"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

miércoles, 29 de junio de 2011

Ray Harryhausen: Bibliografía en castellano

Hacía algún tiempo que tenía esta entrada por acabar y, aprovechando que hoy mi admiradísimo Ray Harryhausen cumple 91 años,  tengo el perfecto pretexto para terminarla por fin y publicarla. Aprovecho para informaros de que el pasado sábado por fin completé la traducción de la versión en castellano de su web, tarea para la que fui autorizado hace nueve meses y que me ha llevado algo más de tiempo del que esperaba: mil perdones y gracias por vuestra paciencia–. La tenéis en: http://rayharryhausenblog.blogspot.com/

Hasta hace apenas un año hubiera sido imposible escribir una entrada con este título: es bien cierto que han aparecido infinidad de artículos sobre Ray Harryhausen en revistas nacionales durante las últimas décadas, pero no ha sido hasta 2009 cuando se ha comercializado el primer libro español dedicado a nuestro genio de los efectos especiales. Y hace tan sólo unos meses acaba de aparecer el segundo. Ya iba siendo hora de que se reivindicara la carrera y obra de este artista sin par en nuestro país de una forma más duradera y elegante que con el efímero formato de las revistas y los fanzines.

Con todo, he de admitir que, aún teniendo conocimiento oportuno de la edición de ambos volúmenes, no tenía un marcado interés inicial en ellos porque preveía que no iban a tener una gran cantidad de material que me resultara novedoso (y así ha sido). La verdad es que, sin querer parecer presuntuoso, mis conocimientos del idioma inglés, aunque moderados, me han permitido acceder a bastantes publicaciones sobre Harryhausen –entre ellas las que él mismo y su colaborador Tony Dalton han firmado–, y uno tiene la impresión de que después de eso poco nuevo puede aprender de otros libros que difícilmente pueden ser más completos y ambiciosos. (Y, además, también por motivos económicos, debí priorizar otras obras antes que estas). Sin embargo, ambos libros han acabado en mis manos como sendos regalos y, tras su oportuna lectura, paso a reseñarlos brevemente, esperando como siempre despertar vuestro interés por ellos…

Ray Harryhausen: Creador de monstruos  (VV. AA. Maia Ediciones, 2009)
Me regaló este libro un amigo conocedor de mi devoción por el mago del stop-motion, y  lo léi el pasado otoño. Para aquellos que desconozcan el dato, entre el 27 de octubre de 2009 y el 12 de enero de 2010 tuvo lugar en la Fundación Luis Seoane de La Coruña, una exposición sobre Ray Harryhausen que bien podría ser la más importante acaecida en nuestras tierras. Contó con la colaboración y aprobación de la fundación del maestro de la animación, The Ray & Diana Harryhausen Foundation, y tuvo por ello acceso a material de primera mano como son miniaturas, bocetos e ilustraciones de la vastísima colección de Ray. El libro reseñado, que podemos entender como un complemento escrito del evento, fue publicado también por la fundación coruñense, y consiste básicamente en un compendio de artículos de varios autores cubriendo diferentes aspectos y perspectivas de la obra de nuestro animador preferido.

Dichos artículos, junto con un prólogo, cubren 95 de las 292 páginas de la publicación, estructurada claramente en tres partes. La segunda de esta es una reproducción del material que supongo formó parte de la exhibición, tanto el pictórico (fotogramas, pósters, story-boards, dibujos…) como el relativo a miniaturas, que en el libro vemos fotografiadas. La última parte consiste de nuevo en los mismos cuatro textos con que se iniciaba la obra, sólo que esta vez en gallego.

El libro comienza para mi gusto con mal pie, con el artículo “Monstruos: Informes de fatalidad” de A. Ruiz Samaniego, que considero demasiado académico, bastante forzado y fuera de lugar y que no tiene sino una relación muy indirecta con el homenajeado de la obra, el maestro Harryhausen. Más acertado resulta “El monstruo como star cinematográfica”, de Asier Mensuro, en la que se revisitan brevemente la biografía y los trabajos de Ray. Le sigue “La invención de un paisaje mítico. Ray Harryhausen y España”, de Jorge Gorostiza, para mí el más interesante y original de los textos incluidos en el volumen, que repasa las muchas visitas profesionales de Ray a nuestro país, con valiosísimas anécdotas de primera mano por parte de algunos de sus colaboradores españoles –como el habitual Gil Parrondo– y citas de periódicos nacionales refiriéndose a los rodajes de Harryhaysen y su amigo y productor Charles Schneer. El artículo “Los efectos especiales en el cine de Ray Harryhausen”, de D. Lizcano y A. Garcinuño, pone fin a la selección y, desde un punto de vista más técnico, vuelve a repasar la vida y andanzas de Ray Harryhausen, haciendo especial hincapié en sus recursos y trucos más habituales: mates, dynamation, armazones y miniaturas, etc.

Ray Harryhausen: El mago del stop-motion (Carlos Díaz Maroto, Calamar Ediciones, 2010)
El segundo y último libro que compone, de momento, la breve bibliografía harryhauseniana en castellano resulta mucho más fácil de resumir, pese a que es más largo e interesante: se trata de un bien documentado estudio de su carrera y de sus filmes, tan detallado como ameno, que se detiene a analizar a los pioneros antecesores de Ray en el arte de la animación tridimensional, sus primeros pasos como cineasta amateur, sus cortometrajes y, por fin, sus dieciséis películas profesionales, cada una con un capítulo entero para ella en el que se detallan anécdotas, se proporcionan datos y hasta, cuando es pertinente, se listan y comparan remakes, todo ello adornado con fabulosos fotogramas, pósters, croquis e imágenes de las películas y de sus protagonistas.

El libro de Carlos Díaz se cierra con sendos capítulos dedicados a la carrera post-Furia de titanes del maestro, sus proyectos inconclusos o no realizados, y hasta una breve sección que repasa la relación entre las películas y personajes de Ray y el cómic.

Estamos pues ante una obra que era necesaria en el mercado español para todos aquellos que no pueden “enfrentarse” a la lengua de Shakespeare y porque, vaya, un genio como Ray se merece tener biografías en todo el mundo y en todos los idiomas, y más así de bonitas y bien presentadas (¡me encanta la portada!).

viernes, 24 de junio de 2011

20 aniversario de Los Commitments: Apéndice

Aquí tenéis el apéndice que complementa la anterior entrada 20 aniversario de Los Commitments, que opté finalmente por publicar aparte del artículo principal para no saturarlo demasiado. Se trata de un breve repaso a los actores que formaron, en la pantalla, el ya mítico grupo irlandés. 

Con ustedes… ¡Los Commitments!
La película de Alan Parker sacó del anonimato a un buen puñado de jóvenes con sueños y aspiraciones artísticas. Para algunos de ellos fue el perfecto trampolín para comenzar una fructífera carrera en la música y/o en la interpretación, aunque otros de los miembros del reparto del film no supieron –o no quisieron– aprovechar la ocasión y continuaron viviendo una vida más modesta y privada. Conozcamos un poco a los componentes de Los Commitments:

Robert Arkins (Jimmy Rabbitte): Robert era cantante y trompetista en su propio grupo cuando se presentó al casting del film. Sin embargo, acabó consiguiendo el papel del manager de los Commitments, quizá el único de entre todos los del reparto principal que tiene un poco más de protagonismo o, cuanto menos, sirve para guiar la historia y enlazar con los demás. Arkins grabó también algunas de las canciones que oímos en la cinta. Aparte de participar como actor o compositor en algún cortometraje de manera ocasional, poco se sabe de la carreta posterior de este hombre.

Michael Aherne (Steven Clifford): el culto e ilustrado teclista de los Commitments es ingeniero civil y trabaja en la actualidad en la Oficina de Transportes de Dublín. Fue elegido para la película, según él, porque tenía el aspecto que buscaba el director, y no por su talento para el piano, y suponemos que prefirió un trabajo seguro y con futuro a la inestabilidad de la labor musical.

Maria Doyle y Angeline Ball, juntas de nuevo en El General
Angeline Ball (Imelda Quirke): parece que las tres chicas de la película han sido las que han tenido mayor suerte en su carrera artística tras su descubrimiento por parte de Alan Parker. Nacida en Dublín en 1969, la bonita y coqueta rubia del trío de coristas del grupo, que ya era bailarina y cantante antes de Los Commitments,  puede presumir de una digna carrera tanto en el cine como en la televisión, aunque sea en producciones poco conocidas. Incluso se ha aventurado hasta Hollywood (Mi chica 2, entre otras) y recibió un  IFTA (Irish Film And Television Awards) hace pocos años.

Maria Doyle (Natalie Murphy): paisana de Angeline Ball (pero nacida en 1964) Maria ha tenido similar suerte a la de su compañera, habiendo participado en bastantes series (Los Tudor, entre las más conocidas) y películas desde 1991. En 1998 coincidió con Angeline en El general. Cantante profesional desde finales de los 80, ha publicado varios discos tanto con su grupo, The Black Velvet Band, como en solitario, compartiendo álbum hasta con la mismísima Aretha Franklin, y tiene su propio sello discográfico, Mermaid Records. Podéis saber más de ella en su web oficial: http://www.mariadk.com/ (por cierto, en septiembre la tenemos por España).

Dave Finnegan (Mickah Wallace): aunque la carrera cinematográfica del segundo batería de los Commitments ha sido breve (aparte de la película que le hizo popular, sólo ha participado con un pequeño papel en Escapada al sur en 1992, donde coincidió con Colm Meany y Johnny Murphy), la musical ha sido algo más afortunada: decididó, como sus compañeros McCluskey y Massey, aprovechar el filón de la película, formando con ellos The Stars from The Commitments. Sus problemas con el alcohol acabaron separándole del grupo, y entonces Dave creó su propia versión de la banda, bautizada como Dave Finnegan´s Commitments, de la que es cantante principal. Con esta formación sigue actuando principalmente por Europa, habiéndose codeado con gente como Wilson Pickett, James Brown o Sam Moore. Lo tenéis en: http://www.davefinneganscommitments.co.uk/. (Una curiosidad: esa escena del final en la que se mete el micro en la boca era algo que Dave hacía realmente en sus antiguos conciertos y que Alan Parker decidió incluir en la película.)

Bronagh Gallagher:
secundaria habitual
Bronagh Gallagher (Bernie McGloughlin): esta actriz de peculiares facciones nacida en Derry City, Irlanda del Norte, en 1972, era inicialmente corista amateur cuando fue escogida por Parker, y había participado ya en un telefilm antes de conocer al director. Es posiblemente la que ha logrado una carrera más reconocible de entre las de todos sus compañeros debutantes de Los Commitments. La hemos podido ver en pequeños papeles en filmes tan populares como Pulp Fiction, El secreto de Mary Reilly, La amenaza fantasma, Tristán e Isolda o, más recientemente, Sherlock Holmes. En 2004 publicó su primer disco, que se titula, pues sí: Precious Soul. http://www.bronaghgallagher.com/

Félim Gormley (Dean Fay): este saxofonista irlandés nacido en 1969 no ha participado en ninguna película tras Los Commitments, pero se ha dedicado profesionalmente a la música desde entonces, habiendo tocado con importantes grupos y solistas como Prince, Rod Stewart, Elton John o el mismísimo James Brown. También formó parte de la banda del programa televisivo de David Letterman durante cuatro años.

Glen Hansard (Outspan Foster): también un músico con una esforzada carrera, Glen (Dublín, 1970) actúa habitualmente con su grupo indie The Frames, muy popular en Irlanda y del que es cantante y guitarrista. Ha sido también presentador del programa televisivo musical Other Voices: Songs from a Room. Tras Los Commitments, Glen no volvió al cine hasta la reciente Once (John Carney, 2006) una sencilla y bonita película irlandesa de bajo presupuesto en la que participó junto a su pareja, la checa Markéta Irglová, y que ganó el Oscar a la Mejor Canción (Falling Slowly). http://www.theframes.ie/

Dick Massey (Billy Mooney): Aunque Los Commitments también ha sido el único film del pelirrojo batería, le ha dado para seguir viviendo gracias a la formación The Star from The Commitments, que lidera junto a Kenneth McCluskey.

Johnny Murphy (Joey “El Labios” Fagan): El veterano del grupo era ya un curtido actor cuando rodó a las órdenes de Alan Parker (por cierto, su papel estaba inicialmente destinado a Van Morrison) y había comenzado su trayectoria interpretativa a finales de los 70. Con el director británico repetiría en Las cenizas de Ángela (2001). Sin embargo, desde hace diez años no ha vuelto a participar en ninguna película y poco se sabe de él durante ese lapso.

Kenneth McCluskey (Derek Scully): Si exceptuamos una breve aparición en Un horizonte muy lejano, el bajista de los Commitments tampoco ha continuado su carrera cinematográfica. Como ya se ha adelantado, forma parte junto a Dick Massey del grupo surgido a raíz de la película The Stars from The Commitments, sólo que en calidad de guitarrista. Tanto él como su compañero baterista han estado implicados en algunas conversaciones sobre una continuación de la película que no parecen haber llegado a ningún lugar (¿casi mejor?).

Andrew Strong (Declan Cuffe): Un caso parecido al de muchos de sus camaradas en el film: jamás ha vuelto a la pantalla, pero ha conseguido cierto reconocimiento como cantante en circuitos localizados europeos y estadounidenses. Hijo del cantante irlandés Rob Strong, y nacido en Dublín en 1973, el orondo front man de los Commitments acompañó a su padre al casting con la idea de hacer coros y acabó consiguiendo uno de los papeles principales del film. Web oficial: http://www.andrewstrong.com/

Niamh Kavanagh: la
commitment "fantasma"
Niamh Kavanagh: es la “commitment fantasma”. Esta vocalista de impresionante voz (Dublín, 1968) no aparece en la película, pero sí canta varios temas tanto en ella como en los dos discos de la banda sonora (entre ellos Destination Anywhere, que oímos a menudo en el largometraje, y una estupenda versión de Do Right Woman, Do Right Man). Ha representado a su país en Eurovisión en dos ocasiones, en 1993 y 2007, la primera de ellas ganando el primer puesto. http://www.webwrite.net/niamh.htm

Los Commitments, veinte años después

martes, 21 de junio de 2011

20 aniversario de Los Commitments

Tengo que empezar este artículo homenajeando a una de mis películas favoritas de todos los tiempos confesando una gran vergüenza: jamás la he visto en cine. El porqué se me escapó en pantalla grande no puedo recordarlo con exactitud: quizás no la proyectaran en el cine de mi pueblo, o no tuve noticia de ella cuando se estrenó, o puede que simplemente la desestimé pensando que no me interesaría (me parece más probable cualquiera de las dos primeras opciones). El caso es que no tengo un recuerdo claro de este trabajo de Alan Parker hasta 1993, cuando comencé a ensayar con el que acabaría siendo mi primer grupo y oí a mis compañeros hablar de ella tras haberla visto en Canal +. Sin embargo, seguía sin saber muy bien de qué iba aquella película y no me sentí motivado a verla todavía. No sería hasta mediados de 1996 cuando acabaría descubriendo una de las joyas de mi filmoteca, y fue también un poco de rebote: un domingo la hicieron en La noche temática y, aunque no la vi en ese momento, porque no estaba en casa, sí que la puse a grabar en el vídeo. Sabía sólo que iba de un grupo de música, pero me llamó la atención. Posteriormente, no recuerdo si fue al volver o algún que otro día después, vi el film de un tirón y quedé prendado de él para siempre.

Tres razones principales me convirtieron en fan de Los Commitments: me encanta la música soul (aunque no sabía que la película trataba sobre ella), estoy enamorado de Irlanda (pese a que quizás sea un amor idealizado), y muchas de las anécdotas y vivencias del grupo en la historia me habían ocurrido a mí como músico amateur o me ocurrirían después (también debuté con un concierto benéfico, y recientemente nos han querido acomodar en un pequeño escenario en el que no cabíamos cuatro y al que supuestamente habían subido diez personas, como ocurre en una escena de la cinta). Las referencias musicales del film –aparte del propio soul– me son también, y en general, muy queridas o, cuanto menos, conocidas: Elvis, Roy Orbison, Buddy Holly, Henry Mancini, Procol Harum… Conforme lo iba viendo la primera vez, me iba adelantando a muchas de las respuestas y diálogos de los protagonistas: la conversación de los famosos del rock muertos “por vómito”, cuando las coristas pronuncian mal el estribillo de Mustang Sally, cuando el sacerdote corrige a uno de los protagonistas el cantante de When a Man Loves a Woman, etc, etc.

Por otro lado, y aunque soy un gran aficionado al cine fantástico y me encanta visitar en la pantalla planetas y universos ricamente imaginativos y diferentes al nuestro, también me gustan mucho las películas “urbanas”, aquellas que tratan sobre barrios de gente normal o incluso de clase baja, de marginados y hasta de delincuentes, y no hay duda de que el cine de las Islas Británicas de las últimas décadas presta bastante atención a esta temática o ambientación (¿qué mejor ejemplo que Full Monty?)

Roddy Doyle
Roddy Doyle y la novela
Roddy Doyle (Dublín, 1958), era un modesto profesor de secundaria en los años 80 cuya primera novela, Your Granny Is A Hunger Striker, había sido totalmente ignorada por las editoriales. Decidió, pues, autofinanciarse su siguiente trabajo por medio de un préstamo, lanzando una modesta tirada de 3000 ejemplares en 1987. Se titulaba The Commmitments, y en un principio bien a punto estuvo de ir sobre un equipo de fútbol –una de las pasiones de Doyle–, pero finalmente acabo tratando sobre un grupo de jóvenes músicos amateurs, principalmente porque eso le daba la posibilidad de juntar a chicos y chicas e incorporar la inevitable tensión sexual, y en concreto sobre un grupo de soul porque propiciaba el incluir muchos más miembros en él. Para muchos de los personajes y diálogos se inspiró en sus propios alumnos, sólo que decidió hacer a los protagonistas de su breve novela (apenas 165 páginas) un poco más mayores.

La obra de Doyle consiguió cierto reconocimiento en su ciudad natal. Entonces, la editorial inglesa Heinemann compró los derechos y la lanzó a mayor nivel, consiguiendo un gran éxito de crítica y público. Pronto comenzaron las negociaciones para adaptarla a la gran pantalla. Iba a ser también la primera de las tres novelas conocidas como “la trilogía de Barrytown”: The Commitments, The Snapper y The Van, todas ellas con la familia Rabitte como protagonista y también con su respectiva versión en celuloide.

He leído el libro en un par de ocasiones ya hace años. Hasta donde yo sé, no se ha publicado en España (aunque recientemente he encontrado una edición argentina en internet), así que a mí me tocó abordarlo en versión original, lo cual me resultó bastante difícil por mis limitaciones con la lengua de Shakespeare, porque está lleno de slang, y además porque se trata, obviamente, de inglés irlandés. Algunas de las cosas que recuerdo de él es que el grupo es bastante más malo que en la película, que cantan otras canciones diferentes, que Imelda es morena y no rubia, y que muchos de los diálogos de Jimmy (como cuando le cuenta al periodista todo aquello de “la guerrilla del soul”) pertenecen en realidad a Joey, quien se erige en el texto en líder del grupo.

–De ahora en adelante no quiero que escuchéis otro tipo de música. Quiero que sigáis una dieta estricta de soul: James Brown para los gruñidos, Otis Redding para los gemidos, Smokey Robinson para los lamentos y Aretha Franklin para todo a la vez. (Jimmy Rabbitte)

Alan Parker y la película
El británico Alan Parker iba a ser finalmente el elegido para plasmar en imágenes la novelita de Doyle. Después de haber cimentado una destacable carrera en los Estados Unidos con películas como Birdy, El corazón del ángel o Arde Mississippi durante la década de los 80, Parker (cuya filmografía había despegado con la ya clásica El expreso de medianoche en 1978) decidió volver a Europa –y en concreto a Irlanda, claro– a rodar, y a un género cinematográfico que le era familiar: el musical, donde ya había destacado con Fama y The Wall (y al que regresaría después con Evita). Roddy Doyle se aseguró de que se respetaría el estilo y los diálogos de su libro (eliminando algunos de ellos más soeces) y de que participaría en el guión. Lo hizo amparado ni más ni menos que por los geniales Dick Clement e Ian La Frenais, guionistas que también tienen en su haber otras dos películas que me encantan, Siempre locos (Brian Gibson, 1999) y Across the Universe (Julie Taymor, 2007) y sobre los que espero hablar con más detenimiento en otra ocasión.

El argumento tanto del libro como del film es bien fácil de resumir: nos narra la formación, breve carrera y pronta disolución de un grupo amateur de música integrado por varios jóvenes de clase trabajadora de Dublín. El estilo que eligen para tocar es bastante atípico y original para la época y el lugar: como ya se ha adelantado, los chavales intentarán emular a los artistas clásicos del período dorado del soul: los años 60. Es en la variedad de personajes, las anécdotas, la simpatía y la ambientación de la película y texto original donde radica el interés de la historia: nuevamente volvemos a aquel dicho tan cierto de que “lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta.”

Aburridos de tocar en un conjunto que ameniza bodas, el guitarrista Outspan Foster y el bajista Derek Scully hablan con su amigo Jimmy Rabbitte para formar un nuevo grupo. Jimmy no es propiamente músico, pero es un muchacho avispado que sabe moverse y que tiene ciertos conocimientos musicales. Les propone montar un grupo de soul, se constituye en manager, y rápidamente comienza a reclutar personal para la nueva banda, ya sea a través de conocidos, ya sea a por medio de anuncios en el periódico. Toda una serie de artistas y pro-artistas de lo más dispar pasean por su casa, hasta que la formación final queda consolidada: a Foster y Scully se les une el saxofonista Dean Fay, el batería Billy Mooney, el teclista Steven Clifford, las coristas Imelda, Natalie y Bernie, el peculiar trompetista Joey “El labios” Fagan –un cincuentón que dice haber tocado con muchos famosos– y, finalmente, el grosero y engreído Declan “Deco” Cuffe como voz principal. Otro personaje, el agresivo skin Mickah Wallace, se unirá a la banda en calidad de “seguridad”.

Por medio de sus contactos –algunos un tanto peligrosos– Jimmy pronto empezará a conseguir instrumentos y equipo para el grupo y un local de ensayo, coordinando los esfuerzos de todos los integrantes y, ayudado por la experiencia de Joey, consolidando un repertorio y, en fin, dando forma definitiva a la banda, que es bautizada como Los Commitments (palabra que podría traducirse de muchas formas: compromiso, obligación, entrega… personalmente siempre he preferido la primera). Pronto llegan los primeros bolos para nuestros amigos. Poco a poco, concierto a concierto, logran labrarse una modesta reputación dentro del circuito musical de la ciudad, hasta el punto de recibir varias reseñas positivas en los periódicos dublineses. Sin embargo, dentro del grupo han empezado las disputas, las diferencias y las rencillas, y las cosas se van poniendo feas. Billy acaba dejando su puesto a la batería, que es ocupado por el inexperto Mickah. Cuando todo parece ir sobre ruedas, cuando Los Commitments dan su más exitoso y popular concierto y hasta reciben una propuesta de una discográfica, el proyecto de Jimmy Rabbitte y sus amigos se hace trizas, y diferencias irreconciliables destrozan el grupo, que se separa. Hay una moraleja agridulce al final, explicada por Joey a Jimmy: y es que lo importante de la experiencia ha sido en realidad la ilusión y las pequeñas alegrías que la creación de la banda ha dado a sus integrantes durante un tiempo. Como la vida misma; os lo puedo asegurar yo, que he integrado bandas amateur durante veinte años con igual o peor suerte (y con anécdotas más ridículas e irrisorias, sólo que reales).

El Señor me dijo que los hermanos irlandeses necesitaban soul. Bueno, Ed Wimchell, un reverendo bautista de la avenida Lennox en Harlem me lo dijo, pero el Señor le dijo a él que me dijera que los hermanos irlandeses dejarían de darse mutuamente por el culo si tuviesen soul. (Joey "El Labios")

Dublín se revoluciona
Tras rodearse de actores consagrados como Gene Hackman, Willem Dafoe o Dennis Quaid, para este su décimo largometraje Alan Parker decidió trabajar principalmente con desconocidos: durante meses, él y sus colaboradores realizaron docenas de audiciones en Dublín, escuchando a muchísimos grupos, músicos y actores amateurs. De todo aquel exhaustivo casting salieron tanto los principales protagonistas como casi todos los demás participantes: si uno presta un poco de atención, puede descubrir a una jovencísima Andrea Corr interpretando a Sharon, la hermana de Jimmy, así como al hermano y hermanas reales de la hoy popular cantante de The Corrs en diversas escenas de la película. El chico del monopatín que no quiere cantar en la calle es Peter Rowen, el niño de las portadas de los discos Boy y War de U2, y el gerente del billar en donde ensaya el grupo protagonista es el músico y pintor Blaise Smith, quien estuvo a punto de conseguir el papel de Jimmy Rabbitte. Del reparto principal solamente el entrañable Colm Meaney (un actor habitual en el cine irlandés que interpreta al padre de Jimmy) y Johnny Murphy (Joey) tenían una experiencia cinematográfica destacable antes de rodar Los Commitments.

"Elige un pezón y empieza a tocar"
Ni qué decir tiene que Dublín anduvo revolucionada en aquellos días del casting y luego ya de la filmación de la película, que tuvo lugar en diversos exteriores de la ciudad durante cerca de dos meses. Los Commitments, cuyo presupuesto rondó los 12 millones de dólares, se estrenó primero en EE.UU. en agosto del 91, de manera limitada, con éxito moderado y escasa promoción (el astuto James Brown intentó sacar partido del film aduciendo que “se aprovechaba del trabajo de un hombre humilde”). Le siguió Francia en el mismo mes, y luego en la mayoría de países europeos a lo largo del otoño. Recibió el BAFTA a la mejor película, mejor director, mejor montaje y mejor guión adaptado, así como una nominación a la mejor película musical en los Globos de Oro y al mejor montaje en los Oscars. La coproducción británico-irlandesa-estadounidense ha acabado convirtiéndose con el tiempo en un film característico y representativo del cine de Irlanda, y de motivo de orgullo para muchos de sus habitantes. Por supuesto, catapultó las carreras de algunos de sus intérpretes (aunque otros volvieron al anonimato tras el estreno) y del novelista Roddy Doyle.

La banda sonora se vendió muy bien en todo el mundo, lo que dio pie a un segundo volumen que incluía hasta canciones que no aparecían en la película. Es habitual encontrar el film entre los primeros en guías y enciclopedias que nos hablan de la isla, y en varias encuestas ha sido votado como “la mejor película irlandesa de todos los tiempos”. Quizá pueda ser exagerado, pero sí que es, probablemente, una de las más conocidas del país y de las más vistas fuera de él.

De izq. a der., Bronagh Gallagher, Angeline Ball, Maria Doyle
Personalmente, en mi vida la película ha sido muy influyente. Como ya comentaba, yo ya había oído mucho soul cuando di con Los Commitments, pero el film quizá me reconfirmó este estilo y me hizo interesarme todavía más por él. Me descubrió, eso sí, una de mis grandes canciones favoritas, The Dark End of the Street, cantada originalmente por James Carr y a la que ya dediqué una entrada (véase) y que rápidamente incluimos en el repertorio del grupo en el que tocaba por entonces. Todo hay que decirlo: aunque la mayoría de las versiones de la película me gustan mucho, algunas no tienen, en mi opinión, ni comparación con las originales, sobre todas las del brutal Wilson Pickett (lo siento, Deco). A estas alturas de mi vida he visto la película por lo menos unas quince veces. Me la pongo siempre que necesito una inyección de moral y de motivación para seguir con la música. Hay gran parte de razón en su mensaje final: formar parte de un grupo, la ilusión de sacarlo adelante y ver cómo las cosas van tomando forma, es impagable. Lo que no tengo tan claro es si luego ver todo esa ilusión desvanecerse queda compensada por los buenos ratos. He tocado durante veinte años en formaciones amateur de rock y, ciertamente, he visto varias romperse tristemente, otras ni siquiera lograr despegar, y he “desperdiciado” muchos años ensayando, pero de momento la música sigue siendo una de las grandes motivaciones de mi vida. Habrá que darle la razón a Joey “El labios”.

Ah, por cierto: en 2004 pude cumplir mi sueño de visitar Dublín brevemente y conseguí acercarme a una de las localizaciones en donde se rodó Los Commitments: el barrio en el que vive Bernie, aquel de altas fincas en donde vemos a un muchacho intentar meter un caballo en el ascensor. Según me dijo la chófer que me llevaba al aeropuerto, aquellos edificios creados para gente con pocos recursos iban a ser demolidos en breve.

Secuelas y derivados
Pese a lo que pudiera esperarse, la película de Alan Parker no dio lugar a la formación de un grupo fijo entre sus protagonistas. Aunque sí que tocan en directo en el largometraje, ni siquiera todos los integrantes originales de la banda participaron en la grabación de los dos álbumes recopilatorios.

Andrew Strong (Deco) publicó al poco tiempo un disco bien promocionado (Strong, 1993) en un estilo bastante alejado del soul, y ha proseguido una relativamente exitosa carrera en solitario. Tres de sus compañeros, los baterías  Dick Massey (Billy Mooney), Dave Finnegan (Mickah Wallace, en calidad de cantante) y el bajista (ahora reconvertido en guitarrista) Kenneth McCluskey (Derek Scully) crearon la banda The Stars from The Commitments, con suerte desigual, a la que se han unido ocasionalmente otros actores de la película, y con la que han actuado por toda Europa, incluida España. Finnegan acabaría abandonando este grupo para formar su propia banda, Dave Finnegan´s Commitments.

Los rumores sobre una segunda parte de la película han ido y venido constantemente. Incluso surgió una inverosímil propuesta de hacerla con el grupo The Corrs como protagonista, lo que hubiera sido un absurdo, pues ni el estilo de la banda irlandesa se acerca al soul, ni el espíritu de la película original –realizada con absolutos desconocidos– se hubiese mantenido. El novelista Roddy Doyle propiamente no es partidario de una secuela y cree que el grupo debe acabar como queda en la película. Hay también un proyecto sobre un musical.

En cualquier caso, lo que sí ha sido una realidad este mismo año, y para celebrar el 20 aniversario del estreno del film, ha sido la reunión de casi todo la formación original –se echó de menos a Johnny Murphy y a Maria Doyle– para una serie de conciertos conmemorativos y de carácter benéfico que se han limitado a cuatro ciudades de Irlanda durante el pasado mes de marzo.

Como siempre, me he dejado llevar por mi pasión por el film y me he pasado escribiendo, así que, más sobre los miembros de los Commitments en el Apéndice, en unos días…
De izq. a der.,  Félim Gormley, Kennet McCluskey, Glen Hansard, Robert Arkins, Dave Finnegan (en cuclillas), Johnny Murphy,  Bronagh Gallagher, Angeline Ball, Maria Doyle, Dick Massey, Robert Aherne y Andrew Strong
No crees que…
¿Qué?
Pues que… quizá haya que ser negro para hacer esas cosas
¿No lo entendéis, chicos? Los irlandeses son los negros de Europa, y los dublineses son los negros de Irlanda, y los dublineses del sector norte son los negros de Dublín. Así que decidlo una vez y decirlo gustosos: “Soy negro y estoy orgulloso.” (Dean Fay a Jimmy Rabbitte)

miércoles, 15 de junio de 2011

Discografía decisiva (en mi vida)

Desde luego, no llevo la cuenta de los discos (LPs, CDs, cassettes o cualquier otro formato) que he oído en mi vida. Hablamos, por supuesto, de varios cientos sin pararse a estimar muy exactamente la cantidad. De entre todos ellos, ha habido unos pocos que considero “discos esenciales” en mi discoteca, en mi vida y hasta en mi trayectoria “artística” como músico amateur. Algunos han sido trascendentales y me han marcado para siempre; otros fueron importantes durante un tiempo y después quizá dejaron de serlo, pero tuvieron su relevancia en ese momento y me influyeron entonces en mayor o menor medida. Hoy he querido hacer una pequeña selección de los que más fácilmente me vienen a la memoria. Espero no haberme dejado ninguno… (Ah: la lista sigue un orden más o menos cronológico según los conseguí).

Rock and Roll: The Early Days
A esta recopilación de clásicos del rock & roll, rhythm & blues y blues de los 50 ya le dediqué una entrada completa hace un año (véase). Fue un disco que me descubrió un tipo de música que me fascinó para siempre y que, innegablemente, marcó, cambió y condicionó mi vida.

Elvis: The Complete Sun Sessions
Quedé fascinado por el mito de Elvis Presley allá por 1986. Los dos primeros discos suyos que tuve (grabados de un amigo) fueron Elvis’  Golden Records, Vol. I y Elvis: The First Live Recordings. Después me compré ya en vinilo (y aprovechando la reedición del 10º Aniversario de su muerte) Elvis’  Golden Records, Vol. 3 y Loving You, dos de mis primeros LPs. Esta edición concreta de sus primeras grabaciones para Sun Records no llegaría a mi colección (también copiada en cinta de cassette, aunque luego conseguiría una reedición en CD) hasta 1990 o por ahí, pero considero este disco el más trascendental de entre los que tengo del artista. Es un recopilatorio que ha sido también clave en mi existencia y que no he dejado de oír desde hace más de dos décadas (excepto parte del “relleno” que tiene). Estas grabaciones constituyen para mí, como también expresé en una artículo anterior (véase), la piedra angular de la música moderna y del rock, y un momento que me parece hasta mágico de la gestación de este género musical. Con Elvis descubrí también a otro de los grandes mitos de mi vida: el genial guitarrista Scotty Moore al que, por supuesto, también dediqué en su momento una entrada (véase).

Pioneros del Rock: Eddie Cochran
Y, si Elvis es uno de los dioses mayores de mi panteón melómano, aquí tenemos a otro de los grandes titantes de mi colección discográfica: oír este disco –que considero sin desperdicio pese a ser una recopilación– y querer tocar la guitarra fue todo uno. A Eddie principalmente le debo una de las grandes pasiones de mi vida y el haberme convertido en músico. Ni qué decir tiene que también le he homenajeado varias veces en el blog, la más importante con motivo del 50 aniversario de su muerte el año pasado (véase).

Sam Cooke: the Man and his Music
Puede que no todo el mundo sepa de mi afición a la música soul, que siempre he compatibilizado con la del rock: el genial Sam Cooke fue uno de los primeros artistas del estilo en descubrírmela por medio de este doble LP recopilatorio en el que se erige como un maestro, no sólo del soul, sino también del gospel, del rhythm & blues, del pop y de muchos otros. Curiosamente, mi primer encuentro –indirecto– con Cooke fue a través de la versión de What a Wonderful World de Greg Chapman en la película Único testigo. Después compré este álbum que me parece redondo en todos los sentidos. Una de las más grandes voces del siglo XX, sin nada que envidiarle a Sinatra, Presley, Mercury y demás…

For the Lonely: A Roy Orbison Anthology, 1956-1965
Otro de los cantantes esenciales de mi vida, no descubrí al tejano con esta recopilación: al contrario, ya tenía algunos otros LPs y cassettes antes de comprar esta antología también de dos discos, que es la que considero más decisiva de entre todas las que adquirí de él en aquellos primeros años de coleccionismo discográfico. Si bien no me fascina la breve faceta musical de Roy como cantante de rockabilly, sí que estoy totalmente prendado de su estancia en el sello Monument durante la primera mitad de los 60: de ella salieron algunos de los escalofríos más bonitos del repertorio del artista: Only the Lonely, In Dreams, Crying y tantos otros que por fin logré reunir en su forma original con esta referencia por primera vez.

Carpenters: The Singles 1969-1973
Seguramente más de uno se sorprenda de la siguiente selección, pero sí: los Carpenters fueron un grupo clave en un momento de mi vida (primeros 90) durante el que los oí con frecuencia. Este LP de austera presentación que recopila la mayoría de canciones de sus comienzos fue lo primero que tuve de ellos y casi sigue siendo mi favorito. Apenas sabía nada de este dúo estadounidense compuesto por los hermanos Richard y Karen Carpenter por entonces. Después fui descubriendo muchas cosas sobre ellos –como la trágica historia de su componente femenino– y acabé reuniendo toda su discografía oficial, incluso tengo algunos discos originales de la época. La voz de Karen me parece única, hipnótica, sedante… Siempre será uno de mis grandes amores, aunque últimamente no la escucho con frecuencia.

Cosmo’s Factory (Creedence Clearwater Revival)
Conforme entrábamos en la década de los 90, fui ampliando con ciertas reservas mis horizontes musicales. De los Creedence me habían hablado primero un par de amigos algo mayores que yo que eran fans del grupo, pero fue una tercera persona la que al final me dejó varios LPs allá por 1991: aquellos melenudos de cuya labor había desconfiado un poco inicialmente se convirtieron en la que es posiblemente mi formación musical favorita. Al fin y al cabo, sus influencias eran las mismas que las mías: el rock, el blues y el country de los 50. Por supuesto, reuní toda su breve discografía (¡en vinilo!), rarezas, discos en solitario de su cantante, etc. En 2009 tuve el grandísimo placer de ver a John Fogerty en directo en su primer concierto en España.

Aunque he escogido Cosmo’s Factory para esta selección, en realidad me gustan mucho casi todos los LPs del grupo (a punto he estado de optar por Green River) excepto el primero y el último, que me parecen más desacertados. Los Creedence me han acompañado a menudo en mis viajes por carretera desde hace más de veinte años.

L.A. Woman (The Doors)
The Doors fue una incorporación atípica y sorprendente en mi discoteca. Tengo que admitir que no me interesé por ellos hasta que Oliver Stone realizó la película sobre el grupo también en 1991: lo que conocía hasta entonces de ellos era el Break On Through y poco más, y no era muy de mi agrado. Sin embargo, una noche, oyendo el programa de Gomaespuma en la radio, promocionaron el film poniendo Riders on the Storm. Quedé hechizado por aquella canción de cadencia hipnótica y sonido evocador que hasta el momento sigue siendo mi favorita del grupo, y me sumergí en la discografía de la banda, tan heterogénea como variopinta, pues en pocos álbumes alterna infinidad de estilos. También exploré en aquel tiempo otros grupos psicodélicos o de sonido similar como Jefferson Airplane o Velvet Underground. Aunque, al final, acabé volviendo principalmente al rock esencial de mis orígenes, de aquella aventura “lisérgica” me quedan los Doors como grupo destacable en mi colección, a pesar de que tienen algunos temas que me parecen pesados y olvidables y ninguno de sus LPs me satisface al cien por cien y encuentro en muchos de ellos canciones prescindibles. He seleccionado L.A. Woman –aunque he estado tentado de escoger Waiting for the Sun– principalmente porque contiene Riders on the Storm y porque, junto a Morrison Hotel, abarca la etapa eminentenmente blues-rock del grupo, que es la que prefiero, pero no fue el primer disco de ellos que tuve. En realidad lo escojo de manera simbólica para destacar a la formación, más que a ninguno de sus trabajos en concreto.

Rubber Soul (The Beatles)
Los Beatles llegaron algo más tarde a mi colección discográfica. Me costó un poco vencer los prejuicios rocanroleros sobre este grupo y no fue hasta 1994 cuando me compré mi primer vinilo de él: Help. Sin ser un tremendo fanático suyo, los considero también un conjunto importante en mi trayectoria melómana, si bien tienen trabajos que no me interesan nada o casi nada, entre ellos su famosísimo Sgt. Pepper`s. La etapa central del cuarteto de Lennon, McCartney, Harrison y Starr –aquella comprendida entre Beatles For Sale y Revolver– me parece la más interesante de la banda, y el álbum de 1965 que he escogido para la selección, su más perfecto y coherente trabajo, con clásicos como Drive My Heart, Norwegian Wood, Michelle o Girl. Por cierto, lo compré durante mi estancia en Copenhague.

The Commitments (BSO)
En 1996, con cierto retraso, descubrí la película Los Commitments de Alan Parker y quedé encantado por ella, pasando a integrar parte de mi filmografía esencial. No tardé en adquirir los dos volúmenes de canciones extraídos del film, compuestos por versiones de clásicos del soul. Yo ya estaba bastante versado en el estilo, pero aún así, di con algún que otro tema (como la maravillosa The Dark End of the Street) y disfruté de la mayoría de covers de los dos CDs. Precisamente formar un grupo de soul ha sido una idea que he considerado durante años. (Permaneced atentos al blog, porque preparó un homenaje sobre la película, que cumple en breve 20 años).

Sheryl Crow
En los 80 me había dado por la música de los 50, en los 90 había avanzado a la de los 60, y en los 2000… me puse al día. De vez en cuando hago esas cosas raras: pego un salgo cultural de una vertiente a otra muy diferente. Son experimentos que a veces no me llevan a ningún sitio, otras me abren nuevos e interesantes caminos, y en ocasiones son simplemente una aventura limitada y temporal. Con el comienzo del siglo XXI me empecé a interesar por artistas más o menos recientes, mayoritariamente femeninas, tanto del pop y del rock (Fiona Apple, Jewel) como, sobre todo, del americana (Terri Hendrix, Lynn Miles, Grey DeLisle). Sheryl Crow fue mi gran “obsesión” en aquella época. Me había llamado la atención principalmente a partir de su canción para la película de James Bond El mañana nunca muere, pero no fue hasta el año 2001 cuando decidí comprarme su segundo CD, sin más título que su nombre, y considerado casi unánimemente su mejor trabajo. Me fascinó aquella voz sensual y algo aniñada (pensaba que era una jovencita, y resultó que era mayor que yo), sus canciones repletas de sarcasmo, personajes estrambóticos y de arreglos e instrumentación más o menos clásica (dentro del rock), y sus fotografías en las que aparecía con aires duros y chulescos. Por desgracia, la Sheryl de los últimos años ha acabado decepcionándome con sus últimos álbumes y sus cambios a estilos más blandos y, lamentablemente, he dejado de interesarme por su labor. Aún así, este último disco de la selección, el siguiente que sacó (The Globe Sessions) y diversos temas sueltos siguen teniendo un hueco en mi corazoncito musical.

En los últimos años no he tenido ningún descubrimiento discográfico trascendental; al menos que me haya marcado de la manera que lo hicieron las referencias revisadas hasta el momento. Quizás a estas alturas de mi vida ya no haya sitio para grandes revelaciones musicales… Aún así, he disfrutado bastante con los discos y conciertos de gente como Imelda May y, en menor medida, con los del grupo nacional Marlango, posiblemente mis más destacables hallazgos del último lustro.

jueves, 9 de junio de 2011

Las reses del diablo

Cuenta la leyenda que a mediados de la década de los 20 del pasado siglo, un joven de doce años oriundo de Arizona llamado Stan Jones subió junto con un amigo cowboy a la cima de una colina en la que se encontraba ubicado un molino de viento: debían asegurar las aspas porque se acercaba una fuerte tormenta. Oscuras nubes cubrían el cielo a la vez que cegadores relámpagos lo rasgaban intermitentemente. El vaquero le dijo a su acompañante que, si miraba fijamente el horizonte, vería venir al rebaño del diablo, seguido de cerca por jinetes fantasma y que, si no se portaba bien, él mismo acabaría junto a ellos algún día, persiguiendo a las infernales reses por toda la eternidad.

El joven Stan salió despavorido del lugar perseguido probablemente por nada más que las carcajadas de su amigo. Años más tarde, en 1948, ya convertido en un hombre, Stan se sentó un día con su guitarra en el Valle de la Muerte –donde trabajaba como cuidador del Parque Nacional del lugar– y escribió su más famosa canción recordando aquella anécdota de su infancia: (Ghost) Riders in the Sky, una composición de cadencia ominosa y acordes inquietantes que sería grabada en años posteriores por infinidad de artistas tanto del country como por crooners y, con la llegada del rock, también por bandas y solistas de este estilo: Burl Ives (a quien pertenece el mérito de realizar la primera grabación del tema), Vaughn Monroe (que la llevó al nº1 de las listas un año después de ser escrita), Bing Crosby, Dean Martin, Marty Robbins y docenas y docenas de músicos rendirían su tributo personal a la obra cumbre de Stan Jones, quizá uno de los últimos cowboys del Viejo Oeste, cuya vida transcurrió entre rodeos, desiertos rocosos, música western y películas de John Ford (suyas son también las canciones de Centauros del desierto, Río Grande, Misión de audaces o la serie Cheyenne, y hasta el cowboy cinematográfico Gene Autry protagonizó un largometraje inspirado en el tema que homenajeamos: Goldtown Ghost Riders).

Resulta difícil que mis respectivas aficiones a la literatura y a la música coincidan temáticamente: mi predilección en la primera disciplina es la novela gótica, de terror y de misterio; lo que más escucho dentro de la segunda es música americana de los años 50 y 60, en donde cabe esperar más bien canciones de amor y de desamor o que hablen de ritmos pegadizos y bailones; casi diríase que las ambientaciones fantasmagóricas, macabras y de ultratumba son más propias del heavy y de sus múltiples variantes (aunque con importantes excepciones como el impagable Screamin´ Jay Hawkins o la habitual presencia del Diablo en la música blues). Ghost Riders in the Sky es sin duda una insólita excepción, pues nos habla de un vaquero que, en un día oscuro y ventoso, hace un alto en su camino para detenerse a descansar en una loma cuando ve aparecer en el cielo un espantoso rebaño de reses de ojos rojos, marcas ardientes, pezuñas de acero, negros y brillantes cuernos y abrasador aliento. Al desdichado todavía le queda una experiencia peor, pues tras la manada cabalgan los jinetes fantasmas que dan título a la canción, hombres demacrados de ojos borrosos y camisas sudorosas que montan caballos que resoplan fuego y que están condenados por sus pecados a perseguir eternamente a las reses del Diablo a través del cielo infinito. Cuando llegan a la altura del protagonista, uno de ellos le llama por su nombre y, a la manera de tantos y tantos cuentos de la literatura de terror en la que un personaje de vida disoluta o comportamiento cuestionable recibe una advertencia sobrenatural para enmendar su vida (Cuento de Navidad de Dickens parece el ejemplo más obvio) le dice que cambie su actitud o algún día acabará junto a ellos.

Una letra original y sugestiva y  tres sencillos acordes constituyen, pues, una de las composiciones norteamericanas del siglo XX de la que se han hecho más versiones. Con gran dificultad he escogido tres de entre las que conozco:

* Versión de Ronnie Dawson: esta fue, que yo recuerde, la primera vez que oí la canción de Stan Jones, allá por 1989. Dawson fue un joven rockero que en los cincuenta editó algún single aislado pero que no tuvo una carrera muy afortunada hasta que el revival de los 80 le recuperó para el público especializado.
* Versión de The Ramrods: hasta donde sé, la primera versión instrumental que se hizo del tema. Este grupo de Connecticut la llevó al nº30 de las listas de su país en 1961. Infinidad de músicos de rock instrumental la versionearían posteriormente, entre ellos, gigantes de la talla de Duane Eddy, los Shadows o los Ventures.
* Versión de Johnny Cash: una canción de fantasmas entonada por la cavernosa voz de este mito del country. ¿Puede concebirse una unión más idónea?

sábado, 4 de junio de 2011

Adiós a La Cosa

Ya llevábamos algún tiempo sin tener que hace nuevas y tristes visitas al cementerio cinéfilo del blog, pero una vez más hemos de acudir a él para honrar la memoria de James Arness, que falleció ayer en Los Ángeles a los 88 años. Curiosa carrera la de este actor norteamericano nacido en Minneapolis, Minnesota, EE.UU., un 23 de mayo de 1923: a pesar de sus múltiples trabajos durante casi medio siglo, en el cine se le va a recordar sobre todo por un papel que a él no pareció hacerle mucha gracia: el de La Cosa, el alienígena del clásico de ciencia ficción El enigma de otro mundo, dirigido en 1951 por Christian Nyby y un no acreditado Howard Hawks. Ese fue, desde luego, el primer film en que yo conocí al gigantesco intérprete (¡medía 1,98!), una tarde-noche de hace muchos años cuando lo emitieron en el programa La clave. Me enteraría de su nombre poco tiempo después, con la serie televisiva La conquista del Oeste, en donde interpretaba al patriarca de la familia Macahan. Fue por entonces cuando descubrí que aquel simpático vaquero y el monstruoso ser del espacio exterior eran una misma persona.

Hermano del también actor Peter Graves (que nos dejó el pasado año), había nacido como James King Aurness, descendiente de noruegos. No fue hasta licenciarse del ejército durante la II Guerra Mundial (fue herido en la pierna, lo que le causó una perpetua cojera que se puede notar en sus actuaciones) cuando comenzó a introducirse en el cine, normalmente en trabajos de extra y después de actor secundario. Se especializó sobre todo en westerns, y trabó amistad con John Wayne, quien le apadrinó y con el que trabajó en varias ocasiones (como en Hondo o El zorro de los océanos), pero flirteó también brevemente con el fantástico: precisamente por su enorme altura sería elegido para encarnar al extraterrestre de El enigma… de otro mundo, papel que, como hemos adelantado, le avergonzaba debido al maquillaje anaranjado que tenía que exhibir, y que hizo que no acudiera al estreno del film (que, por otro lado, era en blanco y negro). También apareció en otro clásico del género: La humanidad en peligro.

Habría de ser, no obstante, la pequeña pantalla la que le ganaría el reconocimiento popular: en 1955, John Wayne le recomendó para una nueva serie, La ley del revolver. En un principio, Arness rechazó la oferta, temiendo que ese trabajo perjudicara su carrera cinematográfica, pero parece ser que su amigo acabó convenciéndole. Ciertamente, la carrera en la gran pantalla del actor duró muy poco más (su último largometraje cinematográfico fue en 1959), pero en la pequeña se mantuvo durante el resto de su vida: La ley de revolver se convirtió en la serie que más tiempo ha estado en antena en los Estados Unidos –nada menos que veinte años y más de seiscientos episodios–, popularizó el rostro del actor internacionalmente y hasta le valió un nombramiento honorario como “marshall”. Hasta su retiro en 1994, James Arness siguió trabajando artísticamente en el Viejo Oeste, rodeado de caballos, indios y cuatreros en series como la ya citada La conquista del Oeste o La ley de McClain y en TV movies con su viejo personaje de La ley del revolver, el sheriff Matt Dillon.