"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

domingo, 31 de octubre de 2010

90 días de oscuridad

Ya de normal siento una marcada aversión hacia el domingo: me resulta un día aburrido y tedioso en el que nadie sale, todo está cerrado y hay pocas opciones para alguien que, al contrario de lo que parece ser la tendencia mayoritaria, no quiere pasarse ese día encerrado en casa viendo la televisión. Pero hay un domingo al año al que le tengo verdadera agonía, y ese es precisamente hoy: el día en que se retrasa la hora, dando así el pistoletazo de salida al horario de invierno y a la estación del año que más me agobia y me deprime. Sé que hay mucha gente a la que le gusta pero, amigos, yo prefiero el verano y el solecito, como ya dejé sentado en una entrada anterior. Creo que el frío está bien para los pingüinos y las focas, pero el ser humano necesita luz y calor. Tampoco he acabado de entender nunca eso del “ahorro energético” que se supone implica la dichosa modificación horaria.

La estación invernal significa para mí cosas como la agudización de mi faringitis crónica y de mi rinitis, levantarme todos los días con la garganta irritada y la nariz taponada, que mi piel y mi cabello se me sequen y escamen, tener que llevar mucha ropa -que es algo que me agobia-, y un sinfín de penosidades pequeñas pero insidiosas y molestas. El invierno implica también infinidad de días lluviosos, ventosos, nublados, grises y con escasez solar, y eso que tenemos la suerte de vivir en una región bastante buena en cuanto al tiempo (no quiero ni imaginar lo que sería residir en un país nórdico). Pero, sobre todo, significa un tremendo bajón en mi ánimo y mi humor, que ya de por sí no suelen ser muy buenos. Me resulta totalmente deprimente el ver que a las cinco y media de la tarde o las seis como mucho ya se ha hecho de noche. Se le quitan a uno las ganas de salir de casa al verse rodeado de tanta oscuridad y de meterse directamente en la cama…

Como también manifesté en el mismo artículo al que he hecho referencia (It´s Summertime...), creo que voy a considerar seriamente reencarnarme en oso en mi próxima vida para así poder eludir la estación fría y despertarme cuando llegue la primavera. De momento, me desconecto anímica, moral e intelectualmente. Nos vemos el 21 de marzo.

Ha informado Ripley, última superviviente del Nostromo. Fin del informe.
Iniciando protocolo para hibernación.................................................................

jueves, 28 de octubre de 2010

Imelda May(hem)

Es cierto que ya no me complico ni arriesgo tanto como lo hacía antes a la hora de descubrir nuevos artistas musicales y que, en ese sentido, me he vuelto más “sedentario” y suelo acudir a los sonidos que ya sé de antemano que me van a gustar, pero sí que cada cierto tiempo encuentro a algún cantante o grupo que me cautiva o interesa, aunque en ciertos casos puede que sólo sea brevemente. Se trata de mis “artistas revelación” particulares, y normalmente suelo dar con ellos con retraso, después de que ya lleven varios años y discos en el mercado; en parte es incluso mejor, porque demuestra que no me dejo llevar necesariamente por las modas y tendencias del momento, y sobre todo porque esto te da una mayor y mejor perspectiva del trabajo de ese intérprete. Mi descubrimiento del 2007 fue el grupo nacional Marlango, el de 2008 la norteamericana Grey DeLisle, y el del pasado año el de la irlandesa Imelda May (este año todavía no hay ningún hallazgo destacable).

Imelda May nació en Dublín en 1974, otra razón más para aumentar mi fascinación por  su país, una tierra de la que estoy enamorado y que tuve ocasión de visitar muy brevemente hace seis años. Aunque implicada en la música desde siempre –algo muy tradicional en los irlandeses– y con su primer disco publicado en 2005 (No Turning Back, inicialmente comercializado con su nombre de soltera, Imelda Clabby) no ha sido hasta la aparición de su segundo CD, Love Tattoo, hace dos años, que la fama de la cantante se ha empezado a extender como un reguero de polvo. Para entonces la vocalista había decidido convertirse en Imelda May, especie de alter ego artístico con el que, luciendo un esforzado tupé con una mecha rubia, cabello recogido con cola de caballo y ceñidos vestidos con aire cincuentero (dicen las reseñas que se inspira en el burlesque, aunque yo siempre he relacionado más este término con las strippers de hace décadas), se presenta en el escenario y está convirtiéndose en un curioso fenómeno musical dentro de ciertas fronteras relativamente modestas, pero cada vez más amplias.

Ahora vendría la pregunta del millón: ¿qué canta Imelda? ¿Cuál es su estilo? Como todo artista con una extensa variedad de influencias y con cierta riqueza cultural, esta mujer bebe de muchas músicas, aunque si queremos concretar o “etiquetar” de alguna forma su sonido, diremos que su principal influencia es la música norteamericana de los 50, tanto el rock and roll y el rockabilly como el jazz, el blues o el rhythm and blues, entre otros. Algunos han querido catalogar su sonido con un divertido y nuevo término: “jazzabilly”. Las canciones de la irlandesa se apoyan y basan pues en todos estos sonidos de antaño y dan forma a una nueva y elegante mezcla de ellos que se apoya en la instrumentación más o menos tradicional que se puede esperar de una banda de aquella época.

Supe de Imelda, como casi todo el mundo, después de que apareciera Love Tattoo, y rápidamente quedé cautivado por su impresionante voz y por el pegadizo ritmo de su banda. Ya el año pasado pude verla actuar en Madrid en la Sala Caracol, y su directo es tan bueno o más como sus grabaciones: en un momento dado su grupo se detuvo y ella se quedó sola cantando un blues y nadie del público respiró, ni siquiera los típicos espectadores irrespetuosos que silban o gritan a los cantantes en tales ocasiones; la verdad es que Imelda nos había dejado los pelos de punta con su desgarradora interpretación…

El tercer álbum de la dublinesa, Mayhem, acaba de aparecer en el mercado, y esta vez sí que he sido puntual y lo he comprado enseguida. Es quizá el disco más producido y técnicamente trabajado de la cantante, y por primera vez ella misma se dobla la voz y se hace los coros. Por lo demás, le acompaña su habitual banda: su marido Darrel Higham (un guitarrista con una larga carrera propia con el que comparto mi amor por Eddie Cochran), el batería Steve Rushton, y los simpatiquísimos Al Gare (contrabajo) y Dave Priseman (trompeta). Se echa de menos el piano de  Danny McCormack presente en el anterior trabajo de Imelda, aunque es posible que la decisión de eliminarlo haya sido porque normalmente no lo lleva en directo, y de esta manera las actuaciones en vivo pueden ser más similares a las grabadas al poder contar en ellas exactamente con los mismos instrumentos.
 
Mayhem vino precedido por el single Psycho y por el tema que da título al disco poco después. Son quizá las dos composiciones más “comerciales” del CD –ya pudimos oírlas en el concierto de Madrid del año pasado– y han contado incluso con sendos y trabajados vídeo-clips, un formato audiovisual del que no soy precisamente defensor, pero que supongo es casi imprescindible para intentar triunfar en los mercados y listas musicales de hoy en día. Pese a mis miedos previos a que Imelda y su banda se “vendieran” a ese público no iniciado en sus estilos y que aglutina sin criterio cualquier cosa que se le ponga delante, he de decir que al final el disco me ha gustado bastante en general y que los músicos se mantienen más o menos fieles a su sonido de los trabajos anteriores, quizá con alguna leve licencia para gustar también a audiencias profanas y menos selectivas. Precisamente el hecho de que Imelda esté triunfando en mercados y circuitos menos “marginales” o especializados ha sido objeto de crítica por parte de algunos sectores musicalmente más acérrimos, pero por fortuna creo que nuestra chica está todavía muy alejada de toda esa caterva de estrellas del “petard-pop” que asolan las pantallas televisivas y los altavoces radiofónicos, y esperemos que se mantenga íntegra artísticamente y no acabe derivando hacia esos lamentables productos “pre-cocinados” del marketing musical.

En cuanto al contenido del nuevo disco propiamente, y como es de esperar de la irlandesa, está compuesto por catorce temas relativamente heterogéneos que exhiben sus muchas influencias: el rock and roll y el rockabilly lo tenemos en los dos temas ya adelantados, Psycho y Mayhem, así como en Let Me Out y Sneaky Freak, mi pieza favorita del CD. El jazz, el swing y hasta el dixieland hacen su aparición en cortes como Inside Out, Bury My Troubles y All For You. Las influencias blues y r´n´b de Imelda las encontramos especialmente en Pulling the Rug y, sobre todo, en Proud and Humble, en donde se siente la inmensa presencia del gran Howlin´ Wolf, uno de los ídolos que Imelda y yo compartimos, así como cierto regusto al espiritual negro. En una línea más pop podemos enumerar Eternity (compuesta por Darrell Higham y con reminiscencias a los Everly Brothers) o las connotaciones tropicales de I´m Alive, ambas muy bonitas y agradables de oír. La ascendencia céltica de Imelda la descubrimos en la preciosa balada Kentish Town Waltz, otra de mis canciones favoritas del disco. Too Sad To Cry es quizá la canción más flojita de la selección; simplemente, como dice su propio título, demasiado triste. Podría ser adecuada para un entierro, pero compartiendo disco con otros temas tan marchosos produce un extraño constraste y deja perplejo el animo del oyente al no saber muy bien cómo disponer aquel.

La última canción nueva del disco es también la única versión –porque Imelda, además de su gran talento como cantante, es también autora de casi todo su repertorio–. Se trata del Tainted Love con el que Gloria Jones triunfara allá por 1964, y también lo habíamos podido escuchar en los conciertos de Imelda. Lamentablemente resulta difícil quitarse de la cabeza las muchas y olvidables versiones de los 80 y los 90 en torno a esta canción, que algunos, por desgracia, conocimos antes que la original.

El disco se cierra con doble bonus track: sendas versiones remezcladas de Johnny Got A Boom Boom, el mayor éxito del anterior CD de Imelda, y de Inside Out, aunque esta última sólo puede ser escuchada a través del PC. Se trata, pues, de remezclas con nuevas percusiones añadidas y, en el caso de la última canción, vientos adicionales. Creo que ambas innecesarias y prescindibles: prefiero las versiones originales (y no puedo evitar relacionar el término “remix” con la música discotequera...)

¿Cómo puedo resumir el disco? Me es difícil resultar imparcial puesto que ya ha quedado claro que comparto con todos sus artistas la mayoría de influencias musicales y es difícil que me deje de gustar, incluso a pesar de cierta “peligrosa” tendencia al neo-rockabilly en algunos casos. Podrá parecer contradictorio, pero a pesar de la obvia procedencia de este último estilo, lo considero un idioma diferente al que lo originó en los años 50 y no soy enteramente partidario de él. Aún con todo, creo que Imelda tiene demasiada clase y buen gusto para acabar haciendo los refritos y caricaturas musicales a los que dan forma otros artistas y bandas que intentan retomar el rock original y mezclarlo con otras influencias más modernas. De la manera más objetiva posible, creo que Mayhem es un disco lo suficientemente agradable para gustar a casi cualquier melómano, a no ser que sus preferencias se inclinen más por la distorsión y/o la electrónica.

Finalmente, comentar que Imelda vuelve a estar de gira por España el mes que viene: en la Sala Bikini de Barcelona el 11 de noviembre, en la Mirror de Valencia el 12, y en la Joy de Madrid el 13. No puedo sino recomendaros asistir a cualquiera de sus conciertos si tenéis ocasión. Yo estaré en el de Valencia, y espero disfrutarlo tanto como el del año pasado, del que precisamente el día 19 se cumple el aniversario…
www.imeldamay.com

martes, 26 de octubre de 2010

Espatrek 2010/Marina Sirtis: una experiencia curiosa

Durante este pasado fin de semana del 22 al 24 de octubre he tenido ocasión de asistir a la Espatrek 2010, convención itinerante en torno a la franquicia fílmica y televisiva Star Trek que este año alcanzaba su décimo tercera edición y que se celebró en Valencia capital. Mi presencia en ella no fue enteramente por amor al arte ni porque fuera un gran aficionado a la serie creada por Gene Roddenberry: podríamos decir que fue más bien por “negocios”, ya que participaba en uno de los stands comerciales. Aún así, me las arreglé para asistir a algunos de los actos preparados por y para los fans y algo de esa ilusión y de ese cariño por las diversas series y películas de la saga se me acabó pegando. Ha sido la primera vez que he asistido a uno de estos congresos y una experiencia curiosa e interesante sobre la que quiero dejar breve constancia y contar alguna anécdota.

Como es habitual en estos certámenes, el plato fuerte y principal atracción lo constituía un integrante destacado del reparto de una de las muchas ramificaciones de Star Trek, y en concreto fue la actriz británica nacionalizada norteamericana Marina Sirtis, que encarnó a uno de los personajes principales de la serie Star Trek: La nueva generación, continuación del espacio original de los 60 que se emitió en televisión entre 1987 y 1994 y que fue supervisado por el mismísimo Roddenberry (de hecho, sería la última serie de la que se ocuparía, ya que falleció en 1991). Marina fue uno de los pocos miembros del reparto de La nueva generación que intervendría en todos los 176 episodios que la compusieron, en el papel de la Consejera Deanna Troi, personaje medio humano, medio betazoide con poderes pseudo-telepáticos. Además de muchos otros trabajos fuera de la franquicia galáctica, Marina también intervendría en episodios de las series posteriores Enterprise y Voyager, siempre como el mismo personaje, y en las películas para la gran pantalla La próxima generación, Primer contacto, Insurrección y Némesis, lo que totalizan dieciocho años dedicados a la franquicia de Roddenberry y un lugar de honor en el panteón de los personajes trekkies más queridos por los fans.

Acudí, junto a otras doscientas personas, a las dos conferencias de aproximadamente una hora que dio la actriz el sábado y el domingo (también participó en otros actos como la entrega de premios, y por supuesto las consabidas sesiones de fotos y autógrafos). Marina apareció muy juvenil y lozana a pesar de sus once lustros y fue todo sonrisas y simpatía, respondiendo naturalmente a las preguntas que los asistentes realizaron en ambas intervenciones. Demostró una gran humildad y agradecimiento, abogó por las convenciones sencillas hechas por fans, recordó las muertes de Gene Roddenberry e incluso de su propio padre, ambos fallecidos precisamente un 24 de octubre aunque con diez años de diferencia, y no pudo evitar unas lagrimitas al final de la segunda conferencia (al fin y al cabo, es actriz, así que uno nunca sabe…)

Otros actos de la convención fueron los habituales concursos de disfraces, maquetas o relatos, diversas charlas y actividades lúdicas, la zona comercial e incluso, para los más afortunados, la posibilidad de comer y cenar con la principal estrella del evento: la propia Marina Sirtis. El cartel lo completaron otros dos invitados relacionados de una u otra manera con la galaxia Star Trek: el experto coleccionista norteamericano Richard Arnold, y el profesor Alfonso J. García, que habló de su curioso libro Star Trek y los Derechos Humanos y, por supuesto, firmó ejemplares.

Como gran aficionado que he sido siempre al cine fantástico, confieso que precisamente con Star Trek tengo una gran deuda pendiente. Vi las tres primeras películas en cine cuando se estrenaron originalmente, y algunas de las siguientes ya vía vídeo, pero no he visto ninguna de las últimas, y de todas las series sólo he llegado a ver el primer episodio de La nueva generación. A ver si después de esta interesante experiencia de la Espatrek me animo a reparar en breve esta vergonzosa falta...

http://www.espatrek.org/
(Gracias a la organización por la fotografía de Marina)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Peces con memoria (o, ¿Qué ocurre con los descorazonados?)

El título de la entretenida película irlandesa La memoria de los peces (dirigida por Liz Gill en 2003) hace alusión, según se nos explica en ella, a la facilidad que tenemos los seres humanos para olvidar los reveses del amor, por dolorosos y traumáticos que hayan podido ser, y volver a abrir las puertas de nuestro corazón y enamorarnos de nuevo. En ese sentido, somos como los escamosos habitantes del mar, de los que se dice que no recuerdan nada de lo que les ha pasado unos pocos segundos atrás. Pero no siempre es así: ¿qué pasa cuando no podemos olvidar a esa persona que ha significado tanto para nosotros  y con la que hemos compartido una parte mayor o menor de nuestras vidas? Ya hacía tiempo que no ampliaba con nuevas entradas mi famosa y popularísima serie Las cosas que se cantan por amor, así que hoy voy a hacerlo con una breve selección de canciones que hablan de eso: amores que no se olvidan, heridas que no cicatrizan, peces con memoria… Espero que os guste.

It Keeps Right On a-Hurtin (Johnny Tillotson): Uno de los grandes éxitos de este artista norteamericano country-pop. Fue nº3 en las listas de su país en 1962 y es una bonita balada vaquera –aunque algo almibarada con esas orquestas y coros que tanto les gustaba meter en la época– que nos habla precisamente del tema de esta entrada: el protagonista ha perdido a su amada, se pasa las noches llorando, y ni encuentra manera de olvidarla, ni fuerzas para seguir adelante. Curiosamente, Tillotson se inspiró en su fallecido padre para escribir la canción. Puede ser otra forma de interpretarla: echar de menos a alguien que has perdido más allá de toda posibilidad y que quizás era un familiar. Entre los muchos que versioneraron la canción se encontraba el mismísimo Elvis, que la grabó con acierto para su álbum de 1969 From Elvis in Memphis.

Don´t Bother Me (The Beatles): en un tono menos patético y trágico retomó George Harrison el asunto de los amores traumáticos en esta composición suya que apareció en el segundo álbum del grupo inglés, With the Beatles (1963). Con un sonido más pop, incluso quizás demasiado “festivo” para tratarse de una canción que, al fin y al cabo, nos habla de algo doloroso, y no del todo exenta de esas influencias latinas tan habituales en los primeros Beatles, George nos pide que no le molestemos, que desde que perdió a su chica no está de humor y no quiere saber nada de nadie hasta que la recupere. Una canción chula con un solo cortito y sencillo pero con garra. Siempre he pensado que se podría hacer una buena versión más rockera de ella.

What Becomes of the Broken Hearted? (Jimmy Ruffin): Aunque un cantante secundario o menor dentro del sello Motown, Jimmy Ruffin tuvo en esta canción su mayor y prácticamente único éxito en el año 1966. Permanece como un clásico del soul hoy en día y todo un himno para los amantes abandonados, habiendo sido versioneado por centenares de artistas. ¿Qué ocurre con los descorazonados que tuvieron amores que se marcharon? El infortunado protagonista atraviesa una tierra de sueños rotos llena de sombras en la que la felicidad es sólo una ilusión, buscando sosiego y alguien a quien pueda importarle. Por cierto, Jimmy es el hermano mayor del desaparecido cantante de los Temptations Dave Ruffin.

It Don´t Hurt (Sheryl Crow): Una propuesta más moderna y movidita para terminar. Durante algunos años seguí con interés la carrera de la cantante norteamericana Sheryl Crow. Me gustaba bastante la trayectoria más rockera que llevaba en los 90, pero por desgracia ya no la línea pop y blanda que está mostrando en sus últimos discos. Precisamente de su tercer álbum, The Globe Sessions (1998), está extraída la última pieza de la selección, una composición suya y de su colaborador habitual Jeff Trott en la que hace gala de esa agradecible vena sarcástica tan habitual en sus primeros años y en la que ella misma se ocupa de las guitarra acústicas, el órgano y el solo de armónica, además de doblarse con una divertida voz aniñada. Con claras reminiscencias a su ídolo Bob Dylan, Sheryl nos cuentan en el tema que ya no duele como lo hacía y que puede volver a cantar, que remodeló la casa por completo para olvidar a su amado, que eliminó todo recuerdo de él para no tener que mudarse, que no sueña con él porque ya no duerme y que ya no piensa en él más que día sí, día también… En la divertida conclusión, la cantante acaba abandonando su hogar y derribándolo con una bulldozer, todo para nada, puesto que concluye: “Ya no duele como antes, / es peor / ¿A quién engaño?”

lunes, 18 de octubre de 2010

Mr. Rock and Roll: 84 cumpleaños de Chuck Berry

Es lo malo que tiene el ser admirador de artistas –musicales y cinematográficos– “antiguos”: cada dos por tres tienes que sacar el pañuelo y derramar unas lagrimillas con ocasión de su deceso o del aniversario de este hace ya muchos años. En el otro extremo de la balanza está la gran alegría que uno se lleva cuando constata que algunos de estos mitos siguen vivos y activos y tiene ocasión de brindar a su salud y de celebrar sus aniversarios: para mí es un gran honor compartir planeta con monstruos de la talla de Ray Harryhausen, Kirk Douglas, Scotty Moore, Joan Fontaine, Olivia de Havilland o Christopher Lee, entre otros. Hoy 18 de octubre, precisamente, tenemos ocasión de felicitar a uno de los grandes de la música rock: Chuck Berry cumple 84 años.

Comienza la tan recurrida Wikipedia su entrada sobre este músico legendario diciendo: “Charles Edward Anderson "Chuck" Berry (Saint Louis, Missouri, 18 de octubre de 1926), más conocido como Chuck Berry; es uno de los mas influyentes compositores, intérpretes y guitarristas de Rock and Roll de la historia.” Y, aunque a veces encuentra uno meteduras de pata garrafales en dicha página de consulta, en este caso creo que acierta de pleno: no me imagino  mejor forma de sintetizar en pocas palabras la enorme trascendencia y la figura del señor Berry. Aunque soy también un gran seguidor de otros pioneros del rock como Elvis Presley o Eddie Cochran, se me ocurren pocas canciones que pueden epitomizar el rock and roll tan perfectamente como Johnny B. Goode, genial composición de Chuck que conocen hasta los marcianos: no olvidemos que la NASA la escogió como parte del muestrario cultural insertado en la sonda Voyager I cuando la lanzó en busca de nuevas fronteras en 1977.

En realidad, pienso que la carrera verdaderamente “productiva” de Chuck Berry fue corta: desde que tiene su primer éxito en las listas con Maybellene (1955) hasta los primeros años 60, cuando triunfa Promised Land. A partir de mediados de esa década, y hasta el día de hoy, para mí su trayectoria ha sido básicamente vivir de su leyenda y repetir hasta la saciedad su celebérrimo repertorio –aún tendría un último hit en el 73 con My Ding-a-Ling–. Aún así, no olvidemos que en esos pocos años acotados legó a la historia de la música, además de las dos tremendas canciones primeramente citadas, piezas como Thirty Days, Rock and Roll Music, Too Much Monkey Business, Brown Eyed Handsome Man, You Can't Catch Me, No Particular Place to Go, Back in the USA, Memphis, Tennessee o You Never Can Tell: no es poca cosa. Hasta le perdono que se metiera con uno de mis compositores clásicos favoritos en la, por otra parte, magnífica Roll Over Beethoven.

Así como a muchos de mis ídolos musicales no he podido verles jamás –sea porque ya fallecieron, sea porque no se acercan por estos parajes– ha habido algunos músicos de los 50 y los 60 a los que he tenido ocasión de ver no una, sino dos veces: es el caso de James Brown, The Doors y, claro está, Chuck Berry. La primera ocasión fue en Valencia en 1992, y he de decir que me impresionó más el hecho de encontrarme ante una leyenda viviente del rock and roll que ante la ejecución de su repertorio, que me pareció algo artificial y poco entregada. En aquella actuación tuve también ocasión de comprobar el legendario mal carácter del rockero cuando un amigo mío –varios asistentes subieron al escenario al final invitados por mismo Berry– le tocó con la mano en la espalda y, con un antipático gesto del hombro, Chuck se deshizo de esta. La segunda vez que le vi fue hace dos años en Castellón, y allí tuve ocasión de comprobar que le quedaba más de leyenda que de viviente: aunque apoyado por una magnífica banda en la que se encontraba su propio hijo, y bastante a la altura vocalmente, en lo que a instrumentalmente se refiere el músico se equivocó más de una vez de tono al ejecutar sus solos con la guitarra. Aún así, se le tuvo que perdonar, teniendo en cuenta su avanzada edad y que, naturalmente, es Chuck Berry…   

* Y, por supuesto, el Johnny B. Goode                        

martes, 12 de octubre de 2010

Manuel Alexandre: adiós a un clásico del cine español

Pues parece que las malas noticias nos llegan a pares últimamente: anteayer, un clásico del soul, hoy, uno del cine español: el entrañable Manuel Alexandre se ha marchado esta misma madrugada. El próximo día 11 de noviembre hubiera cumplido 93 años.

Cuentan las crónicas que había nacido en Madrid y que su primera inclinación fue la tópica abogacía, que la contienda bélica de 1936-1939 interrumpió sus estudios originales e hizo que se iniciara casualmente en el teatro, y que tras el conflicto se decidió finalmente por la interpretación. En 1947 se estrena en el cine con en el film de Luis Lucía Dos cuentos para dos, y con ello comienza una carrera de más de sesenta años que sobrepasa los dos centenares de actuaciones en las pantallas grande y pequeña, y que le convierten en un rostro popular y habitual del cine español.

Aunque inevitablemente relacionado –suponemos que por circunstancias históricas y temporales–, con ese denostado subgénero que tuvo su apogeo en los 60 y los 70 y que se conoce como “españolada”, también estuvo presente en muchos de los grandes títulos del cine patrio, empezando por Bienvenido, Mr. Marshall y su extensa colaboración con Luis García Berlanga, que se extiende desde 1953 hasta 1999 y que incluye títulos como Calabuch, Los jueves, milagro, Plácido, ¡Vivan los novios!, Todos a la cárcel o París Tombuctú, y siguiendo por otros títulos también destacables como Muerte de un ciclista, Calle Mayor, Atraco a las tres, Extramuros, El año de las luces, El bosque animado, Amanece que no es poco, Madregilda o la más reciente ¿Y tú quién eres?. Lástima que se despidiera del cine con un producto tan poco digno como Campamento Flipy este mismo año, pero podemos aceptar esta participación como un homenaje a un actor inmenso y emblemático de la cinematografía hispana. En televisión su último papel había sido el del mismísimo Franco en 20-N: Los últimos días de Franco en 2008.

Tras el fallecimiento en años recientes de Agustín González (1930-2005). José Luis López Vázquez (1922-2009) –ambos en la foto con Alexandre– o Fernando Fernán Gómez (1921-2007), el cine español se queda bastante desamparado y huérfano en cuanto a actores clásicos. Que yo recuerde, sólo nos queda ya Alfredo Landa (77 años) de entre los más conocidos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Solomon Burke: un recuerdo

Aunque no logró alcanzar el estatus de leyendas del soul como Sam Cooke, Otis Redding, Wilson Pickett o Aretha Franklin, Solomon Burke legó a este estilo musical uno de sus grandes temas clásicos: Everybody Needs Somebody (1964), composición a la que supieron sacarle mayor partido que él el ya citado Pickett en 1967 o los Blues Brothers, quienes la convirtieron en pieza fija en sus conciertos a raíz de su éxito en la película Granujas a todo ritmo (1980). 

Burke, que nos dejó ayer a los 70 años de edad, tuvo altibajos en la música a lo largo de su extensa carrera, con su legado siendo repetidamente reivindicado por artistas posteriores en años más recientes, pero nunca dejó el escenario -de hecho, murió estando de gira-, a pesar de quedar inválido en sus últimos tiempos y tener que actuar sentado. Este mismo 2010 había visitado España.

Personaje peculiar donde los haya, fue predicador, enterrador y empresario de pompas fúnebres, y engendró la friolera de 21 hijos, que a su vez le dieron 90 nietos y 19 bisnietos.

Pese a que lo tenemos que catalogar como una “leyenda menor” del soul, no por ello este género deja de quedarse todavía más huérfano con su marcha. En recuerdo suyo, su canción más popular: Everybody Needs Somebody.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Libros y cine, cine y libros (II)

El hombre lobo de París (The Werewolf from Paris, Guy Endore, 1933)
La segunda obra literaria y fílmica que repasaré esta semana fue producto de la pluma del neoyorquino Guy Endore (1900-1970), pseudónimo de Samuel Goldstein y, aunque parece ser que inspiró en mayor o menor medida largometrajes clásicos sobre el tema de la licantropía como El lobo humano (1935), El hombre lobo (1941) y La leyenda del hombre lobo (1975), sólo ha dado pie directamente a una película que la adapta al celuloide: La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf), dirigida por ese maestro del terror que fue Terence Fisher en 1962.

En esta ocasión sí que me ha sido posible encontrar la novela traducida al castellano: la labor la realizó la editorial Jaguar en 2004, y aunque parece ser que la empresa ya lo ha descatalogado, todavía es relativamente fácil dar con él. De nuevo nos encontramos con una novela fácil de leer y amena, pese a estar marcada por la tragedia y el patetismo de su protagonista, el hombre lobo Bertrand. Aunque con alguna reminiscencia lejana a la novela gótica clásica, es bastante más explícita que aquella en algunos pasajes macabros e incluso sexuales, pero sin caer en lo soez y falto de tacto de algunas obras de terror actuales. Bertrand nace fruto de la violación de una joven sirvienta por parte de un clérigo depravado. Viene al mundo el día de Navidad, lo que según nos cuenta Guy Endore, conlleva la maldición licántropa de la que será víctima el niño una vez que, algo más crecido, pruebe fortuitamente la sangre de un animal. A partir de entonces, su tío adoptivo, Aymar Galliez, comenzará a observar síntomas de la extraña naturaleza de su ahijado e intentará someter a la bestia interior por medio de duros castigos y alimentándolo con carne cruda. Bertrand acabará finalmente dando rienda suelta a sus instintos y matando a una persona, lo que le lleva a huir a París, en plena Guerra Franco-Prusiana (1870-71), y a entrar en el ejército. Aymar le seguirá a la capital intentando dar con él a través de las pistas que deja con sus crímenes con la intención de hacerlo prender. Mientras tanto, el licántropo se ha enamorado de una chica de la alta sociedad que le corresponde y que le aparta de su senda asesina sacrificando su propia sangre, de la que Bertrand se vale diariamente para saciar su sed.

 La novela utiliza el típico recurso del manuscrito –obra “de” Aymar Galliez– que el autor encuentra fortuitamente  muchos años después de que ocurran los hechos que narra y decide publicar, sólo que ampliado por datos y detalles que él mismo investiga. Cuenta con una presentación de Antonio Ballesteros y un prólogo de Alfredo Arias excelentes que nos ponen en antecedentes sobre Endore, su novela, la época en la que se publicó originalmente y su influencia en el cine. 
La Hammer Films se hizo con los derechos del libro de Endore en su época de mayor esplendor y este acabó siendo convertido en film, como he adelantado, en 1962. Lo dirigió Terence Fisher y fue protagonizado por Oliver Reed en uno de sus papeles más recordados. La adaptación fue, no obstante, bastante libre, siendo prácticamente la primera mitad de la cinta –hasta que el protagonista se marcha de su hogar– la que guarda más parecido con la fuente literaria original. Hay, sin embargo, una diferencia muy importante entre la ambientación de novela y film: mientras la primera transcurre, como hemos visto, en el siglo XIX, la película lo hace unos ciento cincuenta años antes, y está ambientada en España, y no en Francia. La razón para esto parece ser que fue que la Hammer preparaba un film sobre la Inquisición de nuestro país, y al cancelarse el proyecto decidieron aprovechar los decorados ya construidos para su siguiente producción. Está considerada hoy en día un clásico menor o secundario de la mítica casa británica especializada en cine de terror.

Añadir, por último, que la relación de Guy Endore con el celuloide fantástico no se limita a la película mencionada, puesto que también fue guionista en Hollywood durante buena parte de su vida y escribió o colaboró en los guiones de films como La marca del vampiro (1935), El cuervo (1935), Muñecos infernales (1936), Las manos de Orlac (1935) o Las aventuras de Simbad (1963) entre otros, normalmente con el pseudónimo de Harry Relis.

lunes, 4 de octubre de 2010

Libros y cine, cine y libros (I)

Mis respectivas aficiones al cine y a la literatura han transcurrido desde casi siempre más o menos paralelas. Supongo que primero fue el cine, porque un niño puede ver una película aunque no la entienda, pero no puede leer un libro hasta que no conozca los rudimentos del lenguaje escrito pero, ya desde mis últimos años de colegio, comencé a devorar literatura ávidamente, alcanzando con mi mayoría de edad y los años inmediatamente subsiguientes el “clímax” lector. Desde entonces, muchos libros me han llevado a interesarme por sus adaptaciones fílmicas, y muchas películas me han ayudado a conocer sus fuentes literarias originales, una inapreciable y enriquecedora simbiosis cultural.

Precisamente en estos últimos meses he tenido ocasión de leerme dos novelas a las que llegué a través de sus respectivas películas y, como se da también la casualidad de que son dos obras escritas hacia la misma época y en el mismo país (la Norteamérica de los años 30), y por dos escritores sobre los que admito mi previa ignorancia, me ha parecido oportuno realizar las correspondientes reseñas de ambas seguidas, aunque lo haré en dos entradas separadas. Ahí va la primera...

Portrait of Jennie (Robert Nathan, 1940)
El cine fantástico tiene sin duda unas pocas joyas –quizá menos de una docena– preciosas e invalorables a lo largo de su historia. Una de ellas es para mí la película Jennie (Portrait of Jennie) dirigida por William Dieterle en 1948. Descubrí esta cinta hace más de veinte años –posiblemente en el ciclo que TVE dedicó a su protagonista, Jennifer Jones, a finales de los 80 y es una de tantas de las que me enamoré de inmediato y de por vida. Me alegró mucho su edición en DVD el pasado año, que inmediatamente corrí a comprarme (seguía teniéndola en el ya obsoleto formato magnético).

Nos narra la historia de Eben Adams (Joseph Cotten), un pintor que vive casi en la miseria, no consigue vender sus cuadros y ha perdido la inspiración. Un día encuentra a una extraña niña solitaria en el parque llamada Jennie Appleton (Jennifer Jones), y posteriormente realiza un boceto suyo que consigue interesar a una galería de arte. A partir de entonces, se encontrará con la chica varias veces, descubriendo que cada vez que lo hace ha crecido más hasta llegar a convertirse en una atractiva joven. Lo más curioso es que Jennie hace constantes alusiones a hechos del pasado como si los acabara de vivir y también lleva una ropa anticuada. Pese a lo extraño de la situación, Eben acabará viviendo una historia de amor con ella y pintando un cuadro –el “Retrato de Jennie” al que alude el título original que le ganará la fama inmortal como artista.

La onírica fotografía en blanco y negro de  Joseph H. August, quien en varias secuencias superpone la textura de un lienzo a las imágenes, y la música basada en las evocadoras composiciones de Debussy hacen de Jennie una película hermosísima y única. La secuencia final, en la que contemplamos el famoso cuadro, es en color, y algunas escenas las vemos con filtros verdes y amarillos. El film de Dieterle se llevó el Óscar a los efectos especiales y estuvo nominado a la fotografía.

La novela corta que dio pie a la película la escribió Robert Nathan (1894-1985) en 1940. No he conseguido descubrir si alguna vez ha sido traducida al castellano, y casi me atrevería a apostar que no. Yo finalmente la conseguí vía internet a través de la sencilla edición en tapa dura de Buccaneer Books (la portada con la que acompaño el artículo es de otra versión, la mía no tiene más que el título). Así pues, he tenido que hacer el gustoso esfuerzo de leérmela en su versión original en inglés, tarea que no ha resultado demasiado ardua, ya que el lenguaje utilizado por Nathan en esta obra no es demasiado complicado.

Portrait of Jennie está impregnada de la misma embriagadora melancolía que destila el film, con constantes alusiones a colores, a la naturaleza y a la meteorología. Consta de 119 páginas y la he acabado en unos pocos días esta pasada semana. Siendo ahora capaz de comparar original y adaptación al cine, hay que decir que Dieterle fue bastante fiel al libro excepto en ciertas diferencias en el desenlace –en la novela deja al lector todavía más confuso y perplejo–, la omisión por entero de un personaje (Arne Kuntsler, un pintor amigo de Eben), y el hecho de que en la versión escrita todos pueden ver a Jennie, mientras que en la película da la impresión de que sólo lo hace el protagonista. También las dos secuencias iniciales, la galería de arte y el primer encuentro con la chica, transcurren al revés en la novela. Otras diferencias menores son el tema del mural que Eben pinta en el bar y las secuencias del convento y el clímax, ampliadas y cambiadas en la película. Hay un pasaje en el libro de Nathan en que la pareja protagonista va de picnic que se llegó a rodar para el film, pero fue finalmente eliminado aunque existen fotografías de él. Finalmente, el famoso cuadro de Jennie se titula en la novela “Chica con vestido negro”, y este es el color que la muchacha exhibe en él, y no el del vestido claro del film.

¿Qué o quién es Jennie? La variedad de interpretaciones a las que se presta este encantador personaje es uno de los grandes atractivos de la obra literaria y de su adaptación a la pantalla: un fantasma, un recuerdo, un sueño, una especie de musa inspiradora, una persona que viaja en el tiempo… Personalmente me inclino más por esto último, si tenemos en cuenta la siguiente cita del libro:

“[…] ¿Hay otros, en otras épocas del mundo, a los que habríamos amado, que nos habrían amado? ¿Hay, quizás, un alma entre todas las demás –entre todas las que han vivido, en las infinitas generaciones, del final del mundo al final del mundo– que debe amarnos o morir?¿Y a la que nosotros debemos amar, a cambio –a la que debemos buscar toda nuestra vida, de cabeza y con añoranza– hasta el final?”

domingo, 3 de octubre de 2010

El bolero de un rockero

Aunque recordado como uno de los padres fundadores del rock and roll, Eddie Cochran grabó en su breve carrera como músico profesional de poco más de cinco años infinidad de material de todo tipo. Joven inquieto, inteligente y deseoso de explorar las fronteras musicales y las posibilidades que ofrecían las entonces rudimentarias técnicas de grabación, se sumergió a menudo en el estudio tanto para registrar composiciones propias como para colaborar como productor, arreglista y guitarrista con otros amigos y colegas. La mayoría de este material no se rescataría, sin embargo, hasta después de su muerte, fuera porque él, siempre un perfeccionista, no lo consideraba adecuado para comercializar, fuera porque esperaba el momento ideal para sacarlo a la luz.
 
Entre todo este vasto repertorio se encuentra una joya la mar de curiosa por lo bonita que es como canción y por lo atípica que resulta dentro de la discografía de Cochran, ya que, aunque relacionamos con el cantante y guitarrista arquetipos del rock como Summertime Blues, C´mon Everybody, o Somethin´ Else, el tema que quiero reseñar hoy es un bolero totalmente insólito y original dentro del cancionero de Eddie:
I´ve Waited So Long. Además de lo excepcional que es la pieza dentro de la música de Cochran, tiene también otro par de curiosidades destacables: es quizá la única grabación del músico en la que no interviene su guitarra (ni ninguna otra) y también la única en la que aparecen un acordeón y un arcaico órgano eléctrico, a los que acompañan un bajo y una percusión que remarca el claro aire latino de la canción.

Compuesta por un misterioso “M. Travis” –suponemos que no es Merle–, se conservan al menos veintidós tomas de ella, constituyendo la 11 y la última de todas el master original que aparecería en el LP de la Liberty de 1962 Cherished Memories. Una toma en stereo vería la luz años más tarde en el disco Portrait of a Legend de Rockstar Records (1985). Para los amantes de los detalles, añadiré que se grabó el 1 de octubre de 1958 en los estudios Liberty Custom Recorders, Hollywood, California, EE.UU.

Hoy Eddie hubiera cumplido 72 años si aquel trágico accidente de 1960 no hubiese acabado con su vida prematuramente, y me gustaría homenajearlo recordándole con esta canción tan particular que, ni está entre las más conocidas de él, ni es representativa de su estilo, pero que nos demuestran la versatilidad y el talento de los que el artista hacía gala incluso antes de llegar a la veintena. Para todo aquel que desee saber más sobre este mito del rock, os invito a leer mi homenaje del pasado mes de abril: http://castilloruthwen.blogspot.com/2010/04/eddie-cochran-50-anos-de-leyenda-i.html.