Con diciembre llega una vez más,
y como ya viene siendo tradicional desde hace tres años, un nuevo estreno de la
franquicia Star Wars, Los últimos jedi, dirigida en esta ocasión por Rian
Johnson. Había comenzado a redactar una larga reseña de la película, como hago
siempre con las entregas de la saga galáctica, pero finalmente he desistido. La
resumiré diciendo que ha sido una decepción parcial por el tono marcadamente
humorístico que ha decidido meter su director, que me parece inapropiado y
atípico en esta serie cinematográfica. El primer tercio de la película, con su
exceso de comic reliefs, es un
continuo desaliento al espectador que ingenuamente –como fue mi caso– espera
mayor seriedad y dramatismo en esta secuela de El despertar de la fuerza. Claramente la Disney se ha empeñado en
simplificar y aligerar cada vez más sus productos (véase el último Thor) y en conformar al espectador más
común y menos exigente, que supongo que es el que, en última instancia, es
el objetivo de la major
cinematográfica y el que hace ricos a sus directivos. Johnson era un director
al que tenía en gran aprecio por sus dos anteriores películas (Looper y Los hermanos Bloom, no he visto Brick),
pero que ahora acaba de bajar un montón de puestos en mi lista personal. Miedo
me da que en sus manos quede el futuro de la próxima trilogía de La guerra de las galaxias. Aún con todo,
no negaré que este último Episodio VIII
tiene buenos momentos, pero los desaciertos de sus artífices –siempre según mi
discutible criterio– hacen que de ninguna manera logre ser una película redonda
y sólida, y la sitúan por debajo de su predecesora (que tampoco me pareció una
maravilla, pero sí al menos interesante; menos mal que Gareth Edwards hizo un
buen trabajo con Rogue One). A ver si
J.J. Abrams logra levantar la saga con el futuro episodio IX, pero vista la
línea que pretende llevar la nueva Lucasfilm, ya tengo pocas esperanzas de que
estos nuevos capítulos sean salvables y logren alcanzar cierto nivel de calidad
(aparte de la puramente visual, en la que sobresalen indiscutiblemente).
Las otras dos películas del mes
son Suburbicon de George
Clooney, en donde destaca una vez más el ingenio de los hermanos Coen
(guionistas de la película) para la comedia elegante, en este caso mezclada con
el thriller de claras reminiscencias hitchcockianas (escúchese la banda sonora,
o véase la escena entre Oscar Isaac y Julianne Moore) y el último trabajo de
Woody Allen (Wonder Wheel), un director que considero vive
prácticamente de su renombre y de la buena factura formal de sus trabajos desde
hace años más que de la originalidad o el ingenio que, en su caso, parecen
haber quedado ya caducos. A destacar en el film el trabajo de Kate Winslet y la
cautivadora ambientación en los EE.UU. de los años 50, algo que comparte con el
anterior largometraje.
Después de dos meses con una
importante asistencia al cine, 2017 termina con un pequeño bajón en ese
sentido: 4 visitas, 3 películas, 2 gratuitas (me invitaron a un segundo
visionado de los jedi y entré con
cupón a la de Allen). La programación excesivamente navideña/familiar/infantil
de este diciembre hace que no me interese mucho por la mayoría de propuestas
que me ofrece la cartelera local.
Con esta entrada cumplo mi cometido
de dar fe en este blog de todas las películas vistas en pantalla grande durante
2017 (que podéis repasar aquí),
un total de 54.