"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Día de doble luto... Irvin Kershner

Aunque seguramente Irvin Kershner fuera mejor director que Leslie Nielsen actor, encuentro cierta similitud entre ambos en el sentido de que los dos pasarán a la historia del cine principalmente por una película, y casualmente de nuevo dentro del género de ciencia ficción: si el segundo citado será sobre todo recordado por su aparición  en Planeta prohibido, el primero lo será por dirigir El imperio contraataca, la que muchos consideran la mejor película de la saga de La guerra de las galaxias. Cuentan las crónicas que George Lucas, extenuado tras la primera entrega de la franquicia, y deseando centrarse más en las labores de producción, contrató a su antiguo maestro de la escuela de cine para que se hiciera cargo de la esperadísima secuela, y el veterano director demostró que aquel dicho de “segundas partes nunca fueron buenas” podía ser a veces totalmente erróneo. Es una lástima que Lucas no aprendiera la lección y dejara las futuras continuaciones de la epopeya espacial en manos de personas más capacitadas que él para trabajar con actores...

Por lo demás, como decía al principio, la trayectoria fílmica de Kershner -iniciada en 1958 con Stakeout on Dope Street- no fue especialmente destacable, habiéndose especializado, aparentemente, en continuaciones de sagas cinematográficas como La venganza de un hombre llamado caballo (1976), Nunca digas nunca jamás (1983) o Robocop 2 (1990), última de las películas que rodaría para la gran pantalla y penúltimo de sus trabajos tras las cámaras (éste sería el episodio piloto de la serie televisiva Sea Quest: Los vigilantes del fondo del mar, en 1993). Desde entonces había seguido vinculado al 7º Arte en otras facetas como productor, consejero e incluso actor.

Irvin Kershner había nacido un 29 de noviembre de 1923 en Philadelphia, Pennsylvania, EE.UU., y nos ha dejado hoy, pues,a la respetable edad de 87 años. Seguramente ahora estará con Yoda y compañía, siendo uno con la Fuerza... 

Leslie Nielsen: continúan las bajas

Parece que vamos a acabar el mes de noviembre con la pérdida de otro actor con cierta trascendencia en el cine fantástico: aunque quizá un intérprete mediocre y principalmente televisivo, Leslie Nielsen figurará para siempre en la historia del cine como co-protagonista de uno los más grandes filmes de ciencia ficción de todos los tiempos y de una de mis películas favoritas: la magnífica Planeta prohibido (1956).

Había nacido en Regina, Saskatchewan, Canadá, un 11 de febrero de 1926, como Leslie William Nielsen, y su carrera comenzó en 1950 en el espacio televisivo Actor´s Studio y ha concluido más de doscientas intervenciones después con The Waterman Movie, actualmente en rodaje y donde sólo ponía la voz. Intervino en infinidad de series en la pequeña pantalla como Suspense, Tales of Tomorrow, Danger, Alfred Hitchcock presenta, El virginiano, Kung-Fu, La isla de la fantasía, etc, etc. En el cine no pasó casi nunca de papeles secundarios y, lamentablemente, en sus últimos treinta años su apariciones en la gran pantalla se vieron prácticamente relegadas a películas de humor burdo y vulgar como Aterriza como puedas (1980), Agárralo como puedas (1988) y sus continuaciones, Espía como puedas  (1996) y similares (hasta apareció recientemente en Spanish Movie el pasado año). Curiosamente, el “rebajarse” a este tipo de papeles nimios y ridículos relanzó su popularidad, hasta el punto de que muchos aficionados al cine más reciente, ignorantes de sus papeles anteriores en registros más dramáticos, lo conocen como “el hombre del pelo blanco”, y algunos obituarios aparecidos hoy en noticiarios virtuales lo recordaban con titulares como “Muere el cómico Leslie Nielsen”, “Leslie Nielsen, el rey de las películas de humor absurdo, ha fallecido” o “Fallece Leslie Nielsen, protagonista de "Aterriza como puedas"”.

Por mi parte, aunque nunca he sido ni seré admirador suyo, para mí Leslie Nielsen siempre será, por supuesto, “el protagonista de Planeta prohibido”. Poco más he visto de él (sólo recuerdo La aventura del PoseidónEl día de los animales y Creepshow). Quizá la casualidad y la suerte le concedieron la ocasión de un único papel importante en su larga carrera, pero por él será recordado para siempre por aquellos que amamos el cine. Nos dejó ayer a los 84 años debido a una neumonía.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Déjame estar (o, Remakes innecesarios)

A uno le es difícil que no le vengan a la cabeza palabras como “prepotencia”,  “arrogancia”, “engreimiento” y similares (pero también “ignorancia”) cuando se devana los sesos para encontrar una explicación a por qué los norteamericanos realizan estos tan frecuentes e insidiosos “remakes instantáneos” de películas, normalmente europeas o asiáticas, que hace apenas un par de años que se han estrenado.

Ya admití recientemente que no estoy radicalmente en contra de los remakes, aunque quizá la mayoría sean innecesarios. La historia del Cine está plagada de ellos y algunos han sido tan exitosos como el Ben-Hur de William Wyler o My Fair Lady de George Cukor. Recuperar, por medio de una nueva versión, una película “antigua”, quizá olvidada o totalmente desconocida por el público actual, puede ser una forma de reivindicar y rescatar también la original (de hecho, suele aparecer reeditada en DVD en esos momentos); incluso se puede hacer un remake interesante y digno, siempre teniendo en cuenta las diferencias que van a haber entre original y copia, entre clásico y moderno, entre la simple distancia temporal. Pero, ¿para qué voy yo a querer visionar un remake de una película que vi hace cuatro días? ¿Por qué hace falta? Supongo que los EE.UU. tienen la suficiente coyuntura económica para doblar, o al menos subtitular un largometraje que no esté en lengua inglesa pero, sin embargo, prefieren rodarlo de nuevo enteramente bajo su perspectiva y en su suelo. Esta tendencia parece haberse hecho especialmente patente y molesta sobre todo en los últimos diez años, cuando hemos podido ver remakes “inmediatos” de muchas cintas orientales de terror como La señal, Dark Water, El grito y similares, e incluso españolas como Abre los ojos (Vanilla Sky en su versión estadounidense) o [REC], entre otras…

Personalmente, insisto en que creo que estos remakes no aportan nada, al menos a la comunidad cinéfila fuera de EE.UU., que ya ha visto sus primeras versiones, y que difícilmente se pueden interpretar sino como una muestra de presunción económica, étnica e ¿intelectual? de un país que quizá debería emular otras cosas de aquellos a los que copia su cultura, y por mi parte no cuentan con mi beneplácito ni mucho menos con mi bolsillo, porque no me molestaré en verlas ni pagando, ni posiblemente gratis. Espero que vosotros hagáis lo mismo y de esta forma se respete y se dignifique un poco más el cine que hacemos los países “menores”…

jueves, 25 de noviembre de 2010

Adiós a la Condesa Ingrid

Totalmente anonadado me ha dejado la noticia que me ha dado un amigo sobre la muerte de Ingrid Pitt, sin lugar a dudas una de las pocas mujeres que lograron labrarse un nombre en la historia del cine de terror con personajes fuertes y destacables: lejos de la típica damisela–comparsa que se desmayaba en cuanto aparecía el monstruo de turno y tenía que ser salvada por el héroe de la película, Ingrid sorprendió siendo ella misma el monstruo del film propiamente en sus trabajos más conocidos.

La verdad es que era un fallecimiento que no me esperaba, a pesar de que la actriz contaba ya la edad de 73 años, precisamente cumplidos dos días antes de su marcha, acaecida el pasado martes 23 de noviembre.

Aunque nacida en Polonia como Ingoushka Petrov, su juventud transcurrió en Alemania, y contaba que pasó tres años en un campo de concentración durante la II Guerra Mundial. Fue también modelo y comenzó en pequeñas intervenciones en películas españolas o rodadas en suelo español como Campanadas a medianoche (1965), la mítica Doctor Zhivago (1965) o Golfus de Roma (1966) –¡hasta actuó con manolo Escobar!–, consiguiendo por fin un papel algo más relevante en El desafío de las águilas (1968), secundando nada menos que a Richard Burton y a Clint Eastwood. Pero sería con la mítica productora Hammer con la que Ingrid conseguiría la inmortalidad –en la ficción y en la realidad– merced a su papel de Carmilla von Karnstein en la película The Vampire Lovers un par de años después. Gracias a la mayor flexibilidad de la censura británica de la época, el director Roy Ward Baker pudo exhibir sin tapujos el lesbianismo de la famosa novela de Sheridan LeFanu, así como los encantos de Ingrid y de sus muchas bellas compañeras de reparto. (La película, claro está, no se estrenaría en España hasta bastantes años después, apareciendo en TV y vídeo con diversos títulos como Vampiros enamorados o Las amantes del vampiro, cuando su traducción correcta sería “Las amantes vampiro”).

The Vampire Lovers fue el gran hito de Ingrid Pitt; no obstante, a esta le siguieron otras dos películas (ambas del 71) que reincidían en el exitoso género vampírico y que serían La condesa Drácula, en donde la polaca interpretaba nada menos que a la infame Erzsébet Báthory, y La mansión de los crímenes, esta última rodada para la Amicus, la productora rival de la Hammer. Aunque Ingrid también intervendría en la clásica El hombre de mimbre (1973), se prodigaría poco en la interpretación y la citada “trilogía vampírica” es en realidad lo más recordado de ella. Con apariciones esporádicas en la pequeña y gran pantalla hasta recientemente (Sea of Dust, de 2008, una vez más como reclamo debido a su estatus de leyenda del fantástico), se ha dedicado durante muchos años sobre todo al oficio de escritora y periodista desde su hogar en Londres. Su autobiografía, aparecida en 1999, se titula Life's A Scream: The Autobiography of Ingrid Pitt.

Curiosamente este verano comencé a confeccionar un artículo para el blog sobre actrices del cine de terror en el que, naturalmente, Ingrid tenía un papel destacado. Si acabo publicándolo, tendrá que ser ya, por desgracia, a título póstumo. Hace apenas dos años perdimos también a otro de los grandes iconos femeninos del fantástico, Hazel Court.

* Un homenaje... gracioso:
-Ingrid Pitt con Manolo Escobar... ¡Esta da más miedo que las de la Hammer!

lunes, 22 de noviembre de 2010

Libros y cine, cine y libros (III)

Descubrí La casa encantada (The Haunting, Robert Wise, 1963) en 1990 o poco después, una madrugada de viernes a sábado, cuando fue emitida por TVE –posiblemente en el espacio presentado por el sin par Ibañez Menta “Alucine”, ¿alguien lo recuerda?–, e inmediatamente caí bajo el “encantamiento” de la lóbrega mansión. Hasta entonces no había oído hablar jamás de Shirley Jackson, la escritora norteamericana cuya novela de 1959 The Haunting of Hill House había dado lugar al largometraje de Wise. Enseguida me interesé por dicho libro, pero igualmente pronto descubrí que no existía su versión traducida al castellano. Hube de esperar hasta 1999 para que Jan de Bont decidiera hacer un lamentable remake del film original y este diera lugar a que al fin alguien se decidiera a editar el libro en nuestro país (al menos algo bueno salió de él). Pero, vayamos por partes y sigamos el orden cronológico de los acontecimientos….

Aunque las historias de fantasmas han estado presentes en la literatura desde que esta es reconocida como tal (algunos cuentos sobre aparecidos de Daniel Defoe datan ya de alrededor de 1700), el tema de la casa encantada era relativamente novedoso cuando la escritora Shirley Jackson (1919-1965) publicó The Haunting of Hill House en 1959. Es cierto que la literatura gótica recurrió a menudo a castillos y caserones siniestros, e incluso se pueden encontrar algunos precedentes del tema en las obras de Charlotte Ridell, Henry James, M.R. James o H.P. Lovecraft, entre otros, pero creo que la idea de una casa casi con vida propia y la de un grupo de investigadores que se aventuran en ella para desentrañar sus misterios era bastante original cuando Mrs. Jackson publicó su libro hace más de cincuenta años. Admitiré, no obstante, que aunque gran aficionado a la literatura y el cine de terror, mis conocimientos sobre ambos no son exhaustivos, y es posible que se me escape algún antecesor más claro de esta temática.

La novela
La trama de la novela comienza presentándonos al doctor John Montague, filósofo y antropólogo interesado por las manifestaciones sobrenaturales y los fenómenos psíquicos, a cuyos oídos llega la leyenda de Hill House, la Casa de la Colina. Lóbrega mansión construida por el excéntrico y severo empresario Hugh Crain, durante sus ochenta años de historia cuenta con un tétrico historial de accidentes, suicidios y demás sucesos funestos que comenzaron con la muerte de la primera mujer de Crain. En los últimos tiempos, nadie ha podido habitar el lugar durante más de unos días. La escritora y sus personajes califican a Hill House como una casa “enferma” y “loca”, un lugar que “nació malo”. A este respecto es interesante hacer notar que la propia mansión es en sí el “fantasma” de la novela: una especie de entidad malévola con inteligencia propia, y por derecho el verdadero protagonista de la obra de Jackson.

Para su investigación, el doctor Montague convoca, tras una estudiada selección, a una serie de personas para que pasen con él unos días en Hill House y presencien, atestigüen y den cuenta de los fenómenos que puedan presentárseles en ese lapso. Sólo dos de los candidatos acuden: Eleanor Vance, una chica de 32 años solitaria, insegura y emocionalmente inestable que ha pasado una década cuidando de su madre enferma, recién fallecida, y que en su infancia fue testigo de un fenómeno poltergeist, y Theodora, mujer algo fría y mordaz de la que sólo sabemos que regenta una tienda y que tiene ciertas habilidades psíquicas (también se ha querido ver en ella un velado lesbianismo). Al grupo se les une el cínico y vividor Luke Sanderson, familiar de la propietaria habitual de la mansión y su futuro heredero, impuesto por la dueña del lugar. La autora no describe físicamente a ninguno de los personajes y, de hecho, se centra principalmente en Eleanor, quien está presente en todo momento de la trama y cuyas ansiedades, miedos e ilusiones conocemos constantemente a través de sus pensamientos.

Los fenómenos paranormales tardan bastante en hacer su aparición en la novela, y no es hasta pasada la mitad de esta cuando empiezan a sucederse. Hasta entonces, la escritora nos ha preparado para que vayamos conociendo a los personajes y, como en tantas otras obras de terror, los “fantasmas” internos de cada uno de ellos, especialmente los de la ya mencionada Eleanor, cobran más relevancia que los posibles espíritus del más allá que puedan manifestarse en la historia. En las obsesiones de la a veces paranoica protagonista hay quien ha querido ver docenas de posibles lecturas de la obra, incluso la posibilidad de que sea la propia Eleanor la que cause o al menos canalice las alteraciones psíquicas de Hill House o de que todo esté en su imaginación, ya que parece ser testigo de más manifestaciones sobrenaturales que los demás investigadores. En un momento dado, incluso ella misma plantea a sus compañeros si quizá no está imaginándoselo todo y ni siquiera ellos existen.

Hacia el final de la novela hacen su aparición dos nuevos personajes: la esposa del doctor, cuya visita él ya había adelantado, y un profesor amigo del matrimonio, Arthur. Señora impertinente y un tanto ridícula que llega a aportar un ligero elemento cómico a la historia, es una especie de médium con una perspectiva benévola y compasiva del mundo de los espíritus.

No desvelaré el final de la historia por si alguien desea leer el libro, tan sólo comentar que está centrado en la desarraigada Eleanor, quien a pesar de las insólitas circunstancias parece encariñarse con la casa y desea quedarse a vivir allí…

La película
La Metro-Goldwyn-Mayer pronto se interesó por adaptar la novela, bastante popular tras su publicación, aunque todavía sin alcanzar el estatus mítico que tiene hoy en día en la literatura de fantasmas. Cuatro años después de la aparición del libro, es decir, en 1963, se estrenó The Haunting, dirigida por Robert Wise. Uno de los grandes directores del cine hollywoodiense, Wise aportaría también al fantástico títulos como La venganza de la mujer pantera (1944), El ladrón de cadáveres (1944), Ultimátum a la Tierra (1951), La amenaza de Andrómeda (1971), Las dos vidas de Audrey Rose (1977) o Star Trek, la película (1979), además de rodar otros clásicos como Sonrisas y lágrimas (1965) o West Side Story (1961); ahí es nada… (Por cierto, en 1951 rodaría House on Telegraph Hill, un film de suspense que aquí se titularía curiosamente… La casa de la colina).

El rodaje de The Haunting transcurrió en Inglaterra, siendo de esta nacionalidad la gran mayoría del reparto del film, a cuya cabeza figuraban Julie Harris como Eleanor (aquí apellidada Lance en lugar de Vance), Richard Johnson como el doctor Markway (de nuevo se cambió el apellido de este personaje), Russ Tamblyn como Luke (el único protagonista norteamericano además de Harris) y la siempre encantadora Claire Bloom como Theodora. En papeles secundarios aparecían Rosalie Crutchley como la Sra. Dudley, la estricta y algo siniestra ama de llaves de Hill House, y la canadiense Lois Maxwell -la inolvidable Moneypenny de las películas de James Bond-, que interpretaba a la Sra. Markway.

La versión cinematográfica de The Haunting of Hill House es una buena adaptación (con guión de Nelson Gidding), siempre que entendamos que se trata de eso: una transferencia de un medio artístico a otro, la condensación de una historia de doscientas páginas en una película de menos de dos horas. La mayoría de pasajes del libro se respetan, aunque no siempre en el mismo orden, así como el ambiente algo opresivo y tenso de la obra de Shirley Jackson. Los pensamientos de Eleanor que constantemente leemos en la novela los encontramos en la película a través de la voz en off del personaje, recurso muy arriesgado en el cine pero que en la cinta de Wise contribuye aún más a crear la atmósfera de miedo y paranoia de la historia.
Richard Johnson, Julie Harris, Claire Bloom y Russ Tamblyn
Algunos cambios con respecto a la novela los podemos encontrar en los ya citados nombres de los personajes, en que Hugh Crain sólo tiene una hija y no dos, que la mansión tiene diez años más, que el doctor Markway es más joven y Eleanor llega a enamorarse de él, que la mujer de este no es mencionada hasta que hace su aparición y que su personajes es totalmente diferente (no cree en espíritus y llega con la idea de llevarse a su marido de lo que ella ve como una empresa ridícula) y que el personaje de Arthur no aparece. Hay principalmente dos pasajes importantes del libro ausentes en la película: cuando Theodora encuentra su habitación manchada de sangre, y cuando ella y Eleanor se aventuran fuera de la casa una noche y presencian una fantasmagórica escena que gira alrededor de un picnic y de un siniestro bosque.

Por lo demás, la película de Robert Wise me parece una verdadera obra maestra del cine de terror. Una lección de la que deberían de aprender muchos de los directores de hoy en día que no hacen sino ridiculizar el género con sus lamentables trabajos. No hay apenas efectos especiales en The Haunting, ni complicados maquillajes, monstruos o demás: por medio de sombras, planos con perspectivas diagonales o atípicas, contrapicados y sobre todo gracias a una trabajada dirección artística y unos cuidadísimos decorados que pueblan toda secuencia de inmensidad de objetos peculiares, la película provoca una tremenda inquietud y un asfixiante desasosiego en el espectador que desea meterse en la historia y vivirla debidamente. Y es que el terror que se sabe insinuar más que mostrar, aquel que sabe llegar sutilmente al inconsciente del espectador incluso antes que a sus sentidos visuales o auditivos, es el que más logra cautivar y conseguir su verdadero propósito: dar miedo. Particularmente hay un par de momentos del largometraje que me parecen geniales: uno es un plano de un pasillo en el que descubrimos que la puerta que hay al final de este se ha abierto misteriosamente. No hay más que negrura más allá de ella, pero esa oscuridad me parece mucho más impactante y sugerente que si se mostrara cualquier tipo de aparición o monstruo. Otra de mis escenas favoritas es cuando las dos chicas están en la habitación de una de ellas y oyen unos tremendos golpes por el pasillo y cómo algo acecha tras la puerta del cuarto y parece estar intentando entrar en él. De nuevo, creo que una lección magistral de cómo se puede inducir el miedo en el espectador valiéndose de recursos sencillos.

Un consejo para aquellos que quieran ver el largometraje: hacedlo de noche, solos y con las luces apagadas. Sólo así se puede vivir el film debidamente...

Revisitaciones
El tipo de argumento propuesto por Shirley Jackson en su ya clásica obra sería revistado bastante a menudo en los siguientes años: el normalmente más imaginativo Richard Matheson publicó en 1971 Hell House (La casa infernal en nuestro país), prácticamente un plagio de la novela de Jackson, sólo que más explícito y violento. Dos años después fue llevada al cine por John Hough con el título de La leyenda de la mansión del infierno (The Legend of Hell House). Y el popular Stephen King pagó su particular tributo a The Haunting of Hill House con la mini-serie Rose Red (Craig R. Baxley , 2002), que él mismo guionizó (incluso el mismo El resplandor se puede considerar una variante de la historia de Shirley Jackson).

The Haunting de Robert Wise se estrenó en la televisión de nuestro país como La casa encantada. No llegó a los cines de nuestra nación en su momento, 1963, ni llegaría a proyectarse en pantalla grande hasta más de cuarenta años después de su aparición. Actualmente se encuentra editada en DVD como La mansión encantada, quién sabe si por diferenciarla de La casa encantada (Ghosts on the Loose, comediada dirigida por William Beaudine en 1943 en la que aparecen un ya decadente Bela Lugosi y una jovencísima Ava Gardner).
En 1999, como he adelantado, Dreamworks realizó un remake de The Haunting de igual título, y que en España se subtituló con gran desacierto La guarida, como si de una cueva de ladrones o una madriguera de animales se tratara. El normalmente admirable Liam Neeson dio vida al doctor Montague, sólo que aquí volvió a cambiar el nombre original por el de Marrow, mientras que Lilli Taylor interpretó a Eleanor, Catherine Zeta-Jones a Theodora y Owen Wilson a Luke. El director Jan de Bont demostró no haber aprendido nada de Robert Wise cuando todo lo excepcional de la primera versión, toda aquella conseguidísima atmósfera de inquietud y desasosiego lograda por Wise con simples movimientos de cámara o encuadres, fue sustituida por risibles fantasmas infográficos que llegan al colmo de la ridiculez en una especie de “clímax” final en el que la casa parece desatar todas sus fuerzas contra los protagonistas y todo empieza a dar vueltas y a girar en torno al personaje de Eleanor. No soy un purista ni estoy necesariamente en contra de los remakes, pero quizá hay obras que son simplemente insuperables y que es mejor dejar estar.

Algo bueno trajo la tremenda metedura de pata de de Bont, y es que por fin la novela de Shirley Jackson apareció traducida al español (si lo había hecho antes, es algo de lo que no tengo conocimiento): la publicó Plaza y Janés en el mismo año del estreno del remake y con el título y portada de este, The Haunting (La guarida). Posteriormente (2008) ha sido reeditada por toda una editorial especializada en literatura de terror como es Valdemar, concretamente en su serie Gótica, con el nuevo título de La maldición de Hill House. Aunque yo personalmente tengo la primera versión citada de la novela, recomiendo esta segunda por la tremenda calidad de material y presentación de la colección de Valdemar, de la que poseo no pocos volúmenes.

Por cierto, aprovechando la feliz circunstancia de que los cuatro protagonistas del film de Robert Wise están vivos y de que pronto se cumple el 50 aniversario de su estreno, vuelvo a reivindicar un DVD conmemorativo para esa fecha con todos ellos recordando su rodaje y las anécdotas que lo rodearon.

* Enlaces de interés:
-Aunque, según los estudiosos, Shirley Jackson se inspiró en la peculiar historia de la Winchester House (léase aquí) para su libro, la “auténtica” Casa Encantada no está en Massachussets, EE.UU., como nos dice la novela, sino en Warwickshire, Inglaterra: Ettington Manor, una impresionante mansión con varios siglos de antigüedad, fue el lugar elegido por Robert Wise para rodar los exteriores de su film. Hoy en día es un reputado hotel conocido como Ettington Park que, a la luz del día, y complementado con todas las comodidades modernas, dista mucho de parecerse a la siniestra Casa de la Colina que una vez representó. Pero, no creáis: hay quién dice que el lugar, como cualquier veterano edificio típico inglés que se precie, tiene sus propios fantasmas. Ved si no este vídeo de youtube: http://www.youtube.com/watch?v=-FpczWUHUng

“La propia Hill House, sin recobrar la cordura, siguió alzándose en medio de sus colinas, conservando la oscuridad dentro de ella; así había estado durante ochenta años y bien podría continuar otros ochenta. En su interior, las paredes permanecían derechas, los ladrillos encajaban limpiamente, los suelos continuaban firmes, las puertas seguían cerradas, el silencio se recostaba, imperturbable, en la madera y en la piedra del edificio y, cualquier cosa que anduviese por ella, caminaba sola.”

domingo, 21 de noviembre de 2010

Los malos viven más

Hace algún tiempo que, a propósito de una lectura sobre la II Guerra Mundial, llegué a la amarga conclusión de que una destacable cantidad de líderes políticos y/o militares del siglo XX responsables de una u otra manera de la muerte de miles de personas habían, por el contrario, disfrutado de una vida verdaderamente longeva y, en la mayoría de los casos, tranquila y afortunada. Iniciaron guerras, las continuaron, exterminaron etnias y naciones o, simplemente, mandaron a la muerte a muchos jóvenes soldados, pero no parece que tuvieran por ello muchos problemas de conciencia ni remordimientos. Veamos la lista que he confeccionado para vuestra ilustración:

-Philippe Petain (1856-1951): 95 años
-Rudolf Hess (1894-1987): 93 años (y se suicidó)
-Augusto Pinochet (1915-2006): 91 años
-Winston Churchill (1874-1965): 90 años
-Karl Dönitz (1891-1980): 89 años
-Bernard L. Montgomery (1887-1976): 88 años
-Harry Truman (1884-1972): 88 años
-Hirohito (1901-1989): 87 años
-Douglas MacArthur (1880-1964): 84 años
-Fidel Castro (1926-): 84 años y aún en pie
-Francisco Franco (1892-1975): 82 años
-Charles De Gaulle (1890-1970): 79 años
-Idi Amin Dada (1925-2003): 78 años
-Dwight D. Eisenhower (1890-1969): 78 años
-Georgi Zhukov (1896-1974): 77 años
-Josef Stalin (1879-1953): 74 años
  
Por supuesto hay algunas excepciones que confirman la regla, siendo desde luego las más notables las de los mismísimos Hitler (56 años) y Mussolini (61 años), así como Patton (60 años), Roosevelt (63 años) y los líderes nazis Göring (53 años), Goebbels (47 años) y Himmler (44 años), pero casi todos estos personajes vieron truncada su vida por diferentes circunstancias forzosas (suicidio, ejecución, accidente). ¿A qué edad hubieran llegado de otra manera? En cualquier caso, seguro que vivieron mucho más que la mayoría de los muchachos veinteañeros a los que comandaban y obligaron a luchar para ellos…

La moraleja de este estudio parece ser que, contra más tirano y malvado y contra menos escrúpulos, se vive más, así que ya sabéis…

sábado, 13 de noviembre de 2010

Berlanga

Y, vaya, no era mi intención agobiaros con tantas entradas en un mismo día pero, ¿cómo pasar por alto la pérdida, no sólo de uno de los más grandes directores del cine español, sino de un gran pedazo de la historia de este? Luis García Berlanga (Valencia, 12 de junio de 1921) ha fallecido hoy a los 89 años, poco más de un mes después de que lo hiciera otro clásico del celuloide nacional -esta vez de la interpretación- habitual en muchos de sus largometrajes: Manuel Alexandre.

Probablemente, si se confeccionara una lista con las diez películas más importantes del cine de nuestra nación, la mitad serían del director valenciano. ¿Es necesario repasar su filmografía?: Bienvenido Mr. Marshall, Calabuch, Plácido, El verdugo, la “trilogía nacional”...

Como anécdota personal, contar que lo tuve a muy pocos metros cuando, en 1997, realicé un curso en la Escuela de guionistas de la Universidad Menéndez y Pelayo que lleva su nombre y él mismo se ocupó de la presentación. Un gran honor haber estado tan cerca de alguien de su talla. Descanse en paz.

Por cierto, ya puestos a destacar decesos, no estaría de menos mencionar también el del legendario productor Dino de Laurentiis este pasado jueves 11 con la respetable edad de 91 años.

Una firmita...

Esta semana me hicieron un regalo especialmente simpático y encantador sobre todo por su sencillez (un simple papel con unas pocas palabras) y por la forma en que se obtuvo: se trata de un autógrafo de Leonor Watling. Debido a su trabajo –azafata de tren–, una de mis hermanas tiene ocasión de “codearse” con cierta frecuencia con personalidades famosas del panorama artístico nacional (en realidad, servirles), y el pasado domingo se encontró en el trayecto con la actriz y cantante. Conocedora de que tengo sus discos, le preguntó si me firmaría una dedicatoria, a lo que la artista accedió gentilmente; de hecho, según mi hermana, fue toda amabilidad y simpatía y estuvo charrando con ella un buen rato. Por desgracia, lógicamente no llevaba nada preparado para la estampación del autógrafo, así que este tuvo que hacerse en un simple folio. No obstante, es un presente que agradezco sobre todo por las curiosas y casuales circunstancias en que se obtuvo. Si me lo hubiera firmado la propia Leonor en una larga fila de fans no hubiera significado lo mismo. Así da la impresión de que es más “personal” e “íntimo”, aunque sólo sea una ilusión (por cierto, a la Srta. Watling la he tenido a muy pocos metros en el concierto que hizo en Valencia en 2008, lástima que se me pasara el de este año).

La verdad es que no siento una especial afición por recopilar autógrafos, pero he conseguido unos pocos a lo largo de mi vida. Creo que el primero que obtuve fue el de los componentes de The Bugaloos, un grupo de swing/rockabilly holandés al que fui a ver a un concierto en Alicante allá por 1991. En aquellos momentos redactaba un fanzine musical, conocía al organizador del concierto, y por medio de él tuve acceso al camerino de los músicos, entre los que destacaban tres coquetas chicas que cantaban juntas haciendo diferentes voces a la manera de aquellas formaciones de los años 40 tipo Andrew Sisters, sólo que con algo más de marcha. Me firmaron su primer LP y dedicaron una foto a la revista. Volví a verles una segunda vez poco después, pero a decir verdad nunca me convertí en un fan acérrimo del grupo y ya hace muchos años que no sé de su trayectoria. Fue una anécdota simpática, pero si he de ser sincero no es una firma que haya atesorado con los años, aunque por supuesto conservo el disco y no creo me deshaga nunca de él (por cierto, aquí podéis ver un vídeo de ellos: http://www.youtube.com/watch?v=zeIhTZbB_pM&feature=related).

El siguiente autógrafo que conseguí ya es otro cantar, ya que, como conté en su momento (véase entrada), en mayo de 1994 logro conocer en persona a uno de mis grandes ídolos: nada menos que el Maestro de los efectos especiales y de la animación Ray Harryhausen. Su dedicatoria es la única que tengo enmarcada y esta sí que es para mí todo un tesoro, porque es un recordatorio de la tarde que pasé con él entrevistándole (de nuevo para otro fanzine) y no lo considero un autógrafo más casual o frío de estos que te pueden firmar tras hacer una larga cola y sin prestarte ninguna atención. Esa foto firmada es un memento de uno de los mejores sucesos de mi vida.

Curiosamente un par de años antes, y en el mismo lugar, la Filmoteca Valenciana, había ido a ver a Roger Corman, y nada más llegar al edificio me tropecé con él saliendo por la puerta, pero decidí no pedirle un autógrafo, en parte por timidez y en parte porque tampoco siento un entusiasmo ilimitado por su persona: siempre lo he visto como un imitador oportunista de las tendencias y películas que triunfan, especialmente en su faceta de productor. Aún con todo, eso le llevó a copiar a la Hammer y realizar los magníficos filmes sobre Poe con Vincent Price, suficiente para que se merezca mi admiración parcial.

Sin dejar todavía el cine fantástico, en el año 2000 me encuentro con otra legendaria personalidad de éste, esta vez española: se trata del mítico, y por desgracia recientemente desaparecido Paul Naschy. A raíz de una escultura a modo de homenaje que creamos (bueno, la idea partió de mí, pero el artista fue el escultor José Orrego, y la podéis ver aquí), contacto con Don Jacinto Molina para pedirle permiso, nos lo da, y finalmente me encuentro con él en su residencia de Madrid para presentarle el resultado final. Dio su aprobación, pasamos un rato charlando, y finalmente le pedí que me dedicara su libro, Memorias de un hombre lobo, lo cual hizo muy amablemente. Será también otro grato recuerdo que conservar; aunque no pueda decir que sea un incondicional de su carrera, sí que he sentido siempre un gran respeto por el tesón y la perseverancia de este hombre ya clásico del fantástico español.

Hasta ese momento no había considerado jamás tener que pagar por un autógrafo. Es algo a lo que he sido siempre un tanto reacio, sobre todo cuando la mencionada firma viene de alguien que para mí no tiene especial relevancia en su oficio ni una fama destacable. Sin embargo, en 2005, por medio de su propia página web, descubro la posibilidad de adquirir la fotografía autografiada de otro de mis dioses particulares, el guitarrista Scotty Moore (véase también entrada) y, puesto que sólo cuesta ocho dólares, efectúo el pago y lo recibo en breve en mi casa. En principio, no tengo razones para creer que no sea auténtico, aunque por supuesto no tengo tampoco ninguna seguridad. Lo único malo fue que demoré un poco el pedido de este autógrafo y Scotty tuvo un problema de salud, y a raíz de esto dejó de dedicar su firma a los solicitantes: simplemente la estampa en sus fotografías y ya está. Si me hubiera espabilado un poco más, hubiera podido tener la fotografía dedicada personalmente, pero de todas formas me alegro de tenerla y no me dolió desembolsar esa pequeña cantidad –que fue prácticamente simbólica– a cambio del autógrafo de una de las personas que más he admirado en mi vida y más me ha influido como músico amateur.

Que yo recuerde, creo que sólo tengo un autógrafo más, que compré por Ebay ese mismo año sin ninguna certeza de que fuera auténtico. El vendedor fue muy sincero en eso, me explicó el método que seguía para intentar verificarlos, pero me dijo que no podía garantizarme al 100% la autenticidad de la firma. Se trataba, por cierto, de la de mi actor favorito, Peter Cushing, y fue mi mayor “derroche” económico en lo relativo a autógrafos: 25 euros. Si algún día puedo permitírmelo, quiero encargar unas investigaciones que pueden demostrar a ciencia cierta la veracidad de la estampa.

Me ofrecieron también un autógrafo verificado de mi admiradísima Audrey Hepburn, pero ni siquiera al precio “especial” de 700 euros me lo podía permitir, así que tuve que rechazarlo. También en la reciente Espatrek 2010 (véase), por supuesto, tuve la perfecta ocasión de conseguir el autógrafo de la actriz invitada, Marina Sirtis pero, puesto que ni soy fan suyo ni he seguido la serie que la hizo famosa, no le encontraba mucho sentido a comprarlo. Supongo que si acudo finalmente a la Basauri Con a ver a Katee Sackhoff tendré que tragarme un poco mis “principios” y desembolsar los 20 euros que cuesta su firma, pero lo haré con bastante placer porque de ella sí que soy admirador y he seguido buena parte de sus trabajos, claro está que la admiraría mucho más si realizara sus dedicatorias de manera gratuita, porque al fin y al cabo todavía no es ninguna leyenda de la televisión ni una actriz legendaria….

De concierto (otra vez)

Ya en el pasado mes de abril daba una relación bastante exacta de los conciertos de artistas más o menos conocidos a los que he acudido durante mi vida (también de los de los grupos amateur) en la entrada que titulé De concierto. En tiempos pretéritos me prodigaba quizá más a la hora de acudir a eventos musicales de este tipo, pero en los últimos años, sea por falta de motivación, sea por impedimentos geográficos, sea por trabas económicas, no acudo a tantos directos como antaño: en 2008 vi a Chuck Berry por segunda vez, y después a Marlango poco tiempo después. En 2009 tuve que hacer unos cuantos kilómetros para cumplir uno de los sueños de mi vida y presenciar la actuación de uno de mis grandes ídolos: John Fogerty tocó en Murcia en su primer concierto en España. A finales de año viajé hasta Madrid para ver a mi último descubrimiento musical de por entonces: Imelda May (véase entrada). Este año la cosa ha estado más fácil, y tanto el guitarrista Dick Dale (en abril) como de nuevo Imelda han actuado en la misma Valencia capital. La cantante irlandesa estuvo ayer día 12 de noviembre en la Sala Mirror, en el centro de la ciudad del Turia, casualmente casi en la misma fecha en que la viera por primera vez, el 19 del mismo mes del año pasado.

Precedida por un grupo valenciano de sobrada reputación, Cat Club, el repertorio que Imelda y su banda presentaron se centró principalmente en su nuevo disco, Mayhem, aunque tampoco faltaron canciones del anterior, otras suyas no publicadas, y versiones de rock and roll (The Train Kept a-Rollin´, el medley My Baby Left Me / That´s All Right) y blues (Rollin´ and Tumblin´). Carismática, simpática, profesional, guapa y sobre todo dotada de una excelente voz, el show de Imelda es todo un regalo para los oídos afines a los muchos sonidos que repasa (rock & roll, rockabilly, rhythm & blues, blues, jazz y pop, pero siempre con un elegante aire “retro”), si bien creo que disfruté más su anterior concierto, no sé si porque fue eso, el primero, o porque el público fue quizá más considerado tanto con la artista como con el resto de oyentes de la sala: la propia Imelda tuvo que quejarse de la enorme humareda que un pequeño corro de fumadores empedernidos estaba formando cerca del escenario. Es la gran traba que tienen para mí los conciertos: el tabaco, los codazos y los golpes, la gente que se los pasa hablando (pienso lo mismo que respecto al cine: no entiendo para que van si no están interesados en oír a la cantante o en ver la película) o pegando gritos y, por supuesto, las muchas horas de tener que aguantar de pie…

En cualquier caso, toda una suerte que hayamos podido tener a la glamorosa dublinesa por estos lares, ya que Valencia no se prodiga precisamente en conciertos de rock –fuera de unos pocos en verano–, ni de música que no esté en las listas populares nacionales o aceptada dentro del estatus “culto” (o sea jazz y clásica) o tradicional (música de bandas). Las salas para grandes conciertos brillan aquí por su ausencia o por su desinterés para ofrecer espectáculos de rock. La añorada Arena cerró hace ya muchos años, y ahora también ha caído la Greenspace de Heineken, que parecía ser el último reducto para escuchar música rock en sus múltiples variantes. A ver si hay suerte y, tras Imelda, continúa la racha y cambian los vientos.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Vuelta al ruedo

Precisamente tal día como hoy, aunque de 1994, debuté en directo con mi primer grupo de rock, Outsiders, en un lugar muy entrañable de mi localidad aunque quizás un poco atípico para el mencionado estilo musical: el Centro Aragonés (por cierto, reivindico sus ideales y desperdiciadas instalaciones para nuevos conciertos y muchas otras actividades culturales que podrían insuflar nueva vida al edificio). Se trataba de un concierto benéfico organizado por una ONG, COSALA, en la que compartimos cartel con otras dos bandas locales, Capellanes y Mandrake Root. Con Iván a la voz, Miguel Ángel a la guitarra rítmica, Marce al bajo, Quique a la batería y un servidor como guitarra solista, repasamos sobre una quincena de versiones de temas de los 50 y los 60, entre ellos Green River y Lodi de los Creedence, And I Love Her y Money de los Beatles, It´s So Easy de Buddy Holly (creo que esta fue la primera canción que conseguimos sacar en el ensayo), Honey Don´t de Carl Perkins, Love Street de los Doors y hasta me atreví a asumir el protagonismo con el instrumental Walk Don´t Run de los Ventures.

Aunque casi ninguno de nosotros había actuado en directo antes y pasamos un poco de apuro, en general creo que el concierto salió bien y los cinco quedamos más o menos contentos con el resultado. Por desgracia, y como ocurre con tantas formaciones amateur, este primer directo de Outsiders resultó ser también el último, ya que dos de los componentes prefirieron buscar nuevos horizontes musicales y dejaron el grupo tras la actuación. Por supuesto, los demás seguimos juntos durante un tiempo y, de una u otra forma, casi todos hemos continuado en la “movida” rockera con mayor o menor suerte. En concreto, yo perseveré con diferentes formaciones durante doce años más, y después tuve un parón de cuatro años que no fue para nada voluntario: a partir de ciertas edades, no es tan fácil encontrar gente que quiera “perder” el tiempo con estas locuras de la música.

No ha sido hasta el pasado verano que he conseguido entrar en una nueva banda; “nueva” para mí, puesto que el grupo Rockinflama lleva ya muchos años en marcha con diferentes nombres como La Orden o Los Desordenados. Con Óscar a la voz y guitarra rítmica, Javier al bajo y Jesús a la batería, y ahora con el que esto suscribe punteando la solista, todo aquel al que le apetezca podrá vernos en directo el próximo día 20 de noviembre en la Sala XY Rock de Aldaia como parte del festival Rafeta Rock II. Se trata de mi primera actuación en nueve años, cuando toqué con mi anterior grupo, Long Road, en las fiestas de Alfafar. Nuestro repertorio, de nuevo, bebe mucho de los clásicos de los 50 y los 60 (Elvis Presley, Johnny Cash, Duane Eddy…), aunque también tenemos cosas más recientes como Bruce Springsteen o Más Birras y, por supuesto, el amplio cancionero propio de los miembros originales del grupo, en el que están presentes sus muy diversas influencias.

Dieciséis años, pues, separan estas dos actuaciones, y un total más de dos décadas conforman mi “carrera” como músico amateur, en la que no he tenido quizás mucha suerte ni una larga estabilidad en cuanto a formaciones (no es algo exclusivo de mí) pero sobra decir que me he desarrollado enormemente como instrumentista –a pesar de ser autodidacta–, he ganado mucha experiencia y he tocado unas cuantas canciones. Buenos y malos ratos por igual, pero al final, como decía mi amigo Román, también compañero de fatigas musicales, los primeros compensan a los últimos .

Queda pues, todo aquel interesado, a presenciar nuestro próximo concierto de aquí a dos sábados en el lugar indicado (aquí tenéis el mapa y la dirección para llegar a la sala XY Rock), a las 22:30. Tras todos estos años de paro musical, esperemos que esta sea el primero de muchos. Keep on rockin´!

lunes, 8 de noviembre de 2010

El negocio “Audrey Hepburn”

La verdad es que me quejo con frecuencia del negocio bastante lucrativo y a menudo con pocos miramientos que hay en torno a mi actriz favorita, y no puedo negar que yo mismo contribuyo a veces a fomentarlo. Es verdad que no me compro ni bolsos, ni camisetas, ni relojes ni toda esa parafernalia que se vende con su imagen (todo lo más he tenido algún calendario), pero sí que me resulta muy difícil resistirme a los libros que se publican sobre ella y sus películas, a pesar de que tengo ya más de una docena, de que algunos se repiten, y de que otros son claros sacacuartos con cuatro párrafos mal contados y un montón de bonitas fotografías de la icónica artista (¡que no es poco para aquellos que nos deleitamos contemplándola!). Dicen que “sarna con gusto no pica”, y yo pienso además, como empedernido lector, que un libro nunca está de más, incluso aún cuando básicamente sea una colección de imágenes.

Mi descubrimiento de hoy en la librería de mi barrio ha sido la novedad Desayuno con diamantes. 50 aniversario del film de Sarah Gristwood, sobre el que poco hace falta explicar: conmemora las cinco décadas del estreno de este clásico (que se cumplen el próximo año) repasando su preparación, rodaje, influencia posterior, etc, etc. Lo publica Electa y hasta contiene un calendario 2011 con la clásica foto de Audrey con el vestido negro y el cigarrillo con boquilla (la misma que en la portada). Se presenta en tapa dura, formato de 29 x 21 cm y consta de 192 páginas. El precio es bastante asequible: 21,90 euros.

Ya os iré contando, porque lo acabo de comprar, pero parece bastante interesante, a pesar de que la película de Blake Edwards no está entre mis preferidas de la actriz: soy de aquellos que, en el clásico enfrentamiento Vacaciones en Roma versus Desayuno con diamantes, se queda claramente con la primera. Que pena que de ella no sacaran un libro para el 50 aniversario...

domingo, 7 de noviembre de 2010

Tableros, dados y fichas (I)

Aunque, curiosamente, todavía no he hablado de ella a estas alturas, una de las grandes aficiones que conservo desde siempre es la de los juegos de mesa, o quizá debiera decir más propiamente “juegos de tablero”, ya que, como veremos más adelante, hay diferentes variantes de los juegos de mesa. Voy a aprovechar, pues, para desempolvar el baúl de los recuerdos y ofreceros un artículo que sólo en su primera parte va a ser nostálgico, ya que, como he adelantado, conservo este hobby a día de hoy y más de treinta años después de haberlo conocido (esto lo veremos en la segunda entrega). Por supuesto, empezaré utilizando la palabra “recuerdo” en la primera frase, para no perder la costumbre…


Recuerdo haber jugado a juegos de tablero toda la vida. Por supuesto, cuando era niño no tenía criterio alguno, ni menos aún solvencia económica para elegir a cuáles jugar, así que lógicamente los primeros que tuve me los compraron mis padres, y fueron quizá los únicos títulos que compartiríamos verdaderamente en familia. El primer juego que tuvimos en casa del que conservo memoria fue el clásico y entrañable Juegos Reunidos Geyper, en realidad un compendio de muchos pasatiempos de siempre como el ajedrez, las damas, el parchís, el backgammon, la oca, el tres en raya, la ruleta o los dados de póker. De aquella histórica caja –que perdería lo de “Geyper” cuando, años después, la emblemática casa cerrara sus puertas– recuerdo que me llamaban mucho la atención algunos de sus coloridos componentes, como las ratas de plástico y aquellas pequeñas fichas con forma cónica. Del tablero de la oca recuerdo especialmente las dos casillas “malas” que tenía: una con una calavera, y otra con un simpático demonio saliendo de un pozo (sin lugar a dudas ya empezaba a germinar mi posterior afición por el género terrorífico). Una última nota que añadiré es que habían diversas variantes de la caja de Juegos Reunidos en función de la cantidad de éstos que tuviera: 25, 35 o 50, si no me equivoco, y que venía indicada con un número blanco dentro de un círculo azul. El que teníamos nosotros –creo que aún debe de estar por algún lugar– me parece que era el segundo enumerado.

Otro viejo título que recuerdo de aquellos años pertenecía a mi abuelo, y se trataba de El Mago Electrónico, un curioso y arcaico juego de preguntas y respuestas en el que insertabas el muñeco de un robot dentro de un círculo, lo rotabas hasta señalar una pregunta, después lo ponías en otro círculo paralelo y, “mágicamente”, se giraba hasta señalarte la respuesta a aquella. No había nada de “electrónico” en este artilugio, ya que en realidad se trataba de un simple truco magnético por medio del imán que la figurita tenía en su base.

Conforme avanzaba mi infancia hicieron su entrada en mi hogar muchos otros juegos de tablero: Educa, Borrás, Diset, Falomir o Cefa (MB llegaría algo más tarde) son algunas de las marcas españolas que recuerdo de aquellos tiempos. Supongo que por entonces era bastante más habitual regalar juegos de tablero que ahora, ya que no sólo yo, sino prácticamente todos mis amigos y familiares, recibían siempre alguno como regalo de cumpleaños, Reyes, etc. (hoy en día me imagino que estará más de moda un vídeo-juego o cualquier artilugio cibernético).


En mis años previos a la adolescencia y en los primeros de esta lógicamente ya tuve más capacidad de decisión para elegir juegos y más canales para descubrirlos como revistas (todavía conservo la vieja Súper Juegos), televisión, visitas a tiendas de juguetes, etc. Sin lugar a dudas una marca clave en aquella época fue la ya citada Cefa, conocida sobre todo por sus versiones de juegos clásicos extranjeros como el Monopoly (adaptado por ellos como La ruta del tesoro) o el Cluedo (al que llamaron Misterio), pero que también nos ofreció títulos propios como el Alerta Roja, Lepanto o el legendario En busca del Imperio Cobra –recientemente reeditado, por cierto–. Algunos de mis mejores recuerdos de aquella época provienen de las tardes de los veranos que pasaba en un pueblecito de Castellón en las que, tras volver de la piscina municipal y saciarnos con el típico bocadillo de Nocilla, nos echábamos la obligatoria partidita de rigor. Los dos títulos que más marcaron aquellas ya lejanas sesiones fueron sin duda el ya citado Monopoly y el Risk, juegos que fueron clave en mi afición al hobby y a los que, por cierto, jugué mal durante mucho tiempo, algo que me frustró tremendamente cuando lo descubrí.

En 1981 hace su aparición en España una marca que también va a ser decisiva en mi afición al juego de tablero, y creo que en la de muchas otras personas de mi generación: se trataba de Nike & Cooper Española, S.A., o simplemente NAC, abreviatura que exhibía en su logotipo. Descubro la marca poco después al pasar por una librería de mi barrio y ver su primera tanda de juegos expuestos en uno de los escaparates del comercio, y rápidamente llama mi atención uno titulado La guerra civil española (1936) (por entonces estaba comenzando a interesarme por los conflictos bélicos europeos del siglo XX, así como por el modelismo). Este sería mi primer contacto con un género de juegos de tablero que estaba empezando a llegar a nuestro país: el wargame o, claro está, “juego de guerra”, y por supuesto no descansé hasta comprármelo. Fue mi primera experiencia con este tipo de variante lúdica en la que prima la estrategia y que exige quizá mayor esfuerzo y concentración por parte de los jugadores que los típicos juegos familiares más clásicos como puedan ser el Trivial Pursuit, el Scrabble/Intelect o algunos de los citados en los anteriores párrafos. Curiosamente, me costó un poco entender la mecánica de los wargames con este primer título, ya que al principio creía que sólo se podía mover una ficha por turno, cuando en ellos normalmente puedes mover todas o casi todas a la vez (¡tampoco se mueve lanzando un dado!), pero pronto me acostumbré a esta recién descubierta modalidad y me convertí en un gran seguidor de la marca NAC y en aficionado a los wargames en general. Durante los primeros años 80, entre los componentes de nuestra pandilla de amigos y compañeros de colegio teníamos, unos u otros, prácticamente todos los títulos de la marca madrileña, tanto los centrados en la estrategia –recuerdo algunos de los primeros como Rommel y Montgomery­, La Segunda Guerra Mundial, El día más largo, Guadalcanal o Fort Apache–, como los de la serie denominada “Temáticos”, y que ofrecían una mayor variedad en lo referente a ambientación y mecánicas y una selección quizá más abierta al público general: inolvidables de entre esta categoría fueron La fuga de Colditz, Mi agente en Berlín, La conquista del oeste y tantos otros.


Pasamos ya a los años de mi adolescencia y la mayoría de edad en los que, lógicamente, consigo una mayor autonomía tanto geográfica como económica. Mis visitas a Valencia capital se van haciendo más frecuentes, y allí, concretamente en los centros comerciales El Corte Inglés, descubro los juegos de tablero de importación, principalmente los de la mítica marca Avalon Hill y los de su filial Victory Games. Aunque mi reducida economía no me permite adquirir la mayoría de ellos, paso muchos ratos examinando sus cajas y deleitándome con la contemplación en la parte posterior de éstas de las ilustraciones de los tableros, fichas y demás componentes: Civilization, Conquistador, Machiavelli, Diplomacy, Titan, Circus Maximus y tantos otros serán algunos de mis descubrimientos durante aquella época (mediados de los 80), muchos de los cuales conseguiré comprar con el tiempo o cuanto menos probar. Es totalmente obligatorio resaltar en este punto la gran labor que hizo la ya desaparecida empresa catalana JOC Internacional a la hora de facilitar el acceso a estos juegos a los aficionados españoles, no sólo importándolos a nuestro país y distribuyéndolos, sino incluyendo la oportuna traducción de sus reglamentos y de todos los textos incluidos en las partes de cada juego (cartas, tablas, resúmenes). Aunque rústicamente presentados para los estándares de hoy en día (escritos a máquina y reducidos en fotocopia), gracias a JOC pudimos iniciarnos en muchos títulos extranjeros. Con el tiempo, mi nivel de inglés fue ampliándose y enriqueciéndose hasta el punto en el que pude acudir directamente a la fuente original en dicho idioma y me fueron innecesarias las traducciones. En este sentido, mi afición a los juegos de tablero me ha ayudado mucho a la hora de aprender la lengua de Shakespeare y me ha dado una importante base léxica en dicho idioma, hasta el punto de que hoy en día soy yo el que hace traducciones de juegos a la manera en que la casa catalana los hiciera en su momento (¡pero a ordenador!). Por cierto, no puedo dejar de citar el primer título de Avalon Hill que adquirí hacia finales de los 80: se trataba de The Legend of Robin Hood y, aunque estaba dentro de una serie de juegos más pequeños y asequibles de la mencionada marca, creo recordar que me costó unas 2200 pesetas de la época, un gran esfuerzo económico para un muchacho como era yo entonces.

Avalon Hill fue también una marca decisiva en mi vida y me descubrió una enorme cantidad de juegos de todo tipo: wargames, multi-players, cartas, rol… Uno podía encontrar prácticamente cualquier temática y ambientación en sus productos: no sólo los consabidos juegos de estrategia extraídos de batallas de la II Guerra Mundial, las campañas napoleónicas, o la Guerra de Secesión americana, sino otros cuyo inspiración podía ser tan variopinta como el comercio, la creación de ferrocarriles, la ciencia ficción o la fantasía. Posiblemente AH llegó a tener el mayor catálogo del hobby en los 70 y los 80 (había sido fundada en 1954) a nivel mundial y, aunque algunos de sus juegos puedan parecer hoy desfasados, creo que ha influido en muchos jugadores y diseñadores que crecieron con ella.

En 1989 se produce un importantísimo acontecimiento para los aficionados a los juegos de tablero valencianos: en la capital se abre por fin la primera tienda especializada de la provincia. Hasta entonces había algunas casa como Maquetas Lara o Maquetas Altarriba –además de los mencionados centros de El Corte Inglés– en las que se podían encontrar juegos de importación, pero Ludómanos –así se llamó el comercio– nos ofrecía por fin un amplísimo catálogo que no se había visto nunca por aquellos lares. Se había acabado el tener que pedir por correo a Madrid o Barcelona –las cuales, por supuesto, ya contaban con tiendas de este tipo desde años antes–: ahora, tras un corto viaje de media hora, teníamos a nuestro alcance todos aquellos títulos que habíamos ansiado durante mucho tiempo. Ludómanos fue para mí, además de la primera tienda especializada de Valencia, la mejor que ha habido jamás en la ciudad (no sé si me dejo llevar un poco por la morriña), en cuanto a que tuvo la mayor variedad y cantidad de juegos de todas las que ha habido desde entonces (no en vano eran distribuidores de JOC Internacional). A esta tienda le siguieron otras en los años posteriores: Valhalla, Gremio de Dragones, Camelot… pero creo que ninguna logró alcanzar la riquísima oferta del pionero comercio, posiblemente porque a partir de los primeros 90 se empezaron a implantar a nivel mundial franquicias como Games Workshop, Wizards of the Coast, etc, y muchas tiendas optaron por especializarse en los productos de estas, quizá más viables y comerciales, en lugar de optar por una mayor selección de juegos.

Por desgracia, Ludómanos acabó cerrando hace algunos años, después de languidecer durante mucho tiempo y quedarse en una sombra de lo que fue, fuera por las razones que fuera. La mayoría de las demás tiendas también han acabado cerrando o adaptándose  a nuevas modas lúdicas, y hoy en días es complicado encontrar en Valencia comercios que ofrezcan un buen surtido de juegos de tablero, priorizando productos afines como Warhammer, Magic, Heroclix y demás, pero de eso hablaremos en la segunda parte de este artículo.

Otro hecho destacable en mi trayectoria lúdica tiene lugar en el año 1992, cuando varios aficionados de mi localidad nos reunimos para sopesar la posibilidad de crear un club de juegos y darle forma legal, cosa que finalmente logramos para nuestro regocijo. La respuesta de la ciudadanía aficionada es buena dentro de lo minoritario que es este hobby –el censo del club osciló siempre alrededor de veinticinco socios–, y, tras dos años y medio en un local cedido por el ayuntamiento, decidimos alquilar una planta baja en la que, lógicamente, estaríamos mucho más cómodos a pesar del mayor esfuerzo económico. Pasamos muy buenos años allí y conocimos a grandes amigos, algunos lo siguen siendo desde entonces y espero que lo sean de por vida, porque ninguno queremos jubilarnos del hobby por muy mayores que nos hagamos. Por desgracia, por causas que no merece la pena ni mencionar, la asociación acabaría su transcurso en 1999, tras casi siete años de funcionamiento. Posteriores intentos de formar algo parecido dieron con situaciones verdaderamente tristes y frustrantes –la intolerancia de un vecino en un primer local alternativo, la pérdida de gran parte del material y mobiliario debido a la humedad mientras lo teníamos almacenado en un bajo, etc, etc.– y el grupo de jugadores acabó disgregándose o, en el mejor de los casos, separado en grupos más pequeños. Que triste es que los humanos no podamos entendernos ni siquiera en pequeñísimas sociedades. ¿A quién le extraña que haya conflictos entre países, pues?

El cierre de la asociación dio comienzo a una época relativamente oscura en la que no dejé el hobby totalmente, pero las partidas a juegos se hicieron más escasas y distantes, al carecer de un local fijo en el que reunirnos y al haber perdido el contacto muchos de los componentes de la asociación. No obstante, mis días en torno a los juegos de tablero estaban muy lejos de acabar e iba a llegar en el futuro un nuevo resurgir. De ello os hablaré, si os han quedado ganas de seguir leyéndome, dentro de unos días…

* Enlaces de interés:
-La historia de Avalon Hill, con un listado completo de sus juegos al final.
-Página dedicada a los inolvidables Juegos NAC.
-Board Game Geek (BGG): la web más importante sobre juegos de tablero a nivel mundial. Un completísimo archivo con imágenes, reglamentos, variantes, foros, etc, etc. Imprescindible para cualquier aficionado al hobby que se pueda defender con el inglés.
-BSK (Sociedad Británica para el Conocimiento): el equivalente español a la BGG, algo más modesto pero también más accesible al estar escrito, obviamente, en castellano.
-Revista Súper Juegos en la BGG. ¿Alguien la recuerda?

(Más enlaces en la próxima entrega)