"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
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jueves, 8 de diciembre de 2011

Vuelve la pesadilla (El latrocinio legalizado, parte IV)

Hacía ya tiempo que no me desgañitaba virtualmente protestando sin esperanza contra las muchas y variadas formas que tienen nuestros queridos gobernantes de chuparnos la sangre y de sacarnos los pocos cuartos que nos dejan ganar, así que aquí viene un nuevo capítulo de mi “famosa” serie de artículos El latrocinio legalizado. Para quien desee ponerse en antecedentes, ruego revise las anteriores entregas (principalmente la II y la II) aquí. Resumidamente, en ambas me planteaba la ética y el sentido que tienen las abusivas tasas a las que nos somete la aduana española a aquellos que compramos en países de fuera de la CE, y lamentaba especialmente la incompetente gestión de las personas encargadas de este atraco a mano armada respaldado por la Ley y el Estado.

Pues bien, amigos: la empresa Speedtrans, de la que hablaba en la parte III, subcontratada por Correos para llevar todos estos trámites, fue despedida antes del verano, presumiblemente por su terrible ineptitud a la hora de realizar esas tareas. Durante unos pocos meses, la entrega de paquetes provenientes del extranjero volvió a ser como en los viejos tiempos: en 7 u 8 días desde su salida del país de origen, el cartero te lo traía a tu casa, le pagabas en mano los dichosos aranceles y demás impuestos –bastante más razonables que en los meses anteriores– y todos felices. Parecía que por fin se había hecho algo de justicia en este país y uno hasta podía hacerse la ilusión de que un descarado abuso había sido castigado y que, como en todas esas películas que tanto nos gustan, los “buenos” –los ciudadanos– habían ganado… Pero no era así: ese pequeño período de bonanza, de tregua aduanera, no fue probablemente más que el necesario para que Correos reorganizara su gestión de la paquetería internacionales. En noviembre, comenzó otra vez la pesadilla: los mismos interminables, desmoralizadores y angustiosos trámites que sufríamos con Speedtrans, sólo que ahora directamente de la mano de la Oficina Postal nacional. En la ilustración adjunta podéis ver el largo periplo que está sufriendo el último paquete que he pedido a EE.UU.: el día 11 salía de aquel país y el 18 llegaba aquí (lo normal); en ese momento supuestamente se me mandaba la famosa carta en la que se me reclamaba la factura para tasar el contenido del paquete, y la cual, según se nos informa en la web de Correos, tarda 2 o 3 días en llegar al cliente/víctima… Pero este no fue el caso: una semana después no me había llegado nada, y hube de reclamar la carta por e-mail. El envío en este caso, eso sí, fue inmediato, y la carta física no me llegaría hasta cuatro días después, un total de once desde la llegada del dichoso paquete…

Tasas y gastos a go-go: ¡invéntese su impuesto!

A partir de ahí, de nuevo la odisea de los meses anteriores: enviar la factura (por suerte a través de internet), esperar la tasación del material, pagarla por banco, y a esperar a que el paquete llegue a casa. En esta última parte estoy ahora, a día 8 de diciembre, casi tres semanas después de que la caja llegara a España, cuatro desde que saliera de EE.UU. Además de todo este padecimiento, sorprende ver la excesiva nueva factura, en la que de nuevo se nos desgranan toda una serie de conceptos taxativos a cada cual más ridículo e injusto (me ha hecho especial gracia la nueva tasa añadida del SOIVRE, una entidad que desconocía y que se suma ahora para sacar también su parte del pastel). En total, ¡casi un 40% del coste del paquete! Sigo pensando que falta el impuesto para la señora de la limpieza de las aduanas, que también podían añadir…

En fin, se siente uno como un Simón del Desierto ignorado por todos, como un tonto al que le cuelgan el monigote del Día de los Inocentes, como alguien encadenado e indefenso ante todos estos bárbaros abusos… Me resulta increíble que nos hablen de crisis con el dinero que nos sacan de todo lo que les parece. Siempre he dicho en broma que llegará el día en que nos cobren hasta el oxígeno que respiramos, pero ahora empiezo a verlo como algo posible... Por lo menos, ya que en ningún otro sitio me van a hacer caso, me permito el pequeño desahogo de este artículo en mi humilde blog. Estoy seguro de que cualquier día me encuentro a la Gestapo en la puerta de mi casa buscándome, pero creo que debemos protestar –y todos– antes esta banda de asaltantes respaldados por los gobiernos que nos amargan la vida… Y luego hablan de crimen organizado…

sábado, 22 de enero de 2011

2011: una aventura aduanera (El latrocinio legalizado, parte III)

En anteriores ocasiones ya he dejado constancia de mi ilimitada admiración y respeto por todos esos señores que, amparados por una caprichosa ley que invariablemente tiende a beneficiar a los que más tienen y a perjudicar a los desgraciados, se preocupan por inventarse impuestos y tasas de las más variada índole para poder sacar al ciudadano hasta la última gota de su sangre bajo los más estúpidos pretextos. (Véanse las anteriores entregas de esta serie aquí y aquí).

En concreto, en la segunda parte de la serie –creo que adecuadamente titulada El latrocinio legalizado, porque esto es lo que me parece que es– di a conocer la nueva organización de la aduana española, tal y como empezó a funcionar el pasado mayo. Resumiendo: ha sido centralizada en Madrid y, en lugar de pagar los aranceles que sus agentes consideran adecuados cuando el cartero te trae un paquete de fuera de la CE, como ocurría antes, se inicia ahora un tedioso proceso en el que, primero, se te informa mediante una carta que debes devolver firmada y acompañada de la factura o justificante de compra; segundo: se te envía un presupuesto con la cantidad que debes ingresar en concepto de derechos y demás invenciones; tercero: una vez ingresado el pago, el paquete es finalmente remitido a tu domicilio.
Hasta el momento, esta fastidiosa rutina venía a suponer un total de una semana en la que debías estar esperando la entrega. Sin embargo, con la última compra que hice a EE.UU., este trámite se convirtió en toda una epopeya que para mí no hace sino demostrar la ineptitud, desidia, desinterés y desconsideración que este “servicio” aduanero tiene con sus clientes/víctimas. En la imagen adjunta (pinchar para agrandarla) tenéis fidedigna cuenta de los 31 días que he tardado en recibir el pedido, parte del cual era un regalo de reyes que, evidentemente, no ha podido ser entregado a tiempo: el día 19 de diciembre llega a España el paquete. El día 20 consta como que se me ha enviado el aviso oportuno para que remita la factura y se haga la estimación de su recargo, sin embargo, éste no me llega hasta el 3 de enero. El mismo día remito por internet la documentación exigida, recibiendo dos días después un mail diciendo que no pueden abrir el documento pdf que contiene la factura de la compra. Vuelvo a remitirlo con un formato diferente, y cinco días después me vuelve a llegar el mismo aviso, haciéndose obvio que ni han mirado mi último mail. Nuevo reenvío y, finalmente, se me remite el presupuesto a abonar el día 12 de enero, y el cual pago de inmediato, nuevamente vía internet. Ocho días después se me envía por fin el paquete, que recibo, como podéis ver, el día 20 de enero. En total: 31 días de retraso desde que pisara suelo español. No está mal.

Para más inri, la caja me llega en un estado lamentable, totalmente destrozada y pegada con tiras de celo a todas luces en la misma aduana. El contenido interior, por fortuna, sólo ha recibido algunos golpes y no parece demasiado dañado. Puestos al habla telefónica con el servicio de Correos –ya que el de aduanas, ADT Postales/Speedtrans (atención a la ironía de su nombre: “Speed”), no ofrece servicio al cliente ni teléfono de contacto– pregunto sobre la manera de poner una reclamación y me empiezan a dar las más absurdas y ridículas excusas, como que eso no depende de ellos (cuando Speedtrans es una filial o subcontrata de Correos) o que la reclamación la debe de poner el remitente. Finalmente, me he de dar por vencido al advertir que uno ha dado con esa implacable Línea Maginot que es la burocracia y los agentes de atención al cliente y sus organigramas repletos de líneas “GOSUB”… Como siempre, el ciudadano, la persona de a pie, es la que sale perdiendo en todo este lamentable proceso, tanto económica como moral y anímicamente.

Tengo que decir también que, a lo largo de toda la odisea, ya he remitido dos correos y he llamado por teléfono para ver qué pasa con este aviso, consiguiendo con ello simplemente confirmar lo que he dicho al principio: la desidia y el poco respeto que se tiene por el “cliente” en estos servicios, por no decir la simple ineptitud de los trabajadores de éstos, seguramente muy tranquilos con sus puestos de trabajo fijos. Me pregunto si alguna vez podremos cambiar todo esto, si la gente llegará a concienciarse de que están abusando de nosotros y de que no tienen derecho a robarnos de esta manera… Difícil tarea en un mundo de personas engañadas con mentiras y falsas ilusiones e hipnotizadas con las más variadas tonterías…

viernes, 14 de mayo de 2010

Nuevas formas de sangrar al ciudadano (El latrocinio legalizado, parte II)

Amigos: hoy no os hablaré sobre las excelencias de tal o cual artista ni os recomendaré ninguna canción o película. Me vais a permitir despotricar de nuevo contra las mil y una formas en la que se nos desvalija al ciudadano de a pie con las más diversas excusas, protesta que ya iniciara en el artículo Taxman, o el latrocinio legalizado el pasado mes de marzo.

Con frecuencia compro productos en el extranjero. Hasta ahora, de algunas de estas importaciones la aduana me cobraba los correspondientes aranceles, portes, derechos o como quiera que deseen llamar a lo que en realidad no es sino un robo a mano armada y una total tomadura de pelo y encima perfectamente respaldada por la ley. En otras ocasiones no se me cargaba tasa alguna; no me preguntéis cuál era el baremo o criterio que llevaban los señores aduaneros para decidir dónde o no aplicar el “diezmo”.

Pues bien: desde este mes de mayo, este sistema de latrocinio cambia de forma y pasa a ser todavía más abusivo: la aduana se centraliza en Madrid y las importaciones pasan a ser gestionadas por una empresa que ni me molestaré en mencionar y que es claramente una filial de Correos, o al menos está relacionada. Ahora, además de abonar la cantidad que a sus gestores les parezca oportuno, aún hay que pagar casi 18 euros más por la “complicada” labor tramitativa que la nueva compañía efectúa. Para más inri, la resolución de estos pagos se hace todavía más tediosa al tener que esperar que la empresa te comunique la recepción de la mercancía, tú envíes la factura o justificante de compra, y ellos te contesten entonces valorando lo que consideran justo sablearte de tu compra para que pases a realizar la correspondiente transferencia bancaria. Entre una cosa y otra, el paquete aún se atasca varios días en la aduana hasta que te lo envían.

Adjunto el presupuesto que me han enviado en relación a mi última compra (pinchad la imagen para ampliarla), en la que podéis ver el desglose de todos los derechos e impuestos que se inventan y aplican (falta sólo la comisión para la señora de la limpieza de la compañía). En total, de una compra de 194,05 euros me sangran otros 70,40: un 37% para que toda esta banda de saqueadores pueda vivir del cuento. Indignante.
Al final del documento, además, a modo de “velada” amenaza se adjunta el siguiente texto:
“Con el fin de evitar posibles multas por falsear valor o tipos de mercancía, esta información debe ser veraz, ya que la AGENCIA TRIBUTARIA dispone de medios suficientes para conocer el valor y tipo de mercancía siendo responsabilidad del importador la multa derivada de la falsedad de datos. (MINIMO 150,00 €)”
Estamos ya a un paso de que el mundo orwelliano de 1984 cobre forma. Cuidado: ¡el Gran Hermano nos vigila!

jueves, 11 de marzo de 2010

Taxman, o El latrocinio legalizado

(Déjame que te cuente cómo lo haremos / Tú te quedas uno y yo diecinueve /
Si el cinco por ciento te parece poco / Da gracias de que no me lo lleve todo)

Contaba George Harrison que escribió Taxman cuando, en el año 1966, se percató de que el fisco se llevaba la gran mayoría de sus ganancias como músico profesional. La canción, que abría el septimo álbum de The Beatles, Revolver, es sin duda una de las mejores obras del artista mientras formaba parte del cuarteto de Liverpool, con una letra mordaz y amarga y un efectivo uso de las guitarras, tanto en el acompañamiento como en los riffs y en el solo, estos últimos con claras reminiscencias a esa música hindú que tanto le gustaba a Harrison. A pesar de la índole de dura crítica de la letra, George todavía tiene sitio para el humor en ella, como el guiño a la sintonía de la serie Batman –que triunfaba por aquel entonces en TV-, y que se repite a lo largo de la canción tanto instrumental como vocalmente (“Taxman!”). Parece ser que Paul McCartney acompañó a George con la guitarra y fue el que proporcionó el dinámico solo que irrumpe a mitad y al final de la canción, mientras que Lennon colaboró en los coros y en la letra (suya es la parte que alude a Harold Wilson y Edward Heath, políticos ingleses de la época que serían Primeros Ministros de su país en diferentes momentos).

(Si vas en coche / tasaré la calle /
Si te sientas / tasaré tu asiento)

He querido usar el pretexto de esta canción de Harrison, no sólo para recordar al prematuramente fallecido cantante y guitarrista, sino también para proponer una reflexión sobre la terrible verdad que esconden sus estrofas: cómo se nos roba nuestro dinero y de qué manera se aprovecha esa fantasmal entidad que llamamos “el poder”, “el Fisco”, “el Gobierno”, o como queramos, del esfuerzo de los ciudadanos.

(Si tienes mucho frío / tasaré el calor
Si das un paseo / tasaré tus pies)

Antiguamente, el señor feudal (y también la Iglesia) recaudaba sus tributos y sacaba buena tajada del trabajo de los campesinos bien fuera por la fuerza de las armas o, simplemente, “por la gracia de Dios”. Hoy esto se hace de manera más final y sutil, nos llega a casa en forma de elegantes cartas, y se nos disfraza con nombres como contribuciones, impuestos, tasas, comisiones, derechos... Antes, uno viajaba con el temor de encontrarse con salteadores de caminos durante el trayecto, o se hacía a la mar con el miedo a ser asaltado por los piratas. Ahora tenemos la certeza de que, al final de un viaje al extranjero –o si importamos un artículo de otro país–, estarán los aduaneros esperando para ver cuáles de los souvenirs que nos hemos traído pueden gravarnos (al fin y al cabo, los antiguos “diezmos”, sólo que ahora son más de una décima parte). O el Ayuntamiento de nuestra ciudad inventará cosas como las “zonas azules”, impuestos caninos y sinvergüencerías similares para que tengamos que pagar por dejar el coche en nuestro propio pueblo -una tierra que nos pertenece tanto o tan poco como a nuestros codiciosos dirigentes-, o por tener un perro. (¿Os he contado que a mi madre le robaron seis mil euros por cambiar de nombre la casa de mi abuelo? ¡Una propiedad que le pertenecía por herencia! Es el colmo de los timos: venderte algo que en realidad es tuyo...)

(No me preguntes para qué lo quiero / si no quieres pagar más /
Y aconsejo a aquellos que mueran / que declaren los peniques de sus ojos)

Y esto es lo peor de todo: que hemos llegado a aceptar estos desfalcos, estos desvergonzados atracos, como si fuera algo normal dejarnos robar por unos aprovechados avariciosos y sin escrúpulos que se ocupan de mantener el “equilibrio” social y económico para que los pobres sigamos siendo pobres, y los ricos tengan cada vez más dinero.

(Porque soy el Recaudador de impuestos /
Sí, soy el Recaudador de impuestos /
Y no trabajas más que para mí)

Amigos: evitaré la moraleja final en este artículo porque sería una invitación al desorden social y a la rebeldía.... Reflexionad sobre el tema y, gracias, George, por esta canción...

* Taxman, con su letra original
* Y la divertida versión del estrafalario Weird Al Yankovic, Pacman