. Esta adaptación al cine de la novela de Lewis G. Carroll iba a ser también su postrero trabajo. D.E.P.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cumpleaños...

Toda una leyenda del Hollywood clásico –una de las pocas que nos quedan, por desgracia– celebra hoy su cumpleaños soplando nada menos que ochenta y cinco velas:  un 16 de marzo de 1926 nacía en Newark, New Jersey, EE.UU., uno de los cómicos más grandes del cine, el divertidísimo Joseph Levitch, más conocido como Jerry Lewis. Sus comedias de los años 50 y 60 –muchas de ellas con su inseparable Dean Martin– son tan conocidas y queridas por el público cinéfilo que es innecesario recordarlas.

Aunque sus intervenciones en la pequeña y gran pantalla han sido escasas y espaciadas en los últimos quince años, Jerry sigue deleitándonos ocasionalmente con su impagable presencia –o voz– a pesar de su avanzada edad y su delicada salud. ¡Felicidades!

Y el pasado lunes 14 nos cumplía también años un artista casi tan legendario como Jerry Lewis: el británico Michael Caine alcanzaba los 78 años, sesenta y uno de los cuales los lleva dedicando al arte de la interpretación con un estilo y una personalidad únicos. Además de los muchísimos títulos clásicos en los que le podemos recordar –Zulú, Alfie, Un trabajo en Italia, El hombre que pudo reinar, las dos versiones de La huella, Educando a Rita...–, sus numerosos trabajos en la actualidad –como la saga de Batman, Origen o Un plan brillante– siguen descubriéndolo a nuevas generaciones.

Ni tan legendaria, ni tan veterana, pero sí una pequeña debilidad mía (véase mi homenaje) la bella Sienna Guillory celebra también hoy sus treinta y seis añitos. Parece que el favor del gran público se le resiste, a pesar de sus casi dos décadas de carrera, pero por aquí contará siempre con un incondicional. Ojala con el tiempo llegue a tener una filmografía tan digna y envidiable como la de su compatriota Michael Caine...

lunes, 14 de marzo de 2011

Mansions of Madness: primera impresión

Leí mucho a H.P. Lovecraft hacia el final de mi adolescencia y durante la veintena. No me considero ni un fanático suyo, ni un experto en su obra (incluso me faltan todavía algunos relatos por leer), pero sí que guardo un buen recuerdo de aquellos años y de aquellas lecturas. Es por ello que siempre me intereso por las adaptaciones de los escritos del autor a otros medios, ya sean cine, cómics o, como en este caso, juegos de mesa, una de mis grandes aficiones sobre la que ya incluí una entrada hace unos meses (véase) y por medio de la cual quiero dar también pie a una serie de reseñas que iré publicando en el futuro.

Hoy precisamente me ha llegado un nuevo juego de tablero que se inspira en los mundos del escritor estadounidense y en sus archiconocidos Mitos de Cthulhu: se trata de Mansions of Madness, y viene avalado por una de las editoras del hobby más importantes a nivel mundial, Fantasy Flight Games, y firmado por uno de los diseñadores más prestigiosos dentro de la empresa, Corey Konieczka.

El juego ya cuenta con un celebre antecesor publicado también por FFG en 2005, Arkham Horror, en realidad un remake del juego del mismo nombre comercializado por Chaosium en 1987, y que era a su vez una adaptación al tablero del juego de rol La llamada de Cthulhu. A día de hoy, Arkham Horror cuenta con numerosas expansiones e infinitos seguidores, y a Mansions of Madness le corresponde la difícil tarea de estar a la altura de tan popular título y de cumplir las expectativas de no pocos fans. Ha habido muchos otros juegos que adaptan de una u otra manera el particular universo de H.P. Lovecraft (como el humorístico Munchkin Cthulhu de Steve Jackson, o La llamada de Cthulhu: el juego de cartas, también de FFG), pero yo personalmente sólo he tenido el Arkham Horror original, su remake y sus continuaciones, títulos que de los que no soy un gran entusiasta pero que colecciono por cariño por la temática y ambientación más que por la diversión que me proporcionan. También tengo la primera versión en castellano de La llamada de Cthulhu, uno de los poquísimos juegos de rol a los que he jugado (y aquel al que lo he hecho más, dentro de que no soy demasiado aficionado a esta variante lúdica), y llegué a comprar –y posteriormente revender– el juego de cartas Mythos, ya descatalogado. ¿Quién diría que el pobre Howard Phillips murió casi en la miseria, a juzgar por el numeroso merchandising que hay hoy en día de su trabajo?

Un chthoniano y un cultista
De Mansions of Madness todavía no os puedo contar mucho. Lo he adquirido sin ni siquiera leerme previamente el reglamento, como ya he dicho, sobre todo por mi afición al tema que trata y porque, vaya, si hay una cosa que es innegable en los productos de Fantasy Flight es que son un lujazo visual, estético y material: sus juegos, aunque cada vez con precios más altos, vienen siempre repletos de vistosos componentes, coloridas fichas y cartas, miniaturas de plástico, etc, etc, y este Mansions of Madness no es una excepción. Por cierto, el juego acaba de aparecer en inglés después de muchos meses de retraso y una grandísima expectación (ahora se dice hype, ¿no?). La edición española está prevista para este mismo año por parte de la editorial nacional Edge Entertainment.

Algunas de las “losetas” con las que se compone el tablero­ 
De momento sólo puedo pues contaros lo que me he encontrado al abrir la caja (por cierto, con una ilustración preciosa en su portada): un reglamento que incluye una guía para los jugadores, otro libreto aparte para el “Guardián” –la persona que, a modo de un juego de rol, prepara la aventura y lleva a los “malos”­–, 9 planchas de cartón con las tiles o “losetas” que conforman el tablero de juego (que es variable según la partida o escenario, y que contiene diferentes localizaciones y habitáculos), así como con todas las fichas y componentes que deberemos destroquelar antes de empezar a jugar (algo que me encanta), un total de 350 cartas variadas que incluyen los característicos eventos, hechizos, obstáculos, objetivos y demás, un dado de diez caras, y 32 figuritas de plástico, 8 con los personajes que los jugadores pueden llevar (“investigadores”) y las otras 24 representando diferentes seguidores, afectados por o simplemente criaturas de los Mitos de Cthulhu (no hay mucha variedad: cultistas, brujas, maníacos, zombies, Mi-Gos, Shoggoths, Chthonianos y Perros de Tíndalos, para quien esté familiarizado con el bestiario lovecraftiano), todo ello con la ya mencionada calidad de material y de presentación de la casa que publica el juego.

En principio, lo que más me llama de Mansions of Madness además de su fuente literaria es que permite jugar hasta 5 jugadores (algo que se está haciendo cada vez más difícil hoy en día, cuando la mayoría de títulos que se publican limitan a 4 el número de participantes) y su duración de entre 2 y 3 horas: como yo soy de la “vieja escuela” y me gustan los juegos largos, espero de uno de ellos que al menos me entretenga una tarde entera. En contra, me parece adivinar algún parecido con Betrayal at the House on the Hill, otro juego de ambientación terrorífica muy popular pero que, sin embargo, a mí no me gustó.

En cuanto haya tenido ocasión de jugar, ampliaré esta entrada con mis impresiones sobre la partida y sobre el juego en general…

* Enlaces de interés:
-Web oficial del juego (se puede descargar el reglamento en inglés)
-La serie Arkham Horror (edición en castellano)
-H.P. Lovecraft en la wikipedia

sábado, 12 de marzo de 2011

30 años de “En busca del Arca Perdida”

Este año 2011 se cumplen nada menos que tres décadas del nacimiento de uno de los grandes mitos cinematográficos de mi vida: exactamente el 12 de junio de 1981 se estrenaba en EE.UU. Raiders of the Lost Ark que, aunque literalmente se traduciría algo así como  “Los saqueadores del Arca Perdida”, en nuestro país pasaría a la historia como En busca del Arca Perdida, largometraje con el que conoceríamos el mito del Indiana Jones, aventurero, arqueólogo y playboy cuyo origen podemos rastrear en los viejos seriales cinematográficos de los años 30 y 40, pero también en la saga de de James Bond y en títulos clásicos como El secreto de los incas, El tigre de Esnapur, La tumba india, El tesoro de Sierra Madre y tantos otros filmes legendarios de aventuras.

La película, dirigida por Steven Spielberg, un joven cineasta que ya había llamado bastante la atención con algunos de sus trabajos anteriores como Tiburón o Encuentros en la tercera Fase sobre una idea de su amigo George Lucas, el gurú de la saga de La guerra de las galaxias, se estrenó en nuestro país un poquito más tarde: los enamorados que estuviesen celebrando el 14 de febrero de 1982 tenían la opción de hacerlo aquí asistiendo a la premiere del film. En mi caso concreto, todavía tendría que esperar algún tiempo antes de poder disfrutar de las hazañas del héroe del látigo….

La primera vez que oí hablar de En busca del Arca Perdida fue a través de un compañero de clase, que me informó de su existencia y del tremendo éxito que estaba teniendo en los Estados Unidos. Una vez llegó a España, sabía que tendría que esperar varios meses antes de que el film cubriera la pequeña distancia de 25 kms que había entre mi pueblo y la capital de mi provincia, Valencia… En aquellos tiempos, los estrenos no eran simultáneos en todo el territorio nacional, como ahora, y en los cines de pueblos y ciudades pequeñas, las películas de actualidad podían tardar meses e incluso más de un año en llegar. (Y, por otro lado, yo era demasiado joven para pensar en trasladarme para verla).

Mientras tanto, iba siguiendo la trayectoria del film en periódicos provinciales como la desaparecida Hoja del lunes, que anunciaba semana tras semana la triunfante proyección de este. En la capital del Turia, el largometraje aguantó más de un año, un record por desgracia impensable hoy en día en una sala cinematográfica. (Se exhibió, entre otros, y si no me falla la memoria, en el Cine Serrano.)

En busca del Arca Perdida trajo para mí una dificultad extra: la esperada llegada a mi localidad se produjo en verano. Aquellas fechas yo siempre las pasaba en un pueblecito de Castellón, y lo que más me molestaba de dicha estancia estival era precisamente que se estrenaran en mi ciudad películas en las que estaba interesado y el hecho me pasara desapercibido. Sobra decir que esto es lo que ocurrió con la primera entrega de Indiana Jones, que se proyectó en mi pueblo en el desaparecido Parque Victoria, creo que incluso durante más días de lo que solía ser normal. Me tocó esperar varios meses a que el film volviera a visitar mi localidad, y esta vez fue ya en el también añorado Cine Avenida donde, hacia finales del 82 o quizá principios del 83, pude por fin ver la película de Steven Spielberg.

Basta con cerrar los ojos o ser estadounidense
para que la Ira de Dios no te afecte...
Sería la única vez en mi vida que la disfrutaría en pantalla grande, pero como ya he adelantado, pronto se convirtió en uno de mis filmes fetiches. De niño, mi sueño era ser arqueólogo o paleontólogo. Siempre me encantaron las ruinas, los castillos y los edificios antiguos, así que era difícil que no acabara fascinado por los decorados, los efectos, los personajes y la trepidante acción de la película... Resulta curioso que no sienta especial simpatía ni por George Lucas ni por Steven Spielberg a pesar de que otro de mis grandes mitos fílmicos sea precisamente la saga de La guerra de las galaxias. Otro cantar es Harrison Ford, actor que, después de estos tres títulos, y los posteriores El retorno del Jedi y Blade Runner se convirtió en uno de mis predilectos de por vida y por el que siento un gran cariño desde entonces a pesar de su irregular filmografía (Véase mi homenaje).

En busca del Arca Perdida (Steven Spielberg, 1981)
Me parece destacable: Todo. Como ya he dicho, esta es una de mis grandes películas favoritas. Me resulta difícil encontrarle defectos importantes.
Me sobra: Nada. ¿He dicho ya que es una película que me encanta?
Un plano: Indiana Jones y sus compañeros abriendo el acceso al Pozo de las Ánimas con sus siluetas destacadas contra el cielo nocturno, plagado de relámpagos, y con la sugerente música de John Williams sonando.
Una secuencia: La persecución del camión que lleva el Arca, con todos sus guiños a tantos clásicos del western…

No guardo demasiados recuerdos de aquel primer visionado de En busca del Arca Perdida, pero sí los tengo bastante más concretos de los de sus respectivas continuaciones. Cuando llegó por fin la secuela/precuela, Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom) yo ya estaba un poco más crecidito, y aunque todavía me resultaba difícil trasladarme a la capital para asistir a estrenos cinematográficos, sí que acudí a la primerísima sesión local del film: aquel viernes por la tarde me “pelé” las clases del instituto para poder llegar puntual nada más abriera el cine, en este caso mi queridísimo Oma, que por entonces empezaba a proyectar sobre las 17:30 horas más o menos. Tuve que estar deambulando por el pueblo varias horas hasta que llegó el momento, puesto que tenía que mantener la farsa de que estaba en clase. La película que precedía a la nueva entrega del arqueólogo hacía honor a los muchas veces inverosímiles programas dobles que las salas de aquel entonces ofrecían: se trataba de Héctor, el estigma del miedo (Carlos Pérez Ferré, 1982) una cinta que en su momento me aburrió y hasta desagradó, pero que me interesó mucho más cuando la volví a ver años después en televisión (curiosamente, me viene a la memoria el insólito detalle de que se estrenó en valenciano en los cines).

Mola Ram mola
Del famoso templo maldito recuerdo que quizá me resultara algo rara. La atmósfera del film era angustiosa y siniestra, adentrándose claramente en el terreno del cine de terror constantemente. El tono contrastaba bastante con la más soleada y abierta En busca del Arca Perdida. Me chocaron, por el contrario, los continuos gags cómicos que parecían querer compensar la tensión de la cinta y que, para mí, no hacían más que estropearla. Aún así, la disfruté lo suficiente como para volverla a ver con mis amigos dos días después, teniendo que “tragarme” otra vez a Ovidi Monitor y a su Héctor. Con el tiempo he ido apreciando más esta película, y su ambientación en la exótica, fascinante y legendaria India me remite a algunos de mis filmes de aventuras favoritos como la ya citada doble película de Fritz Lang El tigre de Esnapur / La tumba india.

Indiana Jones y el Templo Maldito (Steven Spielberg, 1984)
Me parece destacable: Mola Ram, uno de los más carismáticos villanos de la saga. Una de las bandas sonoras más inspiradas del otras veces repetitivo John Williams.
Me sobra: La mayoría de gags cómicos. Rompen el tono más serio y dramático que yo espero del film, basándose en su antecesor.
Un plano: Indiana Jones y Tapón, de noche, en la aldea hindú, cuando le está contando todo aquello de “fortuna y gloria” y vemos pasar un cometa.
Una secuencia: La del puente al final de la película, aunque también me gusta mucho la de la primera vez que vemos el ritual thuggee.

Había dicho George Lucas, tras el estreno de la primera parte de la saga, que las posteriores películas de Indiana Jones serían aventuras independientes sin ninguna referencia a las demás. (De hecho, la segunda entrega incluso sucedía un año antes en el tiempo que la primera, y no tenía más guiño explícito a su antecesora que cuando Indiana se enfrenta a dos espadachines y se dispone a sacar su revolver… para descubrir que lo ha perdido.) Pero la atmósfera decididamente macabra de Indiana Jones y el Templo Maldito había levantado protestas en algunos países conservadores como Inglaterra, donde el film no había sido tolerado a todos los públicos. Seguramente este chasco hizo replantearse a Lucas y a Spielberg la idea original sobre la saga y así, para su tercera parte, decidieron muy al contrario ofrecernos numerosos referencias y revisitaciones a la primera parte: los malos volvían a ser los nazis, aparecía una referencia al Arca Perdida, y hasta se recuperaban dos personajes de la película original: Marcus Brody y Sallah. Si uno se pone muy quisquilloso, puede en parte considerar Indiana Jones y la última cruzada  hasta una especie de remake o pseudo-calco de aquella.

El gran acierto de esta tercera parte fue sin duda la incorporación del entonces exitoso y muy comercial Sean Connery como progenitor del aventurero: las peripecias de la pareja a lo largo del film y la “química” entre los dos actores parecen ser el punto fuerte que los fans citan para destacar esta película. Personalmente, y supongo que para decepción de muchos, me parece la más flojita de la saga –dentro de que me encantan todas– y la razón principal es el exceso de gags cómicos, que para mí saturan y desvirtúan el largometraje reiteradamente y que en ocasiones llegan a sobrepasar el ridículo. El esperado clímax final, con las risibles pruebas de Dios y la excusa del limitado uso del Grial, la siempre simplista e ingenua moralidad de Spielberg al hacer desaparecer a la protagonista femenina por su ética dudosa (haría lo mismo con el amigo de Indy en la cuarta parte), así como la aparición de popularísimos monumentos como la mismísima Petra haciendo las veces de un desconocido e ignoto templo, tampoco me parecen decisiones acertadas. Para colmo, los personajes antes citados, Sallah y Marcus, que en En busca del Arca Perdida mantienen un tono serio y dramático, hacen aquí las veces de comparsa cómica, aportando un humor algo hastiante para mi gusto.

Por cierto: esta vez por fin vi la película el día del estreno nacional, en su primera sesión, un 1 de septiembre de 1989 en el también desaparecido Cine Gran Vía de Valencia y, si la anterior la había devorado dos veces en una misma semana, con esta nos quedamos a ¡dos sesiones seguidas! (por el precio de una, claro)…

Elsa Schneider: la mala más buena
Indiana Jones y el la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)
Me parece destacable: Es la película de la saga que menos me gusta, como ya he dejado claro. Por destacar algo, mi “chica Jones” favorita: Elsa Schneider, la perfecta comparsa femenina para nuestro aventurero. Valiente, decidida, manipuladora, ambiciosa y a la altura de nuestro hombre. Lástima que la carrera de la bella irlandesa Alison Doody no consiguiera despegar.
Me sobran: Demasiados, demasiados, demasiados gags cómicos. Para mi gusto destrozan la película. La escena del Messerschmitt sigue traumatizándome después de tantos años. Las lamentables “pruebas de Dios” del final, con el héroe jugando al chambori. Que Spielberg no se currara un Templo del Grial y nos intentara vender como tal un conocidísimo monumento histórico. El estúpido moralismo del director, que hace que en todas las películas de Indiana Jones hayan de sucumbir todos aquellos que no son íntegros héroes estadounidenses (con la excepción de Tapón).
Un plano: La elipsis entre la escena en que el tipo que le regala el sombrero al joven Indy se lo pone, y aquella en la que aparece Harrison Ford.
Una secuencia: supongo que la persecución del tanque, aunque sea por su similitud con la del camión de En busca del Arca Perdida y, sí, a pesar de los pesados gags humorísticos.

Llegamos ahora a un punto polémico… la cuarta película de Indiana Jones. Durante muchos años, todos aguardamos cada vez con menos esperanza que nuestro aventurero favorito protagonizara un nuevo episodio. Llegado un momento, incluso yo mismo acabé siendo partidario de que no se hiciera, pues consideraba que Harrison Ford estaba ya demasiado mayor para encarnar al héroe. Pero, finalmente, Lucas y Spielberg acabaron presentándonos la esperada tercera secuela: el 22 de mayo de 2008 se estrenaba Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, una cinta que daría mucho que hablar y que, al parecer, ha dividido las opiniones tanto de viejos como de nuevos fans. Ahí va la mía, puesto que al fin y al cabo este es mi blog y nadie me cohíbe o condiciona para expresarla: salí del cine enamoradísimo de la película. Tanto que acabé viéndola tres veces en la pantalla grande durante el primer mes de su estreno (esta vez en las salas Alucine, en mi localidad). Cuando era más joven, en los 80, quedaba a menudo hechizado por muchas películas que veía. Esa fascinación, por desgracia, se fue perdiendo con el tiempo, con la edad, con el bagaje cultural y con la madurez de criterio, hasta el punto de que sólo puedo citar dos películas de los 90 que me dejaran verdaderamente encantado y que se convirtieran en clásicos de oro de mi filmoteca. Con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal me ocurrió precisamente eso: disfruté como un crío con sus dos horas de película; me fue imposible apartar la vista de ninguno de sus planos; algo que no me ocurría desde hacía muchos años. En resumidas cuentas: encontré la nueva entrega de la saga tan fascinante como había encontrado sus predecesoras, volví a ser joven, regresé 20 años atrás en el tiempo. El film confirmó mi amor por la serie y recuperó mi cariño y respeto por un Harrison Ford al que encontré muy digno, y cuya trayectoria reciente me estaba pareciendo hasta entonces poco destacable.

Harrison Ford, tan Indiana como siempre
Dicho pues esto, me resulta claramente chocante las opiniones que he oído a algunas personas expresar sobre un film que yo considero tan meritorio como cualquier otro de la franquicia y a la altura de estos –si no más: incluso lo prefiero sobre la tercera entrega–. Es obvio que es difícil juzgar y ver con los mismos ojos algo cuando eres adolescente que cuando te acercas a la cuarentena (aunque yo lo conseguí), que la nostalgia y el sentimentalismo siempre nos van a poner de lado de aquellas anécdotas y vivencias que tuvimos en nuestra juventud, y que es difícil valorar dos obras separadas por diecinueve años con la suficiente equidad y objetividad. Lo curioso, de todas maneras, es que parece ser que ha sido a las generaciones más jóvenes –aquellas que ya repescaron la saga original vía VHS o DVD– a las que más ha decepcionado la última entrega, mientras que, por fortuna, parece que a la mayoría de personas de mi generación –los que tuvimos la suerte de vivir la saga en el cine desde sus comienzos– el cuarto film de Indiana Jones les ha proporcionado, cuanto menos, un par de horas de alegría. La razón aducida por la mayoría de los detractores ha sido la aparición del platillo volante “sustituyendo” al característico episodio religioso de las anteriores partes… En realidad, el platillo es dicho episodio, puesto que la civilización precolombina que vemos en el film venera precisamente a los extraterrestres como sus dioses. No falta pues el final sobrenatural de siempre; simplemente no está hecho desde la perspectiva de la religión cristiana, que parece ser más aceptable y creíble para la mayoría de espectadores, quizá precisamente porque sea aquella que profesan. Por otro lado, la relación entre seres de otro planeta y las pirámides egipcias y mayas existe desde hace muchas décadas, así como la de estos visitantes con los símbolos de Nazca, de manera que yo no encontré ni sorprendente ni fuera de lugar esta referencia alienígena.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal  (Steven Spielberg, 2008)
Me parece destacable: Cómo esta película me devolvió a aquellos tiempos de mi juventud en que se me caía la baba viendo cine y que ya no creía que volvería a vivir.
Me sobran: El hastiante e infantil patriotismo del que Spielberg hace gala desde hace años. Que nos frote constantemente la bandera de su país por la cara. Que quiera convertir a Indiana Jones en el Gran Héroe (Norte)Americano después de decirnos que robaba reliquias para pagarse su vida de playboy. (Lamentable la frase “¡Viva Eisenhower!”). Por lo demás, sólo me sobra la escena de las lianas y los monos, verdaderamente fuera de lugar y de tono.
Un plano: Indiana y sus captores rusos, con el crepúsculo de fondo, y a punto de internarse en el almacén donde está guardada el Arca y muchos otros secretos
Una secuencia: Me encanta toda la secuencia del cementerio al que Indiana y Mutt acuden de noche en busca de la calavera de cristal. Seguramente mi afición al terror gótico tenga mucho que ver en ello…

jueves, 3 de marzo de 2011

Colección "Pioneros del Rock"

Pioneros del Rock fue una colección de discos clave en mi afición a la música, al menos, parte de los 10 LPs/cassettes que la componían. Apareció en un momento, mediados de los 80, en el que estaba descubriendo mi interés por dicho arte y enamorándome del rock original de los años 50, y algunos de los títulos de la serie fueron esenciales en esta tarea. Otros calaron menos en mí, e incluso algunos los considero de relleno y apenas los he escuchado pero, con el tiempo, acabé reuniéndolos todos.

La serie fue comercializada en España por EMI-Odeón en 1984, y básicamente estaba compuesta por recopilatorios de grandes éxitos de la decena de solistas y grupos que reunía. En la mayoría de los casos, los LPs originales extranjeros que se seleccionaron para la colección española eran álbumes tipo “Greatest Hits” o “The Very Best of…” con otras portadas, pero en nuestro país se le dio a la serie homogeneidad por medio de un atractivo diseño que incluía el dibujo de un cantante claramente inspirado en Elvis Presley y otros detalles, cambiando solamente el color de estos para cada uno de los diez artistas.

Desconozco el criterio que se siguió para seleccionar estos diez nombres, pero apostaría con bastante seguridad que fue simplemente cuestión de disponibilidad, ya que la totalidad de grabaciones de la serie pertenecían al sello discográfico inglés EMI. Solamente esto explica que, junto a lo que yo considero verdaderos pioneros del rock (Cochran, Vincent, Domino, Nelson, Richard y los Shadows) se incluyan nombres de músicos más tardíos (los Beach Boys) o de menor relevancia (Johnny Rivers o Bobby Vee), casi todos estos últimos en realidad más cercanos al pop que al rock (aunque entiendo que se asume el concepto generalizado de “rock” para abordar esta colección). Se echan de menos, por el contrario, grandes nombres de auténticos progenitores del estilo como Chuck Berry, Little Richard, Carl Perkins, Jerry Lee Lewis, Bo Diddley o el mismísimo Elvis, pero insisto en que entiendo que la selección se debió hacer en torno a la disponibilidad de catálogos y acuerdos que EMI-Odeón tenía con su empresa madre.

Ahora os quiero contar un poco cómo fue mi encuentro con algunos de estos álbumes…

RICKY NELSON: El suyo fue, si no me falla la memoria, el primer disco de la colección que llegó a mis manos, calculo que allá por 1986. Un amigo mío lo compró y yo me lo grabé de él en cinta de cassette (todavía no tenía tocadiscos por entonces, quitando uno muy antiguo de mi padre que se dedicaba a rayar los vinilos). Siempre ha sido uno de mis favoritos de la serie. Me encantan las primeras grabaciones de Ricky Nelson y la selección de este LP me parece, nunca mejor dicho, redonda. De vez en cuando recupero estas viejas canciones y siguen gustándome tanto como antes.

EDDIE COCHRAN: ¿Qué os voy a contar que no haya contado ya sobre mi admiradísimo Eddie? Este fue mi primer contacto con él, y un disco que me marcaría para siempre, pues tras oírlo por primera vez quise de inmediato aprender a tocar la guitarra, tarea que llevo intentando desde hace más de dos décadas. Me lo pasó un compañero de clase en mi último año de instituto, grabado también en la característica cinta TDK. Recuerdo la divertida anécdota de que me grabó las caras A y B al revés, y de que no tenía los títulos de las canciones y me tocó ir averiguándolos poco a poco con mucho tesón y entusiasmo. Años después, conseguí comprar el LP en vinilo. Era una deuda que tenía pendiente.

CLIFF RICHARD: Del único cantante inglés de la recopilación fue la primera cinta original que me compre de ella, solicitada al mítico Discoplay. Sin llegar quizás a apasionarme tanto como los dos anteriores, es una selección que me gusta bastante, a pesar de que abarca varios años de la carrera de Richard y su sonido cambia bastante desde el rock original con el que empezó –Move It y demás– al pop orquestado de los últimos temas –Save the Last Dance For Me–.

THE SHADOWS: Al grupo de acompañamiento de Cliff Richard –aunque ahora sin él– le correspondió el honor de ser mi primer LP en vinilo de la colección. Fue uno de mis primeros contactos con el rock/pop instrumental y, aunque siempre he sentido predilección por instrumentistas como Duane Eddy, Hank Marvin y sus chicos tienen un hueco preferente en mi corazón melómano y las revisitaciones a su discografía son espaciadas, pero habituales. (Véase mi homenaje al grupo.) Por cierto, este disco lo compré en el mercado de mi pueblo...

THE VENTURES: Otro grupo instrumental, esta vez estadounidense, fue uno de los siguientes volúmenes de la serie que adquirí, también en vinilo. Este creo que lo compré ya en una tienda de discos de Valencia, no estoy seguro si usado o no. Estábamos a finales de los 80, y ya me había convertido en un depredador de dichos comercios, que visitaba asiduamente. Aunque aún me compré alguna otra cosa de los Ventures, no es un grupo que haya trascendido demasiado en mi discografía, ya que no soy un gran forofo del surf instrumental.

GENE VINCENT: la correspondiente referencia de este otro clásico del rock and roll me llegó también grabada a través de un colega. La recopilación en este caso se me antoja un poco irregular, quizá porque la carrera de Vincent, con sus constantes cambios de banda, lo fue también. Personalmente me quedo con los dos primeros LPs que el cantante de Norfolk publicó.

FATS DOMINO / BOBBY VEE / JOHNNY RIVERS: Agrupo estos tres discos por varias coincidencias entre ellos: los tres los conseguí en los muy primeros 90, todos me fueron grabados en cinta (por entonces tenía muchos contactos a lo largo del país con los que intercambiaba música) y no he prestado demasiada atención a estas grabaciones en concreto ni a la carrera de los tres artistas en general. El pop más “blando” de Bobby Vee no me va mucho; Fats Domino, con todos mis respetos y sin quitarle mérito, nunca ha sido una gran influencia en mi vida, y a Johnny Rivers no le considero para nada un pionero: a pesar de que me encanta su gran éxito Secret Agent Man, no fue hasta mitad de los 60 cuando este artista neoyorkino empezó a triunfar, y básicamente con versiones. Quizá en el caso de estos dos últimos cantantes, haya de profundizar un poco más en sus respectivas discografías, que admito no conocer demasiado.

THE BEACH BOYS: sin ser un ferviente seguidor del grupo de los hermanos Wilson, sí que me gustan unas cuantas de sus canciones, aunque sigo considerando la suya también una banda más pop que rock y más bien de segunda o tercera generación, nada de pionera. Este fue el último LP de la colección que conseguí: concretamente me lo regaló un amigo mientras visitábamos la tienda de discos “Melómanos” en Valencia. Estaba de oferta de segunda mano y por aquellas fechas era mi cumple. Aquello fue allá por 1997, más de diez años después de haber comenzado la colección, y cerró el círculo…



COLECCIÓN PIONEROS DEL ROCK (EMI-Odeón, 1984)
056 2606421 THE VENTURES
056 2606431 FATS DOMINO
056 2606441 THE SHADOWS
056 2606451 GENE VINCENT
056 2606461 EDDIE COCHRAN
056 2606471 CLIFF RICHARD
056 2606481 BOBBY VEE
056 2606491 THE BEACH BOYS
056 2606501 RICKY NELSON
056 2606511 JOHNNY RIVERS

martes, 1 de marzo de 2011

Jane Russell

Supongo que es ley de vida, y que los artistas clásicos del cine tienen que ir dejándonos paulatinamente porque, vaya, ya han pasado unas cuantas décadas desde que nos deslumbraban en las pantallas de las salas de proyección, y los pocos que quedan son ya muy mayores. Ernestine Jane Geraldine Russell, o simplemente Jane Rusell para los cinéfilos, se despedía ayer a los 89 años (Bemidji, Minnesota, EE.UU., 21-6-1921) de sus fans y del mundo en general.

Hasta hacía bien poco aún se la podía ver aparecer en actos públicos bastante lozana y elegante para una señora de su edad. Y es que no olvidemos que, en su época, Mrs. Russell fue todo un sex-symbol del celuloide ya desde su primera intervención, la mítica El forajido de Howard Hughes, en 1943, en donde algunas de sus escenas -que hoy en día nos podrían parecer inocentes- fueron censuradas. El grueso de su carrera transcurrió sobre todo en los años 50, componiendo buena parte de su filmografía westerns (Los implacables, Johnny Reno, Waco...) y thrillers (Una aventurera en Macao, Las fronteras del crimen y Las Vegas, las dos primeras con Robert Mitchum, las dos últimas con Vincent Price), pero también aventuras como La sirena de las aguas verdes, o comedias como Rostro pálido y su secuela (que también eran westerns) y, por supuesto, la mítica Los caballeros las prefieren rubias, donde le demostró a la mismísima Marilyn Monroe el poder del pelo negro, así como Los caballeros se casan con las morenas, su continuación.

A partir de 1970, cuando se despide de la pantalla grande con Más oscuro que el ámbar, sólo volvería a la televisión en cuatro ocasiones más, abandonando finalmente su carrera interpretativa en 1986.