"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

lunes, 28 de septiembre de 2015

El desconocido

A pesar de que veo muchas más películas de producción estadounidense que española, hay que reconocerle al cine de nuestro país que, incluso cuando trata con propuestas argumentales manidas y con guiones-cliché, logra casi siempre hacerlo con muchísima más solvencia y distinción de lo que suele conseguir Hollywood. El ejemplo perfecto es esta recién estrenada ópera prima de Dani de la Torre, El desconocido, en la que se repite la frecuente situación de un hombre llevado al límite por una amenaza mortal –en este caso, una bomba en el coche que conduce y en el que lleva a sus hijos– que prefiero no imaginar cómo saldría resuelta de haberse rodado al otro lado del charco –quién sabe si no nos ofrecerán pronto un “remake inmediato” de esos que tanto les gusta hacer allí–. Una buena puesta en escena con momentos emocionantes y de gran tensión y un estupendo reparto en el que no sólo destaca para mí el protagonista Luis Tosar, sino también las actrices Elvira Mínguez y Goya Toledo, hacen de este un largometraje más que entretenido que mantiene al espectador en vilo y sin quitar ojo de la pantalla durante sus 100 minutos de duración. Y, para los que quieran ver denuncias en la cinta, esta la tiene más que clara: la de la infinita avaricia y la total falta de escrúpulos de esos delincuentes legales que tenemos hoy en día, los bancos y los banqueros, que da lugar a la angustiosa vivencia de la película y a todo el plan orquestado por el supuesto “malo” de la función, interpretado por el actor Javier Gutiérrez. ¿Es, al final, realmente el villano? Me parece claro que no, o que, al menos, comparte esa dudosa distinción con otro personaje importante de la historia –que no desvelaré para quien quiera verla– y con las entidades financieras que manipulan y destrozan las vidas de sus clientes-víctimas y que, masoquistamente, la sociedad ha aceptado en su día a día.

jueves, 10 de septiembre de 2015

God Help the Girl

Una de estas películas que uno descubre de casualidad –no es de extrañar, ya que sólo tuvo un estreno limitado en nuestro país– y que, ya desde sus primeras escenas, te hacen aflorar una sonrisa –aunque sólo sea interior– por su simpatía y encanto. Se trata un musical ligero, primer largometraje dirigido por el cantante escocés Stuart Murdoch, centrado en una chica con trastornos alimenticios (Emily  Browning) que quiere componer y grabar música, y su relación con otros dos jóvenes (Olly Alexander y Hannah Murray) con los que comparte pasión y con los que se propone montar un grupo.

Me resultaba inevitable comparar God Help the Girl con algunas películas del género que me gustan mucho como Los Commitments –a la que hay varios guiños claros– o Across the Universe, pero también me parece encontrar en la cinta referencias a clásicos como Banda aparte de Goddard –esa escena en la que los tres protagonistas se marcan un bailecito y Emily Browning, tocada con sombrero, parece la mismísima Anna Karina– o las películas de los Beatles.

En fin, pues eso: canciones en su mayoría bonitas –aunque inocuas–, preciosas y soleadas localizaciones en Glasgow, un cierto aire irreal y, por qué no, también la belleza de su protagonista, que además se descubre aquí como una competente cantante, hacen para un servidor sobradamente entretenida esta película.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Llegan sin avisar: tiempos de VHS

La razón de que vuelva a ver esta película del director Greydon Clark tras muchos años –décadas, realmente– de hacerlo por primera vez es similar a la que expuse el mes pasado cuando reseñaba Holocausto radiactivo: motivos sentimentales antes que un gran interés cultural por esta cinta que es menos que anodina; claramente muy inferior al largometraje inglés al que acabo de referirme. Y es que resulta que Llegan sin avisar (Without Warning) fue uno de los primeros títulos que vi en formato de vídeo casero, y el vínculo de ese recuerdo con el film es lo que me ha llevado a revisionarlo tras más de tres décadas, quizá en un fútil y emotivo intento de recuperar parte de aquella época juvenil.

El VHS tardó mucho en llegar a mi hogar. No lo hizo hasta diciembre de 1989. Mis padres nunca se sintieron muy interesados por estos y otros “aparatos electrónicos” que a ellos sin duda les parecían un capricho exótico, lujoso y caro. Por ello, hasta que en mi casa tuvimos magnetoscopio, fue a través de familiares y amigos como tuve que disfrutar de las entonces novedosas cintas magnéticas que nos permitían ver películas directamente en el televisor, si bien de una forma más modesta y con menos calidad que en el cine.

Ya a mediados de los ochenta comencé tener contacto con aquellos video-cassettes de plástico que poco antes habían irrumpido en el panorama comercial y social español. Llegaron en tres formatos: Beta, 2000 y VHS, y cada uno se reproducía en el artefacto correspondiente, voluminosas y caras máquinas que en un principio sólo los más afortunados se podían permitir. Después, precio y tamaño de estos electrodomésticos fueron bajando y se hicieron más asequibles para el ciudadano medio o más humilde. Curiosamente, sólo el último formato se abrió paso en el mercado, pese a ser el de menor calidad, y los compradores que apostaron por los otros dos pronto hubieron de aparcar sus magnetoscopios en algún estante de trastos inútiles.

Pase aquella década, como ya he dicho, alquilando ocasionalmente películas y “gorreando” a algún familiar o amigo su aparato –y su casa, donde a veces quedábamos varias personas para compartir la sesión– para poder disfrutar del visionado de algún film de moda o, por el contrario, difícil de ver en los cines. Durante algún tiempo de mi época de instituto acudía muchos viernes tarde a casa de mi tía-abuela con alguna cinta VHS bajo el brazo y veía con ella la película. Precisamente su hijo fue durante algún tiempo socio propietario de un videoclub local, así que hasta el alquiler de las películas me salía gratis.

El boom del vídeo doméstico: en aquellos tiempos eras el dueño de la TV, hoy el de un mamotreto del pasado

Pero no fue allí donde vería la película que ha ocasionado este artículo, sino cierto tiempo antes en casa de otro primo. Me debía valer del carnet de su madre para poder acceder al alquiler de películas en uno de los primeros videoclubes que abrieron en mi pueblo, este dentro de una tienda de electrodomésticos –algo muy habitual en la época–. Si no recuerdo mal, en aquellos tiempos, para ser socio de uno de estos locales debías comprarles una película nueva, que creo que valía unas 10.000 pesetas. Después, ponías esa cinta a disposición de los demás socios en el comercio y, a la vez, tú tenías acceso a las todos los demás. Es decir, que básicamente las películas que la gente alquilaba las había comprado ella misma. Esta costumbre desapareció, por suerte, con el tiempo, y para cuando yo me hice socio de un videoclub, ya era algo totalmente gratuito. Pagabas 100 o 200 pesetas por la cinta que te llevabas durante 24 horas, y ya estaba.

Por supuesto, con los años el VHS fue devorado por un pez más grande: aparecieron los discos láser –que no cuajaron demasiado– y, ya más tarde, el DVD y el Blu-Ray. Mi primer magnetoscopio, un Hitachi, nos sirvió bien durante una década y, finalmente, hubo de ser jubilado tras varias reparaciones. Después llegaron dos sustitutos-un Sony y un JVC– que recibieron poco uso, pues no muchos años después me compré un reproductor de DVD y las viejas cintas magnéticas y sus aparatos lectores fueron quedando relegados al olvido, estos últimos prácticamente sin usar.

Por lo demás, decir sobre Llegan sin avisar que, visto hoy en día, me parece un producto de bajo presupuesto muy mediocre que no salva ni la nostalgia, con una historia y una dirección pobre y un reparto malo –caso de la mayoría de actores jóvenes que intervienen en la cinta– o desaprovechado –caso del largo elenco de veteranos que lideran unos Jack Palance y Martin Landau claramente en horas bajas–.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Alma en la sombra

No llegó a tiempo para conmemorar el centenario de Ingrid Bergman el pasado sábado, pero por fin consigo ver Alma en la sombra (Rage in Heaven), el único de los catorce largometrajes de la etapa hollywoodiense de la actriz que no había visto. Se trata de un thriller con cierto aire hitchcockiano que dirigió W.S. Van Dyke en 1941 en el que nuestra sueca favorita se casa con un millonario (Robert Montgomery) que no es tan agradable como parece, y oculta una peligrosa paranoia y una obsesión por su mejor amigo (George Sanders) que pueden acabar poniendo en peligro a todos los que le rodean.

En estas dos semanas y media, por supuesto con motivo de la efeméride que motivó la anterior entrada, he aprovechado para homenajear a Mrs. Bergman con un pequeño ciclo personal compuesto principalmente por películas de ella que tenía menos vistas o llevaba más tiempo sin ver. Los títulos han sido, en orden de visionado:
-Recuerda
-Atormentada
-El albergue de la sexta felicidad
-Por quién doblan las campanas
-Alma en la sombra

Son ahora catorce las películas que me quedan por ver para completar la filmografía de Ingrid (aunque podemos obviar la más antigua de ellas por tener la actriz solamente una aparición como extra). Mi gran asignatura pendiente sigue siendo su etapa sueca, de la que sólo he visto dos films. Fuera de esta, me quedan por ver:
1954 Juana de Arco
1961 Auguste
1967 Stimulantia
1973 De los archivos revueltos de la señora Basil E. Frankweiler

¡Seguiremos insistiendo en la búsqueda! Cualquier información sobre cómo encontrarlas es bienvenida, ya que sólo tengo localizada la de Rossellini.

sábado, 29 de agosto de 2015

Ingrid Bergman: Centenario

Hace cien años, tal día como hoy, aparecieron dos soles sobre la capital sueca de Estocolmo. Uno fue ese astro grande y anaranjado que todos conocemos y seguimos viendo en el cielo a diario; el otro fue una pequeña niña de pelo claro y ojos azules que en aquel momento sólo iluminó a sus felices padres, pero que con el tiempo llegaría a emitir un fulgor que alcanzaría a millones de personas. Más allá de toda duda y posible discusión, Ingrid Bergman es a fecha de hoy, en el centenario de su nacimiento, uno de los grandes mitos del séptimo arte y una de las actrices más queridas y recordadas por los aficionados al cine. Buena parte de la comunidad cinéfila internacional está celebrando en este fin de semana tan señalada efeméride en la forma de toda una serie de exposiciones, retrospectivas y proyecciones de sus películas, aunque sin duda entre los más destacables eventos está el estreno del documental Ingrid Bergman, en sus propias palabras de Stig Björkman, del que los asistentes al festival de Cannes ya pudieron disfrutar, pero que llegó ayer a los circuitos comerciales precisamente proyectándose en la ciudad natal de Bergman. Hasta su país de origen y el adoptivo –EE.UU.– le han dedicado sendos sellos de correos.

A un servidor le hubiera encantado, de propiciarse mejores circunstancias, poder permitirse un viajecito a la lejana Suecia para disfrutar, no sólo de la cinta de Björkman, sino de la ciudad y del país en general. Como esa ilusión queda lejos de mis posibilidades, he querido homenajear a esta actriz por la quedé fascinado mucho tiempo atrás de una manera más modesta, pero igualmente sentida y apasionada. Una ha sido adquiriendo el libro Ingrid Bergman: A Life in Pictures, volumen esencialmente pictórico recopilado principalmente por su hija Isabella Rossellini con objeto precisamente de conmemorar los cien años del nacimiento de su madre. El enorme libro (528 págs. y un formato de 24 x 5,5 x 31 cm y 5 kilos de peso, y acompañado de un CD) apareció el pasado año al precio oficial de 98 euros, aunque yo he tenido la suerte de conseguirlo por once menos, pero su coste ya comienza a dispararse (hasta 200 euros piden por él en una librería española) y es obvio que pronto se convertirá en un cotizado objeto de coleccionista, razón por la cual decidí comprarlo antes de que fuera económicamente inalcanzable o prohibitivo. Hace ya unos meses que está en mis estanterías y me siento muy orgulloso y satisfecho del maravilloso volumen. Un verdadero lujazo.

¡Ya está en mi biblioteca!

La segunda forma en que quiero homenajear a Ingrid es, por supuesto, desde mi blog, con este modesto artículo y con una selección de diez de sus películas a modo de recomendación para quien quiera iniciarse en su filmografía. Se trata de una selección basándose en mis gustos y limitada a lo que he podido ver de su trabajo, que es una gran parte de este, pero que tiene alguna importante laguna como es su labor en su país natal antes de dar el salto a Hollywood (doce películas de las que sólo he visto dos).

No tengo un recuerdo claro de cuándo conocí a Ingrid Bergman. Creo que fue algo después de su fallecimiento –contrariamente a otros mitos del cine a los que he seguido desde bien niño–. Por quién doblan las campanas Anastasia fueron algunas de las primeras películas que vi de ella. Después –o por la misma época– llegó Casablanca, en la que todos envidiamos a Humphrey Bogart siquiera por poder pasar un rato con aquella fascinante mujer casada con un líder de la resistencia y con el corazón dividido entre dos hombres que finalmente partía en un avión dejando a su antiguo amor con el entrañable policía Louis. Siguieron muchas más películas, e Ingrid Bergman se convirtió en una de esas presencias que para siempre formarán parte de mi vida; esos seres etéreos, casi irreales que vienen de ese reino maravilloso de los sueños que es el Cine y que te arrancan sonrisas, lágrimas y sentimientos con su variopinto surtido de personajes y películas. Gente que, de alguna manera, acaban convirtiéndose en una especie de amigos o familiares aunque jamás llegues a conocerlos. Así que, para siempre Ingrid…

El extraño caso del doctor Jekyll (Victor Fleming, 1941)
Ingrid Bergman llevaba ya dos años y tres películas en Hollywood, y los estudios parecía que se habían empeñado en presentarla al público como la cándida y adorable muchachita a la que todos querríamos conocer, cuando la sueca realizó un audaz movimiento en su carrera: cedió el papel de novia del doctor Jekyll a Lana Turner para interpretar a la prostituta Ivy en la nueva adaptación a la pantalla del clásico de Robet Louis Stevenson realizada por Victor Fleming. Por supuesto, salió perfectamente airosa del reto. Los años demostrarían que era una actriz absolutamente todoterreno que podía con lo que se le presentara.

Casablanca (Michael Curtiz, 1942)
La gloria eterna llamaba a las puertas de nuestra diva y de sus compañeros de reparto cuando Michael Curtiz les propuso rodar esta película ambientada en la ciudad marroquí que le daba título durante la II Guerra Mundial y que creo que no necesita más presentación. Parece que ninguno de los actores apostaba mucho por ella, y sin embargo, hoy en día es uno de los más grandes clásicos del cine, y sin duda la película por la que la gran mayoría de espectadores recuerdan a Ingrid Bergman.

Por quién doblan las campanas (Sam Wood, 1943)
Parece que el de una sueca alta, rubia y con ojos azules no era el físico más adecuado para interpretar a una joven española durante la Guerra Civil de nuestro país, pero Ingrid estaba empeñada en obtener este papel cuando la novela homónima de Ernest Hemingway se llevó al cine y no dudó siquiera en cortarse el pelo para ello. Consiguió así hacer pareja con Gary Cooper y refugiarse en las montañas con un grupo de guerrilleros republicanos que hostigaba al ejército franquista. Fue la primera de sus siete nominaciones al Óscar, y también una de las primeras películas de la homenajeada que recuerdo haber visto, creo que incluso antes de la anterior.

Luz que agoniza (George Cukor, 1944)
Remake de la película británica de 1940 Luz de gas, basada a su vez en la obra teatral de Patrick Hamilton. Ingrid deslumbró en un papel –el de desvalida dama atormentada– que bordaría en nuevas ocasiones en aquella misma década; tanto que le valió su primer premio Óscar. Pero tampoco hay que olvidar que contó con el magnífico apoyo de Charles Boyer y Joseph Cotten delante de la cámara y del de George Cukor tras ella. Una obra que nunca me canso de ver. Si sólo pudiera quedarme con una película de Ingrid Bergman (y con permiso de Casablanca), sin duda sería esta.

Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946)
Mi director favorito con una de mis grandes actrices favoritas es para mí una mezcla tan explosiva como irresistible, y además se da la afortunada circunstancia de que trabajaron juntos en tres ocasiones, así que me es muy difícil quedarme con uno solo de sus trabajos. Elijo este por parecerme el más redondo, pero considero que simbólicamente engloba también a los otros dos, Recuerda y Atormentada. Ingrid es aquí la hija de un científico nazi al que repudia y que ha de trabajar con el servicio secreto estadounidense para capturar a un antiguo compañero de su progenitor. Grandes secuencias y lecciones visuales del maestro Hitchcock, y el beso más largo de la historia del cine durante mucho tiempo… aunque fuera “a trozos”.

Europa '51 (Roberto Rossellini, 1952)
Durante muchos años me resistí a abordar la filmografía de Roberto Rossellini (lo contaba en esta entrada). Sólo había visto Stromboli, y no fue hasta el pasado 2014 cuando por fin pude ver casi todos los trabajos que hizo con la que entonces era su mujer. Ingrid se había escapado a Italia, escandalizado a medio mundo y enamorado y casado con el director neorrealista. De aquella época saldrían tres de los cuatro hijos de la actriz y seis colaboraciones con su marido. Ninguna funcionó muy bien en taquilla y la pareja tuvo que pasar bastantes penalidades económicas, pero nuestra chica demostró lo que adelantaba antes: que podía con todo, que igual lucía en un lujoso set hollywoodiense en una gran producción, que en una película de bajo presupuesto rodada con grandes dificultades.

De la etapa italiana de Ingrid Bergman, escojo Europa ’51 también de manera representativa, pero con la intención de aglomerar genéricamente todos sus trabajos en la península, pues en casi todos encuentro algún aspecto interesante y también me gusta mucho Ya no creo en el amor.

Anastasia (Anatole Litvak, 1956)
Por la puerta grande. Así volvió Ingrid al país que la había repudiado tan sólo unos años atrás. Aunque raramente volvió a pisar suelo estadounidense, la sueca trabajó de nuevo para EE.UU. tras dejar Italia y divorciarse de Rossellini. Rodaría principalmente en Europa y se afincaría en Londres, donde residiría el resto de su vida.

En su segundo largometraje internacional tras esta reentré, dio vida a Anna Koreff, sosias de Anna Anderson, una de las muchas mujeres que, en el pasado siglo, reclamaron ser la mismísima Gran Duquesa rusa que da nombre a la película. Un grupo de inversores de aquel país buscará hacerla pasar por el desparecido personaje para obtener un gran capital, pero, al final, ¿será o no será la verdadera Anastasia? Da igual, porque Ingrid Bergman vuelve a refulgir con esta interpretación que le reportaría un nuevo premio de la Academia.

Indiscreta (Stanley Donen, 1958)
Más habitual en thrillers y melodramas, nuestra actriz no se prodigó demasiado en la comedia pero, cuando lo hizo, siguió demostrando que ningún género ni historia se le resistía. Con Stanley Donen rodó esta película –adaptación también de una obra teatral de Norman Krasna– en la que interpreta a una actriz que inicia una relación sentimental con un financiero. Admito que la primera vez que la vi se me atragantó un poco. Años después quedé inmediata y contrariamente hechizado por ella. Y es que Ingrid Bergman y Cary Grant juntos son nombres mayores. Imposible resistirse al encanto de la pareja.

Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974)
Resulta curioso que, en sus últimos años de vida, nuestra actriz buscara voluntariamente afearse con muchos de sus personajes, caso de esta película, Nina o Una mujer llamada Golda. Ni siquiera intentándolo y a pesar de estar enferma, Ingrid consiguió perder su encanto y atractivo, porque naturalmente ambos eran innatos y no fruto de artificios ni cirugías. En esta adaptación de la novela de Agatha Christie con un espléndido reparto coral, interpreta a una criada sueca sospechosa del crimen del título. Parece ser que el director, Sidney Lumet, tenía pensado para ella el papel de dama de la aristocracia que finalmente encarnó Wendy Hiller, y que fue Ingrid quien insistió en hacer el otro. Le acabó valiendo su tercer y último Óscar, esta vez como actriz de reparto.

1979 Sonata de otoño (Ingmar Bergman, 1979)
Voy a hacer una excepción y acabar esta selección con una película que admito que no me entusiasma. El estilo de Ingmar Bergman –por muy venerado que este esté– se me hace a veces algo indigesto cinematográficamente. Aún con todo, es tanta la importancia artística y simbólica de este film en la carrera de Ingrid que creo esencial destacarlo en su filmografía básica: fue su último trabajo para la gran pantalla, su última nominación a los Óscar, volvió a rodar en su Suecia natal –cerrando, de alguna manera, el ciclo de su obra– y además lo hizo con el que posiblemente es el director más importante de aquel país. Bergman y Bergman. ¿Puede quedar más redondo?

Después de este largometraje, Ingrid, con un cáncer muy avanzado, aún filmaría para la televisión Una mujer llamada Golda. Nos diría adiós precisamente el mismo día que había nacido, un 29 de agosto de 1982. Hoy hace treinta tres años. Cabe preguntarse inútil pero inevitablemente cuántas más maravillosas interpretaciones nos habría ofrecido de vivir unos años más.

Enlaces de interés:

jueves, 20 de agosto de 2015

Atormentada

Atormentada (Under Capricorn, 1949) supone la tercera y última colaboración de Alfred Hitchcock con una de sus principales actrices-fetiche, Ingrid Bergman, poco antes de que esta dejara las Américas para vivir su escandoloso idilio con Roberto Rossellini. La película se basa en la novela homónima de Helen Simpson y tiene elementos que remiten a otras obras literarias como Cumbres borrascosas o Rebeca e incluso a películas posteriores a la publicación del libro como Luz que agoniza, Encadenados o la propia adaptación a la pantalla de Rebeca, las dos primeras también interpretadas por Ingrid y, las dos últimas, dirigidas además por Don Alfredo.

La actriz sueca vuelve a brillar en uno de esos papeles de dama “atormentada” en los que tan bien se sabía desenvolver: el de una noble irlandesa que huye a Australia junto a su marido (Joseph Cotten), un mozo de cuadras acusado y condenado por haber matado a su cuñado. La historia comienza, años después de que él haya salido de prisión y se haya hecho rico, cuando otro aristócrata irlandés (Michael Wilding) visita a la pareja y descubre que ella se ha convertido en una alcohólica que vive recluida del mundo, distanciada de su marido y dominada por una siniestra ama de llaves (Margaret Leighton). El recién llegado se propone recuperar a la mujer de la que está enamorado, pero para ello tendrá que desmadejar el inquietante secreto que guarda el matrimonio…

El duodécimo largometraje americano de Hitchcock resulta un tanto atípico en su filmografía en tanto que es un melodrama y no uno de sus habituales thrillers –aunque la publicidad del momento intentó venderlo como tal– y, además, es una de las pocas películas “de época” del maestro, pues está ambientada a principios del siglo XIX. Este cambio de registro le supuso al cineasta británico un fracaso en taquilla con Atormentada, aunque la crítica la tuvo y la tiene por uno –otro más– de sus grandes trabajos. No es de extrañar viendo lo estudiados y orquestados que están algunos de esos planos secuencia heredados de La soga, como el del largo monólogo en el que cautiva la actuación de Ingrid Bergman, tan fascinante como siempre, y eso sin menospreciar el trabajo de sus principales compañeros de reparto, principalmente Cotten…

martes, 18 de agosto de 2015

E.T. El extraterrestre

Después de muchos, muchos, muchísimos años vuelvo a ver esta película que tanto significó para mí cuando se estrenó siendo niño. Recuerdo el enorme éxito que Steven Spielberg tuvo con ella en aquel lejano 1982, las tremendas colas en los cines, la expectación por verla, el merchandising del film, la encantadora criatura del gran Carlo Rambaldi… ¿Qué muchacho de la época no envidiaba a Elliott, el protagonista, por tener un amigo tan especial?

Y casi me la pierdo. Os explicaré por qué: los veranos de mi infancia y juventud los pasaba en un pueblecito de Castellón. No estaba muy lejos de mi ciudad natal, sólo a 35 km, pero aquel traslado significaba prácticamente dos meses sin volver a ella. Y, aunque disfrutaba mucho en aquel lugar, tenía que hacer un enorme sacrificio: quedarme sin cine durante ese lapso. Esto significaba que a menudo me perdía estrenos esperadísimos durante el estío, como fue el caso de En busca del Arca Perdida, que sólo pude ver ya repescada algún tiempo después. Pero para E.T. tomé medidas para que esto no volviera a ocurrir, y pedí a un amigo que me avisara en cuanto supiera que se iba a proyectar en nuestra localidad. Esto ocurrió, haciendo cálculos, en el verano del 83, bastantes meses después del estreno nacional el anterior diciembre (recordemos que en los pueblos pequeños o medianos funcionábamos a base de cines “de segunda”). El local que tuvo el lujo de ofrecer la película en Puerto de Sagunto fue la terraza –por supuesto, ya desaparecida– Parque Victoria, y creo recordar que, de manera extraordinaria, lo hizo durante al menos una semana ininterrumpida (cuando normalmente las películas se pasaban sólo durante dos o tres días). También, de manera excepcional, mi hermana y yo conseguimos un “permiso paterno” para coger el autobús y desplazarnos a nuestra ciudad a ver la película –junto con el amigo que me avisó–, pasar la noche en la casa de mis abuelos y volver al pueblecito de veraneo.

Me ha gustado, y hasta emocionado en algún momento, volver a ver E.T. El extraterrestre, aunque supongo que es imposible que la disfrute ya como lo hice hace treinta años. Tan sólo lamento haber tenido que hacerlo con la versión censurada por el director y retocada por la Lucasfilm con innecesarios efectos especiales y escenas añadidas. Esa era una de las razones por las que durante muchos años he pospuesto el reencuentro con este film, porque no me gusta que se hagan estas estupideces con películas que son patrimonio de la Humanidad y considero que no deben tocarse, menos aún por trivialidades o por afán meramente recaudatorio y comercial. Me quedo con la tristeza de no haber podido revisitar la versión original, aquella que me entusiasmó en los cines. Creo que hay una nueva versión en blu-ray que la recupera, pero esto es algo que acabo de descubrir poco antes de escribir esta reseña.

Steven Spielberg fue un director al que admiré muchísimo durante aquellos años. Por desgracia, con el tiempo y su obsesión por inculcarnos los grandes ideales de su patria película sí, película no, acabó resultándome detestable. Aún le considero un gran artista y veo muchos de sus trabajos (¡sigo siendo fan de la saga de Indiana Jones!) pero creo que, en su madurez como persona, se ha vuelto cerrado, retrógrado y se ha perdido mirando su propio ombligo y el de su país. Ya basta de panfletitos patrióticos y de banderitas, que esos conceptos creo que se quedaron atrás y muy desfasados con el cambio de siglo…