La saga de videojuegos BioShock
es sin duda una de las más interesantes y absorbentes a las que he jugado en la
última generación de consolas. Es actualmente una trilogía y consiste en BioShock
(2007), BioShock
2 (2010) y BioShock Infinite (2013). Las dos primeras
entregas tienen una cierta relación argumental, la tercera no la tiene con las
otras dos de una manera directa, aunque obviamente se asemeja en cuanto a
mecánicas y formato. Han sido desarrolladas por Irrational
Games y publicados por 2K Games, con
la colaboración de otras empresas y filiales para las variantes y modos online,
y han aparecido tanto para las consolas del momento (PS3 y Xbox 360) como para
Mac y PC. El diseño se lo debemos a Paul Hellquist
y Ken Levin.
Las tres entregas de BioShock se enclavan en el género de los shooters
en primera persona, es decir: normalmente sólo vemos las manos del
protagonista y las armas u objetos que lleve en ellas y, además, hay mucho
tiroteo, por supuesto. Pero la originalidad de la trilogía radica en las historias
y argumentos que estructuran sus juegos, tramas emocionantes y complejas, a
veces muy humanas, que el jugador va descubriendo conforme avanza. De
cualquiera de los tres títulos revisados, sobre todo de los dos primeros, se
podría sacar una buena película o una buena novela, dado lo desarrollado de sus
guiones. (Hay, por supuesto, proyectos de llevar la saga al cine e incluso una
novela publicada, aunque yo la he leído y no la calificaría de “buena”, todo lo
más del montón)
¿Una
ciudad bajo el mar?
Rapture, el sueño de Andrew Ryan
Parte del gran atractivo y encanto que para
mí tiene la saga radica en el lugar en el que se ambientan los dos primeros
títulos (luego hablaremos del tercero): ¡una ciudad construida en el fondo del
Océano Atlántico por un rico industrial de origen ruso llamado Andrew Ryan! Ryan, cansado de los gobiernos del
mundo, asustado tras la II Guerra Mundial por el poder destructivo de la
energía atómica, se rodea de técnicos y especialistas y construye a finales de
los años 40 la ciudad submarina de Rapture,
en la que quiere dar cabida a todas las personas que deseen desentenderse de la
decadente sociedad de la superficie. Allí, los científicos y los artistas
podrán dar rienda suelta a su imaginación y experimentar con sus ideas sin
temor a límites o represión. Naturalmente, este lugar bajo el mar que pretendía
ser un refugio idílico acabará convertido en una pesadilla acuática cuando
grupos disidentes e individuos codiciosos inicien una guerra abierta contra
Ryan. Además, el descubrimiento de una sustancia llamada ADAM que proporciona poderes a sus usuarios, pero
también una tremenda adicción, acabará volviendo locos a muchos de ellos.
Los big daddies protegen a las little sisters. Hay que pensárselo
dos veces para enfrentarse a ellos
En este contexto, en el año 1960, llega el protagonista de manera
aparentemente fortuita a Rapture y poco a poco irá desentrañando los misterios
y secretos que rodean a Ryan y a otros personajes prominentes de la ciudad.
Mientras tanto, deberemos defendernos de los splicers, habitantes con poderes
especiales totalmente dementes de tanto abusar del ADAM, y posiblemente también
enfrentarnos a los enormes big daddies, hombres manipulados genéticamente
que parecen gigantescos buzos y que utilizan un enorme taladro para acabar con
sus enemigos. Estos desafortunados personajes son a su vez los guardianes de
las little
sisters, niñas que generan una gran cantidad de ADAM. A lo largo de
la partida, nos veremos en la disyuntiva de ayudar a estas pequeñas, o por el
contrario, “cosecharlas” para extraerles la jugosa sustancia que portan, porque
nosotros también tendremos la posibilidad de usar estos poderes –los plásmidos–
además de armas modificadas como pistolas, ametralladoras, escopetas, etc.
Los splicers, totalmente dementes por el abuso del ADAM
Lo más fascinante del primer BioShock es para mí la ambientación, los
“decorados” del juego ya que, aunque estamos en el año 60 y Rapture fue
construida unos doce años atrás, su aspecto es el de una ciudad art-decó extraída de la década de los 30, al igual que
la mayoría de los elementos que la componen (muebles, armas, incluso la música
que oímos), naturalmente mezclados con la ciencia ficción para hacer posible la
“utopía distópica” que acaba siendo la urbe futurista. Esa estética tan
particular es lo que me ganó principalmente como fan del videojuego, además de
su trabajada historia. Cuando lo jugaba, me encantaba detenerme en las ventanas
y contemplar el exterior de Rapture, con los edificios bajo el agua anunciando
productos en cárteles de neón.
Otra
vez en Rapture
Las temibles big sisters. ¡Que no te engañe su aspecto frágil!
BioShock 2 también transcurre en Rapture,
pero llevaremos un protagonista muy diferente: ¡esta vez seremos nada menos que
un Big Daddy! Tras un pequeño prólogo
en el que morimos nada más empezar (¡en serio!), somos revividos diez años
después, en 1968. Para entonces, la ciudad
submarina que creara Andrew Ryan está semi-abandonada, pero todavía sobreviven
en ella parte de sus habitantes originales. La historia se centra esta vez
en nuestra relación con Eleanor, la little sister que teníamos asignada, que
ahora es una adolescente y nos considera su padre. Deberemos ayudarla y
protegerla a la vez que tiramos del hilo de la nueva trama, también muy
emocionante, y nos enfrentamos a una nueva amenaza: ¡las big sisters!, una mezcla de los
poderosos big daddies con las little sisters parecidas en aspecto a
los primeros, sólo que más esbeltas y letales. En esta ocasión ya no se puede
uno deleitar tanto contemplando los exteriores de la ciudad, ya que han sido
invadidos por la vegetación marina… BioShock
2 tuvo también una expansión descargable, Minerva´s Den, con su propia
historia y un nuevo protagonista, con la que también me divertí mucho.
¿Una
ciudad en las nubes?
Columbia, un lugar menos idílico de lo que parece
Y llegamos, por fin, a la última entrega de
la saga por el momento: BioShock Infinite.
Olvidaos del fondo del mar y de Rapture: es por encima de las nubes nada menos
donde encontramos la nueva ciudad de esta tercera parte: Columbia, construida por el gobierno de los EE.UU.
a finales del siglo XIX y liderada ahora por el fanático religioso Zachary H. Comstock, al que se oponen las fuerzas
rebeldes de turno en la ciudad, la guerrilla Vox Populi.
En BioShock
Infinite asumimos el papel de Booker DeWitt,
un detective privado en horas bajas que debe internarse en Columbia para
rescatar a una misteriosa joven llamada Elizabeth
y saldar así sus cuantiosas deudas de juego. No hay plásmidos ni ADAM aquí,
pero sí unas sales que les sustituyen y que funcionan de manera parecida.
Además, estamos en el año 1912, mucho antes
de la creación de Rapture.
Será imposible negarle nuestra ayuda a la encantadora Elizabeth,
pero, ¿hacemos lo correcto?
Personalmente era un tanto escéptico respecto
a esta tercera parte de la saga precisamente por eso: porque me fascinaba la
ciudad submarina y aquí no la teníamos, pero al final acabé atrapado por la
historia del videojuego una vez más, y es que ésta es además la más compleja de
las tres, jugando con diferentes realidades en una densa trama que, como
siempre, se revela de manera sorprendente al final. También ayuda mucho el que
en BioShock Infinite vayas casi desde
el principio acompañado de un personaje encantador y del que es fácil
encandilarte: la ya mencionada Elizabeth, una chica con poderes para abrir
brechas dimensionales que es más de lo que parece y a la que, por supuesto,
nuestro personaje estará dispuesto a ayudar. Ese intento lo frustrarán o
retrasarán no sólo el “profeta” Comstock y su ejército (que incluye grandes
robots armados con Gatlings), sino también otros personajes como los
enigmáticos hermanos Lutece, la líder de la
resistencia Daisy Fitzroy o el gigantesco
pájaro robótico Songbird,
guardián de Elizabeth.
En resumidas cuentas –por si no se ha notado
mi entusiasmo por la saga– una trilogía que atrapa y fascina en su totalidad en
la que quizá no encontremos los gráficos más avanzados de la informática lúdica
reciente, pero sí ambientes absolutamente embelesadores y atractivos, al menos
para aquellos a quienes le gusten este tipo de estéticas entre retro y steampunk, porque a mí, ¿qué queréis que os diga? ¡Me llama más una
Thompson customizada que un rifle láser!
Por cierto: para diciembre se espera una
expansión descargable para BioShock
Infinite en la que Booker y Elizabeth viajarán a… ¡Rapture! ¿Qué cómo es
posible? ¡Hay que acabarse el juego para entenderlo... más o menos!
Imposible no recordar a mi adorada Ingrid Bergman en un aniversario tan peculiar como es el suyo... Y es que la sublime sueca no sólo nació un 29 de agosto, sino que también nos dejó exactamente el mismo día. Las dos efemérides ocurrieron en 1915 y 1982 respectivamente, y entre ambas, la actriz deslumbró a medio mundo con más interpretaciones fílmicas de las que caben en este post. No he preparado artículo conmemorativo esta vez, pero sí al menos esta pequeña nota de homenaje para la inmortal estrella...
A pesar de lo que me atraen las historias de
fantasmas, tiendo a huir de la mayoría de películas de este género –o
subgénero– que se estrenan hoy en día: me dan miedo, pero no por su temática,
sino por la escasa imaginación que exhiben y por lo malas que suelen ser. Con Expediente
Warren(The Conjuring, James Wan, 2013), estrenada el pasado 19 de julio,
no pensaba hacer una excepción. Mi “instinto cinéfilo” me decía que la ignorara
y optara por otras películas más interesantes que había en cartelera, y así lo
hice durante más de un mes. Había visto Insidious, del mismo director,y no me gustó mucho. Numerosas recomendaciones y el hecho de que la
película siguiera en los cines después de tantas semanas hicieron finalmente
que diera mi brazo a torcer y me decidiera a ir a verla ayer. ¿Sería posible que realmente esta película
fuera diferente al “montón”, que tuviera algo especial u original? La respuesta
es que seguiré confiando en mi instinto y desconfiando de las recomendaciones,
por muchas que sean. Repetitiva, aburrida, mediocre, con todos los clichés más manidos
del género de “casas encantadas” o “posesiones demoníacas” (temática que me
aburre sobremanera por mi aversión a la religión católica), no entiende uno
cómo esta película está teniendo el éxito que está teniendo, porque no aporta
absolutamente nada nuevo ni consigue sorprender de manera alguna al espectador
mínimamente avezado. Una historia “real” argumentalmente embellecida que nos
remite a mil películas iguales que ya hemos visto (se me ocurre Apariciones de 1991, aunque cabrían
muchos otros ejemplos) y que además acaba con una simplista moralina
católica.... Supongo que queda en manos de sociólogos, psicólogos, o quizá de
expertos en marketing el explicar cómo se dan estos fenómenos de masas, cómo un
producto vulgar consigue estar en boca de todos y hacer ricos a sus creadores.
La verdadera muñeca Annabelle (izq) y la del film. Basta para hacerse
una idea de la "veracidad" fílmica de esta historia "real"
Sorprende y decepciona que en webs como IMDB
le den la misma puntuación que a L’
atalante, ¡Que verde era mi valle!,
Luz que agoniza, Oro en barras, El hombre
tranquilo, Cautivos del mal, Los siete magníficos, Suspense, Gattaca o Lost in Translation, por citar sólo unos pocos títulos. Por mi
parte, James Wan puede estar seguro de que no me tendrá como espectador en la
secuela de esta su última película ni en la de
Insidious ni, probablemente,
en ninguno de sus próximos trabajos. Dos y no más, Santo Tomás...
La ciencia ficción más que ningún otro género
(literario, cinematográfico, etc) parece ser ideal para la denuncia: bajo
aparentes exageraciones e hipérboles, bajo situaciones que se antojan lejanísimas
o increíbles, con el habitual disfraz de la distopía, los autores de fantasía
científica han utilizado los recursos y artimañas narrativas que ésta presta para llamar
la atención sobre asuntos preocupantes que están mucho más cerca de suceder de
lo que parece en sus historias, si no es que están sucediendo ya. Pero la mayor
parte del público que ve o lee estas obras probablemente no acaba de captar el
mensaje, o no lo toma en serio. Aprovecho el ejemplo de Elysium
de Neill
Blomkamppor
ser de estreno reciente y porque es la última película que he visto en pantalla
grande, pero podríamos acudir a docenas de otras películas ci-fi (se me ocurre,
sin ir más lejos, V de Vendetta, cuya
“denuncia” me parece de rabiosa actualidad), por no acudir a novelas tan
tópicas y clásicas como 1984 o Un mundo
feliz.
En el film protagonizado por Matt Damon
se nos presenta una sociedad en la que el clasismo ha alcanzado extremos: los
pudientes se han montado una suntuosa estación espacial –la que da título a la
cinta– en la que viven con todo lujo y donde incluso pueden curarse en segundos
de la peor de las enfermedades; el resto de mortales permanece en un planeta
Tierra superpoblado y miserable, subsistiendo con penosos trabajos o
simplemente de la delincuencia. Y nosotros, como público, vemos a una serie de
personas que quiere escapar de esa miseria y busca un sitio mejor y que es
tratada con brutalidad y violencia y nos compadecemos. Maldecimos a
los ricos que orbitan alrededor de nuestro mundo y nos gobiernan de forma despiadada, se nos hace patente que estos dirigentes sin escrúpulos, unos pocos
privilegiados junto a una serie de codiciosos empresarios de su misma calaña,
deciden nuestro destino y nos manejan a su antojo, sin miramiento, sin
compasión ni humanidad. Quitemos a la historia cuatro artificios y adornos como
la estación espacial y los robots: ¿dónde está la ciencia ficción? Lo que vemos
en la pantalla es prácticamente lo mismo que está ocurriendo en nuestra
realidad diaria y cotidiana.
Y, sin embargo, aquí llega la gran decepción: cuando salimos del cine,
hemos dejado en la sala nuestros sentimientos de indignación y de compasión. En
nuestro mundo, fuera de los cines, en la vida “real”, despreciamos a esas
personas que huyen de una forma de vida miserable buscando otra mejor y
despotricamos contra los extranjeros; contemplamos cada día la burla y la
humillación a la que nos someten nuestros gobernantes y no hacemos nada para
remediarla; agachamos las orejas como un perro manso apaleado, lo mismo que
hacemos en ese trabajo tedioso que nos está matando el alma día a día en el que
nos hacen pasar por el aro una y otra vez a cambio de un sueldo justito, so
pena de vernos de patitas en la calle. ¿No os parece que todos somos un poco
“Matt Damons” en eso?
La sencilla y breve moraleja de este artículo, –si ha de haberla–, es tan sólo
una reflexión a considerar, una duda que sopesar: ¿para qué sirve la denuncia
de la “ciencia ficción”? ¿Cumplen estas películas –o libros, cómics o lo que
sean– su supuesta misión, consiguen darnos qué pensar, o sólo ayudan a
alienarnos más? Me da miedo la respuesta… Creo que basta con hacer notar que
una gran parte de la ciudadanía de este país relaciona al “Gran Hermano” con un
lamentable programa televisivo y no ha oído hablar jamás de George Orwell.
Hace ya más de tres años que comencé la
estúpida aventura de este blog con una entrada dedicada a Debra Paget. La reivindicaba
entonces como una de las actrices más bellas y fascinantes de su época y
entorno, el Hollywood de los 50 y, por supuesto, continúo haciéndolo. En su
breve carrera de poco más de una década, esta hermosa morena de inmensos ojos
azules no acaparó ningún Oscar ni destacó probablemente por su habilidad para
el drama o las grandes interpretaciones, pero, para los amantes del cine de
aventuras, del western, del fantástico y del peplum, su filmografía no tiene
desperdicio: además de disfrutar de su embelesadora mirada, podemos
entusiasmarnos viéndola viajar a la luna, siendo capturada por temibles
piratas, ejerciendo de princesa india o egipcia, de dama medieval o de nativa
polinesia y hasta afrontando arcanos terrores junto al mismísimo Vincent Price,
entre otras posibilidades. Debra abundó en papeles exóticos a pesar de que sus
elegantes rasgos y el azul de sus ojos no parecen cuajar con roles
representando otras razas del mundo…
Hoy, 19 de agosto, Debra Paget alcanza la respetable
edad de 80 años. Hace casi medio siglo que se retiró del cine, cuando apenas
había llegado a la treintena, quizá consciente de que su físico era su principal
baza para haber triunfado en la gran pantalla y de que su juventud no duraría
eternamente, o quizá porque, vaya, acababa de sentar la cabeza casándose con un
millonario chino. No se ha dejado ver mucho desde entonces. No parece
interesada en rememorar su carrera cinematográfica ni en recibir a los fans, y
sí muy centrada en la religión, habiendo aparecido en programas televisivos
destinados a recaudar fondos para su divina causa o en ayudar a difundirla.
Yo que no soy nada religioso, por supuesto, prefiero recordarla en sus buenos
tiempos y en sus buenas películas, y hoy me ha parecido adecuado homenajearla con
un artículo sobre el que quizá es su trabajo más recordado: la historia
estrenada en dos partes de El tigre de
Esnapur / La tumba india dirigidas por Fritz Lang en 1959…
El
remake del remake de un remake
Frtiz Lang y Thea von Harbou: matrimonio genial
Das indische Grabmal(La tumba india) es fruto de la imaginación de una de las mujeres
más admirables del 7º Arte en sus primeras décadas de existencia, si no en toda
su historia: la alemana Thea von Harbou
(1888-1954), quien en 1917 publica con este título su segunda novela en su país
natal. La obra, en clave de aventuras folletinescas, estaba ambientada en la exótica India,
país que fascinaba a la autora. El naciente negocio del cine pronto se interesa
por adaptar la historia y Thea, quien ya se había iniciado como guionista en la
industria fílmica germana, es emparejada con otro recién llegado: el austríaco Fritz Lang (1890-1976). La pareja congenia
rápidamente, ambos se sienten atraídos por el mundo hindú y se están abriendo
paso en el 7º Arte, y en breve acabarán formando un matrimonio de genios del
celuloide que dará grandes frutos a la pantalla plateada durante la próxima década.
Se suele decir que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer, y eso muchas
veces no es verdad, pero en el matrimonio Lang-von Harbou encontramos las dos
cosas: un gran hombre y una gran mujer, ninguno de los cuales está detrás del
otro, sino compartiendo el mismo protagonismo en sus trabajos.
La adaptación al cine de Das indische Grabmal se estrena en 1921 en dos partes que suman
en total más de tres horas de metraje. Lang iba a ser el director en un principio,
pero finalmente la labor se le encarga a su compatriota Joe May. En el reparto destaca el mítico Conrad Veidt en el rol del infame Majarajah de
Bengala. Las dos entregas del serial se titulan Das
indische Grabmal erster Teil - Die Sendung des Yoghi (La tumba india: La misión del Yogi) y Das indische Grabmal zweiter Teil - Der Tiger von
Eschnapur (La tumba India 2: El tigre
de Esnapur). Pese a la lujosa producción y a la llamativa propuesta de su argumento, las cintas no tienen un
gran éxito y permanecerán semiolvidadas hasta su reciente recuperación en
formato digital.
La vedette alemana La Jana, prede-
cesora de Debra en la versión de 1938
Diecisiete años
después, el matrimonio Lang-von Harbou, y también la pareja artística, han
dejado de existir. Fritz se separa de Thea en 1933 y, asustado por la
incipiente amenaza del nazismo, con la que su ex-esposa parece simpatizar, huye a
EE.UU., donde se convertirá definitivamente en uno de los más grandes
directores de la Historia del Cine. La ya veterana novela de Thea vuelve a
llevarse a la pantalla, de nuevo en Alemania, y también en dos partes: Der
Tiger von Eschnapur (El tigre de Esnapur)y Das
indische Grabmal (La tumba india), dirigidas por el berlinés Richard Eichberg quien, además, y como estaba muy
de moda en la época, se encarga también de rodar la versión simultánea en
francés, por supuesto con actores francófonos: Le tigre du Bengale y Le tombeau hindou. Las cuatro entregas se
estrenan el mismo año, 1938.
La danza de Seetha
La irresistible mirada azul de Debra Paget
En 1959, Thea von Harbou ya ha fallecido. Un
consagrado Fritz Lang regresa a Alemania por todo lo alto para dirigir allí su
primera película en suelo germano desde hace un cuarto de siglo. Se trata, por
supuesto, de la tercera y más famosa versión de la novela de su ex- mujer, coproducida
con Francia e Italia, que de nuevo se estrena en dos entregas casi inmediatas y
con los mismos títulos que el remake de los años 30. Junto a un reparto
principalmente germano (los galanes Paul Hubschmid
como el arquitecto Harald Berger y Walter Reyer
como el Maharajá Chandra) Fritz importa una belleza hollywoodiense, por
supuesto nuestra homenajeada Debra Paget
(Seetha), quien tiene el honor de encabezar el plantel artístico; una gran baza
que sin duda contribuiría a esa mayor popularidad mencionada de este tercer
remake. En papeles secundarios encontramos a Claus Holm como el doctor Walter
Rhodes, Sabine Bethman como la esposa de este, Irene, también hermana de
Harald, René Deltgen como el intrigante Ramiganiy, hermano del Maharajá, y la
italiana Luciana Paluzzi, futura chica bond, en un pequeño papel como sirviente
de la bailarina Seetha. También es obligado mencionar el papel del francés Valéry
Inkijinoff como el conspirador sacerdote Yama.
El arquitecto Harald viaja a Esnapur para construir edificios para el Maharajá Chandra. En el camino, salva a la bailarina Seetha de morir en las garras de un tigre y la pasión surge entre ambos. Pero Chandra también está enamorado de Seetha y planea casarse con ella....
Seetha se ha criado en la india, pero sus orígenes parecen ser europeos
Supongo que a día de hoy habrá personas menos
dadas a la ensoñación y al fantaseo que hasta encuentren las dos películas de
Lang anticuadas, naif, kitsch o cosas similares, pero la verdad
es que para mí tienen un grandísimo encanto que quizá sólo –y precisamente– el
paso del tiempo puede conferir. Incluso los decorados más artificiales, más “de
cartón piedra” (casi todos los pertenecientes a las escenas de los
subterráneos), lejos de hacerme las películas falsas refuerzan para mí ese aire
fantástico, lejano, evocador y exótico de la historia. La dirección artística de
Helmut Nentwig y Willy Schatz es una maravilla, así como la acertada música de
Michel Michelet, la impecable fotografía de Richard Angst y los vestuarios (Günter
Brosda diseñó el de Debra Paget, Claudia Hahne-Herberg el resto) son
cuidadísimos y todo este trabajo me parece perfectamente vigente hoy en día. Los más estudiosos
y entendidos encontrarán, sin duda, errores históricos o antropológicos, datos
que no deberían importar demasiado a los cinéfilos. Algunas escenas y
personajes me remiten estéticamente a los cómics de Tintín de Hergé, a su vez
otro clásico de las aventuras exóticas que, no por casualidad, comenzó a
triunfar en los años 50. No olvidemos, además, que la pareja de largometrajes
fue una gran superproducción con escenas con abundantes extras, y hasta
animales tan exóticos como tigres y elefantes. Además, buena parte de las
cintas se enriqueció con el rodaje en lujosos exteriores en la misma India,
destacando algunos de los más célebres edificios de Udaipur como el Palacio del
Lago o los Templos de Ranakpur o Shree Jagdish Mandir. A Fritz Lang le vino sin
duda muy bien su amistad con el Maharajá Shri Bhagwat Singhji Sahib Bahadur.
Harald y Seetha han de huir, pero son capturados. El cuñado y la hermana de Harald llegan a palacio y no dan con él. Mientras tanto, Ramiganiy, confabula para ocupar el puesto de su hermano Chandra. El arquitecto y la bailarina tendrán que luchar por su vida...
Y, por supuesto, está la escena del baile de
Seetha/Debra, hito celebérrimo del cine de aventuras que no ha perdido un ápice
de su atrevida carga erótica en todas estas décadas… aún a pesar de la cobra
“de mentira”, de esos sacerdotes con cara de palo que contemplan a la bailarina
con lascivia representados por actores europeos con la piel pintada. Sorprende
que se pudiera rodar algo así en los años 50, una mujer danzando casi desnuda
bajo una voluptuosa estatua de grandes pechos en una película para los cines
comerciales. No es de extrañar que en la adaptación estadounidense (estrenada
en una versión de 90 minutos en 1960 como Journey
to the Lost City) se censurarán esa y otras escenas, y menos aún que
también se hiciera en España cuando llegó en 1962.
Lujosos decorados, suntuosos trajes, sacerdotes conspiradores y misteriosos subterráneos en una gran superproducción que se convertiría en inevitable referente en el cine de aventuras. ¿Hace falta mencionar a Indiana Jones?
Para mí, y pienso que para muchos otros
espectadores, las dos películas de Fritz Lang permanecen como dos (o uno, si
las consideramos dos partes de un mismo film) de los grandes e imperecederos
clásicos de su género y lo harán para siempre, y como el colofón de la gran
carrera de su director (aún rodaría una película más), a pesar de lo diferentes
que son en ambiente y tono a la mayoría del resto de su filmografía, en la que
destaca el thriller por encima de otros géneros. El tigre de Esnapur y La
tumba india son de estas cintas que hay que volver a revisitar cada poco
tiempo y que siempre consiguen hechizarte y dejarte pegado a la pantalla por
muchas veces que hayas visto…
Bonus: La archifamosa escena de la danza ritual ante la cobra. Todo un atrevimiento en su época...
Thriller dirigido este mismo año por el que
sin duda es uno de los directores británicos más populares de los últimos
tiempos, Danny Boyle y que cuenta con la
gran baza de un atractivo trío internacional de actores principales protagonizándolo: el
francés Vincent Cassel, el inglés James McAvoy y la estadounidense Rosario Dawson. El segundo nombrado interpreta a
Simon, un joven que trabaja en una casa de subastas y que, agobiado por las
deudas contraídas en el juego, decide colaborar en el robo de un cuadro de Goya
con una banda de delincuentes que lidera Franck (Cassel). El problema surge
cuando el cuadro desaparece en el proceso del robo y Simon recibe un golpe en la
cabeza que le hace olvidar qué ha pasado con la pintura. Para intentar
recordarlo, acudirá a una hipnotista, Elizabeth (Dawson), quien acabará
implicándose en el asunto más de la cuenta. Pero, claro: al estar implicado el hipnotismo, pronto será obvio que no todo es lo que parece y que no
sabemos qué y hasta dónde recuerda Simon… ¿Qué es verdad y qué es sugestión?
Como tantas otras películas que juegan con diferentes realidades y
perspectivas, mantiene su interés hasta bien avanzada, pero empieza a perderlo
cuando comienzan a aparecer los famosos turning
points y los espectadores descubrimos que parte de lo que nos han
estado contando no ha sucedido o no ha sucedido como nos lo han estado
contando. Aún con todo, se deja ver y sólo decepciona ligeramente al final…
Con sus colegas y coétaneos Cliff Gallup tienen en común el haber
desarrollado su carrera profesional en una época –los años 50–en la que
raramente se valoraba la figura del guitarra solista, menos aún en un género tan
joven como era entonces el rock and roll. El marketing discográfico de aquella
década daba desproporcionada relevancia a la figura del cantante, quien solía
ocupar las fotografías de portada y contraportada de los LPs y firmar
normalmente éstos únicamente con su nombre, mientras que los componentes de la
banda que le acompañaba en las grabaciones, fuera la suya particular o una
contratada para la ocasión, raramente merecían siquiera acreditación en la
contraportada del disco ni un sueldo que fuera más allá del de un mero
asalariado; ni aún cuando la participación de estos músicos en el sonido de ese
disco fuera decisiva y marcara la diferencia con otros grupos y fuera lo que
hiciera originales y populares las canciones contenidas en él, por supuesto
siempre en conjunción con la voz del “líder”.
Cliff Gallup (izq.) grabando con Gene Vincent y los Blue Caps
En este contexto aparece en el año 1956
Clifton E. Gallup, o “Gallopin´” Cliff Gallup como se le bautiza en el entorno musical, un portentoso guitarrista que había nacido en Norfolk, Virginia,
EE.UU., un 17 de junio de 1930 y a quien el discjockey y manager “Sheriff” Tex
Davis recluta junto a otros jóvenes de la ciudad para que acompañe con su instrumento a su pupilo, Gene Vincent, un
cantante local que está siguiendo los paso de Elvis Presley y que pronto se
convertirá en una celebridad nacional y en uno de los más influyentes pioneros
de la música rock. Además de Gallup como guitarra solista, en la banda de
Vincent, los Blue Caps, figuran también el
batería Dickie Harrell, el contrabajista Jack Neal y el guitarra rítmica Willie
Williams. El quinteto se reúne a lo largo de la segunda mitad del año
mencionado para un total de nueve sesiones de las que saldrán sus dos primeros
LPs (los mejores de Gene Vincent para un servidor) y varios singles y EPs que
incluyen, entre otros temas, el ya mítico Be-Bop-A-Lula,
que catapultará a Vincent a la fama.
El éxito de Gene Vincent and his Blue Caps crece a pasos agigantados; se
suceden las giras y conciertos, salen en una película (The Girl Can´t Help It) y la cartera del cantante comienza a
engrosar; y ahora viene lo más curioso: en este momento tan prometedor, el
guitarrista Cliff Gallup decide que la vida en la carretera no está hecha para
él, regresa con su familia y retoma su trabajo como director de mantenimiento de
una escuela de Chesapeake, también en Virginia. En tan sólo unos meses, con apenas
treinta y seis temas registrados, Gallup ha sentado cátedra en la Historia del
Rock y ha conseguido más de lo que muchos otros músicos conseguirán jamás en
décadas de carrera. Pero, por supuesto, esa historia no va a ser justa con él,
precisamente por lo que comentaba al comienzo de este artículo: porque en
aquellos lejanos 50 en los que la guitarra eléctrica empieza a despuntar como
instrumento principal de la música moderna y en los que todavía no se venera a
las personas que la tocan como se haría más tarde, nadie se preocupa demasiado por
conocer quién está detrás de los magníficos punteos de las canciones de Gene
Vincent. Será el tiempo, como siempre, y los fans (entre ellos un entusiasta Jeff
Beck) los que reivindiquen la figura y el legado de Gallup y los intenten poner en su merecido sitio, aunque con hombres como él cualquier reivindicación
nunca será suficiente ni justa.
Los tres LPs en los que participó Cliff
Gallup grabó un tercer LP en 1966, Straight
Down The Middle, firmado
con el nombre "The Four C's featuring Gallopin' Cliff Gallup" y
compuesto por doce temas instrumentales cercanos al easy listening,
principalmente composiciones de jazz, pop y rock (dos firmadas por nuestro
homenajeado), en los que demostraba seguir siendo un grandísimo
virtuoso. Continuó tocando la guitarra, de manera informal, con grupos de su
localidad, hasta el mismo día de su prematura muerte por infarto un 9 de octubre
de 1988.
Race with the Devil: mi punteo favorito de Cliff. ¡Magníficos solos!: