A pesar de que veo muchas más películas
de producción estadounidense que española, hay que reconocerle al cine de nuestro
país que, incluso cuando trata con propuestas argumentales manidas y con
guiones-cliché, logra casi siempre hacerlo con muchísima más solvencia y distinción
de lo que suele conseguir Hollywood. El ejemplo perfecto es esta recién
estrenada ópera prima de Dani de la Torre, El desconocido, en la que se repite la frecuente
situación de un hombre llevado al límite por una amenaza mortal –en este caso,
una bomba en el coche que conduce y en el que lleva a sus hijos– que prefiero
no imaginar cómo saldría resuelta de haberse rodado al otro lado del charco –quién
sabe si no nos ofrecerán pronto un “remake inmediato” de esos que tanto les
gusta hacer allí–. Una buena puesta en escena con momentos emocionantes y de gran tensión y un
estupendo reparto en el que no sólo destaca para mí el protagonista Luis Tosar,
sino también las actrices Elvira Mínguez y Goya Toledo, hacen de este un largometraje más que
entretenido que mantiene al espectador en vilo y sin quitar ojo de la pantalla
durante sus 100 minutos de duración. Y, para los que quieran ver denuncias en la
cinta, esta la tiene más que clara: la de la infinita avaricia y la total falta
de escrúpulos de esos delincuentes legales que tenemos hoy en día, los bancos y
los banqueros, que da lugar a la angustiosa vivencia de la película y a todo el
plan orquestado por el supuesto “malo” de la función, interpretado por el actor
Javier Gutiérrez. ¿Es, al final, realmente el villano? Me parece claro que no, o que, al menos, comparte esa dudosa
distinción con otro personaje importante de la historia –que no desvelaré para
quien quiera verla– y con las entidades financieras que manipulan y destrozan
las vidas de sus clientes-víctimas y que, masoquistamente, la sociedad ha aceptado en su día a día.
"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
lunes, 28 de septiembre de 2015
jueves, 10 de septiembre de 2015
God Help the Girl
Una de estas películas que uno
descubre de casualidad –no es de extrañar, ya que sólo tuvo un estreno limitado
en nuestro país– y que, ya desde sus primeras escenas, te hacen aflorar una
sonrisa –aunque sólo sea interior– por su simpatía y encanto. Se trata un
musical ligero, primer largometraje dirigido por el cantante escocés Stuart Murdoch,
centrado en una chica con trastornos alimenticios (Emily Browning) que quiere
componer y grabar música, y su relación con otros dos jóvenes (Olly Alexander y
Hannah Murray) con los que comparte pasión y con los que se
propone montar un grupo.
Me resultaba inevitable comparar God Help the Girl con algunas películas
del género que me gustan mucho como Los
Commitments –a la que hay varios guiños claros– o Across the Universe, pero también me parece encontrar en la cinta
referencias a clásicos como Banda aparte
de Goddard –esa escena en la que los tres protagonistas se marcan un bailecito
y Emily Browning, tocada con sombrero, parece la mismísima Anna Karina– o las películas
de los Beatles.
En fin, pues eso: canciones en su
mayoría bonitas –aunque inocuas–, preciosas y soleadas localizaciones en
Glasgow, un cierto aire irreal y, por qué no, también la belleza de su
protagonista, que además se descubre aquí como una competente cantante, hacen
para un servidor sobradamente entretenida esta película.
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God Help the Girl
domingo, 6 de septiembre de 2015
Llegan sin avisar: tiempos de VHS
La razón de que vuelva a ver esta
película del director Greydon Clark tras muchos años –décadas, realmente– de
hacerlo por primera vez es similar a la que expuse el mes pasado cuando
reseñaba Holocausto radiactivo: motivos
sentimentales antes que un gran interés cultural por esta cinta que es menos
que anodina; claramente muy inferior al largometraje inglés al que acabo de
referirme. Y es que resulta que Llegan sin avisar (Without Warning) fue uno de los primeros títulos que vi en formato de
vídeo casero, y el vínculo de ese recuerdo con el film es lo que me ha llevado
a revisionarlo tras más de tres décadas, quizá en un fútil y emotivo intento de
recuperar parte de aquella época juvenil.
El VHS tardó mucho en llegar a mi
hogar. No lo hizo hasta diciembre de 1989. Mis padres nunca se sintieron muy
interesados por estos y otros “aparatos electrónicos” que a ellos sin duda les
parecían un capricho exótico, lujoso y caro. Por ello, hasta que en mi casa
tuvimos magnetoscopio, fue a través de familiares y amigos como tuve que
disfrutar de las entonces novedosas cintas magnéticas que nos permitían ver
películas directamente en el televisor, si bien de una forma más modesta y con
menos calidad que en el cine.
Ya a mediados de los ochenta
comencé tener contacto con aquellos video-cassettes de plástico que poco antes
habían irrumpido en el panorama comercial y social español. Llegaron en tres
formatos: Beta, 2000 y VHS, y cada uno se reproducía en el artefacto
correspondiente, voluminosas y caras máquinas que en un principio sólo los más
afortunados se podían permitir. Después, precio y tamaño de estos
electrodomésticos fueron bajando y se hicieron más asequibles para el ciudadano
medio o más humilde. Curiosamente, sólo el último formato se abrió paso en el
mercado, pese a ser el de menor calidad, y los compradores que apostaron por
los otros dos pronto hubieron de aparcar sus magnetoscopios en algún estante de
trastos inútiles.
Pase aquella década, como ya he
dicho, alquilando ocasionalmente películas y “gorreando” a algún familiar o
amigo su aparato –y su casa, donde a veces quedábamos varias personas para
compartir la sesión– para poder disfrutar del visionado de algún film de
moda o, por el contrario, difícil de ver en los cines. Durante algún tiempo de
mi época de instituto acudía muchos viernes tarde a casa de mi tía-abuela con
alguna cinta VHS bajo el brazo y veía con ella la película.
Precisamente su hijo fue durante algún tiempo socio propietario de un videoclub
local, así que hasta el alquiler de las películas me salía gratis.
![]() |
| El boom del vídeo doméstico: en aquellos tiempos eras el dueño de la TV, hoy el de un mamotreto del pasado |
Pero no fue allí donde vería la
película que ha ocasionado este artículo, sino cierto tiempo antes en casa de
otro primo. Me debía valer del carnet de su madre para poder acceder al
alquiler de películas en uno de los primeros videoclubes que abrieron en mi
pueblo, este dentro de una tienda de electrodomésticos –algo muy habitual en la
época–. Si no recuerdo mal, en aquellos tiempos, para ser socio de uno de estos
locales debías comprarles una película nueva, que creo que valía unas 10.000
pesetas. Después, ponías esa cinta a disposición de los demás socios en el comercio
y, a la vez, tú tenías acceso a las todos los demás. Es decir, que básicamente
las películas que la gente alquilaba las había comprado ella misma. Esta
costumbre desapareció, por suerte, con el tiempo, y para cuando yo me hice
socio de un videoclub, ya era algo totalmente gratuito. Pagabas 100 o 200
pesetas por la cinta que te llevabas durante 24 horas, y ya estaba.
Por supuesto, con los años el VHS
fue devorado por un pez más grande: aparecieron los discos láser –que no
cuajaron demasiado– y, ya más tarde, el DVD y el Blu-Ray. Mi primer
magnetoscopio, un Hitachi, nos sirvió bien durante una década y, finalmente,
hubo de ser jubilado tras varias reparaciones. Después llegaron dos sustitutos-un
Sony y un JVC– que recibieron poco uso, pues no muchos años después me compré
un reproductor de DVD y las viejas cintas magnéticas y sus aparatos lectores
fueron quedando relegados al olvido, estos últimos prácticamente sin usar.
Por lo demás, decir sobre Llegan sin avisar que, visto hoy en día,
me parece un producto de bajo presupuesto muy mediocre que no salva ni la
nostalgia, con una historia y una dirección pobre y un reparto malo –caso de la
mayoría de actores jóvenes que intervienen en la cinta– o desaprovechado –caso
del largo elenco de veteranos que lideran unos Jack Palance y Martin Landau
claramente en horas bajas–.
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Llegan sin avisar
jueves, 3 de septiembre de 2015
Alma en la sombra
No llegó a
tiempo para conmemorar el centenario de Ingrid Bergman el pasado sábado, pero por fin consigo ver Alma en la sombra (Rage in Heaven), el único de los catorce largometrajes de
la etapa hollywoodiense de la actriz que no había visto. Se trata de un
thriller con cierto aire hitchcockiano que dirigió W.S. Van Dyke en
1941 en el que nuestra sueca favorita se casa con un millonario (Robert Montgomery)
que no es tan agradable como parece, y oculta una peligrosa paranoia y una
obsesión por su mejor amigo (George Sanders) que pueden acabar poniendo en peligro a
todos los que le rodean.
En estas dos
semanas y media, por supuesto con motivo de la efeméride que motivó la anterior
entrada, he aprovechado para homenajear a Mrs. Bergman con un pequeño ciclo personal compuesto principalmente por películas de ella que tenía menos vistas o llevaba
más tiempo sin ver. Los títulos han sido, en orden de visionado:
-Recuerda
-Atormentada
-El albergue
de la sexta felicidad
-Por quién
doblan las campanas
-Alma en la
sombra
Son ahora
catorce las películas que me quedan por ver para completar la filmografía de
Ingrid (aunque podemos obviar la más antigua de ellas por tener la actriz
solamente una aparición como extra). Mi gran asignatura pendiente sigue siendo
su etapa sueca, de la que sólo he visto dos films. Fuera de esta, me quedan por
ver:
1954 Juana
de Arco
1961 Auguste
1967
Stimulantia
1973 De los
archivos revueltos de la señora Basil E. Frankweiler
¡Seguiremos
insistiendo en la búsqueda! Cualquier información sobre cómo encontrarlas es
bienvenida, ya que sólo tengo localizada la de Rossellini.
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sábado, 29 de agosto de 2015
Ingrid Bergman: Centenario
Hace cien años, tal día como hoy, aparecieron dos soles sobre la
capital sueca de Estocolmo. Uno fue ese astro grande y anaranjado que todos
conocemos y seguimos viendo en el cielo a diario; el otro fue una pequeña niña
de pelo claro y ojos azules que en aquel momento sólo iluminó a sus felices
padres, pero que con el tiempo llegaría a emitir un fulgor que alcanzaría a
millones de personas. Más allá de toda duda y posible discusión, Ingrid Bergman es a fecha de hoy, en el centenario de su nacimiento, uno
de los grandes mitos del séptimo arte y una de las actrices más queridas y
recordadas por los aficionados al cine. Buena parte de la comunidad cinéfila
internacional está celebrando en este fin de semana tan señalada efeméride en
la forma de toda una serie de exposiciones, retrospectivas y proyecciones de
sus películas, aunque sin duda entre los más destacables eventos está el
estreno del documental Ingrid Bergman, en
sus propias palabras de Stig Björkman, del que los asistentes al festival de
Cannes ya pudieron disfrutar, pero que llegó ayer a los circuitos comerciales
precisamente proyectándose en la ciudad natal de Bergman. Hasta su país de
origen y el adoptivo –EE.UU.– le han dedicado sendos sellos de correos.
A un servidor le hubiera encantado, de propiciarse mejores
circunstancias, poder permitirse un viajecito a la lejana Suecia para
disfrutar, no sólo de la cinta de Björkman, sino de la ciudad y del país en
general. Como esa ilusión queda lejos de mis posibilidades, he querido
homenajear a esta actriz por la quedé fascinado mucho tiempo atrás de una
manera más modesta, pero igualmente sentida y apasionada. Una ha sido
adquiriendo el libro Ingrid Bergman: A Life in Pictures, volumen esencialmente
pictórico recopilado principalmente por su hija Isabella Rossellini con objeto
precisamente de conmemorar los cien años del nacimiento de su madre. El enorme
libro (528 págs. y un formato de 24 x 5,5 x 31 cm y 5 kilos de peso, y acompañado
de un CD) apareció el pasado año al precio oficial de 98 euros, aunque yo he
tenido la suerte de conseguirlo por once menos, pero su coste ya comienza a
dispararse (hasta 200 euros piden por él en una librería española) y es obvio
que pronto se convertirá en un cotizado objeto de coleccionista, razón por la
cual decidí comprarlo antes de que fuera económicamente inalcanzable o prohibitivo.
Hace ya unos meses que está en mis estanterías y me siento muy orgulloso y
satisfecho del maravilloso volumen. Un verdadero lujazo.
| ¡Ya está en mi biblioteca! |
La segunda forma en que quiero homenajear a Ingrid es, por supuesto,
desde mi blog, con este modesto artículo y con una selección de diez de sus
películas a modo de recomendación para quien quiera iniciarse en su
filmografía. Se trata de una selección basándose en mis gustos y limitada a lo
que he podido ver de su trabajo, que es una gran parte de este, pero que tiene
alguna importante laguna como es su labor en su país natal antes de dar el
salto a Hollywood (doce películas de las que sólo he visto dos).
No tengo un recuerdo claro de cuándo conocí a Ingrid Bergman. Creo que
fue algo después de su fallecimiento –contrariamente a otros mitos del cine a
los que he seguido desde bien niño–. Por
quién doblan las campanas y Anastasia
fueron algunas de las primeras películas que vi de ella. Después –o por la
misma época– llegó Casablanca, en la
que todos envidiamos a Humphrey Bogart siquiera por poder pasar un rato con
aquella fascinante mujer casada con un líder de la resistencia y con el corazón
dividido entre dos hombres que finalmente partía en un avión dejando a su
antiguo amor con el entrañable policía Louis. Siguieron muchas más películas, e
Ingrid Bergman se convirtió en una de esas presencias que para siempre formarán
parte de mi vida; esos seres etéreos, casi irreales que vienen de ese reino
maravilloso de los sueños que es el Cine y que te arrancan sonrisas, lágrimas y
sentimientos con su variopinto surtido de personajes y películas. Gente que, de
alguna manera, acaban convirtiéndose en una especie de amigos o familiares
aunque jamás llegues a conocerlos. Así que, para siempre Ingrid…
El extraño caso del doctor
Jekyll (Victor Fleming, 1941)
Ingrid Bergman llevaba ya dos años y tres películas en Hollywood, y
los estudios parecía que se habían empeñado en presentarla al público como la
cándida y adorable muchachita a la que todos querríamos conocer, cuando la
sueca realizó un audaz movimiento en su carrera: cedió el papel de novia del
doctor Jekyll a Lana Turner para interpretar a la prostituta Ivy en la nueva
adaptación a la pantalla del clásico de Robet Louis Stevenson realizada por
Victor Fleming. Por supuesto, salió perfectamente airosa del reto. Los años
demostrarían que era una actriz absolutamente todoterreno que podía con lo que se le presentara.
Casablanca (Michael Curtiz,
1942)
La gloria eterna llamaba a las puertas de nuestra diva y de sus
compañeros de reparto cuando Michael Curtiz les propuso rodar esta película
ambientada en la ciudad marroquí que le daba título durante la II Guerra
Mundial y que creo que no necesita más presentación. Parece que ninguno de los
actores apostaba mucho por ella, y sin embargo, hoy en día es uno de los más
grandes clásicos del cine, y sin duda la película por la que la gran mayoría de
espectadores recuerdan a Ingrid Bergman.
Por quién doblan las
campanas (Sam Wood, 1943)
Parece que el de una sueca alta, rubia y con ojos azules no era el
físico más adecuado para interpretar a una joven española durante la Guerra
Civil de nuestro país, pero Ingrid estaba empeñada en obtener este papel cuando
la novela homónima de Ernest Hemingway se llevó al cine y no dudó siquiera en
cortarse el pelo para ello. Consiguió así hacer pareja con Gary Cooper y
refugiarse en las montañas con un grupo de guerrilleros republicanos que
hostigaba al ejército franquista. Fue la primera de sus siete nominaciones al
Óscar, y también una de las primeras películas de la homenajeada que recuerdo
haber visto, creo que incluso antes de la anterior.
Luz que agoniza (George
Cukor, 1944)
Remake de la película británica de 1940 Luz de gas, basada a su vez en la obra teatral de Patrick Hamilton.
Ingrid deslumbró en un papel –el de desvalida dama atormentada– que bordaría en
nuevas ocasiones en aquella misma década; tanto que le valió su primer premio
Óscar. Pero tampoco hay que olvidar que contó con el magnífico apoyo de Charles
Boyer y Joseph Cotten delante de la cámara y del de George Cukor tras ella. Una
obra que nunca me canso de ver. Si sólo pudiera quedarme con una película de
Ingrid Bergman (y con permiso de Casablanca), sin duda sería esta.
Encadenados (Alfred
Hitchcock, 1946)
Mi director favorito con una de mis grandes actrices favoritas es para
mí una mezcla tan explosiva como irresistible, y además se da la afortunada
circunstancia de que trabajaron juntos en tres ocasiones, así que me es muy
difícil quedarme con uno solo de sus trabajos. Elijo este por parecerme el más
redondo, pero considero que simbólicamente engloba también a los otros dos, Recuerda y Atormentada. Ingrid es aquí la hija de un científico nazi al que
repudia y que ha de trabajar con el servicio secreto estadounidense para
capturar a un antiguo compañero de su progenitor. Grandes secuencias y
lecciones visuales del maestro Hitchcock, y el beso más largo de la historia
del cine durante mucho tiempo… aunque fuera “a trozos”.
Europa '51 (Roberto
Rossellini, 1952)
Durante muchos años me resistí a abordar la filmografía de Roberto
Rossellini (lo contaba en esta
entrada). Sólo había visto Stromboli,
y no fue hasta el pasado 2014 cuando por fin pude ver casi todos los trabajos
que hizo con la que entonces era su mujer. Ingrid se había escapado a Italia,
escandalizado a medio mundo y enamorado y casado con el director neorrealista.
De aquella época saldrían tres de los cuatro hijos de la actriz y seis
colaboraciones con su marido. Ninguna funcionó muy bien en taquilla y la pareja
tuvo que pasar bastantes penalidades económicas, pero nuestra chica demostró lo
que adelantaba antes: que podía con todo, que igual lucía en un lujoso set hollywoodiense en una gran
producción, que en una película de bajo presupuesto rodada con grandes
dificultades.
De la etapa italiana de Ingrid Bergman, escojo Europa ’51 también de manera representativa, pero con la intención
de aglomerar genéricamente todos sus trabajos en la península, pues en casi
todos encuentro algún aspecto interesante y también me gusta mucho Ya no creo en el amor.
Anastasia (Anatole Litvak,
1956)
Por la puerta grande. Así volvió Ingrid al país que la había repudiado
tan sólo unos años atrás. Aunque raramente volvió a pisar suelo estadounidense, la sueca trabajó de nuevo para EE.UU. tras dejar Italia y
divorciarse de Rossellini. Rodaría principalmente en Europa y se afincaría en
Londres, donde residiría el resto de su vida.
En su segundo largometraje internacional tras esta reentré, dio vida a Anna Koreff, sosias
de Anna Anderson, una de las muchas mujeres que, en el pasado siglo, reclamaron
ser la mismísima Gran Duquesa rusa que da nombre a la película. Un grupo de inversores
de aquel país buscará hacerla pasar por el desparecido personaje para obtener un gran
capital, pero, al final, ¿será o no será la verdadera Anastasia? Da igual,
porque Ingrid Bergman vuelve a refulgir con esta interpretación que le
reportaría un nuevo premio de la Academia.
Indiscreta (Stanley Donen, 1958)
Más habitual en thrillers y melodramas, nuestra actriz no se prodigó demasiado
en la comedia pero, cuando lo hizo, siguió demostrando que ningún género ni
historia se le resistía. Con Stanley Donen rodó esta película –adaptación también
de una obra teatral de Norman Krasna– en la que interpreta a una actriz que inicia una relación sentimental con un financiero. Admito que la
primera vez que la vi se me atragantó un poco. Años después quedé
inmediata y contrariamente hechizado por ella. Y es que Ingrid Bergman y
Cary Grant juntos son nombres mayores. Imposible resistirse al encanto de la
pareja.
Asesinato en el Orient
Express (Sidney Lumet, 1974)
Resulta curioso que, en sus últimos años de vida, nuestra actriz
buscara voluntariamente afearse con muchos de sus personajes, caso de esta
película, Nina o Una mujer llamada Golda. Ni siquiera intentándolo y a pesar de
estar enferma, Ingrid consiguió perder su encanto y atractivo, porque
naturalmente ambos eran innatos y no fruto de artificios ni cirugías. En esta
adaptación de la novela de Agatha Christie con un espléndido reparto coral,
interpreta a una criada sueca sospechosa del crimen del título. Parece ser que
el director, Sidney Lumet, tenía pensado para ella el papel de dama de la
aristocracia que finalmente encarnó Wendy Hiller, y que fue Ingrid quien
insistió en hacer el otro. Le acabó valiendo su tercer y último Óscar, esta vez
como actriz de reparto.
1979 Sonata de otoño
(Ingmar Bergman, 1979)
Voy a hacer una excepción y acabar esta selección con una película que
admito que no me entusiasma. El estilo de Ingmar Bergman –por muy venerado que
este esté– se me hace a veces algo indigesto cinematográficamente. Aún con
todo, es tanta la importancia artística y simbólica de este film en la carrera
de Ingrid que creo esencial destacarlo en su filmografía básica: fue su último
trabajo para la gran pantalla, su última nominación a los Óscar, volvió a rodar
en su Suecia natal –cerrando, de alguna manera, el ciclo de su obra– y además
lo hizo con el que posiblemente es el director más importante de aquel país.
Bergman y Bergman. ¿Puede quedar más redondo?
Después de este largometraje, Ingrid, con un cáncer muy avanzado, aún
filmaría para la televisión Una mujer
llamada Golda. Nos diría adiós precisamente el mismo día que había nacido,
un 29 de agosto de 1982. Hoy hace treinta tres años. Cabe preguntarse inútil
pero inevitablemente cuántas más maravillosas interpretaciones nos habría
ofrecido de vivir unos años más.
Enlaces de interés:
http://www.ingridbergman-thebook.com/en/the-book.html
http://www.biography.com/news/ingrid-bergman-100th-anniversary-biography-facts
http://www.biography.com/news/ingrid-bergman-100th-anniversary-biography-facts
jueves, 20 de agosto de 2015
Atormentada
Atormentada (Under Capricorn, 1949) supone la tercera y
última colaboración de Alfred Hitchcock con una de sus principales
actrices-fetiche, Ingrid Bergman, poco antes de que esta dejara las Américas
para vivir su escandoloso idilio con Roberto Rossellini. La película se basa en
la novela homónima de Helen Simpson y tiene elementos que remiten a otras obras
literarias como Cumbres borrascosas o
Rebeca e incluso a películas
posteriores a la publicación del libro como Luz
que agoniza, Encadenados o la
propia adaptación a la pantalla de Rebeca, las dos primeras también
interpretadas por Ingrid y, las dos últimas, dirigidas además por Don Alfredo.
La actriz sueca vuelve a brillar
en uno de esos papeles de dama “atormentada” en los que tan bien se sabía
desenvolver: el de una noble irlandesa que huye a Australia junto a su marido (Joseph Cotten),
un mozo de cuadras acusado y condenado por haber matado a su cuñado. La
historia comienza, años después de que él haya salido de prisión y se haya
hecho rico, cuando otro aristócrata irlandés (Michael Wilding)
visita a la pareja y descubre que ella se ha convertido en una alcohólica que
vive recluida del mundo, distanciada de su marido y dominada por una siniestra
ama de llaves (Margaret Leighton). El recién llegado se propone recuperar a
la mujer de la que está enamorado, pero para ello tendrá que
desmadejar el inquietante secreto que guarda el matrimonio…
El duodécimo largometraje
americano de Hitchcock resulta un tanto atípico en su filmografía en tanto que
es un melodrama y no uno de sus habituales thrillers –aunque la publicidad del
momento intentó venderlo como tal– y, además, es una de las pocas películas “de
época” del maestro, pues está ambientada a principios del siglo XIX. Este
cambio de registro le supuso al cineasta británico un fracaso en taquilla con Atormentada, aunque la crítica la tuvo y
la tiene por uno –otro más– de sus grandes trabajos. No es de extrañar viendo
lo estudiados y orquestados que están algunos de esos planos secuencia
heredados de La soga, como el del
largo monólogo en el que cautiva la actuación de Ingrid Bergman, tan fascinante
como siempre, y eso sin menospreciar el trabajo de sus principales compañeros
de reparto, principalmente Cotten…
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martes, 18 de agosto de 2015
E.T. El extraterrestre
Después de muchos, muchos, muchísimos años vuelvo a ver esta
película que tanto significó para mí cuando se estrenó siendo niño. Recuerdo el
enorme éxito que Steven Spielberg tuvo con ella en aquel lejano
1982, las tremendas colas en los cines, la expectación por verla, el
merchandising del film, la encantadora criatura del gran Carlo Rambaldi… ¿Qué
muchacho de la época no envidiaba a Elliott, el protagonista, por tener un
amigo tan especial?
Y casi me la pierdo. Os explicaré por qué: los veranos de mi
infancia y juventud los pasaba en un pueblecito de Castellón. No estaba muy lejos
de mi ciudad natal, sólo a 35 km, pero aquel traslado significaba prácticamente
dos meses sin volver a ella. Y, aunque disfrutaba mucho en aquel lugar,
tenía que hacer un enorme sacrificio: quedarme sin cine durante ese lapso. Esto
significaba que a menudo me perdía estrenos esperadísimos durante el estío,
como fue el caso de En busca del Arca
Perdida, que sólo pude ver ya repescada algún tiempo después. Pero para E.T. tomé medidas para que esto no
volviera a ocurrir, y pedí a un amigo que me avisara en cuanto supiera que se
iba a proyectar en nuestra localidad. Esto ocurrió, haciendo cálculos, en el
verano del 83, bastantes meses después del estreno nacional el anterior
diciembre (recordemos que en los pueblos pequeños o medianos funcionábamos a
base de cines “de segunda”). El local que tuvo el lujo de ofrecer la película
en Puerto de Sagunto fue la terraza –por supuesto, ya desaparecida– Parque
Victoria, y creo recordar que, de manera extraordinaria, lo hizo durante al
menos una semana ininterrumpida (cuando normalmente las películas se pasaban
sólo durante dos o tres días). También, de manera excepcional, mi hermana y yo
conseguimos un “permiso paterno” para coger el autobús y desplazarnos a nuestra
ciudad a ver la película –junto con el amigo que me avisó–, pasar la noche en
la casa de mis abuelos y volver al pueblecito de veraneo.
Me ha gustado, y hasta emocionado en algún momento, volver a ver E.T. El extraterrestre,
aunque supongo que es imposible que la disfrute ya como lo hice hace treinta
años. Tan sólo lamento haber tenido que hacerlo con la versión censurada por el
director y retocada por la Lucasfilm con innecesarios efectos especiales y
escenas añadidas. Esa era una de las razones por las que durante muchos años he
pospuesto el reencuentro con este film, porque no me gusta que se hagan estas
estupideces con películas que son patrimonio de la Humanidad y considero que no
deben tocarse, menos aún por trivialidades o por afán meramente recaudatorio y
comercial. Me quedo con la tristeza de no haber podido revisitar la versión
original, aquella que me entusiasmó en los cines. Creo que hay una nueva
versión en blu-ray que la recupera, pero esto es algo que acabo de descubrir
poco antes de escribir esta reseña.
Steven Spielberg fue un director al que admiré muchísimo durante
aquellos años. Por desgracia, con el tiempo y su obsesión por inculcarnos los
grandes ideales de su patria película sí, película no, acabó resultándome
detestable. Aún le considero un gran artista y veo muchos de sus trabajos (¡sigo
siendo fan de la saga de Indiana Jones!) pero creo que, en su madurez como
persona, se ha vuelto cerrado, retrógrado y se ha perdido mirando su propio
ombligo y el de su país. Ya basta de panfletitos patrióticos y de banderitas,
que esos conceptos creo que se quedaron atrás y muy desfasados con el cambio de
siglo…
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