"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

miércoles, 31 de julio de 2013

Regreso a Via Margutta

Ni el Coliseo, ni el Foro, ni el Panteón ni, mucho menos, el Vaticano: últimamente, siempre que algún conocido mío viaja a Roma (un lujo que yo personalmente no puedo permitirme) le pido que me traiga fotos de Via Margutta, 51, dirección en la que, hace ya seis décadas, se rodaron escenas de una de mis grandes películas favoritas: Vacaciones en Roma. Hace un par de años, por estas mismas fechas, mi amigo Luis Jurado me obsequió con algunas instantáneas del celebérrimo lugar y de sus alrededores (pueden verse aquí). A mediados de este mismo mes, fue mi amiga Mila la que viajó a la Ciudad Eterna y cumplió amablemente mi encargo de un pequeño reportaje gráfico de la finca en la que, en la película de William Wyler, el periodista interpretado por Gregory Peck tiene su humilde cubil. Mila tuvo además la suerte de que una vecina le dejara entrar al interior e incluso le indicara el lugar exacto en el que se rodaron tomas del film. Por lo visto, los habitantes del edificio están ya acostumbrados a que lleguen forofos de la cinta y les pidan cosas similares.

El interior de Via Margutta, 51, un pequeño laberinto de patios y vegetación, parece un mundo aparte dentro de la enorme Roma. La finca en sí misma lleva años exhibiendo andamios en su exterior en espera de una restauración que parece interminable. Se habló del proyecto de un museo sobre Audrey Hepburn en ella, pero nada de esto parece haber cobrado forma. No sería mala idea llevarlo a cabo y ayudar con ello al vecindario a reparar la insigne y vetusta estructura que les sirve de hogar y que ha pasado de tan curiosa manera a la Historia del Cine. (Pinchad en las fotografías para ampliarlas)

Puerta de entrada a la mítica vivienda
¡Tenemos acceso al interior!
Sin Vespas, ni bicicletas, ni princesas hoy en día...
La puerta desde el interior

Seguimos por la ruta que comienza bajo la "escalera del águila"
Según indicaciones de una vecina, esta sería la puerta por la que Peck y Hepburn acceden al patio

Sin embargo, las escenas del patio parecen haberse rodado en estudio o en otra localización
La "escalera del águila" por la que baja la princesa Ann
La escalera que precede a la de la imagen anterior, con el balcón de Giovanni al fondo
El balcón de Giovanni, ahora habitado por la maleza
Y la escalera de antes, vista desde otro ángulo...
(¡Muchísimas gracias a Milagros Albertos por las estupendas fotografías!)

lunes, 22 de julio de 2013

Umberto D.

Tras los recientes visionados de Milagro en Milán y Ladrón de bicicletas me parecía casi obligado volver a revisitar también Umberto D., película que para mí conforma, junto a las dos anteriores, lo que yo llamo “la trilogía de la pobreza”, pues todas ellas tienen en común retratar ese ambiente triste, desolador y lamentable en el que vivían las clases bajas de la Italia de los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial. Era este un largometraje que ya había visto mucho tiempo atrás y del que guardaba muy buen recuerdo.

El protagonista de esta película es Umberto D. Ferrari (el profesor universitario Carlo Battisti en su único papel para cine), un funcionario jubilado que malvive con una pensión miserable y tiene alquilada una habitación en una casa de huéspedes. La tiránica patrona (Lina Gennari) está decidida a echarle porque no ha pagado varios atrasos, y el pobre hombre se las ve y se las desea para poder reunir el dinero de esta deuda y no verse de patitas en la calle. Solamente cuenta con la simpatía de la joven sirvienta de la casa (Maria Pia Casilio), y con la compañía de un pequeño can que le sigue a todas partes y que lleva por nombre Flike. La entrañable relación entre dueño y perro constituye sin duda lo mejor de la cinta, por la que pululan algunos otros actores secundarios pero sin demasiada relevancia. Abundan las tomas largas, sin monólogos, que parecen querer reforzar en el espectador la idea de la soledad y el desespero que rodean a Umberto, frente a las escenas multitudinarias de las otras dos películas de la “trilogía”. También es quizá la menos interesante de ellas –dentro de que las tres me parecen muy buenas–, a pesar de que su propio director y de que su colega Ingmar Bergman la consideraban ambos su película favorita.

domingo, 21 de julio de 2013

Sabrina

Enésima revisitación que hago de este clásico de Billy Wilder de 1954. Sobra decir que, siendo fan de Audrey Hepburn, he visto todas sus películas varias veces, y las sigo viendo cuando me apetece volver a hacerlo, que es frecuentemente. Tras su fulgurante llegada a Hollywood con Vacaciones en Roma, Oscar incluido, las puertas de la Meca del Cine se le abrieron de par en par a la joven actriz inglesa, y así, para su segundo largometraje estadounidense –el primero que realmente rodó en el suelo americano– formó equipo, no sólo con el gran director austríaco, sino también con los legendarios Humphrey Bogart y William Holden. La Paramount se pudo jactar en la publicidad de la cinta de contar con un trío protagonista totalmente oscarizado. Esta película, a su vez, también le valdría una nueva nominación a Audrey junto a otras cinco en diversas categorías para sus compañeros de labores. Solamente la diseñadora de vestuario Edith Head se llevaría la estatuilla, y eso a pesar de que buena parte de los vestidos que luce la actriz en la cinta eran obra de Givenchy, quien a partir de entonces se convertiría en modista habitual y gran amigo de la estrella.


Coincido con la mayoría de fans de Wilder en que no es su mejor film; tampoco me parece el mejor de Audrey, aunque ella sí que me parece lo mejor de él. Probablemente, sin su encanto y su presencia la película estaría hoy en día considerada como un film mediocre o menos destacado, o en cualquier caso sería menos famosa. Se inaugura con Sabrina una reprochable tendencia que por desgracia se haría habitual en la filmografía inmediata de la actriz, y es el emparejarla con actores que la doblaban en edad y que podían perfectamente ser sus padres. Ver a un hombre mayor y decididamente feo –por mucho que él presumiera de haberse casado con la Bacall– como Humphrey Bogart cortejar a una bella jovencita como Audrey me parece inverosímil y hasta grotesco. Es algo que nunca me ha cuadrado por muchas veces que revisite el film y que me rechina y patina constantemente mientras lo veo, a pesar de mi admiración por el protagonista de Casablanca. Creo también que la hermosura natural de Audrey está desaprovechada en la mayoría de la cinta con maquillajes y ropas que la merman –la encuentro mucho más guapa cuando hace de “patito feo” al comienzo del film–. Mucho más adecuados me parecen Holden y buena parte del reparto secundario, entre ellos John Williams como el padre de Sabrina y el impagable Walter Hampden como el señor Larrabee. Sus escenas están invariablemente entre lo mejor de la cinta y son de lo poco que llega a eclipsar –sólo momentáneamente, claro– la presencia de Audrey Hepburn, al fin y al cabo, clara protagonista de una película hecha a su medida y para su lucimiento.

jueves, 11 de julio de 2013

Anónimos populares: Virginie Ledoyen

En sus bellos rasgos morenos se adivina sin duda su ascendencia española. Su verdadero apellido es Fernández, pero esta parisina nacida el 15 de noviembre de 1976  adoptó el de su abuela para conformar el nombre artístico con el que los aficionados al cine la conocemos: Virginie Ledoyen. Debutó en la gran pantalla con tan sólo 9 años, pero no fue hasta 1999 cuando se dio a conocer internacionalmente con La playa, junto a Leonardo DiCaprio. Desde entonces es una presencia constante, solvente y cautivadora en el cine francés, donde ha participado en musicales (8 mujeres), comedias (Bon Voyage, El juego de los idiotas), cintas de terror (El internado, en la que se adelantó en varios años a Belén Rueda y su repetitiva El orfanato), películas históricas (Adiós a la Reina) y thrillers (Bosque de sombras, coproducida con España).

martes, 9 de julio de 2013

The Ghoul

De entre las películas que podríamos considerar “menores”, “secundarias” o, simplemente, menos populares de Peter Cushing, esta The Ghoul es una de las que más me gusta. Se estrenó en 1975, en una época en la que el esplendor de la Hammer y de las compañías que siguieron su estela ya empezaba a palidecer. Este largometraje en concreto fue producido por la Tyburn Films de Kevin Francis, hijo del mítico Freddie Francis, que dirige la película. Encontramos en la cinta muchos otros nombres relacionados con la productora de los Carrera, además de los del actor principal y del director, como son el del guionista Anthony Hinds, el del director de fotografía John Wilcox o el de la actriz Veronica Carlson, a quien acompañan en el reparto la no menos atractiva Alexandra Bastedo, un jovencísimo John Hurt y la más veterana Gwen Watford. Así que, aunque no estamos exactamente ante una película “de la Hammer”, tiene mucho de su ambiente, estética y, sí, encanto.

Menos conocidos que otros monstruos del cine, la literatura y el folklore como puedan ser los vampiros, los zombies o los hombres lobo, los ghouls son criaturas que tienen su origen en la ancestral India y que, ya sean seres humanoides o personas depravadas, invariablemente saquean tumbas y comen carne humana. Hay uno en esta cinta, por supuesto; no creo que sorprenda a nadie al avanzarlo. Pero los protagonistas, un grupo de jóvenes de clase alta de los años 20 que llega accidentalmente a una solitaria mansión envuelta en niebla y rodeada de pantanos, lo desconocen. Allí les reciben un educado y antiguo pastor (Cushing), su sirvienta hindú (Watford) y su perturbado jardinero (Hurt). Como es de esperar, hay un misterio, un horror y un drama ocultos en la recóndita casa.

Aunque no suele estar considerada entre las mejores del gran actor británico (su recepción en Inglaterra fue templada, y no se estrenó comercialmente en países como EE.UU. o España en su momento), la cinta logra atraparme por todos esos recursos y elementos tópicos del cuento gótico del que soy ávido lector: el caserón perdido, el alma torturada que lo habita, el terrible secreto que guardan las paredes del edificio... Además, por supuesto, de la siempre hechizante presencia de Cushing, un hombre que a menudo me causa gran admiración por su porte y buen hacer en la mayoría de sus trabajos. Hay, por cierto, una curiosa y conocida anécdota sobre él y el rodaje de The Ghoul, y es que, para la escena en que su personaje muestra una foto de su fallecida esposa, el actor pidió usar una imagen de su verdadera mujer, Helen, que había muerto unos años atrás. Cuentan que Cushing rompió a llorar durante el rodaje de aquel fragmento, y que la productora decidió finalmente no incluir esas imágenes en el montaje final. Aún así, es obvia la emoción nada fingida del astro del terror al interpretar esos momentos en lo que sí se puede ver en la cinta.

La película, para finalizar, se estrenó en España, ya directamente para televisión y formatos domésticos, con títulos como El resucitado o Necrófago. En 1976 se pudo ver brevemente en el Festival de Sitges, donde Peter Cushing fue honrado con el premio al mejor actor por su interpretación en la película.

lunes, 8 de julio de 2013

Ladrón de bicicletas

Después de mucho tiempo parado, Antonio consigue un empleo como pegador de carteles, pero hay un requisito para ocuparlo: necesita inexcusablemente una bicicleta para desarrollarlo, y la suya está empeñada, por lo que su mujer decide sacrificar la ropa de cama del matrimonio para recuperarla. Pero, el primer día de trabajo, un ladrón le roba el vehículo al desgraciado protagonista. Con la ayuda de su hijo, el pequeño Bruno, recorrerá toda la ciudad y removerá cielo y tierra para intentar recuperar el que supone su medio de subsistencia….

Este es el sencillo y conocidísimo argumento del clásico de Vittorio de Sica de 1948 Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette), con el que me reencuentro más de veinte años después del primer visionado del film. Guardaba muy buen recuerdo de él, y creo que casi todas las sensaciones que me trasmitió aquella primera vez siguen intactas: esa historia entrañable que sabe equilibrar la sensibilidad y la sensiblería, ese viaje maravilloso a otra época que no lo era tanto, pero que igualmente produce un extraño sentimiento de falsa nostalgia, ese retrato de la pobreza en el que de Sica fue un maestro, y esos personajes que cautivan todavía más si se sabe que fueron interpretados por actores no profesionales. De hecho, el pequeño de 8 años que interpreta al encantador Bruno, Enzo Staiola, había sido sacado de las calles por el director. Impresionante también el papel de Lamberto Maggiorani como el padre desesperado al ver como se derrumban todas sus esperanzas por culpa de un sinvergüenza. No es de extrañar que esta película esté considerada entre las mejores de la Historia del Cine, porque creo que nunca pierde su vigencia y validez y su capacidad para cautivar al espectador.

Maravillosos Enzo Staiola y Lamberto Maggiorani

Compliance

Película independiente dirigida por el  estadounidense Craig Zobel el pasado 2012 que descubrí por casualidad y que es prácticamente desconocida en España. Contada en clave de docudrama, su historia puede parecer poco atractiva; sin embargo, se pueden extraer de ella toda una serie de interesantes lecturas; al menos, yo se las encuentro…

Compliance (que podríamos traducir por “conformidad” o “sumisión”) se basa en una serie de hechos reales que acontecieron en EE.UU. hace pocos años y que tuvieron lugar en restaurantes de comida rápida y supermercados de pequeños pueblos. Invariablemente ocurría lo mismo en todos ellos (hubo al menos treinta casos): el encargado del establecimiento recibía una llamada de la policía que le informaba de que, o bien un empleado, o bien un cliente, había robado una importante cantidad de dinero. A continuación, se pedía al primero que inspeccionara al segundo, llegándose a situaciones verdaderamente ridículas y humillantes. Es lo que le sucede a la co-protagonista de este largometraje, una empleada de una hamburguesería (Dreama Walker) a la que su encargada (Ann Dowd), le hace desvestirse y someterse a toda una serie de desagradables procedimientos, siempre ordenados por el policía al teléfono (Pat Healey), que el espectador descubre pronto que es un farsante con muy mal gusto para las bromas.

Aunque no pasa de ser otra película más, a mí me plantea algunas reflexiones en parte basadas también en mi propia experiencia laboral, sobre todo en torno a esa rivalidad que las empresas establecen a menudo entre sus empleados de menor categoría (en este caso, encargados y “peones”), el desacierto que demuestran aquellas al otorgar puestos de responsabilidad a personas que no tienen capacidad para ello (en la película, de nuevo, la encargada, que no duda ni por un momento de que la historia del falso policía es cierta) y como estas se crecen con ello, perdiendo la noción de lo que realmente son: un empleado más, etc, etc… En resumen, un largometraje que, quizá sin proponérselo, sugiere toda una serie de cuestiones sobre la ética y los principios en las relaciones laborales y humanas dentro de las empresas, la falta de compañerismo en ellas y la ausencia de esa conciencia de clase que parece tan perdida en nuestros días.