A pesar de que veo muchas más películas
de producción estadounidense que española, hay que reconocerle al cine de nuestro
país que, incluso cuando trata con propuestas argumentales manidas y con
guiones-cliché, logra casi siempre hacerlo con muchísima más solvencia y distinción
de lo que suele conseguir Hollywood. El ejemplo perfecto es esta recién
estrenada ópera prima de Dani de la Torre, El desconocido, en la que se repite la frecuente
situación de un hombre llevado al límite por una amenaza mortal –en este caso,
una bomba en el coche que conduce y en el que lleva a sus hijos– que prefiero
no imaginar cómo saldría resuelta de haberse rodado al otro lado del charco –quién
sabe si no nos ofrecerán pronto un “remake inmediato” de esos que tanto les
gusta hacer allí–. Una buena puesta en escena con momentos emocionantes y de gran tensión y un
estupendo reparto en el que no sólo destaca para mí el protagonista Luis Tosar,
sino también las actrices Elvira Mínguez y Goya Toledo, hacen de este un largometraje más que
entretenido que mantiene al espectador en vilo y sin quitar ojo de la pantalla
durante sus 100 minutos de duración. Y, para los que quieran ver denuncias en la
cinta, esta la tiene más que clara: la de la infinita avaricia y la total falta
de escrúpulos de esos delincuentes legales que tenemos hoy en día, los bancos y
los banqueros, que da lugar a la angustiosa vivencia de la película y a todo el
plan orquestado por el supuesto “malo” de la función, interpretado por el actor
Javier Gutiérrez. ¿Es, al final, realmente el villano? Me parece claro que no, o que, al menos, comparte esa dudosa
distinción con otro personaje importante de la historia –que no desvelaré para
quien quiera verla– y con las entidades financieras que manipulan y destrozan
las vidas de sus clientes-víctimas y que, masoquistamente, la sociedad ha aceptado en su día a día.
"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)
lunes, 28 de septiembre de 2015
jueves, 10 de septiembre de 2015
God Help the Girl
Una de estas películas que uno
descubre de casualidad –no es de extrañar, ya que sólo tuvo un estreno limitado
en nuestro país– y que, ya desde sus primeras escenas, te hacen aflorar una
sonrisa –aunque sólo sea interior– por su simpatía y encanto. Se trata un
musical ligero, primer largometraje dirigido por el cantante escocés Stuart Murdoch,
centrado en una chica con trastornos alimenticios (Emily Browning) que quiere
componer y grabar música, y su relación con otros dos jóvenes (Olly Alexander y
Hannah Murray) con los que comparte pasión y con los que se
propone montar un grupo.
Me resultaba inevitable comparar God Help the Girl con algunas películas
del género que me gustan mucho como Los
Commitments –a la que hay varios guiños claros– o Across the Universe, pero también me parece encontrar en la cinta
referencias a clásicos como Banda aparte
de Goddard –esa escena en la que los tres protagonistas se marcan un bailecito
y Emily Browning, tocada con sombrero, parece la mismísima Anna Karina– o las películas
de los Beatles.
En fin, pues eso: canciones en su
mayoría bonitas –aunque inocuas–, preciosas y soleadas localizaciones en
Glasgow, un cierto aire irreal y, por qué no, también la belleza de su
protagonista, que además se descubre aquí como una competente cantante, hacen
para un servidor sobradamente entretenida esta película.
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God Help the Girl
domingo, 6 de septiembre de 2015
Llegan sin avisar: tiempos de VHS
La razón de que vuelva a ver esta
película del director Greydon Clark tras muchos años –décadas, realmente– de
hacerlo por primera vez es similar a la que expuse el mes pasado cuando
reseñaba Holocausto radiactivo: motivos
sentimentales antes que un gran interés cultural por esta cinta que es menos
que anodina; claramente muy inferior al largometraje inglés al que acabo de
referirme. Y es que resulta que Llegan sin avisar (Without Warning) fue uno de los primeros títulos que vi en formato de
vídeo casero, y el vínculo de ese recuerdo con el film es lo que me ha llevado
a revisionarlo tras más de tres décadas, quizá en un fútil y emotivo intento de
recuperar parte de aquella época juvenil.
El VHS tardó mucho en llegar a mi
hogar. No lo hizo hasta diciembre de 1989. Mis padres nunca se sintieron muy
interesados por estos y otros “aparatos electrónicos” que a ellos sin duda les
parecían un capricho exótico, lujoso y caro. Por ello, hasta que en mi casa
tuvimos magnetoscopio, fue a través de familiares y amigos como tuve que
disfrutar de las entonces novedosas cintas magnéticas que nos permitían ver
películas directamente en el televisor, si bien de una forma más modesta y con
menos calidad que en el cine.
Ya a mediados de los ochenta
comencé tener contacto con aquellos video-cassettes de plástico que poco antes
habían irrumpido en el panorama comercial y social español. Llegaron en tres
formatos: Beta, 2000 y VHS, y cada uno se reproducía en el artefacto
correspondiente, voluminosas y caras máquinas que en un principio sólo los más
afortunados se podían permitir. Después, precio y tamaño de estos
electrodomésticos fueron bajando y se hicieron más asequibles para el ciudadano
medio o más humilde. Curiosamente, sólo el último formato se abrió paso en el
mercado, pese a ser el de menor calidad, y los compradores que apostaron por
los otros dos pronto hubieron de aparcar sus magnetoscopios en algún estante de
trastos inútiles.
Pase aquella década, como ya he
dicho, alquilando ocasionalmente películas y “gorreando” a algún familiar o
amigo su aparato –y su casa, donde a veces quedábamos varias personas para
compartir la sesión– para poder disfrutar del visionado de algún film de
moda o, por el contrario, difícil de ver en los cines. Durante algún tiempo de
mi época de instituto acudía muchos viernes tarde a casa de mi tía-abuela con
alguna cinta VHS bajo el brazo y veía con ella la película.
Precisamente su hijo fue durante algún tiempo socio propietario de un videoclub
local, así que hasta el alquiler de las películas me salía gratis.
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El boom del vídeo doméstico: en aquellos tiempos eras el dueño de la TV, hoy el de un mamotreto del pasado |
Pero no fue allí donde vería la
película que ha ocasionado este artículo, sino cierto tiempo antes en casa de
otro primo. Me debía valer del carnet de su madre para poder acceder al
alquiler de películas en uno de los primeros videoclubes que abrieron en mi
pueblo, este dentro de una tienda de electrodomésticos –algo muy habitual en la
época–. Si no recuerdo mal, en aquellos tiempos, para ser socio de uno de estos
locales debías comprarles una película nueva, que creo que valía unas 10.000
pesetas. Después, ponías esa cinta a disposición de los demás socios en el comercio
y, a la vez, tú tenías acceso a las todos los demás. Es decir, que básicamente
las películas que la gente alquilaba las había comprado ella misma. Esta
costumbre desapareció, por suerte, con el tiempo, y para cuando yo me hice
socio de un videoclub, ya era algo totalmente gratuito. Pagabas 100 o 200
pesetas por la cinta que te llevabas durante 24 horas, y ya estaba.
Por supuesto, con los años el VHS
fue devorado por un pez más grande: aparecieron los discos láser –que no
cuajaron demasiado– y, ya más tarde, el DVD y el Blu-Ray. Mi primer
magnetoscopio, un Hitachi, nos sirvió bien durante una década y, finalmente,
hubo de ser jubilado tras varias reparaciones. Después llegaron dos sustitutos-un
Sony y un JVC– que recibieron poco uso, pues no muchos años después me compré
un reproductor de DVD y las viejas cintas magnéticas y sus aparatos lectores
fueron quedando relegados al olvido, estos últimos prácticamente sin usar.
Por lo demás, decir sobre Llegan sin avisar que, visto hoy en día,
me parece un producto de bajo presupuesto muy mediocre que no salva ni la
nostalgia, con una historia y una dirección pobre y un reparto malo –caso de la
mayoría de actores jóvenes que intervienen en la cinta– o desaprovechado –caso
del largo elenco de veteranos que lideran unos Jack Palance y Martin Landau
claramente en horas bajas–.
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jueves, 3 de septiembre de 2015
Alma en la sombra
No llegó a
tiempo para conmemorar el centenario de Ingrid Bergman el pasado sábado, pero por fin consigo ver Alma en la sombra (Rage in Heaven), el único de los catorce largometrajes de
la etapa hollywoodiense de la actriz que no había visto. Se trata de un
thriller con cierto aire hitchcockiano que dirigió W.S. Van Dyke en
1941 en el que nuestra sueca favorita se casa con un millonario (Robert Montgomery)
que no es tan agradable como parece, y oculta una peligrosa paranoia y una
obsesión por su mejor amigo (George Sanders) que pueden acabar poniendo en peligro a
todos los que le rodean.
En estas dos
semanas y media, por supuesto con motivo de la efeméride que motivó la anterior
entrada, he aprovechado para homenajear a Mrs. Bergman con un pequeño ciclo personal compuesto principalmente por películas de ella que tenía menos vistas o llevaba
más tiempo sin ver. Los títulos han sido, en orden de visionado:
-Recuerda
-Atormentada
-El albergue
de la sexta felicidad
-Por quién
doblan las campanas
-Alma en la
sombra
Son ahora
catorce las películas que me quedan por ver para completar la filmografía de
Ingrid (aunque podemos obviar la más antigua de ellas por tener la actriz
solamente una aparición como extra). Mi gran asignatura pendiente sigue siendo
su etapa sueca, de la que sólo he visto dos films. Fuera de esta, me quedan por
ver:
1954 Juana
de Arco
1961 Auguste
1967
Stimulantia
1973 De los
archivos revueltos de la señora Basil E. Frankweiler
¡Seguiremos
insistiendo en la búsqueda! Cualquier información sobre cómo encontrarlas es
bienvenida, ya que sólo tengo localizada la de Rossellini.
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